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Lo negro (de antes)

Serían hilarantes, admirables en su inverosimilitud fantástica, los colmos a los que llegan algunos de los más conspicuos actores de la vida pública actual en México, o serían irrelevantes, en su vulgaridad y su bajeza, y más nos valdría siempre dirigir la vista a otro lado, hacer como si no existieran; serían, en fin, esas cotas que saben alcanzar de modo asombroso, y que superan todos los días, expresiones de su miseria de las que podríamos desentendernos sin pérdida alguna… de no ser porque redundan inevitablemente en la cancelación de las posibilidades concretas para que el grueso de la población encuentre justicia en este país, y también para que deje de vivir con miedo, esa población, en el agobio que impone la lucha por la subsistencia; de no ser, en suma, porque al sucederse incesantemente esos excesos y esas desvergüenzas y esas trapacerías, con todo su desdén por cualquier forma de elemental decencia, afirman de modo más irremediable qué lejos que estamos de dejar atrás tanta locura y tanta ruindad.

       Más de una vez he reparado aquí en el peligro de creer que todo tiempo pasado fue mejor: no sólo es indemostrable siempre, sino que al creerlo uno se proscribe del presente y empieza a perdérselo. Sin embargo, tiene sentido abstenerse de generalizaciones y echar miradas a lo que queda atrás si se busca identificar dónde se torció algo, qué habría que tener en cuenta para que no vuelva a torcerse (es el sentido que tiene el estudio de la Historia, supongo). Estos días, por ejemplo, he estado recordando al Negro Durazo, personaje señero de la corrupción nacional y perteneciente a un tiempo que parece muy remoto, no sólo porque no representaba un problema mayor nombrar injuriosamente a alguien por el color de su piel (los tiempos pasados nunca fueron mejores: enseguida da uno con evidencias), sino también por cuanto la comparecencia de dicho personaje llegó a remover en nuestra conciencia de la realidad, y que hoy sería sencillamente impensable, pues ya somos del todo incapaces de escandalizarnos así. Nombrado Jefe del Departamento de Policía y Tránsito del Distrito Federal (que ya no existe) por el presidente López Portillo, quien también lo ascendió a general de división, Arturo Durazo Moreno abusó de su poder a grados que entonces pudieron parecernos insuperables, enriqueciéndose y gastando su riqueza con un pésimo gusto pasmoso. Pero también instauró un sistema colosal de componendas y chuecuras que prosperó e hizo prosperar a muchos bajo su mando, a la vez que allanó dificultades para varias generaciones venideras de criminales. Manipuló y tergiversó y ocultó y seguramente alentó y participó directamente en la comisión de incontables delitos de todo tipo, y todo lo que hizo lo hizo con ostentación diáfana… hasta que se le acabó la buena estrella o se pasó de la raya o no hubo ya quién lo defendiera, y terminó pagando con tantita cárcel (ocho años) por aquello que al México de entonces pudo resultarle inconcebible e inaceptable. Murió en la ignominia y ya ni quien se acuerde de él (o casi, aquí estoy haciéndolo).

       Y he estado pensando en esa historia al preguntarme, ante hechos como los de los días recientes, por qué ya parece imposible escandalizarse así otra vez. Dos hechos, en concreto: que se haya impedido que se juzgue a Cuauhtémoc Blanco, el exgobernador de Morelos acusado de violación y amparado por sus pares en la Cámara de Diputados, y por otro lado que se haya condenado al exrector de la UNAM y al exdirector de la Facultad de Estudios Superiores Aragón a reparar con 15 millones de pesos el supuesto daño moral causado a la profesora corrupta de la ministra Esquivel, plagiaria demostrada por más que su plagio se haya buscado soterrarlo mediante elaboradas triquiñuelas. Ambos, Blanco y Esquivel, son representantes depuradísimos de la inverecundia que ha caracterizado a la clase política de este tiempo —y no sólo de la llamada Cuarta Transformación (aunque sí principalmente): yo diría que desde los tiempos de Salinas o por ahí, cuando empezó a atrofiársenos aquella capacidad de estupor y de indignación que funcionaba todavía al enterarnos de lo que había hecho el Negro Durazo; ¿fue con el asesinato de Colosio, con el de Ruiz Massieu, con la trama truculenta de la Finca del Encanto y la desaparición del diputado Muñoz Rocha y las adivinaciones de la vidente llamada «La Paca»?—. Ambos, Esquivel y Blanco, van a seguir intactos donde están, o prosperarán sin más. Y se nos van a borrar, más definitivamente que si hubiesen recibido algún perdón.

Lo negro del Negro, se tituló un best-seller que causó furor al contar las tropelías del general (y hubo película). Las de la ministra y las del exfubolista las hemos visto aflorar en tiempo real y a todo color, y como pasa con tantos otros figurantes de este circo lamentable, no hará falta que nadie venga a contárnoslas: no nos han resultado lo bastante interesantes, quizá, como para movernos a indignarnos ni mucho menos. Será una combinación de hartazgo e indiferencia, o será quizá porque se ha dejado de llamar a las cosas por su nombre —salvo por quienes, como el poeta Javier Sicilia, a cuyo hijo mataron hace catorce años en el estado de Blanco, no han cejado en el empeño, por ejemplo cuando se refiere a esta «dictadura de los criminales, los cínicos y los imbéciles»—. ¿O será mera resignación?

