Las alarmas acerca de los peligros que trae consigo el acelerado progreso de la inteligencia artificial están pitando todo el tiempo, pero esta semana sonaron más recio, principalmente a raíz de un artículo que circuló profusamente, «Something Big is Happening», cuyo asunto principal es que, según el autor, Matt Shumer, hemos estado subestimando las consecuencias de ese progreso, aun cuando tales consecuencias ya están teniendo lugar desde hace tiempo. Programador y empresario involucrado en la creación de herramientas de IA, Shumer afirma que mucho del trabajo necesario para dicho desarrollo ya están haciéndolo esas mismas herramientas —es decir, que trabajan en perfeccionarse por su cuenta, sin intervención humana—, de tal manera que los empleos de programación que hicieron posible esta tecnología, por ejemplo, ya son cada vez más prescindibles.

      El artículo hace algunas recomendaciones aparentemente sensatas ante eso que ya viene, y están dirigidas en buena medida a la supervivencia individual: adaptarse cuanto antes, replantearse los objetivos que uno persigue en la vida, ordenar las propias finanzas en previsión de la pérdida del empleo… aunque también habrá que precaverse contra la devastación que traerán consigo los sucesivos tsunamis que están cobrando forma ahora mismo en los procelosos océanos de la economía mundial. En días pasados, hubo una tempestad bursátil en la India debido al anuncio del lanzamiento de nuevos modelos de Anthropic por los que millones de empleos podrían verse rápidamente reemplazados. Dario Amodei, quien está al frente de Anthropic, ha vaticinado que al menos la mitad de los puestos de trabajo llamados «de cuello blanco» en el mundo dejarán de existir de aquí a cinco años. Interesa lo que piensa y dice Amodei, hay que decir, porque en el entorno de los magnates que encabezan esta revolución, parece ser el que más se ha preocupado por las consecuencias adversas que deberíamos temer, y ha impulsado investigaciones para explorar los límites éticos que convendría tener en cuenta, lo que significa que las máquinas, de manera autónoma, estén ya transgrediendo esos límites (extorsionando a seres humanos, por ejemplo, o adiestrándose sin ningún escrúpulo en el desarrollo de armas biológicas), y cómo deberíamos prepararnos, sociedades y gobiernos, para lidiar con todo eso.

      Naturalmente, a todas las previsiones agoreras se podrían oponer otras, de signo contrario, centradas en los insospechables beneficios que la IA está ya haciendo posibles en numerosos ámbitos de la existencia humana: cura de enfermedades antes incurables, más justa distribución de la riqueza, preservación de los ecosistemas y aprovechamiento más sensato de los recursos, avances para la educación y, en general, mejorías otrora inalcanzables en la calidad de vida de sectores más grandes de la población… Si es verdad que las capacidades de procesar y utilizar cantidades ingentes de información a altísimas velocidades va multiplicándose a cada momento, en especial gracias a lo que se conoce como un «bucle de retroalimentación» que acelera el progreso, corrige y aprende y perfecciona de modo cada vez más instantáneo; si es verdad, en fin, que la inteligencia artificial es la hiperpotenciación de lo que han podido alcanzar las civilizaciones a lo largo de la historia, es de suponerse que las más perdurables aspiraciones humanas tendrían que llegar a verse satisfechas pronto, gracias al hecho de que las máquinas están libres de nuestras peores taras (supersticiones, prejuicios, pasiones, emotividad, y también hambre, frío, dolor o muerte).

      Sea que se mire en una u otra dirección, hacia el abismo y el apocalipsis o hacia un futuro donde se realicen nuestras mejores posibilidades, lo cierto es que las ocasiones para la exageración son numerosas, la tentación de la credulidad es poderosa y abundan los espejismos y son más nítidos y seductores —casi como si los produjera la IA a nuestro capricho y según nuestras más altas ilusiones o nuestros más agudos temores—. Pues sucede que, mientras las profecías se cumplen y las esperanzas se colman, lo que tenemos es un presente del que más nos vale hacernos cargo. Si lo que viene escapa a nuestro control, habrá que admitir que así ha sido siempre. Y el presente, en cambio, lo tenemos a la mano, y es tan precario como fugaz y eterno e invaluable.

      En medio de la agitación que hay constantemente en los ámbitos donde está reconfigurándose la realidad (las grandes compañías que compiten por llevar la IA adonde ésta misma va mostrándoles), hace pocos días llamó la atención otra publicación que, en el mismo sentido que la de Shumer, también alertaba sobre los peligros crecientes y sobre lo poco prevenidos que estamos para imaginar siquiera lo que nos espera. Se trataba en este caso de la carta con la que Mrinank Sharma, quien lideraba el equipo de investigación de «salvaguardas» de Anthropic, explicaba su despedida, resignado por no poder detener aquellos peligros, que pone en relación con las crisis simultáneas que atraviesa la humanidad: cambio climático, guerras, declive de la democracia y otros valores, etcétera. Sharma agregaba que ahora va a dedicarse a la poesía y que se propone «ser invisible».

      No es mala idea, este propósito. 

J. I. Carranza

Mural, 15 de febrero de 2026.