-
Horizonte

Desde el balcón, hacia el oriente, se extendía hasta hace no mucho el horizonte manejable que es indispensable siempre que amenace la duda acerca del lugar que uno ocupa en el mundo (es decir, siempre). Era perfectamente posible hacerse una idea de la extensión de la ciudad en esa dirección, que bien bastaba con entender que terminaba donde salía el Sol, sin que hiciera falta más, ni siquiera suponer que Tonalá estaría por allá. Los aviones, hacia la derecha (el sureste), marcaban dónde correspondía suponer que estaría Chapala, y hacia la izquierda (el noreste), detrás del Cerro de la Higuera, del otro lado de la Barranca de Huentitán, cabía imaginar que se acababa la Tierra y empezaba el vasto universo desconocido. Me gustaba en especial la presencia de ese cerro, que también estuvo ahí durante los dos primeros años que estuve en la Secundaria Técnica 4: alargar la mirada hasta su relativa y digna altura, desde el tedio de las clases en el tercer piso (en primer año) o desde las melancólicas afirmaciones de soledad que uno va haciéndose en segundo año (en el segundo piso), y, en la distancia, pensar que más allá de ese tedio y esa soledad podía estar aguardando otra forma de vida: qué ganas, entonces, de salir de la escuela, agarrar ese rumbo, seguir caminando hasta la caída del Sol o hasta alcanzar la cruz y las antenas en la cima del cerro, lo que ocurriera primero. El salón de tercer año estuvo en el primer piso: ya no alcanzaba a verse a lo lejos, pero aquella posibilidad de que la vida fuera otra cosa ya nunca dejó de operar.
Ese horizonte, también, cada 15 de septiembre y cada fin de año, encuadraba sin dificultades los fuegos artificiales en el centro. El balcón del que hablo, nuestro cada vez más estorbado mirador, está en una cuarta planta, altura suficiente para disponer en dichas ocasiones de una fantástica pantalla panorámica extendida desde el Cerro de la Higuera y hasta el Cerro del Cuatro, y en la cual teníamos una visión privilegiada de la profusión de luces que tenía lugar a cinco kilómetros, la distancia aproximada entre La Minerva y la Plaza de Armas. Además de eso, todo el año ponía delante de nuestra distracción un muy modesto skyline en el que, con binoculares, llegaba a distinguirse la cresta u ola del templo de la Hermosa Provincia, y desde luego también las torres de Catedral —éstas incluso sin binoculares, en especial en días despejados—, lo mismo que varias torres y cúpulas que era bonito ir tratando de nombrar: desde San Felipe al Perpetuo Socorro y hasta San Luis Gonzaga, y quiero creer que hasta el imponente huevo de la Divina Providencia —que siempre me ha dado miedo, no sé por qué—. Y qué decir de las óptimas condiciones para la observación meteorológica, en especial en su variante de sabiduría ancestral según me la enseñó mi papá (ya la consigné una vez aquí, pero no veo razón para no referirla de nuevo): en Guadalajara, la lluvia tiene un comportamiento muy predecible según la procedencia de las nubes, y puede apostarse con gran seguridad a que las masas grises y pesadas que aparentan aproximarse desde el Cerro del Colli jamás van a llegar; las que se divisen hacia San Pedro, por inofensivas que luzcan, van a llegar sin falla y van a causar estragos; y las que vengan desde la Barranca puede que lleguen o puede que no. No tiene pierde.
Tales predicciones y tales contemplaciones ya no son posibles. El horizonte fue negándonoslo, de modo subrepticio y odioso, la erección imparable de torres que parecen haber ido avanzando hacia nuestro triste balcón así apocado. Como gigantes estúpidos, esas malditas torres deshabitadas se arriman entre sí y tapan el cielo y nos cercan, y así por fin este Grito que pasó ya no vimos sino sólo los resplandores inservibles de la pirotecnia, y no el estallido de los cohetes, propiamente. ¿En qué momento pasó esto? Todavía alcanzamos a ver el fulgor de las llamas la última vez que se quemó el Mercado Corona. ¿Y cuánto más tendríamos que elevar el balcón para volver a distinguir al menos hasta el Expiatorio? Lo malo es que nuestro edificio sólo tiene cuatro plantas (temo que en cualquier momento nos corran para tumbarlo y alzar en su lugar otra torre más). No sólo ha sido esto: también el Sol se decide a salir cada vez de más mala gana, las nubes se van volviendo ilegibles, las aves se han ido desterrando (antes llegaban muchas palomas y zanates y conguitas, ya no tendrán mucho que hacer en este nuevo bosque hostil de cemento y vidrio), y, además, las calles se van volviendo cañones ensombrecidos y en los que prospera de modo inhumano el ruido, amplificado e insoportable cuando es, por ejemplo, el que hace atronar algún motociclista diabólico entusiasmado por el decibelaje atroz que alcanza al lanzarse por las honduras de López Cotilla.
En esta privación del horizonte, lo más triste —hablo por mí: para Guadalajara debería ser no sólo motivo de aflicción, sino también de consternación y alarma, pero capaz que no se ha dado cuenta— fue haberme quedado sin el paisaje presidido por el Cerro de la Higuera. Quién sabe si todavía esté donde lo dejé, dibujado como un sueño o un recuerdo entrañable; quién sabe, si ya no está, qué habrá en su lugar. Ojalá que no hayan arrasado con él para levantar una torre más, o miles, en las orillas y en el fondo de toda la Barranca.
J. I. Carranza
Mural, 20 de septiembre de 2026.
