Puede ser que, hacia el final de este domingo, la exultación nacional rebase todos los límites conocidos y aun los que no hemos llegado a imaginar. Por lo visto hasta ahora en los epicentros de la emoción que muta en furor (la Minerva y el Ángel, principalmente, pero en todos lados también), la multitud y la intensificación de las afirmaciones de júbilo han ido en aumento partido tras partido. Lo que pasó tras derrotar a Corea no se compara con lo que habíamos atinado a hacer para celebrar el triunfo sobre Sudáfrica, y la celebración por el resultado contra la República Checa quedó lejos de lo que estaba por desatarse cuando dejamos en la lona a Ecuador. En cada ocasión hubo que ir ampliando nuestra capacidad de asombro y recalibrando nuestra incredulidad. Es tan extraño que México gane así, tanto, una y otra vez, y otra y otra más, y sin goles en contra, que el imperativo de festejar es generalizado e ineludible y arrasa con los frágiles diques de sensatez y prudencia que mal que bien contienen la vida diaria para que no nos exterminemos como sociedad. Parece ingenuidad llana pretender que eso que revienta y ruge y vuela y se incendia haya forma de sujetarlo a ninguna forma de control.

      (Dije que integrarse al pandemónium de estupor y frenesí es generalizado, pero evidentemente no es así: nunca faltarán el desaprensivo o el aguado que ven nuestros pujidos y nuestros brincoteos con imbatible indiferencia; tampoco el que sencillamente tiene otras cosas de qué ocuparse, y ni siquiera se plantea ninguna paciencia para nuestros aullidos, nuestros desfiguros y nuestra propensión a abrazarnos con desconocidos. Son claramente comprensibles las razones de esos conciudadanos a quienes no habría por qué pedirles que se invistan del patrio verde ni que se dispongan para que la masa los mantee y los haga volar por los aires; por tanto es también del todo respetable que prefieran permanecer al margen del caudaloso río humano, que puede volverse pronto tempestuoso y mortal, pero que en tanto eso no ocurra es tan divertido y tan fascinante. Pero hay una gran diferencia entre esos espíritus blindados, y acaso admirables, y los podridos o al menos pestilentes de quienes se atrincheran en su repugnancia y su desprecio para condenarnos a quienes meramente estamos contentos. Autoungidos con sus figuraciones de superioridad moral y mayor claridad intelectiva, esos que le reprochan a la afición su contento, o se burlan sin más de la ardua alegría fruto de este puñado de goles, o que fingen no comprender las motivaciones de quienes celebramos, se proponen enfriar el ánimo del país con sus amargosos reproches y queriendo corregir los desvaríos y la ceguera y la ignorancia que nos echan en cara a quienes andamos felices tarareando la de Juanga. No lo consiguen, desde luego, y son entonces no solamente acedos, sino además patéticos. Como el afamado —y ni tanto— novelista que, tras el tres a cero contra la patria de Kafka, no se aguantó el veredicto: “La afición que estalla de júbilo por un simulacro de éxito es tan mediocre como el equipo tricolor”. O la conocida a la que dejé de seguir y bloqueé cuando vi que posteaba: “Ya sé que ahorita todos ustedes nomás están pensando en el futbol…”).

      Puede ser, también —Dios no lo quiera—, que hacia el final de este domingo nos aguarde un abatimiento nacional que tampoco hemos conocido nunca, y que acaso sólo sea calculable en relación con las dimensiones insólitas de nuestra frágil ilusión. Es muy significativo que el vehículo mejor para la temerosa y temeraria esperanza condensada en la pregunta “¿Y si sí?” sea un huevo: en cualquier momento se tiene que romper —el martes pasado, camino a la Minerva, vi que alguien portaba un huevo San Juan gigante con ese estampado: un nuevo símbolo insuperable de la mexicanidad—. Seamos justos: si la Pérfida Albión hace valer sobre nuestros esforzados muchachos la autoridad que sólo le viene de haber inventado el futbol (y nada más: un solo Mundial ganado en toda la historia es un poco lastimero), no se valdrá hablar de decepción ni de fracaso: mucho es lo que se ha conseguido, por poco que sea, y cuando menos que nada habríamos podido esperar. Esa tristeza —la boca se me haga chicharrón— será, sin embargo, del todo inmerecida, como toda tristeza lo es siempre. Y tras el estupor y la desolación habrá que emprender la resignación, eso que hace más pesado el pesar.

      ¿Y qué hacemos con una cosa u otra? ¿Con la desmedida explosividad de nuestra dicha o con los nubarrones que —císcalo, císcalo, diablo panzón— podrían privarnos una vez más de que el sol brille sobre nuestra fantasía? Muy probablemente éste será el último Mundial en México para muchos millones de los millones que, desde esta mañana de sábado en que escribo estas líneas, ya estamos en la tarde noche de hoy domingo al mismo tiempo gritando y llorando, cantando o callando, furiosos o hermanados con el universo, flotando o hundidos, abrazándonos en todo caso, sea para felicitarnos o para procurarnos consuelo. El último Mundial que nos toque. Y por eso su memoria está ya siendo imborrable: para bien o para mal, lo único que nos quedará.

      Pase lo que pase, mañana será otro día. Y eso ahora mismo parece inverosímil o imposible. En toda auténtica épica nos es dado experimentar una cierta eternidad.  

J. I. Carranza

Mural, 5 de julio de 2026.