• Mayo eterno

    Mayo eterno

    “¡Mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!”, le concede el poeta a la vida en su recuento de motivos para la gratitud. Admite que, si alguna vez se hizo ilusiones de que la juventud no fuera a acabarse, no fue porque la vida lo engañara. Así que la proximidad del ocaso, nombrada al principio, la acepta con la paz que es también su palabra final: “¡Vida, estamos en paz!”.

          Pues nadie le habrá dicho a Nervo que mayo iba a ser eterno, pero eso porque no llegó al de este 2026, que no tiene para cuándo acabarse. ¿Cómo era el mes que tenía en mente el poeta? Lleno de rosas y pajaritos, quizás, el tiempo fecundo para los procesos fecundatorios de la naturaleza, colorido y celestial. Muy distinto, en todo caso, del mayo que ahora mismo nos tiene pegosteosos y chorreantes y cuyo alargamiento incesante es efecto del ánimo que el calor espesa, este bochorno amansalocos que infunde sopor de la peor especie: a medio día uno querría tumbarse en el suelo frío a dormir, pero el suelo frío no existe y dormir es imposible. Va uno a echarse agua fría en la cara y el agua fría está caliente. Quedarse en camiseta o a rais es inservible —el argumento decisivo en contra de los partidarios del calor es que el frío puedes quitártelo, así sea poniéndote ocho suéteres, pero el calor ni encuerado—, de manera que no hay más remedio que cruzar el mediodía entre el embotamiento y las ganas de llorar —pero no hay lágrimas: está uno seco.

          No será eterno mayo —ojalá—, pero hay momentos en que lo parece de modo irreparable. El otro día pedimos el elevador en la planta baja, y cuando llegó dejó salir al Sinvergüenza, vecino que adquirió ese nombre el día en que sacó unas macetas a la calle y dejó enterregado todo el pasillo y el elevador mismo, sin preocuparse por barrer su puerquero. Saludó y se alejó de prisa, y entonces subimos y, en cuanto se cerraron las puertas, se cerró también sobre nuestro ser el enchiloso olor que dejó la intensiva sudoración del Sinvergüenza, una pestilencia que bien podría aprovecharse en la industria militar. Ahora bien: conviene ponderar las circunstancias y considerar otras explicaciones antes de hacer ninguna acusación, en especial cuando se antoja evidente e instantánea, como en este caso. ¿Por qué había salido disparado el Sinvergüenza? ¿Porque él mismo no soportaba su propio buqué entre chapopote y roquefort, con esencias de guamúchiles y nanches? ¿Por instintiva vergüenza de lo que fuéramos a pensar de él, que lo juzgáramos con dureza por tener la mala suerte de oler a donitas del Centro echadas a perder? ¿O porque ese inadmisible aroma en realidad no era suyo, sino que lo había dejado atrapado en el elevador alguien que lo usó antes que él, y en realidad estaba huyendo? Se veía que iba recién bañado, el Sinvergüenza, pero esto tampoco asegura nada: en este inacabable mayo todavía no termina uno de secarse al salir de la regadera cuando ya tendría que entrar de nuevo. Total, que el breve ascenso a nuestro piso fue torturantemente largo, como las horas que pasaron hasta que el picor acabó de quitársenos de las narices.

          (Acaba de pasar algo prodigioso. Mientras escribo estas mismas líneas y voy perfilando una idea que tengo casi lista para el párrafo siguiente —que no iba a ser este paréntesis, sino otra cosa, pero quién puede asegurarnos nada nunca: tal vez siempre estuvo decidido por el destino que sólo existieran este paréntesis y el milagro que contiene—, doy con una publicación de la Sociedad Astronómica Guadalajara en la que se anuncia que el primer día sin sombra de este año en la ciudad, o paso cenital del Sol, es el sábado 23 de mayo a las 12:50:21. Miro mi reloj ¡y son las 12:50:03 del sábado 23 de mayo! Así que en el mismo momento en que estaba por escribir acerca de eso, eso estaba por ocurrir. Escribo en la terraza soleada de un café, así que de inmediato observo la botella que tengo sobre la mesa ¡y es verdad, no proyecta ninguna sombra! Y luego corro de regreso a escribirlo antes de que ese segundo exacto se aleje más de la cuenta, ya pasaron cinco minutos, ya se fue, ya la botella tiene una pequeña sombrita, y con ella la ciudad entera, que parece no haberse percatado de que por unos segundos se quedó sin sombras, y pienso en lo que afirmaba Oscar Wilde, que la pérdida de la propia sombra equivale a la pérdida del alma. Y todo esto me emociona y me exalta y me da una felicidad un poco inexplicable, hasta se me olvida el calor por unos instantes, y también Nervo y el Sinvergüenza. Y veo, al fin, que ya van diez minutos, ya recuperamos el alma, al menos en Guadalajara. Dos veces al año el Sol está tan perfectamente encima de nosotros que las sombras dejan de existir. La siguiente ocasión, según la Sociedad Astronómica Guadalajara, será el 19 de julio a las 12:59:55).