Foto: Pedro Valtierra / Cuartoscuro

J. I. Carranza

Mural, 30 de marzo de 2025.

La Vía

Cuando se creó, hace más de veinte años, la Vía RecreActiva enfrentó la previsible resistencia de muchos que se indignaron al suponer que los coches quedarían privados de las calles por donde siempre habían rodado. Tomó algún tiempo para que los tapatíos comprendiéramos que la calle sin coches no es lo mismo que los coches sin calles, pues esto último jamás sucedió: a lo largo de todo este tiempo, nomás ha sido cosa de dar algún rodeo y de ingeniárselas para hallar más calles, que es lo que sobra en esta ciudad —casi tanto como los coches y menos que las ganas de que nada cambie nunca demasiado: Guadalajara, conservadora en tantos sentidos, también lo es en lo que respecta a sus modos de moverse, generalmente para mal.

      Tal vez porque las virtudes de aquella innovación fueron pronto patentes, los tapatíos fuimos acomodándonos sin demasiados conflictos a la reorganización vial de nuestras mañanas de domingo. La Vía, así, creció y creció, y su funcionamiento se acopló asombrosamente bien a nuestro entendimiento de la ciudad durante esas seis horas a la semana, al grado de que hoy parecería impensable restarle kilómetros al trazo de esa feliz anomalía. Porque en eso radica, yo sospecho, una de las razones principales de la amplia aceptación de que goza la Vía: en el hecho de que podemos encontrar en ella una agradecible suspensión del fastidio cotidiano que es la saturación de vehículos, y además porque nos obsequia cada semana la oportunidad de ir a velocidades más humanas, a pie o en bici o en patines, que aquellas de vértigo o de tortuga tarada que se viven en medio del tráfico neurótico y los embotellamientos imbéciles. Podemos, además, confiarnos a la ocurrencia reiterada de esa ilusión: el trafical del viernes por la noche o el del sábado por la mañana son menos insoportables si nos figuramos que, en esa misma avenida por la que vamos, el domingo estarán esperándonos la expansión del silencio y la luz para que hagamos lo que nos dé la gana: caminar, trotar, pedalear, echarse sobre un pastito, con suerte hallarse a un tejuinero, bailar, jugar a algo, sacar al perro, etcétera. Y, sobre todo, ver cómo la gente también va haciendo lo que se le antoja y que en la mayoría de los casos eso que hace la gente está bien.

      Hay excepciones, claro: los patines eléctricos u otros vehículos más parecidos a motos en los que circulan individuos o muy haraganes o muy abusivos, perturbando los ritmos naturales de peatones y bicis y patines o patinetas; también los ciclistas que creen que están disputando una etapa del Tour de France y surcan la calle con temeridad estúpida, o aquellos que muchas veces en enjambres van haciendo acrobacias o meras payasadas vertiginosas, como si les urgiera darse en la madre —y a menudo lo consiguen, incluso llevándose de corbata o chocando con alguien que va en santa paz—. Pero creo que son los únicos casos de mal uso de la Vía, y, por lo que se ha dicho ahora, cuando se anunció la nueva imagen de ésta y la organización de más actividades lúdicas, deportivas y culturales, parece que ya los van a ir metiendo en cintura: ojalá. Y es que uno de los aspectos más sorprendentes de ese espacio y ese tiempo es que la gran mayoría de sus usuarios parecemos conducirnos por una suerte de pacto civil en el que priva la convicción colectiva de colaborar para que todo vuelva a salir bien cada vez, al margen de toda regla o toda autoridad: como si fuéramos permanente y tácitamente al tanto de la excepcionalidad que presenciamos y vivimos, libres de prisas y aligerados de rabias, y sencillamente paseamos, lo cual en el fondo es rarísimo cuando se hace de modo unánime y en multitud.

      Ya alguna vez he señalado aquí cómo la Vía RecreActiva posibilita una de las más indudables formas de vivencia democrática de la ciudad: al poner a su alcance traslaciones de otra manera difícilmente realizables, Guadalajara vuelve así a ser por entero de todos sus habitantes, libres de ir si quieren (y si les alcanzan las fuerzas) desde Tetlán hasta el Parque Metropolitano, o desde la Glorieta del Obrero hasta Atemajac, o desde Colomos hasta San Pedro, etcétera. Pero, además, esa restitución de lo público del espacio público propicia un reconocimiento mejor del paisaje que tenemos cuando aquella libertad de movimiento se ve restringida por las limitaciones que impone la vida de todos los días —más allá de las mañanas de domingo, quiero decir—: cuando no somos paseantes sino, otra vez, peatones, pasajeros del transporte público, automovilistas o ciclistas, y vamos y venimos porque tenemos que ir y venir, de acá para allá, en los agobios de lo habitual y debiendo ocuparnos de lo nuestro, como todos los demás. La Vía sirve, en este sentido, para recordarnos cómo es Guadalajara, y para facilitarnos imaginar cómo también podría ser.            