-
El favorito

Así como los musulmanes, para salvarse, y a menos que los excuse un impedimento gravísimo, han de peregrinar al menos una vez en la vida a la ciudad sagrada de La Meca, todos nosotros debemos leer al menos una vez en la vida Moby Dick. Si no, nos vamos a condenar sin remedio. Es lo que en cada curso me gusta decirles a mis alumnos. Y no sólo que van a irse al infierno si no leen esa novela, sino que además tiene que gustarles y, aún más, importarles mucho y volverse decisiva para lo que lleguen a entender de sí mismos y del mundo. Y agrego que no hay escapatoria ni atenuantes. Concedo que es posible, en la experiencia de lectura, que lleguen a descubrir alguna forma de placer acaso insospechable, o bien ocasión de reencontrar algún gozo ya conocido pero seguramente intensificado con dicha experiencia. Pero no es seguro, o no es lo principal que deben tener en cuenta: lo imperativo es cruzar el mar al lado de Ahab, enterarse de lo que éste hace y de lo que le pasa, ir ellos mismos tras la ballena… Y hacer suya esa pesca brutal y desaforada, del modo más íntimo y más primitivo, como si estuvieran descubriendo el fuego o el mar mismo, y dejarse perder y desesperarse y sumergirse y olvidarse de todo lo demás. Y, con suerte, emerger al cabo, quién sabe si a salvo, pero sí transfigurados o renacidos.
El dramatismo de esta instrucción varía según advierta que quedan claras, más pronto o más tarde, las razones de fondo de lo que quiero decir. Hay estudiantes que al vuelo captan la sencilla idea que revisto de tremendismos, pues la capacidad para la ironía de que esos estudiantes disponen facilita que pronto nos entendamos. Otros, en cambio, que adolecen de literalidad y exceso de sentido común —lo contrario de la ironía—, tienen más dificultades para advertir que el asunto es: permítanse leer, al menos una vez, al menos un libro, como si en ello les fuera la vida, y a ver qué pasa. (Si estos estudiantes, los más blindados para percibir que claramente exagero, acaban de todas formas leyendo Moby Dick para no irse al infierno, igual me doy por bien servido). Y, como suele decirse, esta revelación o admonición que les hago es, desde luego, una broma… pero si no quieren no es broma. Pues ultimadamente sí creo que quien no lea Moby Dick se merece alguna variante de condenación o pena, así sea la de haberse perdido de esa aventura —que es pena grande, yo digo, o lástima: nadie debería privarse de ella.
He estado pensando en estos asuntos desde que llegó la invitación para ir a tomarse la foto «con la FIL», es decir, la convocatoria para ir ayer a posar para un retrato que, supongo, formará parte de un mural o un collage, en ocasión de la cuadragésima edición de la Feria. «Ayer», digo, pero en realidad es hoy, sábado, cuando estoy escribiendo esto, y todavía no voy a que me tomen la foto, así que no sé todavía cómo habré salido, ni tampoco qué libro me llevaré, pues la invitación venía con esa indicación, uno tiene que llevar su libro favorito. (Hace veinte años, cuando la FIL llegaba a la mitad de la edad que tiene ahora —el invitado era Andalucía—, hubo una convocatoria similar y allá fui, bien peinado pero —y esto es lo más alarmante— todavía con todo el pelo negro, a posar para un retrato. Nomás que el libro que me llevé fue uno mío, y ahora mismo soy incapaz de saber si a) había malentendido la instrucción, b) en realidad ese libro era, en ese momento, mi libro favorito, o c) aproveché para la autopromoción desvergonzada.
El caso es que aún no sé qué libro me llevaré. Pues la noción del libro favorito puede ser tan simple y clara como compleja e infernalmente oscura. ¿Es posible afirmar, con toda lealtad a la verdad y sin dudarlo en absoluto, cuál es el libro que uno prefiere por encima de todos los demás? Y, si en efecto es posible, ¿no tendría que reservarse esa declaración para el momento inmediatamente anterior a la muerte, cuando en definitiva ya no quede ni un instante más para cambiar de opinión? Podría suponerse que la decisión es más sencilla si son pocas las lecturas que uno suma, pero cabe recordar los trabajos que pasó Peña Nieto para responder (en la FIL, justamente). O quizás esté más autorizado para que le creamos quien haya leído muchísimo y disponga, por tanto, de más fundamentos para saber qué sirve y qué no vale la pena. (A este respecto, me acuerdo siempre con risa de Ricardo Garibay, que una vez tronó, ufano y rabioso: «Yo leí las Obras completas del Marqués de Sade… ¡Y no me gustaron!». ¿Y entonces para qué rayos las leyó completas?).
La cuestión se zanja, creo, recurriendo al subterfugio de la provisionalidad. Uno puede, sí, asegurar y jurar que tiene un libro favorito… pero que sólo lo será durante los próximos quince minutos. O en el transcurso de esta semana. O de aquí a que llegue la FIL. Ya entonces aquel juramento habrá prescrito y se podrá hacer otro nuevo, igualmente perentorio. También cabe la posibilidad de que la certeza del libro favorito sea por completo secreta e inconfesable: poso para la foto con, no sé, la Divina Comedia o el Finnegans Wake… Pero en mi corazoncito le tengo una veladora perpetua a Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
En bonitos trabajos nos metió la FIL. Y me pregunto si alguno de mis alumnos, alguna vez, por haberme hecho caso, ha terminado con Moby Dick como su libro predilecto.
J. I. Carranza
Mural, 13 de septiembre de 2026.
-
En el mapa

Todos los mapas son propensos al error o, en mayor o menor medida, trabajan desentendidos de comportarse todo el tiempo con precisión y lealtad. No sólo precisión: exactitud. Como no somos criaturas voladoras y, por tanto, hemos de atenernos a los trazos que reproducen la tierra que nos apresa, nos confiamos a dichos trazos y a sus significados y más nos valdría —queremos creer— que unos y otros fueran exactos. Que se correspondieran lealmente con el espacio que nos contiene y con las distancias que desde dicho espacio se prolongan o en él convergen; con los relieves que hallaremos de empezar a recorrer esas distancias: pendientes o declives, cumbres y valles y mesetas y depresiones y simas y todo el espectro orográfico del horizonte en cualquier dirección; que, a tiempo y sin un milímetro de más ni de menos, los mapas nos informaran de la inminencia del agua, sea que se nos acerque en forma de mar o lago o charca o presa o glaciar, o que vaya a salirnos al paso como arroyo o río o disfrazada de furor o inocencia. Querríamos, en fin, que los mapas fueran así leales también siempre con nosotros, que los consultamos desde nuestra indefensión y no tenemos más remedio que hacerles caso. En la leyenda «Usted está aquí» se cifra el comienzo de toda esperanza: no todo está perdido, empezando por nosotros.