          Tal vez sea una desgracia, con todo, que mayo no sea eterno. Porque luego vendrán las lluvias: en los pasos a desnivel ya están pintados letreros de advertencia para no pasar por ahí (o resignarse, si uno iba pasando) cuando se inunden. En lugar de hacer nada por arreglarlos, mejor les ponen letreros. Y con la primera tormenta estaremos viendo cómo la ciudad se despedaza y revienta y se ahoga. Aunque el calor se irá y el Sinvergüenza acaso ya no hederá… No, mejor que mayo no se vaya. O sí, para que ya llegue —y se vaya— el Mundial. 

    J. I. Carranza

    Mural, 24 de mayo de 2026.


  • Certificaciones

    Certificaciones

    El otro día vi un video donde un francés se quejaba de ir todos los días al mismo café desde hace años y ser atendido siempre por la misma empleada: él saluda, ella responde y le pregunta qué quiere, y él pide siempre lo mismo (un café y un pain au chocolat). Y su lamentación era por no haber logrado, en todo ese tiempo, que algún día la empleada se adelantara y le preguntara si iba a querer lo de siempre, pues, además, él termina cada vez su pedido diciéndole a la empleada “comme d’habitude” para remachar que siempre y solamente ha querido el consabido café y el terco chocolatín, que es una costumbre o lo habitual entre ambos y, sobre todo, que ella ya debería saberlo. Mientras lo contaba (a nadie en particular y al mundo entero, como suelen ser esos videos, y éste llevaba ya varios miles de vistas), el pobre diablo casi lloraba: de decepción y de rabia. Pues la observancia invariable del ritual por parte de la empleada (y de él también: no había tenido los arrestos para increparla, así que posiblemente la rabia estaba motivada por su propia cobardía) lo hacía sentir como si no existiera.

          Yo esperaba ver en los comentarios alguna recordación del hit de Joe Dassin de 1969, “Le petit pain au chocolat”: “Todas las mañanas él compraba su chocolatín. / La panadera le sonreía, pero él no la veía…” —ella piensa que no le gusta, pero el vato no nomás es despistado, sino que también está bien cegatón, así que no se percata de que la panadera es bonita “y muy crujiente, como sus croissants”… total, que ella un día le regala unos lentes y entonces él la ve por fin y se enamora, y se casan y tienen hijos cegatones como él—. Pero no: todo mundo le daba la razón al chilletas del video, como si estuviera siendo víctima de una injusticia mayúscula y, sobre todo, como si efectivamente la empleada del café estuviera haciéndolo evaporarse o afantasmarse, o al menos haciéndolo sentir que es nadie. Que es lo que le calaba, creo. En México tenemos un verbo certero para lo que ocurre cuando alguien hace sentir menos a un prójimo, o que de plano no cuenta: ningunear. Así que el francés del video, aunque al principio me cayó mal, luego despertó mis simpatías, cuando vi que en el fondo tenía razón, pues aunque habría podido poner más de su parte, lo cierto es que a nadie le gusta que lo ninguneen.

          Y es para cerciorarse de que eso no suceda que resulta tan útil lo que en inglés se conoce como small talk, que es el género de conversaciones superficiales, intrascendentes, indeliberadas y de inmediato olvidables, que sin embargo aceitan el trato con los demás de forma que no se atrofie ni rechine, que fluya y no raspe, a fin de poder fabricar la ocurrencia sin más de lo cotidiano: aquello en lo que mayormente consiste la vida. Breves y manidos parlamentos, que no van a ningún lado pues están espesados por obviedades difícilmente cuestionables (“Qué calor ha hecho hoy”, por ejemplo, o “Cómo ha subido el jitomate”), aligeran las dificultades evidentes de la convivencia, pero también hacen más llevadera la reiteración de lo mismo, e incluso en ocasiones pueden desembocar en el acontecimiento excepcional.

