Sí, yo me esperé hasta el final para hacer el maldito canje de placas. ¿Y qué? Por mi culpa tuvieron que extender el plazo una y otra vez, y luego, en los últimos días, el horario de las recaudadoras. Y qué. De no haberse anunciado que ayer vencería definitivamente la segunda o tercera prórroga, seguiría haciéndome pato hoy mismo. Y qué y qué y qué. Y seguiría postergándolo hasta el fin de los tiempos, o hasta el fin de Movimiento Ciudadano, o hasta el momento en que la Historia nos absuelva y deje de ensañarse con esta atolondrada tierra nuestra y por fin sepamos tener gobiernos medianamente funcionales, atados de manos para no cometer bribonadas, provistos de alguna mínima capacidad de vergüenza —es curioso que el adjetivo cínico no tenga antónimo, ha de ser porque es algo que no existe—. Es decir: si por mí fuera, jamás habría cumplido con ese trámite que acaso sea necesario, pero que está diseñado de tan intrincado y detestable modo, como fui constatando una vez que me avine a cumplirlo. (Por cierto, la extinción que le deseo a Movimiento Ciudadano también se la deseo a cualquier otro partido mexicano o de cualquier parte del universo, sólo que miento a éste porque es el que ahora mismo y aquí hace sus dagas y medra).
Y fui por mis melolengas placas nuevas hasta el miércoles pasado sólo porque no quería verme reducido a la lamentable condición de quien, renuente a acatar una estupidez, es castigado por ello y es, por tanto, aún más estúpido. Pocas cosas más odiosas que una multa. Me animó, también, la posibilidad de no pagar los dos mil quinientos pesos que el tarado canje habría de costarme por hacerlo a destiempo. Mi tía Lucero, quien habría obrado maravillas si alguna vez hubiera encabezado la Secretaría de Hacienda, me enseñó dos cosas fundamentales: cuando te den, ¡agarra!, es la primera, y la segunda: si no te dan, que no te quiten, consejo que yo tengo siempre muy presente en materia de impuestos (encuentro insultante que se los llame “contribuciones”). Dicho de otra forma: al gobierno, sea del color que sea, ni un centavo de más nunca. Que bastantes son los que nos tumba por numerosos conceptos, bien sabemos. No quise, pues, ni pagar por las babosas placas nuevas ni que fuera a pararme algún tránsito por no traerlas.
“Todos aquí sabemos que este trámite tuvimos que haberlo hecho desde hace un año”, nos regañaba la Licenciada a quienes habíamos ido a formarnos desde antes de las siete afuera de la recaudadora. De nada sirvieron la desmañanada ni la hora y media de esa primera cola: la Licenciada había llegado rechinando llanta, pitándole y malmodeando a la gente que estaba formada para que dejara pasar su coche, y al fin fue a desbaratar la cola para hacer otras varias, con ayuda de un poli y varios achichincles. (Los polis, en las oficinas de gobierno, no nomás vigilan, sino que son edecanes, recaderos, encargados de la logística y arrieros, además de que dan informes y reparten fichas). Lo que pretendía ese regaño era apaciguar por adelantado a quien pensara en protestar por el desorden: bajo el solazo, había que volver a formarse en colas distintas según uno trajera o no cita (yo no llevaba), hubiera pagado el refrendo del 2025 en el 2025 o en el 2026, fuera a hacer sólo canje o también cambio de propietario, etcétera. Nomás que nadie sabía cuál cola era cuál. “Tengan paciencia”, decía la Licenciada, “a todos los vamos a atender, pero ya ven lo que pasa cuando vienen hasta el final”, queriendo hacernos sentir culpables.
Y yo pensé, número uno, ¿por qué diablos no ponen letreros donde debe formarse cada cola? Y, número dos, ¿qué diantres sabe la Licenciada de las razones que cada quien tiene para hacer el infeliz trámite hasta ahora? La gente trabaja, no tiene tiempo, se enferma, necesita cuidar a alguien, se le atraviesa alguna desgracia, empeñó el coche y no tiene la factura… En cualquier caso, es obligación de la burocracia atender —y de buenas— hasta a la última persona que llegue en el último minuto. Pero, por lo visto, todo estaba previsto para castigarnos por nuestras calmas.
Otra cola, para sacar cita en unas computadoras pringosas que no sirven; otra más, para esperar turno. Un día antes, el titular del Sistema Estatal Tributario de Jalisco (SET) había dicho que sólo eran necesarias las placas viejas y la credencial del INE. Ah, pues no: cuatro empleadas seguían exigiendo comprobante de domicilio, CURP, factura del coche, certificado de verificación y constancia de situación fiscal. Todo con copias. Yo, muy sabiamente, llevaba un pantallazo del anuncio del SET, y fui a mostrárselo a la Licenciada. Se demudó. “Ah, sí, tenemos que acatar lo que el jefe indicó, y si no quieren atenderlo me dice, para jalarles las orejas”. Así que volví a formarme muy campante, pero pronto me poseyó un espíritu insurgente: empecé a informar a mis vecinos, y a hacer correr la voz, porque las empleadas seguían pidiendo todos los papeles. Entonces entendí: en un trámite como éste todo confabula contra el ciudadano, pero ello pasa porque los incesantes y absurdos requisitos y las incontables vueltas existen sólo para que existan todos los puestos de la burocracia.
Cuatro horas más tarde, salí con mis placas nuevas y el orgullo ilusorio e inservible de haber derrotado al sistema.
J. I. Carranza
Mural, 31 de mayo de 2026.