Seguramente será parecido en otras ciudades en las que se ha implementado algo así. Y estoy al tanto de las conveniencias políticas que la cosa implica. Pero a mí me gusta pensar que, en nuestro caso, y al margen de las decisiones de gobierno y de dichas conveniencias, quienes vivimos en esta Zona Metropolitana, con tan sólo salir a las distintas rutas, tenemos al alcance lo que nadie en el mundo: una ciudad inesperadamente vivible, que así sabe reconciliarse consigo misma y en la que es una gran suerte estar.

J. I. Carranza

Mural, 9 de febrero de 2025.

Zahires

Hacia la Navidad de 2021, Baudelio Lara organizó una comida cuyo sencillo propósito era reunir a los amigos de muchos años. Como ocurre que esos amigos, durante algunos de esos muchos años, hicimos una revista, en esa comida se abordaron dos asuntos relacionados con aquella empresa: el primero, que en 2022, en octubre, estarían cumpliéndose treinta años de la aparición del número 0 de El Zahir; el segundo, que algo deberíamos proponernos para festejar ese aniversario. Menudearon las ideas: la edición de una antología, la publicación íntegra de los veintitrés números en un sitio web, la celebración de algún encuentro público para rememorar esa historia, la localización de Gervasio Montenegro para convencerlo de que se ponga a escribir otra vez… Quizá persuadido por un entusiasmo parecido al que nos movió tres décadas atrás, por algunos minutos yo creí ver que encima de nuestras cabezas flotaba la posibilidad de lanzar una nueva época de la revista, pero, si así fue, esa posibilidad se disipó antes de que nos despidiéramos, sin que nadie alcanzara a ponerle palabras: de haberlo hecho, tal vez nos habría parecido una insensatez. Vagamente, eso sí, apuntamos algunas fechas y medio nos repartimos tareas. Baudelio nos regaló una serie de dibujos originales de Martha Pacheco, la artista cuya obra honró las páginas del número 6 (mayo-junio de 1994).

Hacia la Navidad de 2022, antier, martes 20 de diciembre, volvimos a reunirnos, nuevamente invitados por Baudelio. Desde luego, a lo largo de todo un año no movimos un solo dedo para cumplir con lo que nos habíamos propuesto. Desde luego, no importó en absoluto: importó que ahí estuvimos otra vez, por horas, hasta que casi nos corrieron del restorán, como pasaba treinta años atrás, cuando nos juntábamos los viernes en el Sanborns de Vallarta con el pretexto de hacer la revista pero en realidad para argüendear y reírnos y divertirnos, y ahora también para asombrarnos con lo que han crecido nuestros hijos y para platicarnos sus andanzas y para preguntarnos en qué andarán los amigos que no estaban ahí y para ver cómo nos las arreglamos con este presente al que hemos llegado. Y para ver que está intacto el cariño que nos tenemos y cómo se irriga en las familias que hemos hecho y cómo no parece que nunca se vaya a secar. Baudelio hizo estampar, para obsequiárnoslas, unas tazas con el cabezal de El Zahir y la caricatura que hizo Naranjo de Borges y que, de alguna forma, adoptamos como emblema. Ya no nos propusimos nada: acaso ésa sea la forma de que, ahora sí, hagamos algo. O quién sabe. 

Felices los felices.

En bici

¿Cómo nos vemos los tapatíos en bicicleta? Están, por una parte, quienes pedalean persuadidos de que es el medio de transporte idóneo, dotado con virtudes irrefutables: ecológico, económico, saludable. Su multiplicación por las calles de la ciudad —en ciertas zonas: hay algunas a las que jamás se atreverían— obedece a una decisión soberana y, en buena medida, el solo hecho de desplazarse así equivale, para estos entusiastas, a una afirmación de principios; de ahí que sean, por lo general, muy conscientes de los derechos atingentes a esa elección suya: consideran que ir en bici es una prerrogativa ciudadana indisputable, y tienen razón casi siempre (la pierden cuando van por la banqueta, poniendo en peligro a los peatones, o siempre que se ponen en peligro a sí mismos y a los demás, por ejemplo al ir en sentido contrario, pasándose altos, metiéndose en túneles vehiculares o en carriles exclusivos para otros vehículos, etcétera). Algunos se convierten en activistas, o bien en evangelistas, y, de nuevo, casi siempre sus argumentos son atendibles (dejan de serlo cuando se tornan expresiones de una fe fúrica que desconoce necesidades y derechos de quienes no pueden trasladarse en bicicleta).

