Como suele suceder con esa fuente primordial de sabiduría que es La Pantera Rosa, se desprende una lección importante del episodio en el que nuestra amiga es acosada de modo implacable por un mosquito: la propia rabia es siempre la fuerza que primero debemos someter al defendernos de un enemigo odiado. Para infortunio de la Pantera, ninguno de sus recursos funciona porque están decididos por la desesperación y la cólera: cuando prueba con el insecticida, lo esparce en exceso y queda a punto de morir asfixiada; cuando al fin intenta el karate, el mosquito resulta más diestro y acaba venciéndola y echándola de la casa. Humillada y adolorida, bajo la lluvia, la Pantera ve por la ventana cómo el malvado disfruta de su triunfo, echado en el sillón delante del televisor. Y acaso sólo entonces encuentre —pero ya es tarde— la elemental pero difícil lucidez que dimana de preservar la serenidad en el fragor del conflicto: ¡tan fácil que habría sido ponerse repelente!

      Yo por eso cargo siempre un buen bote en mi mochila, y me he impuesto rociar y rociar a los míos y a cualquiera que se deje antes antes de percibir el taimado zumbido o de descubrir el impune sobrevuelo del pérfido díptero por encima de nuestra frágil condición. Tristemente, como especie estamos en tal grado de desventaja que no hay previsión o paranoia que sirvan por completo, y es así que a menudo he de verme, lo mismo que cualquiera, inesperadamente enronchado e inevitablemente fúrico, por más precauciones que tome. Y entonces procedo a los karatazos, como la Pantera, como si de algo fueran a servir. La picazón es, sí, molestísima y enervante, pero el efecto más dañoso del piquete es de índole moral: por eso no podemos rascarnos sin maldecir en voz alta, ni tampoco nos abstenemos de buscar venganza de inmediato. Los mosquitos nos regresan a la etapa de la evolución en que la vida era sólo morir y matar.

      Dar caza al diminuto depredador es el único crimen de odio justificable que existe. Porque nadie va a afirmar, jamás, que le caen bien los mosquitos. Sus ataques, la sofisticada coreografía aérea con que se ocultan y luego se lanzan, o se repliegan y enseguida reaparecen por el otro lado, mostrándose con jactancia o temeridad kamikaze, para esfumarse de forma inverosímil cuando creímos haberlos aplastado con la palmada más certera y veloz de que fuimos capaces; su velocidad supersónica y la ubicuidad portentosa que los hace picar a la vez en la nuca y en una pantorrilla, en un antebrazo y en una corva, y además el poder de traspasar los sólidos y llegar a la piel por debajo de la más recia mezclilla, entre otros atributos sobrenaturales, serán ciertamente admirables desde el punto de vista de la ciencia. Pero basta con que nos elijan como víctimas para que esa admiración se trueque en aborrecimiento. No parece aceptable que el encarnizamiento y la insidia con que nos cercan sean únicamente medios para su supervivencia: no conformes con nuestra sangre, quieren despojarnos además de nuestra paz y acaso de nuestras pobres posibilidades de encontrarle sentido a la existencia. ¿Por qué? No voy a irme por ahí, pero hay teólogos que aducen una intención admonitoria en la voluntad divina que concibió los mosquitos: son el recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad en un mundo abocado a la corrupción y a la caída. Sea como sea, son probablemente los seres más antipáticos de toda la Creación.

      Y caen gordos, para empezar, por el diminutivo que los designa. Como si lo chiquito los disculpara o los volviera inofensivos. Aunque no habría que llegar hasta el caso del Aedes aegypti para condenarlos sin remisión in toto: no hace falta que sean asesinos para que su proceder vampírico esté afeado por la mera maldad incausada y por tanto absurda: si quieren comer, y nosotros les servimos para ello, ¿por qué rayos tiene que ser a media noche, por qué no se sacian sin que la probóscide infame deje al retirarse ese escozor desquiciante? Por eso creo que es preferible decirles zancudos, para que sepan que no nos andamos con mimos. (Veo en el diccionario que hay lugares donde se les dice ventifareles, cénfalos, cínifes y violeros. No lo creo y no me sirve: con zancudo, pienso, es bastante, pues es descripción burlesca y nos resarce, así sea ilusoriamente, pero qué es la vida sin ilusión).

      Entre los raidolitos tóxicos y la inservible citronela (otra ilusión), la ingestión de ajos (se supone) y la pura envidiable buena suerte —el enigma genético por el que hay individuos inatacables por el hematófago maldito—, pasando por los aparatos fraudulentos que dizque emiten ultransonidos insoportables, las bolsas de plástico llenas de agua (la idea es que el zancudo, al ver una realidad distorsionada por el efecto óptico, se conturbe o se aflija al volar junto a ellas, y luego se deje morir o se mate) y hasta llegar a ese culmen de la tecnología al servicio de la pena de muerte que son las raquetas chinas (el mismo principio de la silla eléctrica, nomás que portátil, recargable, barata y ultraexpedita), nada hay tan satisfactorio como el manotazo in fraganti, inapelable, sañudo si es posible y bien tronado, y tras el cual podemos vernos la palma, y ahí la sangre nuestra revuelta con la del agresor, para sonreír con los dientes apretados mientras decimos en voz baja: «Ándele, cabrón».  

J. I. Carranza

Mural, 5 de julio de 2026.