          Hace unos meses, una tarde iba de regreso a casa y como en las películas: unas cuadras antes me rebasó el camión de bomberos y, cuando llegué, lo vi afuera de mi edificio. Alguien había reportado una fuga de gas, y, aunque no pudieron localizarla, la cosa no pasó a mayores. Pero lo interesante es lo que sucedió mientras los vecinos estábamos en la calle, esperando a ver si tendríamos que evacuar o si íbamos a volar. La señora que vive en la casa de al lado me empezó a hablar de cualquier cosa (los camiones de basura que no pasan a la misma hora, el lavacoches que le tapa la cochera, lo nublado del cielo), y luego me preguntó: “¿Y usted vive aquí, en el edificio?”. “Tengo treinta años viviendo aquí”, le dije. Y me peló los ojotes, asombrada por no haberme ubicado en todo ese tiempo —yo la ubico desde que llegué, pero así hay vecinos, que jamás voltean a ver quién entra y sale de la casa de al lado, ni con quién se cruzan todos los días por la misma banqueta.

          Para mi fortuna, en el café adonde acudo saben siempre lo que quiero, y cuando hay empleados nuevos no tardan demasiado en tomar nota. Mientras me cobran, claro, practicamos el small talk: como si en realidad les intrigara qué tal ha ido mi día, como si a mi me interesara enterarlos. Pero el hecho de que en el fondo no nos importe, ni a los empleados ni a mí, es insignificante: lo vital es que opera una cordialidad elemental, auténtica, sin dobleces y dúctil: lo que, en el fondo, evita que acabemos atacándonos o despedazándonos en este mundo. Mucho tiempo fui parroquiano del Café San Remo, a espaldas de La Merced, cuando todavía vivía en el centro y estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG. Hoy el café tiene otro nombre, lo agrandaron, pero muchas cosas permanecen iguales. Y cuando yo asistía tuve el honor de que rotularan una taza con mi nombre, para que nadie más la usara: un privilegio reservado a los clientes más leales. Tampoco me preguntaban qué iba a querer: sencillamente me lo servían. Y eso a mí me certificaba y me permitía reconocer mejor mi lugar y mi índole más clara. También vendían bísquets con mermelada y chocolatines, pero no se me antojaban. 

    J. I. Carranza

    Mural, 17 de mayo de 2026.

    (La imagen corresponde al otrora llamado Café San Remo, hoy Café del Centro Histórico, y en ella se ve a la amabilísima y entrañable Carmen, que lleva décadas ahí).


  • ¡Maestra!

    ¡Maestra!

    Como todo mundo, tuve maestros pésimos y peores. Y psicópatas. Por más que lo intento, no logro desentrañar las circunstancias que permitieron lo siguiente: en la secundaria, el profesor de Español llegaba al salón, sacaba la pistola que llevaba al cinto, la ponía sobre el escritorio, subía también ahí las patas, mandaba que abriéramos el libro y leyéramos en silencio, y a quienes le caían mal los hacía pasar toda la hora hincados. Ni al director, ni al resto de los profesores, ni a los padres de familia ni a nadie le resultó nunca escandaloso: ¿porque mis compañeros y yo nunca dijimos nada? ¿O sí lo hicimos, pero nadie nos creyó? ¿O sí dijimos, y nos creyeron, pero a nadie le pareció necesario tomar medidas?

          A casi cuarenta años de distancia, ese recuerdo es tan insólito que a veces recelo de su veracidad. Pero enseguida vienen otros que me convencen de que el criminal que «daba» Español fue absolutamente posible: también en la secundaria, el profesor de Inglés llegaba vestido de boy-scout (tenía unos setenta años), nos insultaba y luego se dormía; el de Matemáticas nos llamaba «idiotitas» a todos y nos pasaba al pizarrón sólo para escarnecernos, con risita socarrona; una vez vi a un prefecto, viejo y panzón, dar de patadas a los alumnos que se rezagaban en una formación; el profesor de Ciencias Naturales era un homofóbico que se pasó el año burlándose de un amigo mío por su modo de caminar, y lo imitaba y lo hacía llorar, el maldito infeliz.