      Por otro lado, están aquellos ciclistas que lo son sin necesidad de ninguna deliberación, sencillamente porque tienen que serlo: por lo general, trabajadores a quienes les queda bien ir y venir así, como pueden y por donde pueden —ellos sí se atreven a moverse por zonas carentes de la infraestructura que los otros ciclistas disfrutan o exigen—, desentendidos de que su conducta sea susceptible de interpretarse en términos cívicos o morales. Para ellos, optar por la bicicleta ha sido consecuencia, si acaso, de algún razonamiento elemental y práctico, pero lo más seguro es que ni siquiera hayan tenido que optar: la bici es meramente un elemento más de su forma de vida, de la naturaleza de sus oficios, de sus modos particulares de vivencia del espacio público que hay entre los puntos donde desarrollan sus actividades. (Es posible, desde luego, que muchos de estos ciclistas en ocasiones pausen el uso instrumental de su vehículo para disfrutar, cuando hay modo, de un uso recreativo: en los días de descanso, por ejemplo, para dar un paseo, o hasta para participar en alguna competencia).

      Y estamos, por último, los tapatíos que nomás rodamos de vez en cuando, en espacios destinados al ciclismo como actividad lúdica —un parque, la Vía RecreActiva—, y para quienes la bici no es medio de transporte en la vida de todos los días. A nosotros tampoco nos tienen con mucho cuidado las implicaciones sociológicas o urbanísticas de nuestra existencia.

      Por supuesto, la clasificación podría ser más exhaustiva si incluimos a los deportistas, los repartidores, los policías, los rateros, etcétera: todas las variantes que tienen, cada una, sus motivaciones y especificidades distintas. Pero todos podrán distribuirse, a fin de cuentas, entre quienes andamos en bici porque queremos y quienes tienen que hacerlo. Ahora bien: lo triste, en una ciudad como Guadalajara, es que unos y otros conformamos un sector minoritario de la población. El grueso de los habitantes de esta metrópoli excesiva, desaforada, frenética y agobiante, se mueve, por necesidad o por gusto, de otras formas. Como ha venido siendo desde hace muchos años, y como seguramente seguirá ocurriendo por muchos años más.

      Según ha observado Juan José Doñán (ciclista veterano, por cierto), hubo un tiempo, las primeras décadas del siglo 20, en que Guadalajara estuvo llena de bicicletas: «Durante varios años, bicla y tranvía compartieron civilizadamente las calles tapatías, al lado de otro medio de transporte que había dejado atrás su mejor época (el coche de caballos) para convertirse paulatinamente en un objeto típico (la calandria) y de otro más que poco a poco se fue volviendo el dueño de las calles (el automotor)». Cada vez más al alcance de las clases populares, señala Doñán, el uso de la bicicleta fue extendiéndose hasta que a la sociedad tapatía, prejuiciosa y pretensiosa como siempre ha sido (estos adjetivos los pongo yo, no Doñán), le pareció indigno: «Es entonces cuando el biciclo empieza a convertirse en objeto de burlas. Se lo presenta como un estorbo de su majestad el automóvil y proliferan los chistes de desdén clasista […] mucho pesaba en el ánimo de los tapatíos la posibilidad de que su ciudad fuera considerada “un pueblo bicicletero”». El cronista recuerda incluso que, a principios de los años setenta, «el jefe del Departamento de Tránsito […] prohibió a los ciclistas entrar al centro de la ciudad, cosa que mucho le agradecieron los concesionarios del transporte público y los conductores». Evidentemente, las desmesuras que ha alcanzado la ciudad deben mucho al imperio del automotor. Y por eso estamos como estamos.

      Ahora que va a empezar a funcionar, por la avenida Hidalgo, el carril exclusivo para trolebuses, autobuses y bicis, acaso sea la ocasión óptima para que esos prejuicios ya vayan quedando atrás. La convivencia no tendría que ser muy difícil: de lo que se trata, en principio, es de que nadie vaya a resultar malherido o muerto. Yo querría creer que eso tendría que bastar para que el experimento funcione. Y si no sale bien, será que no tenemos remedio. Ni perdón.

Mural, 28 de agosto de 2022.

Notisia del Dr. Kar̄ansa

Ase algunos meses, mi kerido amigo Juan Nepote me embió este pasaje ke se enkontró en un número de Orto-gráfiko, el órgano del mobimiento r̄ebolusionario de Alberto Magno Brambila. De la autoría del propio Brambila, posee, kreo yo, una grasia insuperable (el mejor sentido del umor se prueba al okuparse, sin patetismo alguno, de un ebento tan desgrasiado komo perder la dentadura), i es una muestra espléndida de su destresa nar̄atiba i del ekselente oído ke tenía para los diálogos. Pero para mí, ebidentemente, lo más marabiyoso del r̄elato r̄adika en la notisia ke me trae, ¡desde 1943!, del joben doktor Kar̄ansa, dispuesto a dejar ensegida el konsultorio a kargo de su ayudante kon tal de lansarse a kontemplar el nasiente Parikutín. Kuando yo era niño, mi papá era kapás de sorprendernos, un día kualkiera (un día ábil kualkiera, kiero desir, sin ke importara ke debiéramos faltar a la eskuela ni ninguna otra kosa), para tomar el tren e irnos barias semanas a Méjiko, o para agar̄ar un taksi ke nos yebara a pasear a Irapuato… A lo ke boy es a ke esta eskursión intempestiba al bolkán —de la ke yo no sabía nada— no era de estrañar en mi papá. I si bien kada ke pienso en eya me pregunto de kuántas otras abenturas suyas jamás yegaré a saber, lo sierto es ke kon las ke le konosko tengo de sobra para segir teniéndolo komo el mayor de mis éroes.