Pero sí perdemos de vista que aquella propensión al error o a la inexactitud no es consecuencia de que el mapa mienta, sino que radica más bien en nuestra lectura y en las interpretaciones que hacemos. Voy, por ejemplo, en el coche, una mañana lluviosa y caótica, y tardísimo, y acudo a las indicaciones de Google Maps para eludir embotellamientos e inundaciones, para dar con desviaciones impensadas que, paradójicamente, serán la ruta más directa. Así tranquilizado y optimista, obedezco y doy vuelta aquí, luego allá, luego otra vez vuelta… hasta que ya no avanzo más, porque el tráfico se cierra delante de mí o porque el sentido de la calle no es el que la Pilarica me jura (Pilarica llamo a esa voz nasal de acento ibérico e infinitamente paciente). «¡El mapa está mal!», tiende uno a pensar en situaciones semejantes, dando por hecho al instante que hay una equivocación en la nomenclatura de las calles o en las direcciones en que corren o incluso en la ubicación de los puntos cardinales. «La Pilarica está tonta», mascullo, mientras meto reversa y me hago a un lado y al fin me detengo a interrogarla y descubro que el error fue mío, que no entendí algo o me pasé donde me decía que torciera…
Podrá ser difícil de admitir, pero lo cierto es que son elevadas las probabilidades de que sea uno el tonto, y no el fruto de tan prodigiosa tecnología satelital e informática vehiculada por las resignadas instrucciones de la Pilarica para al fin sacarme sin contratiempos de La Calma. Es cierto también que, a veces, dejamos prosperar a propósito las interpretaciones erróneas, sea porque no vemos urgencia en corregirlas o porque así conviene a determinados intereses. Y entonces pasa lo que muchos descubrimos apenas antier: que llevamos casi medio milenio creyendo que el mundo era de un modo, cuando es de otro muy distinto, en especial en términos de tamaños y proporciones —y en esto, como ocurre en el resto de la naturaleza, el tamaño sí importa, como se ha podido ver.
La noticia es esta —y no deja de ser maravilloso que la cartografía, ciencia hecha con contemplación y minuciosidad, ocupe titulares planetarios en estos tiempos frenéticos—: gracias a la iniciativa impulsada por Togo y respaldada por Estados de la Unión Africana y por Bahamas, la ONU recomendó el pasado 4 de septiembre ir deshaciéndose de la conocida como Proyección de Mercator, un mapamundi deformado en el que los territorios más alejados del Ecuador van viéndose mucho más grandes de lo que en realidad son. Adoptado universalmente desde 1569, ese mapa concebido por el geógrafo y cartógrafo flamenco Gerardus Mercator ha sido funcional para la navegación, principalmente, y delinea con precisión los contornos, pero también ha asentado en la comprensión geopolítica de las generaciones una idea de las magnitudes de continentes y naciones muy alejada de la verdad. Pues resulta que Groenlandia, por ejemplo, es 14 veces más pequeña de lo que pensábamos, cuando Mercator le había dibujado una superficie mayor que la de África. O que Canadá y Rusia se veían 3.4 y 4.3 veces más grandes de lo que son. La resolución de la ONU establece que es preferible usar la Proyección Equal Earth, propugnada por los cartógrafos Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny en 2018, y que muestra las dimensiones reales, que son sumamente sorprendentes. (El único país que votó en contra fue Estados Unidos, que para sorpresa de nadie en esta materia como en otras opta por el oscurantismo y la regresión).
La decisión tiene implicaciones culturales importantes, sobre todo en vista de lo mucho que aún debe hacerse para revertir los estragos de la colonización a lo largo de ese medio milenio, y para contener las nuevas formas de sometimiento hoy en boga. Y es una razón para refrendar el asombro de la humanidad. Pues lo que sigue no es sólo cambiar todos los mapas del mundo, sino también empezar a conocer ese nuevo mundo que los cartógrafos de hoy nos acaban de revelar.
J. I. Carranza
Mural, 6 de septiembre de 2026.
-
Dolly

En los tiempos medievales que vive, oscurecidos por la superstición y el odio, agitados por la persecución y el linchamiento, estupendos para las disputas más absurdas que alienta la ignorancia, Estados Unidos tuvo recientemente una ocasión más para la división gracias a la muerte de Dolly Parton. Como tratando de saquear cuanto antes sus reliquias para reservarse todo el derecho de venerarlas, en ese escalofriante sector de la población cuyos modos de pensar y sentir encuadran bajo la sigla MAGA pronto se levantó la exigencia: a la cantante de Tennnessee había que celebrarla al margen de cualquier consideración ideológica, exaltándola como representante máxima de una identidad nacional cuyo componente principal es la fe cristiana. Pronto estos deseos fueron viéndose impedidos por la realidad, que es casi tan terca como lo fue la propia Dolly. En el otro sector de la población que no es MAGA, rápidamente se hizo memoria de todas las razones que había para llorar no sólo la muerte de un símbolo identitario, sino también, y sobre todo, de una enorme artista que estuvo siempre del lado de la justicia y la gente.
Nacida en las condiciones más desfavorables, en una familia numerosa y pobrísima en un entorno olvidado y semisalvaje, y condenada por ello a un destino de privaciones y pena, su dichosa terquedad condujo a Dolly Parton en una dirección por completo distinta. Pero no fue solamente su tesón, sino además su talento inconmensurable, y su gracia celestial, desde luego también su agudeza y su altísimo sentido de la ironía, su disciplina y su inteligencia para los negocios. Y una humildad a toda prueba. Fueron muy numerosos los testimonios de esa humildad que emergieron estos días. Por ejemplo el de Michael Bublé, quien recordó cómo en 2020 —es decir: cuando Dolly ya hacía mucho tiempo que se había instalado a vivir mucho más allá de la estratósfera— recibió una carta en la que la artista le proponía cantar juntos una canción navideña que había compuesto. “Cuando la escribí, oía tu voz junto a la mía. ¿Estaba soñando, tal vez?”, le decía, y se despedía de este modo: “Entenderé si no puedes o no quieres, y ten por seguro que seguiré queriéndote igual”.