          Las estampas se suceden, incontenibles, hacia atrás y hacia adelante en el curso de mi vida escolar: en la primaria padecí a la bruja rabiosa que nos jalaba de las patillas y al hacerlo pelaba los ojos y apretaba los dientes, como gruñendo. Dios la tenga a fuego lento. Después, en la prepa, un maestro de Filosofía llegaba acalorado y con la mirada desorbitada a contar —lo juro— que venían persiguiéndolo unos terroristas japoneses armados con bazucas. En la facultad conocí al obtuso energúmeno que nos aborrecía porque no le entendíamos y se vengaba en las calificaciones —no recuerdo qué materia daba, seguramente porque nunca le entendí, y ahora que soy profesor sé muy bien que eso jamás es culpa del alumno.

          Mi educación y la de mis compañeros fue confiada a individuos que se solazaban infligiéndonos su ignorancia o inoculándonos sus prejuicios, que se cobraban en nuestro estupor o nuestro miedo todo su odio, que nos despreciaban o nos veían como enemigos sobre los que debían imponerse para aliviar su frustración, o yo qué sé. Los hubo morbosos, soeces, clasistas, racistas, machitos violentos, histéricos, sátiros, y, desde luego, farsantes, haraganes, hipócritas, chismosos, intrigosos, cínicos, manipuladores, impostores, corruptos (uno de Física, en la prepa, pedía botellas de Azteca de Oro para no reprobarnos). Los hubo crueles: otro, también en la prepa, rompió delante de todo el salón el trabajo de un compañero y le aventó los pedazos a la cara; Cuevas, se apellidaba el miserable, y eso pasó en la Escuela Vocacional de la UdeG, allá por 1988; ojalá algún nieto suyo lea esto y vaya con su abuelito y le pregunte: «Abuelito, ¿no nos platicaste una vez que fuiste profesor en la Voca en 1988?», y el abuelito sonría y responda: «Sí, ¡claro, qué tiempos aquellos!», y que entonces el nieto le enseñe este periódico, para que el abuelito haga memoria y vea cómo queda al menos uno de sus alumnos (yo) que le guarda rencor imprescriptible por aquella bajeza suya, y ojalá también que se avergüence horriblemente delante de su nieto y que lo posea un remordimiento que ya no lo deje dormir en paz los pocos días que le queden.

          Tengo más traumas, pero aquí le paro. No dudo que estos ejemplos, tan poco ejemplares, promuevan la recordación de casos igualmente pasmosos o atroces en la formación de cualquiera. Sin embargo, conviene proponerse un ejercicio de balance para ver si el número de los maestros lamentables supera al de aquellos a quienes algo tenemos que agradecerles. Todas aquellas personas con quienes tuvimos la suerte inmensa de habernos encontrado para que quedáramos debiéndoles un saber o una comprensión de las cosas que no habríamos obtenido de otra forma: presencias indispensables al momento de explicar lo mejor que somos y hacemos, lo que entendemos, lo que define nuestro lugar en el mundo.

          El balance, tampoco lo dudo, arrojará siempre que la cuenta de los ruines es insignificante, no sólo por su número, sino sobre todo porque el perjuicio que hicieron queda compensado con el entusiasmo invencible de la profesora que prestaba sus libros, el empeño del maestro de Álgebra que no te soltaba hasta que aprendías bien, la paciencia del sabio con tres doctorados que dedicó muchas noches a revisar acuciosamente tus trabajos en la maestría, la fe del profe que creyó —y te hizo creer— que tenías algo muy importante que decir, la ternura de la maestra que nos permitía acostarnos en el piso del salón de tercero de primaria mientras platicaba la historia de los aztecas.

           El recuerdo de un mal maestro se reduce sólo a eso, a la evocación puntual de su vileza, su ineptitud, su cretinismo o su ridiculez. En cambio, la impronta de las maestras y los maestros mejores fructifica sin cesar. No es un mal día, hoy, para hacer la lista y recordarlos en toda su generosidad y toda su alegría. 

    J. I. Carranza

    Mural, 15 de mayo de 2022.


  • ¡A la madre!

    ¡A la madre!

