Al principio nos asombró —luego ya no tanto— la notoriedad que recientemente ha ganado Cristian Castro: porque dice y hace cosas extrañas y chistosas, pero también porque circulan cada vez más videos suyos que muestran sus dotes como cantante. Que las tiene, no cabe duda. En uno de esos videos, mientras se come un plátano en una cocina donde también está José José, Cristian explica cómo “El Príncipe” poseía una capacidad aeróbica extraordinaria, como si tuviera “cuatro pulmones”, y para ilustrarlo se pone a cantar “Buenos días, amor”, de forma desde luego admirable. Resulta lógico entonces que, con esa visibilidad que tiene (en TikTok, en YouTube), se pensara en él para los anuncios de una plataforma que acaparará los partidos del Mundial, en los que sale con un batín verde con vivos rojos, haciendo caras y diciendo payasadas, ora hablando con un perro, ora llamando por teléfono a Luis Miguel.

      (Ahorita vuelvo con CC, pero antes tengo que decir esto: qué miseria se ha vuelto el Mundial, con ese acaparamiento y esas odiosas exclusividades, destinado a celebrarse para el enriquecimiento obsceno de unos cuantos y encarecido hasta el disparate para las multitudes de aficionados: un cuarto de hotel en Guadalajara podrá costar dos mil 300 por ciento más esos días. Pretexto para que se coludan la podrida FIFA y los gobiernos, cuyos figurantes más astutos podrán medrar de lo lindo, el Mundial es como una plaga para las ciudades en que tiene lugar —por lo menos las mexicanas—, con obras malhechas y corruptas y trastornos a la vivencia de lo cotidiano que difícilmente nos traerán alguna alegría… Ha de ser por eso que aún no se siente el ambiente mundialista, y qué bueno: ojalá se cancele).

      Caímos pronto en la cuenta, y así estuvimos comentándolo un par de veces, cuando nos salían esos anuncios: pues claro, la genética no olvida ni perdona, y después de todo CC es hijo de quien es, de ahí que en su peculiar estampa se acrisolen el encanto de Verónica Castro y la simpatía descabellada del Loco Valdés. ¡Y es sobrino de Don Ramón y de Tin-Tan! Por eso, haga lo que haga, es muy probable que le salga bien: si baila enfundado en una malla tornasolada y con el cabello morado, si declara a la televisión argentina que cada vez está pareciéndose más a una tía suya, si divulga su doctrina de invencible anonadamiento e insta a “no hacer ¡nada!”, si canta heavy metal o baladas, etcétera. De modo que así nos lo dijimos, a la hora de la comida, mi esposa y yo, no sin alguna culpa o pudor: cuarenta años más tarde, resulta que venimos a descubrir que Cristian Castro nos cae bien y tiene más de un talento, el maldito. Qué barbaridad.

      Y ahí habría quedado todo, de no ser porque, un par de días más tarde, el endiablado algoritmo empezó a aventarme canciones de CC que, lo juro, yo jamás habría buscado por mi cuenta, ni siquiera por curiosidad. No quiero sugerir, aclaro, que mis gustos musicales sean mejores que los de nadie, pero de seguro no son peores. En todo caso, a estas alturas de la vida no voy a cambiar tan fácilmente de querencias: como cantaba Sinatra, “Why try to change me now?”. Y por eso llegó a irritarme la insistencia de la app en ponerme a oír “Azul”, pero también porque así se demuestra cómo los aparatos están siempre escuchándonos, registrando puntualmente los que identifican como nuestros puntos flacos y asestándonos en consecuencia lo que debemos consumir a continuación, sabedores de que carecemos de voluntad suficiente para elegir por nuestra cuenta. Y de que conocen mejor que nosotros qué queremos oír o ver o leer y qué debemos comprar, y también qué necesitamos (y qué no) saber, cómo tenemos que comportarnos, de qué tenemos que estar hablando y cómo debemos pensar.

      Otro ejemplo: ¿por qué, de repente, da la impresión de que el único asunto importante en el universo son las personas que supuestamente se sienten perros o coyotes o gatos, y que por lo visto se conducen como tales? (CC tiene algo de gato rubicundo, ahora que lo pienso, como un Garfield que canta, y de súbito me asalta el recuerdo del gato GC —el de ¡Corre, GC, corre!—, acaso nuestro primer therian, o un visionario, al menos). De la noche a la mañana, todo mundo se ha enterado de su existencia y se divierte con memes cada vez más ineficaces, pero también se ha formado una opinión al respecto; como si fuera algo que deba tomarse en serio, no han faltado los expertos que son consultados, y pronto veremos a Lemus pelando los ojos y torciendo la jeta con repugnancia cuando algún reportero se los mencione. Pero habría que preguntarse: ¿a quién le conviene que estemos ocupándonos de semejantes idioteces? Y también: al desencadenarse la ridiculización y la saña contra quienes se creen animales, ¿no está alentándose soterradamente la estigmatización y la proscripción de quienes mudan de identidad en el plano humano y real, por ejemplo las personas trans? No dudo que pronto alguien —por ejemplo el propio Lemus, tan celoso de la moralidad tradicional— salga a acusar: “¿Ya ven a lo que estamos llegando por permitir esas conductas antinaturales?”.

      Malamente, esto de los therians también estuvimos platicándolo a la hora de la comida, con los teléfonos cerca. En cualquier rato me va a salir el video de alguien vestido de conejo cantando la de “No podrás”. 

J. I. Carranza

Mural, 22 de febrero de 2026.