J. I. Carranza

Elogio en rosa

¿Cuántas veces habló la Pantera Rosa? Yo sostenía que tres veces: en el episodio del arca (cuando al final pregunta: «¿Por qué los seres humanos no pueden ser civilizados como los animales?»); en otro en el que un codicioso personaje trataba de apoderarse de un diamante (y por alguna razón iba a tocar a la puerta de la Pantera, que lo recibía en batín rojo y con sarcasmos), y en uno más en el que sostenía una violenta disputa con su vecino a causa de una podadora prestada y nunca devuelta. Una madrugada de televisión inesperada no sólo me descubrí en el error, sino que además me encontré con la imposibilidad de alcanzar ya ninguna certeza, pues en el episodio de la podadora había dos personajes con voz: uno era el vecino rijoso y conchudo, y el otro era el mismísimo Diablo, que al final aparecía para soltar una ironía siniestra, cuando las crecientes hostilidades habían hecho volar el mundo en pedazos (en el pleito se intercalaban escenas de películas de guerra y montajes de armas en acción sobre los dibujos animados). La Pantera no abría la boca. Pero el triste descubrimiento fue éste, que constaté una madrugada después: han seguido produciéndose series con sus aventuras —quiero decir: la Pantera Rosa continúa vigente, actuando, mientras yo la hacía en la trastienda de la memoria—, y por lo visto en sus nuevas temporadas habla ella y hablan los personajes que la acompañan, lamentables seres de forma y colores humanos que en nada se parecen al patiño original, la figura blanca y bigotona que pelaba los ojos y a lo sumo rugía o mascullaba. Por lo visto, digo: cuando he encontrado que transmiten uno de esos bodrios, cambio de canal o dejo que la madrugada y el insomnio acaben de cualquier manera.

Cada que la fiesta va en picada o cuando la conversación está por fracasar del todo, nunca falta quien extienda sobre el mantel su mazo de nostalgias televisivas: que si te acuerdas de Chivigón, que cómo se llamaba el gemelo de Benito, que qué intenciones tenía con Heidi la malvada señorita Rottenmeier, que qué sentiste cuando se murió Corazón Alegre. En esos momentos, deplorables pero ineludibles, siempre he tratado infructuosamente de jugar la carta prestigiosa —según yo— de la Pantera Rosa, y cuando mucho he conseguido que alguien pesque el recuerdo del episodio de la librería psicotrópica. «¡Claro! —dice alguien—, la que tenía un ojote en la puerta». Pero apenas voy refiriendo cómo la Pantera usaba una letra «f» como escopeta o que el dueño de la librería era el mismo mono blanco de siempre, sólo que con boinita y barbón, cuando ya la noche comenzó a levantar los vasos y todo mundo está aprestándose para largarse.

Creo, pues, que hacemos minoría los fans del peculiar felino. Y eso es tan misterioso como que casi cualquiera sea capaz de recitar sin titubeos los nombres de Cucho, Espanto, Panza, Demóstenes y el supracitado Benito (sin olvidar a Don Gato, of course, que los contiene a todos y es el emblema de cada uno). O que haya quien, antes de recordar a la Pantera misma, tenga presente mejor a Don Ramón («Ron Damón»), el de El Chavo del Ocho, caminando como ella con las notas inconfundibles de su tema musical. Por los vericuetos de la memoria televisiva el pasado queda así corrompido, estropeado, y el universo rosáceo que muchos han perdido para siempre otros sólo lo tenemos como un privado locus amœnus donde reina un ser a veces atolondrado y a veces astuto, a veces ingenuo y a veces maldoso, pero siempre enigmático en su silencio y en su andar despacioso, en su indefinición sexual, en su inverosímil elegancia (¿no iba la Pantera por lo general en cueros, pero como si la hubiera vestido Yves Saint-Laurent?), en su absoluta e infranqueable soledad.

La Pantera Rosa fue, en su origen, la versión que los dibujantes Isadore Friz Freleng y David DePatie concibieron, hace más de cincuenta años, del diamante afamado que Peter Sellers iba a buscar en la película de Blake Edwards: un diamante invaluable en cuyo centro había una partícula de ámbar rosado que recordaba, claro, la figura de una pantera en pleno salto. Animado para acompañar los créditos de apertura de la cinta, el personaje conquistó inmediatamente al público y al poco tiempo pudo prescindir de Edwards, de Sellers y del diamante para pasearse a sus anchas por sus propios dominios: una industria próspera que produjo más de ciento noventa cortos (de los que la televisión mexicana sólo transmitió, una y otra y miles de veces, apenas sesenta, sin contar los que mencioné antes, los más recientes, espurios y detestables).