Canciones en cuya música refulgía a menudo una alegría cristalina, aunque a veces también podía suscitar formas insospechadas de la melancolía, el repertorio de Dolly Parton caló hondo en al menos tres generaciones gracias a que mezclaba sus apreciaciones puntuales de la realidad de la vida con las dosis justas de sentimentalismo que todos necesitamos de vez en cuando. Hay artistas cuyas elementales dulzura o luz pueden ser indispensables para una comprensión cabal de lo que nos pasa cuando amamos o extrañamos a alguien, cuando nos cansamos o nos confundimos o necesitamos aliento, cuando tenemos una mano cerca que podemos sujetar o nos elige el milagro inesperado de que alguien nos quiera, cuando hay que levantarse un día más y trabajar y seguir, cuando hay por fin modo de brindar y reír y cuando soñamos. Sin incurrir jamás en cursilería ni patetismo ni en chabacanería —para eso sirve la integridad artística—, Dolly Parton fue tan original que en nadie más serían admisibles sus excesos estéticos: las estridencias indumentarias, la cabellera hiperoxigenada, los estoperoles y las uñas y los escotes y las botas y las mariposas gigantescas de Dollywood… Lo más estrafalario que haya podido hacer, por haberlo hecho ella estuvo siempre bien.
Hay un dúo suyo con Chet Atkins que siempre me conmueve: es la canción “Do I Ever Cross Your Mind”. Su asunto es una suave añoranza del amor y el tiempo idos, pero en algunos momentos se oye la risa de Dolly, y es hermoso: como si detrás de toda tristeza estuviera asegurado que reencontraremos la felicidad. Como pasa también en uno de sus éxitos mayores, “9 to 5”, donde la chinga del trabajo y la explotación y la dificultad de la esperanza se canta a un ritmo tan sabroso y bailable, puesto que lo que más importa de esta vida es lo que tenga de fiesta, y la vamos a encontrar.
Lo cual no quiere decir que haya que resignarse, y por eso Dolly Parton alzó la voz cada que tuvo oportunidad en favor de la clase trabajadora, en especial de las mujeres, y defendió los derechos de las personas que el mundo MAGA acosa y querría erradicar: comunidades LGBTIQ+, migrantes, el movimiento Black Lives Matter… Puso su fortuna a socorrer a las víctimas de desastres, pero también a ayudar en la investigación científica, por ejemplo en el desarrollo de las vacunas contra el covid. Y apostó por la educación, dando becas y estímulos a estudiantes pobres. E hizo esto: en recuerdo de su padre, que nunca pudo aprender a leer, fundó la Dolly Parton’s Imagination Library, destinada a regalar millones de libros a millones de niños en Estados Unidos y otros países para que sus papás y mamás los lean junto a ellos. Así que nada de ser solamente la cantante sureña que encarnaba ciertos ideales políticamente rentables para quienes ahora creen que mandan. “No sólo porque sea rubia crean que soy tonta”, les habría replicado Dolly, como dice su canción.
Por encima de todo, cantaba como los ángeles. Belleza que no es sólo belleza, sino también dicha que se multiplica al compartirse y nos da razones poderosas para sonreír y bailar y suspirar y soltar alguna lágrima y sonreír otra vez.
J. I. Carranza
Mural, 30 de agosto de 2026.
-
Tiempo extra

Todos tratamos de ahorrar tiempo, observó Jerry Seinfeld; queremos dar menos pasos, buscamos atajos para llegar más rápido. Pero al final de la vida nos encontramos con que fue absolutamente en vano: “¿Cómo que no tengo nada de tiempo extra ahorrado?”.
Me viene a la cabeza esto mientras hago cola para que me cobren en el Seven. Lo habitual: el sistema se trabó, alguien se atarantó e iba a pagar con una tarjeta pero al final quiso hacerlo con moneditas, apenas es la primera semana de trabajo del cajero, está nervioso y aún no agarra bien la onda; una clienta lleva muchos artículos y en el último momento descubre que le hizo falta algo más, alguien más decidió aprovechar para comprar tiempo aire y hacer un pago bancario… (“Comprar tiempo”: es un recurso que no podemos guardar para cuando se necesite, pero sí debemos pagar por él, y además alguien está enriqueciéndose al cobrárnoslo). Evidentemente, hay sólo una caja funcionando, y la del autocobro jamás sirve. ¿Cuántos siglos van a pasar hasta que sea mi turno? Qué eternidad insoportable, qué suplicio esta espera injusta y artera. Qué dicha envidiable e inalcanzable la de la señora que pagó antes de que todo parara y ahora mismo empuja ya la puerta para salir de esta prisión, de esta detención interminable y tan afligente. Ya es libre y salva y resplandece y vuela. En la calle corre ya la tarde venturosa, con una frescura insospechada, y hay luces insólitas en las fachadas iluminadas desde esas nubes de Turner. Ya llegó otro empleado pero parecen no dar aún con una solución. Se han formado más personas detrás de mí: una muchacha trae un perrito antipático y jodón, un señor suda y huele (quizá sea yo), al joven que va delante de mí no se le ven mercancías, seguramente también va a comprar tiempo y a hacer pagos. ¿Cuántos siglos? ¿Y en qué se convierte la existencia mientras transcurren estos momentos interminables, este marasmo? Sólo es posible contemplar con impotencia y azoro, como decía el poema de Manrique, “cómo se pasa la vida / cómo se viene la muerte / tan callando…”.
Dos minutos o dos minutos y medio más tarde, el tormento ha terminado.
Seguramente será una condición ocasionada por la ocurrencia frenética de lo cotidiano en las sociedades urbanas contemporáneas. Y, como parece un estado generalizado de las cosas, es tentador asumir que se trata de una fatalidad o una condena. Algo hay de eso, desde luego: la gente tiene que llegar a tiempo y entregar a tiempo y abstenerse de calmosidades y olvidarse de ir a un ritmo que no sea el exigido o impuesto. Y tiene todo que ver, es obvio, con las ansias de productividad y rendimiento incesantes que hay detrás de la aceleración imparable también en todo lo que hacemos y consumimos, etcétera. Surcamos la superficie del día permanentemente acuciados por urgencias y términos, vencimientos reales o ilusorios que, sin embargo, para nuestra aprensión cuentan igual. Y, en las noches o en los escasos asuetos que conseguimos arrebatarle al furor y al vértigo, las horas parecen a la vez insuficientes y demasiadas. No hacer nada se ha vuelto una de las cosas más difíciles de lograr en este tiempo.