    Para estas horas, ya debe haberse terminado de descongelar Denisse de Kalafe, y su “Señora, señora” estará atronando en restaurantes y centros comerciales, si no es que también en el coro de la iglesia y más de algún palacio municipal. Desde luego habrá incontables comidas familiares donde alguien la haga sonar en una bocina, pero, si nadie se acuerda de buscarla en Spotify, ya llegará el mariachi a poner remedio. En realidad, como la festividad cayó en domingo, venimos cantando “Es linda mi amiga, gaviota, / su nombre es ¡mi madre!” en los festivales escolares desde el jueves, antes de que Mario Delgado viniera a echarle caca a la sopa con sus ocurrencias mundialistas, estresando a medio mundo…

          Me desvío, perdón. Hace muchos años, cuando este periódico tenía pocos meses de nacido, en coordinación con El Norte y Reforma organizó para un 10 de mayo el sorteo de tres serenatas con la mismísima Denisse de Kalafe. No recuerdo qué había que hacer para ganar, pero sí que cada serenata iba a ser en una ciudad distinta, así que trajimos a la brasileña corriendo de un avión a otro y llevándola a toda velocidad a los domicilios de las ganadoras (una regia, una chilanga y una tapatía) para que empuñara la guitarra y las pusiera a chillar. Muy emocionante, tanto que nunca se repitió. Como sucede con Mariah Carey cada Navidad, la recursividad de los hits temáticos plantea misterios insondables, que se condensan en uno: ¿por qué no dejan de gustarle a la gente? Y, por otro lado, ¿a cuánto ascenderá el monto de las regalías que ha generado una canción que incluye el verso “a ti, mi fiel querubín”? (Hace rato que cité lo de la gaviota, deliberadamente puse la coma vocativa de modo que se entendiera que la cantante está hablando de su mamá con un pájaro. Pero ya no estoy tan seguro: a lo mejor va sin coma y en realidad Denisse piensa que su mamá es una gaviota y la empolló).

          El otro caso es “Amor eterno”, del menos inexplicable Juanga, el insuperable autor de un cancionero donde ese éxito está lejos de ser el único. ¿Por qué, sin embargo, esa canción se ha vuelto un himno a las mamás? En especial si ya son abuelas también o están en edad de serlo. Parece que la tradición comenzó cuando al propio Divo de Juárez, en uno de sus conciertos en Bellas Artes (que por fortuna quedaron grabados), le nació dedicarles “a las madrecitas”, en especial a las muertas, esa canción cuyo destinatario original fue un amor perdido para siempre, para más señas en Acapulco. (Una leyenda dice que se trató de un lanchero acapulqueño: a mí me gusta creer esa leyenda). Quién sabe por qué se le ocurrió, pero el caso es que pegó, y tampoco falla: nomás empieza a sonar aquello de “Tú eres la tristeza, ¡ay!, de mis ojos…”, y ya está todo mundo chille y chille otra vez.

          Siempre me cayeron gordos los festejos del Día de la Madre. No porque no quisiera a mi mamá, ni tampoco porque ella fuera una reencarnación de Medea, ni mucho menos. Sólo que las formas de celebrar, en especial en la primaria, me parecían imposiciones abusivas que buscaban a toda costa hacerme exhibir algo que, a fin de cuentas, nomás tenía que importarnos a mi mamá y a mí. Porque de eso se trata: de empujar la mostración aparatosa del amor a través de rituales acartonados, empalagosos, propicios para la extorsión sentimental, rezumantes de cursilería y mal gusto. Sobre todo de niño, que es cuando uno menos tiene escapatoria, veía acercarse la fecha con una mezcla de fastidio y culpa: si quería darle un abrazo a mi mamá, ¿por qué tenía que haber un bailable primero? ¿Y a ella le gustarían de verdad mis regalos fabricados bajo presión? (Ya sé que sí: no por nada guardó siempre un tapete horrendo que ella misma me ayudó a bordarle).