Cuentan sus creadores que la Pantera Rosa sólo conoció su tema musical hasta que Henry Mancini la hubo conocido a ella, y yo pienso que quedó tan halagada que en adelante adaptó para siempre sus movimientos y su rebuscada languidez a ese acompañamiento de striptease innecesario y a destiempo (¿qué ropa, pues, iba a quitarse?). Freleng afirmaba, por otra parte, que el poder de fascinación del dibujo radicaba en que todo el tiempo parecía ir por la vida pensando: yo observaría que sí, parecía traer algo en mente, pero sólo hasta que la aventura se cruzaba en su camino (el borrachín que no atinaba con la cerradura, la bruja que le regalaba unos patines mágicos, el minúsculo bólido en los corredores de la tienda departamental); entonces se revelaba como una simplona dispuesta, ante todo, a divertirse —aunque luego se llevara un susto tremendo o se enredara en apuros tan tontos como inocentes—, o bien batallaba con contrariedades absurdas (el pajarito cucú empecinado en cumplir su deber, que ella tiraba al río y luego se apersonaba en su puerta tundiendo una batería y con un letrero luminoso que decía: «¡Coma en Joe’s!»). La aventura, pues, interrumpía sus cavilaciones o ella la invocaba con sus caprichos, sus deseos o sus sencillas ganas de joder: ya volvía loco al mono blanco —en papel de arquitecto/albañil— cambiándole los planos de la casa o, cuando éste iba en carácter de director de orquesta, le quitaba la partitura de Beethoven y ponía en su lugar la de Mancini (que al final salía, aplaudiendo, en un auditorio desierto), ya lo fastidiaba atravesándose en cada foto que el pobre quería tomar, ya quería que todas las flores del jardín fueran rosas y no amarillas… De cualquier forma, al final acababa alejándose, dándonos la espalda, perdiéndose en quién sabe qué imaginaciones, en qué sueños, en qué preocupaciones.

Como con todo personaje legendario (DePatie, el otro dibujante, aseguraba que él y Freleng idearon el carácter y los movimientos de su creación pensando en James Dean), se antoja pensar que en torno a la Pantera hay varios misterios por lo visto irresolubles: ¿quién era el muchacho que llegaba al Teatro Chino en un coche de carreras del que bajaban la Pantera y el Inspector? ¿Por qué luego a veces salía ella con apariencia de femme fatale, posando sobre un fondo difuminado, con collar negro y larga boquilla? ¿Fumaba o no? Y ya que apareció el Inspector Clouseau, no será difícil convenir en que la mejor época de la Pantera Rosa fue cuando sus cortos se alternaban con los de éste: ¿por qué, si Dodó era tan francés como él, no sabía hablar francés? (Es más: ¿cómo se escribiría su nombre? ¿Deaudeau?)* ¿Qué hicieron los extraterrestres con el Comisionado cuando se lo llevaron embotellado? El problema con misterios de esta índole es que sólo reafirman, para quienes seguimos investigándolos, nuestra soledad y nuestra indefensión: hace falta mucha necedad para dar con alguien que sepa qué pasa si se pronuncian las palabras «¡Pinki, pinki!» o cómo acabó la viejita que pidió ayuda a la Pantera —en plan de súper héroe— para bajar a su gato del árbol.

Habrá que admitir cómo a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor: más si ese tiempo tenía un suave tono rosa, aunque esto, en mi caso, supone entrar en una idealización forzosa del recuerdo: ya bastante lejos de la infancia descubrí que la Pantera Rosa era rosa sólo hasta que tuve un televisor a color. Caí en la cuenta, entonces, de que la había aceptado y querido —sí, querido— sin reparos, sin objetar ni siquiera el hecho de que su nombre fuera un disparate. ¿Rosa? ¿Por qué? Nunca me lo pregunté. A mí lo que me desasosegaba era que se distrajera y una plancha caliente le dejara en la panza un agujero de forma triangular. O que su cabaña cayera desde lo alto de un precipicio y ella estuviera tranquilamente dormida. O por qué la acosaban un asterisco gigante y su asterisquito bebé. Y que nunca hablara… Bueno, salvo en dos ocasiones. ¿O fueron tres?

* Debo a Teresa González Arce y Luis Vicente de Aguinaga las siguientes noticias: que Dodó era español (si bien ninguno de los dos atinó a documentar este dato, decidimos creer en él dada la incompetencia lingüística del simpático gendarme), y que su aspecto somnoliento explicaba su nombre, sacado de la expresión francesa «faire dodo», equivalente a nuestro «hacer la meme».

Publicado en Las encías de la azafata (Tumbona, México, 2010), que puede descargarse gratis aquí.