¿Y todo para qué? Como cualquiera, yo he rabiado cuando en la avenida atestada me rebasa, con impaciencia asesina y flagrantes reprobación y desprecio, el iracundo automovilista que hace rugir su acelerón atroz… para llegar un segundo antes al siguiente semáforo en rojo, cincuenta metros más adelante, donde no tendrá más remedio que ver cómo lo alcanzo —ojalá voltee a verme para que sepa de la lástima y la burla en mi sonrisa; no puedo asegurarlo porque invariablemente tiene polarizados los vidrios de su bólido inservible y lamentable.
En un buen repaso de algunas consideraciones vigentes en torno a la importancia de recuperar la calma y proponernos la lentitud (en The Conversation, edición España), el filósofo y divulgador Txetxu Ausín destaca una observación de Jonathan Crary, quien se ha ocupado de diseccionar las características de este presente vertiginoso y absimal: “El problema de esperar, de intervenir por turnos, está ligado a una incompatibilidad más amplia del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social en la que intervengan el compartir, la reciprocidad o la cooperación”. Esto, que amenaza por supuesto a la vida en democracia tal como la conocíamos, vale también para las ocasiones en que nos creemos arrojados al purgatorio del tiempo perdido, como en ese rato que esperaba para pagar en el Seven. Pues, si me parecían imperdonables las interferencias de los otros en mi “necesidad” de salir rápido, era ante todo por no pensar en que esos otros bien podrían estar atravesando sus particulares tempestades, incognoscibles para nadie más.Es, sin embargo, algo que tiene remedio, creo. Y consiste en percatarse de que hay, alrededor, siempre alguien más y, como sugería David Foster Wallace, reconocer la falla de origen que supone creer que somos el centro del universo. Y también, creo, está a nuestro alcance reparar en que son muy contadas las situaciones en que auténticamente se justifican nuestras prisas y nuestras urgencias. Por lo general, los siglos duran sólo unos cuantos minutos. Y casi nunca nada es para tanto. Y tengamos por seguro que a la hora de la muerte vamos a llegar muy a tiempo: no puede fallar.
J. I. Carranza
Mural, 16 de agosto de 2026.
-
El Hada del Guayabo

Me llamaba la atención que, entre mis estudiantes universitarios o los compañeros de mi hija preparatoriana, el término FOMO pudiera usarse con proyección retrospectiva. Yo habría pensado —pero yo qué voy a saber, vengo del siglo pasado— que la aprensión que designan esas siglas solamente puede experimentarse con respecto a la ocurrencia del presente, o bien para referirse a lo inminente: el miedo a perderse algo (fear of missing out), en mi cabeza herrumbrosa, tenía sentido cuando ese algo está pasando ahora mismo o está apenas por pasar. Por ejemplo cuando alguien dice: “Qué FOMO, la fiesta de Saúl, iba a haber lonches de San Andrés”, o bien “Qué FOMO, no me van a llevar al concierto de Olivia Rodrigo”.
Pero acabo de entender que también sirve, y muy bien, para expresar una cierta tristeza o añoranza por algo que ya fue y uno se perdió. Y lo entendí cuando leí ayer, en este periódico, la nota acerca de los quince años del Hada del Guayabo. Qué FOMO, no haber ido y no haber visto, con estos ojos que se han de comer los gusanos, al hadita afamada y el gentío que hizo colas de horas para dar fe de su existencia. Fue en agosto de 2011 —la preparatoriana del párrafo anterior tenía meses de nacida, seguro por eso no me lancé, estaba muy ocupado.
“Causa hada furor”, cabeceó Mural una de sus notas principales del día 11, acompañada por una foto del ser fantástico y por otra de su descubridor y custodio, el albañil José Maldonado Liar (¿”Liar”? ¿”Mentiroso”, en inglés?), un albañil de la colonia Lomas de Río Verde, en la cornisa de la Barranca de Oblatos, donde tuvo lugar el hallazgo. “Asegura que tiene un don para percibir a las personas, puede hipnotizar y se comunica con ’el más allá’ con la ouija”, dice la nota, recogiendo así la explicación que Maldonado le encontraba al hecho de haber sido elegido para el portento. Los detalles de éste son tan sencillos que eso mismo los vuelve espectaculares e inolvidables. Mientras vagaba por la Barranca, el albañil se halló al hadita en un árbol —en un guayabo, para ser más precisos—; estaba viva, pero cuando quiso agarrarla le mochó una piernita y entonces el hadita se murió; la puso en un frasco “con formol” y estaba planeando construirle un altar cuando ya la noticia se había esparcido por la colonia y a la puerta de Maldonado llegaban más y más curiosos, una multitud que creció rápidamente cuando los medios y las redes amplificaron el interés.
“Es un muchacho que se junta con puros drogadictos”, declaró una vecina escéptica en la nota que enriquecía la información en las páginas interiores. Miles de chismosos iban desfilando ya y empezaron a pagar una cuota (alguien decía que era voluntaria, otros que estaba fijada en veinte pesos). El interés se volvió nacional, luego internacional, e inevitable y súbitamente se apagó cuando alguien se dio cuenta de que en el tianguis vendían haditas iguales. Pero, hasta ese momento, Maldonado no dejaba de dar entrevistas y las ganas de creer de la gente no dejaban de crecer. En la nota de Mural hay una afirmación del albañil prodigioso que me parece alucinante —bueno, todo el episodio lo es—: “Yo soñé que cuando ya no [la] quisiera, que la echara en un río o que se la pusiera al niño del Panteón de Belén, y yo nunca he ido al Panteón de Belén, no sé ni cuál niño ni nada”. Como sabrá cualquiera que haya ido a uno de los recorridos guiados en ese panteón, el niño al que se refiere es un muertito en cuya tumba hay la tradición de dejar juguetes y dulces. La leyenda, ciertamente muy siniestra, cuenta que el niño, que se llamaba Nachito, le tenía mucho miedo a la oscuridad, y que por eso su ataúd amanecía siempre afuera de la tumba… Bueno, el caso es: ¿por qué Maldonado no sabía “ni cuál niño ni nada”, pero al mismo tiempo había soñado que le llevaría a regalar el hadita?
A diferencia de otros acontecimientos sobrenaturales que han conmocionado a esta tierra tan crédula —por eso hemos tenido los gobernantes que hemos tenido: bien saben los políticos que la credulidad es un recurso invaluable e inagotable entre la población tapatía—, a la aparición del Hada del Guayabo le hizo falta una leyenda que la defendiera contra ese fastidio que es la realidad tangible y demostrable. Cuando quedó claro que no era sino una tosca figurita de plástico (un personaje de película, tal vez, o la mismísima Campanita, aquella antipática criatura que celaba de manera patológica a Peter Pan), la desilusión fue total e irremediable. Y es que, por ejemplo, con los perros de la Casa de los Perros, la historia detrás es muy buena y eso garantiza que, cada tanto, vayan puñados de convencidos a pararse enfrente para ver si a media noche se mueven o se ponen a ladrar. (Ahí sí no tengo FOMO: mi amigo David bien recordará cómo pasamos un buen rato helándonos en el jardín de San José, hasta que vimos a los perros menear la cola y ya pudimos irnos en paz). “Colorín, colorado”, tituló Mural la nota del 12 de agosto que daba cuenta del insípido final de la magia. ¿Dónde habrá quedado el Hada del Guayabo? Por lo menos debería estar en el Museo Regional.
Lo más triste de todo, como se lee en el recuento publicado ayer, es el fin que tuvo Maldonado, que en 2017, en una tienda de abarrotes, fue asesinado a balazos: un crimen que se suma a los miles que permanecerán para siempre como misterios sin resolver.
J. I. Carranza
Mural, 9 de agosto de 2026.
-
En Ítaca
La película dura tres horas, pero el tiempo que he pasado viendo contenidos en torno a ella equivaldrá ya a la suma de muchas funciones. Decenas y decenas de reels en los que personas de diversos oficios y procedencias discuten el tratamiento del poema homérico en la adaptación de Nolan y comparan la naturaleza de los personajes más conspicuos en aquél y la que tienen en ésta, o viceversa. También, cápsulas de información a veces muy agradecibles, sea que se ocupen de las audacias técnicas que requirió la producción cinematográfica o que ilustren acerca del mundo en el que debió de tener lugar la historia mucho antes de adoptar su forma canónica; mapas e infografías que ayudan a hacerse una idea del derrotero del errático Odiseo, noticias acerca de los hallazgos arqueológicos que buscan apuntalar o ajustar la verosimilitud de lo narrado respecto a los hechos históricamente verificables; argumentaciones menos o más eruditas —algunas muy chabacanas y otras más serias, pero en todo caso bien intencionadas— que aprovechan el trend para enriquecer la experiencia de millones de espectadores, y también artículos y entrevistas y ensayos y reportajes: no sé cuántas veces me he topado con la fantástica Emily Wilson, cuya traducción al inglés, de 2017, se volvió un inesperado bestseller gracias a Hollywood: a veces entusiasmada por el revuelo causado y otras veces enfadada por las decisiones de Nolan, es genial ver que una helenista se haya vuelto una celebridad en este tiempo. Memes sin fin, recomendaciones de lectura, revisiones de las otras numerosas adaptaciones al cine que se han hecho, paseos por el incesante arte que a lo largo de cerca de cuatro mil años ha generado esta historia…
Y es una absoluta maravilla, el hecho de que estemos ocupándonos de todo eso. Es cierto que buena parte de las discusiones, previsiblemente, se dan en torno a las supersticiones que suelen avivarse cuando una obra se hace a partir de otra: la fidelidad al original, la comprensión «correcta» de las conductas y las intenciones de los personajes, el respeto que supondría abstenerse de instilar sesgos ideológicos que tuerzan el supuesto sentido moral o político… ¿Por qué Nolan omite algunos episodios? El encuentro con Nausícaa, por ejemplo, o la exhibición de la insuperable astucia de Odiseo cuando le dice a Polifemo que su nombre es Nadie… ¿Por qué deforma otros, como el de los lotófagos o el reencuentro con Penélope? ¿Y qué se propuso, el director, con ese discurso pacifista al final, tan adecuado quizás a este tiempo, pero no al del propio Odiseo ni, mucho menos, a la actitud combativa que muestra todo el tiempo en el poema?
(A propósito de esto último, he estado recordando el bellísimo y emocionante poema «Ulises», de Tennyson, que nos muestra al guerrero envejecido y cansado, pero no por ello dispuesto a renunciar a hacerse de nuevo a la mar en pos de más aventuras y más gloria. A poco de volver a Ítaca, cae en la cuenta de que la vida debe de ser algo más que el sosiego largamente anhelado y la recuperación del aburrido trono: «Poco provecho tiene que yo, como un rey ocioso, / en un hogar quieto entre riscos yermos, / unido a una esposa anciana, imponga / leyes inicuas a una raza salvaje / que atesora, duerme, come, y no me conoce». Así que convence a sus hombres de lanzarse otra vez: «Venid, amigos míos, / aún no es tarde para buscar un mundo más nuevo»).