‘Roma’: a favor y en contra

Imagen: Pina Pellicer e Ignacio López Tarso en Días de otoño (Roberto Gavaldón, 1963). Para personajes complejos, el de Pellicer en esta película.

A favor: Salen tranvías.

En contra: Muchas de las razones que mucha gente puede tener para que le haya gustado Roma consisten, creo yo, en el hecho de que propicia continuamente el reconocimiento de señales de la propia historia (como mi alegría por ver que salieran tranvías: sí, yo también llegué a verlos de chiquito —y a viajar en ellos—; sí, mi carnal tuvo un Galaxy tan chido y tan estorboso como el del papá; sí, yo sé qué era Ensalada de Locos; sí, también me sé la canción de Leo Dan, etcétera). Pienso que esos motivos para el cosquilleo emotivo podrán disfrutarse, pero no me queda clara la superioridad que puedan tener, por ejemplo, ante las colecciones que algún ocioso pueda postear en su muro de Facebook —y que pronto se vuelven virales— del tipo: «Si puedes reconocer estos comerciales, seguramente ya tendrías que ir tramitando tu credencial del Inapam». Es más: pienso que, como colección de esas señales del pasado, la que armó Cuarón habría podido ser más rica: la vivencia de los años setenta, a quienes nos tocó en suerte, habría podido recrearse de un modo aún más enfático, pero eso cuesta mucho trabajo, me imagino (sí, habrá algún mérito en haber dado con esa caja de Choko Krispis, pero da la impresión de que tanto se esforzó la producción en conseguirla como tan poco en dar con más elementos de utilería que acabaran de redondear la época «recreada» —y entrecomillo «recreada» porque también hay desaciertos históricos: en ese tiempo la gente, sí, podía fumar en el cine o en la sala de espera de un hospital, pero hombres y mujeres no se saludaban de beso).

A favor: La fotografía.

En contra: La abuela buena para nada.

A favor: La actuación de Marina de Tavira, quien evidentemente supo hacer prodigios con sus parlamentos e imprimió a su personaje un carácter que, sospecho, no estaba previsto en el guion que tuviera. Yo qué voy a saber, claro, de lo que Cuarón se haya propuesto hacer con su reparto: quizás sí preveía que la mamá fuera un personaje así de complejo, y lo ayudó a conseguirlo contar con el trabajo de De Tavira. Pero, visto el lamentable desempeño de la actriz que interpretó a la abuela buena para nada, se me hace que en el caso de la mamá fue chiripa. 

A favor: Otra vez la fotografía.

En contra: Con las obras que tienen un sustrato tan personal (y Roma, se ha insistido mucho, como si hiciera falta, es una creación personalísima) hay una dificultad suprema que sólo los grandes artistas son capaces de remontar: ¿cómo hacer para que aquello que es de su muy íntima incumbencia llegue a ser también de la incumbencia del público? Creo que cualquiera que se ponga a ello sería capaz de dar con las razones de que alguna presencia cercana sea no únicamente entrañable, sino hasta épica… Pero será entrañable, o hasta épica, nomás para uno, en principio: para conseguir que los demás también la juzguen así hace falta más que el relato de los hechos o el primor de los planos. Por ejemplo: casi estaba por conmoverme la escena de la fiesta en la casa de campo de los ricachones —el homenaje a Fanny y Alexander, que bien me hizo ver Verónica, ella sí una cinéfila de verdad, no como yo—, pero luego todo se fue al carajo con el incendio del bosque y el cabrón que se puso a cantar mientras lo apagaban. Quiero decir: íbamos muy bien, mi afectividad estaba siendo percutida por la evocación que el cineasta hacía de esa ocasión —los niños echando desmadre, los papás emborrachándose—, pero luego quiso, el cineasta personalísimo, embarcarse en un momento enigmático que de seguro tendrá un gran significado para él, pero que a mí me enfrió con una cubetada de incomprensión (o de ignorancia, lo acepto: a los creadores personalísimos también les da por hacer guiños u homenajes secretos a cosas que nomás ellos entienden). Así que ya en adelante quedé más bien inmunizado ante la posibilidad de que lo que tanto le concierne a Cuarón llegara a concernirme a mí también. Qué le vamos a hacer: ni que fuera Bergman.

A favor: El personaje de Cleo, y la interpretación que de él hace Yalitza Aparicio.