Para nuestra fortuna, los motivos de discusión no tienen fin. Como no lo han tenido a lo largo de los siglos, en virtud de que en los poemas homéricos está el fundamento de lo que somos en tanto nos reconozcamos como parte del gran caudal que mana desde Grecia y luego se funde con la cultura judeocristiana y aquí nos tiene. Es también de celebrarse que, habiendo como hay tantísimas películas de porquería que hoy saturan nuestra atolondrada y cada vez más escasa atención, por una vez podamos ir al cine para ver una súper producción que, además de cumplir con lo propio de su especie, nos deje hablando de todo esto. En mi experiencia, como acaso ya a estas alturas resulta evidente, yo salí del cine como en trance. Conmocionado. Si bien es cierto que el carácter de Odiseo no se condice con el que siempre le he atribuido, sí me sobrecogió de terror la estampa de Polifemo, y quedé azorado con los gritos del héroe que tapan los cantos temibles de las sirenas. Y aunque Charlize Theron, como ha observado Fernanda Solórzano, parecía vestida para un anuncio del perfume J’Adore, la imagen del caballo semienterrado en la arena lleno de aqueos me pareció logradísima. Cómo chillé cuando el perrito Argos reconoció a su dueño y luego se murió. Y ya no puedo dejar de reconocer el rostro de Zendaya cada que paso junto a La Minerva. Etcétera. Pero, al margen de estas y muchas más impresiones, casi todas favorables, creo que conviene tener en cuenta que, en arte, toda adaptación es posible sólo gracias a la libertad y que el mundo gana siempre que una gran obra desemboca en otra gran obra más (o en miles). A propósito de las incontables traducciones de Homero, Borges se felicitó de su «oportuno desconocimiento del griego», que le permitía visitar todas las que estuvieran a su alcance y encontrar, en todas, posibilidades insospechadas para la lectura. Es el caso, me parece. Y es una felicidad.
J. I. Carranza
Mural, 2 de agosto de 2026.
-
Final

No me importa gran cosa si Argentina le gana hoy a España: me importa que les haya ganado a los ingleses. Aunque no estaría mal: tengo unos vecinos españoles majaderos y gargajientos que ya en dos ocasiones han estado a punto de incendiar el edificio, así que nada me haría más feliz que verlos rabiar y chillando mientras, en cambio, el Instagram se me llena de reels de gente enloquecida de dicha en Buenos Aires. Han estado saliéndome, por ejemplo, unas monjas súper argüenderas que brincotean por las calles luego de cada triunfo, o un par de abuelas ultraviejitas que se pasaron la semifinal lanzándole insultos desesperados a la tele. El bramido de la Ciudad de la Furia luego del gol de Lautaro, la multitud enfebrecida en El Obelisco, la alegría más intensa y más salvaje para esa gente cuyo presente está presidido por el oligofrénico de la motosierra… Eso es lo que querría ver hoy de nuevo. Y, claro, también me gustaría ver feliz a otro vecino, el pobre Bola de Grasa, un argentino viejo, solo, medio loco, que no da una en sus negocios y que sin embargo siempre es afable y platicón y chistoso —y nunca ha provocado un incendio—. La vida le debe que hoy gane su Selección. (Supongo que el algoritmo poco quiso jalarme a la supuesta animadversión de la afición mexicana por la argentina, ni tampoco me embarró con las fabulaciones conspiranoicas hechas con prejuicios y odio).
En todo caso, gane quien gane, ya no tendremos motivos para ir a La Minerva. Quiero decir: en esta vida, a gran parte de los tapatíos que anduvimos ahí no se nos volverán a atravesar motivos equivalentes a los que nos hicieron salir a bailar, a cantar, a gritar, a volar, las cuatro veces que México ganó… o cinco veces en el caso de quienes ahí sufrieron la amargura de la derrota la noche en que rodamos bajo los cascos de los ingleses, precisamente. Qué noche triste, la del cinco de julio, con toda esa desolación intensificada por la ilusión que habíamos llegado a sentir. El frágil huevo del «¿Y si sí?» se estrelló contra una realidad que, para nuestro infortunio, nos resulta difícil reconocer: el mucho corazón no basta para ganar.
Qué extraña añoranza de lo ocurrido cuando éramos felices y sí lo sabíamos. Pese a todas las turbiedades desplegadas por la FIFA y los gobiernos que han sido sus secuaces, y al margen de las truculencias de tantos individuos concretos, de los villanos evidentes como el mefistofélico Infantino o el asqueroso de Trump a las comparsas patéticas que hicieron sus dagas sin cuento en la Ciudad de México, en Monterrey y aquí mismo, lo cierto es que, en términos sentimentales, el paso del Mundial por sus vidas ha sido incalculablemente importante para muchísima gente. ¿Cómo se mide eso? Podemos, si, estimar la derrama económica, las deudas que quedan, lo que ganaron los que más ganaron, lo que costó todo y lo que individuos y ciudades gastaron de más, a lo loco; también —y estos datos son más atroces en la medida en que son los que más a la vista tenemos todos los días— hay forma de hacerse una idea del tamaño del horror que ciertamente evitamos ver durante 39 días (o, bueno, 25 si consideramos que para México se acabó el Mundial al perder en octavos). Pero ahora que ya podemos reincorporarnos a la programación habitual, ¿cuál podrá ser la unidad de medida adecuada para ese producto interno bruto de euforia, risa, llanto, exultación, esperanza, ensoñación, taquicardia, conductas descabelladas, borracheras, música, cohetes, propensión a la exhibición estrafalaria de uno mismo, amor intenso por cada prójimo con camiseta verde e inspiración e ingenio incontenibles?
A propósito de exhibiciones estrafalarias: alguien me dijo que me vio en la tele corriendo y gritando, con los brazos abiertos, en torno a un reportero que trataba de transmitir desde La Minerva. Qué pena pero qué orgullo pero qué melancolía: sí era yo y lo volvería a hacer, pero lo más probable es que ya nunca vuelva a haber ocasión. O no así: que México gane un partido del Mundial en mi ciudad… Eso es lo que sigue teniéndome atónito.
Llevamos el álbum como al treinta por ciento, pero no creo que vayamos a pegarle ya más que algunas cartitas que todavía nos quedan. Ya no hay con quién intercambiar las que tenemos repetidas. Poco a poco van a ir apagándose las últimas pantallas, van a retirar las banderitas en los restaurantes, pronto nos cansaremos de los últimos análisis de las últimas jornadas, vamos a ver otras cosas, de cuando en cuando seguiremos poniéndonos la verde nomás porque es la única camiseta que tenemos limpia. Además, claro, están la escuela, el trabajo, los pendientes… Se reanudó ya el futbol mexicano, que ahora más que nunca parecerá una costumbre desabrida y sin mucha razón de ser, y ahí voy de nuevo a echarle un ojo a mis Chivas de vez en vez, no sé bien para qué (y a mí cada año me emociona más, en comparación, que llegue el octubre beisbolero de las Grandes Ligas… pero no es, nunca será lo mismo).
Queda, qué remedio, el recuerdo. Pero está bien que sea así. Pues es poderoso y eso nos da la la posibilidad de que los años pasen y sigan pasando y Dios nos dé vida y un día muy lejano, ya todos veteranos, al ir por La Minerva sigamos diciéndonos: «¿Te acuerdas cuando nos pusimos a bailar aquí el “Payaso de rodeo” porque México le había ganado a Corea?».
J. I. Carranza
Mural, 19 de julio de 2026.
-
Zancudos

Como suele suceder con esa fuente primordial de sabiduría que es La Pantera Rosa, se desprende una lección importante del episodio en el que nuestra amiga es acosada de modo implacable por un mosquito: la propia rabia es siempre la fuerza que primero debemos someter al defendernos de un enemigo odiado. Para infortunio de la Pantera, ninguno de sus recursos funciona porque están decididos por la desesperación y la cólera: cuando prueba con el insecticida, lo esparce en exceso y queda a punto de morir asfixiada; cuando al fin intenta el karate, el mosquito resulta más diestro y acaba venciéndola y echándola de la casa. Humillada y adolorida, bajo la lluvia, la Pantera ve por la ventana cómo el malvado disfruta de su triunfo, echado en el sillón delante del televisor. Y acaso sólo entonces encuentre —pero ya es tarde— la elemental pero difícil lucidez que dimana de preservar la serenidad en el fragor del conflicto: ¡tan fácil que habría sido ponerse repelente!
Yo por eso cargo siempre un buen bote en mi mochila, y me he impuesto rociar y rociar a los míos y a cualquiera que se deje antes antes de percibir el taimado zumbido o de descubrir el impune sobrevuelo del pérfido díptero por encima de nuestra frágil condición. Tristemente, como especie estamos en tal grado de desventaja que no hay previsión o paranoia que sirvan por completo, y es así que a menudo he de verme, lo mismo que cualquiera, inesperadamente enronchado e inevitablemente fúrico, por más precauciones que tome. Y entonces procedo a los karatazos, como la Pantera, como si de algo fueran a servir. La picazón es, sí, molestísima y enervante, pero el efecto más dañoso del piquete es de índole moral: por eso no podemos rascarnos sin maldecir en voz alta, ni tampoco nos abstenemos de buscar venganza de inmediato. Los mosquitos nos regresan a la etapa de la evolución en que la vida era sólo morir y matar.
Dar caza al diminuto depredador es el único crimen de odio justificable que existe. Porque nadie va a afirmar, jamás, que le caen bien los mosquitos. Sus ataques, la sofisticada coreografía aérea con que se ocultan y luego se lanzan, o se repliegan y enseguida reaparecen por el otro lado, mostrándose con jactancia o temeridad kamikaze, para esfumarse de forma inverosímil cuando creímos haberlos aplastado con la palmada más certera y veloz de que fuimos capaces; su velocidad supersónica y la ubicuidad portentosa que los hace picar a la vez en la nuca y en una pantorrilla, en un antebrazo y en una corva, y además el poder de traspasar los sólidos y llegar a la piel por debajo de la más recia mezclilla, entre otros atributos sobrenaturales, serán ciertamente admirables desde el punto de vista de la ciencia. Pero basta con que nos elijan como víctimas para que esa admiración se trueque en aborrecimiento. No parece aceptable que el encarnizamiento y la insidia con que nos cercan sean únicamente medios para su supervivencia: no conformes con nuestra sangre, quieren despojarnos además de nuestra paz y acaso de nuestras pobres posibilidades de encontrarle sentido a la existencia. ¿Por qué? No voy a irme por ahí, pero hay teólogos que aducen una intención admonitoria en la voluntad divina que concibió los mosquitos: son el recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad en un mundo abocado a la corrupción y a la caída. Sea como sea, son probablemente los seres más antipáticos de toda la Creación.
Y caen gordos, para empezar, por el diminutivo que los designa. Como si lo chiquito los disculpara o los volviera inofensivos. Aunque no habría que llegar hasta el caso del Aedes aegypti para condenarlos sin remisión in toto: no hace falta que sean asesinos para que su proceder vampírico esté afeado por la mera maldad incausada y por tanto absurda: si quieren comer, y nosotros les servimos para ello, ¿por qué rayos tiene que ser a media noche, por qué no se sacian sin que la probóscide infame deje al retirarse ese escozor desquiciante? Por eso creo que es preferible decirles zancudos, para que sepan que no nos andamos con mimos. (Veo en el diccionario que hay lugares donde se les dice ventifareles, cénfalos, cínifes y violeros. No lo creo y no me sirve: con zancudo, pienso, es bastante, pues es descripción burlesca y nos resarce, así sea ilusoriamente, pero qué es la vida sin ilusión).
Entre los raidolitos tóxicos y la inservible citronela (otra ilusión), la ingestión de ajos (se supone) y la pura envidiable buena suerte —el enigma genético por el que hay individuos inatacables por el hematófago maldito—, pasando por los aparatos fraudulentos que dizque emiten ultransonidos insoportables, las bolsas de plástico llenas de agua (la idea es que el zancudo, al ver una realidad distorsionada por el efecto óptico, se conturbe o se aflija al volar junto a ellas, y luego se deje morir o se mate) y hasta llegar a ese culmen de la tecnología al servicio de la pena de muerte que son las raquetas chinas (el mismo principio de la silla eléctrica, nomás que portátil, recargable, barata y ultraexpedita), nada hay tan satisfactorio como el manotazo in fraganti, inapelable, sañudo si es posible y bien tronado, y tras el cual podemos vernos la palma, y ahí la sangre nuestra revuelta con la del agresor, para sonreír con los dientes apretados mientras decimos en voz baja: «Ándele, cabrón».
J. I. Carranza
Mural, 5 de julio de 2026.