En contra: El personaje de Cleo, y la interpretación que de él hace Yalitza Aparicio. Si bien me gusta que la historia gire en torno a esa presencia, y pienso incluso que en esa decisión estriba la originalidad mayor que puede tener la película, también creo que se obliga por ello a los espectadores a prestarle mucha de la atención que podría destinarse a otros sentidos que acaban quedando difuminados, como el que habría podido adquirir el peso de la historia (sí, el engarce entre la ruindad de Fermín y la atrocidad del Halconazo está bien logrado, pero el cerro pintado con las iniciales de Echeverría —y los carteles del PRI en los muros, o el póster de México 70 en el cuarto de los morros— acaba siendo nomás decorado, que los enterados habremos de desentrañar, quizás, pero que no importa gran cosa ante el drama de Cleo). La escena del parto es cruda y lo amerita, y, en general, el destino de Cleo está bien trazado y bien entreverado en la trama. Pero me temo que se trata de un personaje demasiado elemental como para que nuestra inteligencia de él pueda sacarle más de lo que ofrecen sus hechos, sus palabras, su historia. Hoy, por una bendita casualidad, di en la tele con la película Días de otoño (1963), de Roberto Gavaldón, protagonizada por Pina Pellicer. ¡Qué cosa formidable! El personaje central no se agota con ser conmovedor, sino que además es intrigante. Fascinante. Ya sé que la historia de Cleo tiene mucho de su peso en el hecho de que pertenece al conjunto de los millones de historias similares que, de tan comunes, terminan por ser invisibles, en tal grado que cuando se arroja luz sobre ellas pueden sorprender grandemente. De acuerdo. Pero, por alguna razón, he estado pensando en la memoria que guardo de Las noches de Cabiria, quizás porque Fellini no sólo construyó de modo tan amoroso a ese personaje, sino porque supo además qué hacer para que ese amor tuviera un significado profundo en términos de la narrativa que habitó. Y se me ocurre que Cuarón amaba tanto al personaje de Cleo que no supo bien qué hacer con tanto amor —quiero decir: no supo más que contemplarlo, en la certidumbre de que los espectadores haríamos otro tanto nomás por presenciar lo que le pasaba. Y, en cuanto a la interpretación de Aparicio, no dejo de reconocerle su logro —sobre todo en la escena del parto—, pero al tener que medir su actuación con la de De Tavira, ni modo, tuve que comparar.

A favor: Creo que ya nada.

En contra: No sé por qué se llama Roma. ¿Alguien sabe? Porque el hecho de que la casa de la familia esté en esa colonia no me parece suficiente justificación. (Bien señala mi amigo Victor Panameño que le pusieron así porque es eterna).

En contra: El perro. No sé qué le ven.

En contra: Todas las razones que las legiones de entusiastas aducen para juzgarla como obra maestra. Acaso sea la obra maestra de Cuarón —aunque yo, qué quieren, sé que voy a seguir conservando un recuerdo mejor de Sólo con tu pareja. Pero para que dispute ese lugar en el cine mexicano con otras obras —maestras o no— de cineastas como Luis Buñuel, Ismael Rodríguez o Arturo Ripstein, por nombrar nomás a tres que sostengo que en su momento debieron recibir mucha más atención que la que ahora se le ha procurado a esta película de Cuarón, lo veo muy cabrón. Y lo pongo de este modo, ya para acabar y para dejar aquí los límites de mi juicio, que en realidad importa tan poco y que no espero que a nadie le enturbie ni tantito la maravilla o el estremecimiento experimentados con Roma—razón por la cual tampoco tengo previsto enzarzarme en ninguna polémica al respecto, más bien planeo seguir adelante con mi vida—: para mí, en el cine mexicano, el diez absoluto lo tiene Tiburoneros, de Luis Alcoriza (¡también de 1963, vaya, como la de Gavaldón!). Y a ésta le doy, ¿qué les gusta? ¿Un siete punto ocho? Más o menos por ahí.

Pocos como él. O, más bien, nadie. Pero sí, pocos, muy pocos, de los que quedan, muertos ya Enrique Cuenca, Leonorilda Ochoa, ‘El Borras’, ‘Borolas’, desde luego Chucho Salinas, Amparito Arozamena, ‘Pompín’ Iglesias, Polo Ortín, ‘El Comanche’, Pepe Gálvez… Y el enorme Mauricio Kleiff, que no actuaba, pero escribía lo que muchos de éstos hacían. Entre esos pocos que quedan, claro, están Alejandro Suárez y ‘El Loco’, por supuesto, y Eduardo Manzano, ‘Zamorita’, ‘Chabelo’, la insuperable María Victoria… ¿Quiénes más, quiénes menos? Héctor Lechuga llevaba el oficio esculpido en los rasgos, y nomás con que pusiera la carota le bastaba, pero, además, su comicidad, como en los mejores casos, radicaba en buena medida en una astucia suprema y un sentido agudísimo de la oportunidad. Lo mismo como niño baboso vestido de marinerito que como una de las ‘Hermanitas Mibanco’ (bucles, vestido floreado y las patas peludas con calcetines), o bien al encarnar al ciudadano cualquiera bajo cuya resignada seriedad operaba siempre la sagacidad necesaria para soltar alguna genialidad mordaz, para deslizar algún doble sentido tan sutil como certero, para componer la mueca precisa y desternillante. Puro ingenio, el de Lechuga y el de esos pocos como él. Y pura risa. Y pura tristeza que ya no haya quienes nos atesten así la memoria (esa memoria que termina por definir quiénes somos) con semejante felicidad.

JIC

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