          En la secundaria, al líder nato del salón, que se llamaba el Tamby, se le ocurrió que había que llevarles serenata a todas nuestras mamás (claro, menos a la suya, porque vivía en Vallarta). Ensayamos en la casa de Carlitos, que tenía un piano. Pusimos de acuerdo a nuestros papás, para que fuera sorpresa y para que las mamás no se atacaran porque no llegábamos a dormir. Y allá fuimos, en tres camionetas: una la manejaba el Tamby, que ya tenía edad para tener permiso; otra el Chiquilín, que no tenía edad, pero medía como dos metros, y la tercera Carlitos, que era fresa. Una logística admirable, ahora que lo pienso: éramos como veinte; aunque también algo caótica: desde la casa del Empanada, en la Colonia Independencia, pasando por la de Chío en Santa Tere, la del Pelos en Mezquitán Country, la mía en las Nueve Esquinas, y hasta llegar a la del Negro —eran otros tiempos—, por el Auditorio (no había más auditorios que el Benito Juárez). Nomás que el Negro no tenía papá, así que no le había avisado a nadie, y cuando llegamos a su casa para cantar la de “Gema”, casi sin voz y con mucho sueño, ya estaba clareando y la mamá salió hecha una fiera y zarandeó al pobre Negro de las greñas.

          Yo recuerdo haber visto a mi mamá muy contenta esa vez, con la “sorpresa” —luego supe que mi papá le había revelado todo porque estaba muy nerviosa de que yo no llegara—. Creo que a todas les regalamos flores, si bien las últimas festejadas fueron recibiendo ramos cada vez más pachiches y tristones. Por suerte, todavía no se habían estrenado ni la canción de Juanga ni la de Denisse de Kalafe. 

    J. I. Carranza

    Mural, 10 de mayo de 2026.


  • Maistros

    Maistros

    Como por estas fechas, el año pasado teníamos un problema con el desagüe de la regadera que ocasionaba que al vecino de abajo (el gringo) se le filtrara el agua en su changarro (clandestino), y a menudo a nosotros también se nos anegaba el baño. Una calamidad que no iba a arreglarse sola. Puesto que las tuberías del edificio son de barro prehispánico y tienen más de setecientos años, la solución debía conjugar trabajos de fontanería y albañilería. Y hete aquí que pronto tuvimos a Lalo rompiéndonos el piso y las paredes (en un arrebato de inspiración decidió cambiar también la instalación de la regadera), acompañado por su fiel chalán de mirada estrábica y pocas palabras. No supimos nunca cómo se llamaba, el chalán, pero sí que era el que hacía la parte más ruda de la chamba, mientras Lalo se sentaba en un bote volteado y lo malmodeaba.

          No tenía buenos antecedentes, el famoso Lalo: meses antes nos lo habían mandado para arreglar el bóiler y por poco volamos en pedazos. El techo todo flameado de la zotehuela quedó como rencoroso vestigio. No nomás carecía de destrezas y saberes básicos: además se la pasaba renegando y chillando. Así que, cuando el administrador del edificio nos lo volvió a enjaretar, dudé mucho que supiera qué hacer ya que había devastado el baño y cambiado los tubos para que al gringo ya no se le inundara. Los veía, a Lalo y a su chalán (y a otro chalán que llevaron más adelante, sin avisar), midiendo y volviendo a medir, yendo y viniendo con sacos de cemento y cajas de azulejo, sude y sude, por horas que sumaban días y más días. En una de ésas descubrí que además de cargar sacos, echar mezcla, desbaratar lo que avanzaban porque les quedaba mal y romper más pedazos de pared, el chalán también era el encargado de ir por cervezas al Seven de la esquina. “Se la pasan pisteando, Toño”, me quejé con el chalán del administrador, que poco caso hacía a mis protestas. Y nosotros seguíamos sin poder bañarnos. Hasta que un día Lalo me dijo: “Ya no sé qué hacer, ¡estoy hasta la madre!”. Yo pensé que Toño no le pagaba, que se le había atravesado una desgracia, que meramente estaba encervezado. Pero su lamento era literal: no sabía qué hacer para arreglar su desastre.

          Así que lo corrí con todo y chalanes y entonces llamé a Heriberto.

          Bueno, más bien a su papá. Albañil experto, el don hacía dupla con su hijo y las referencias que tenía de ambos consistían, básicamente, en que el hijo era rápido pero malhecho y el papá esmerado y puntilloso, aunque calmudo. Así que se compensaban. “Ando en una obra en Chapala”, me dijo el don, “pero ahorita le mando a Heriberto”. Como ya nos urgía dejar de bañarnos a jicarazos, me resigné a lo que los hechos confirmarían pronto: Heriberto, muy sonriente, arregló en un dos por tres los estropicios de Lalo, pero los azulejos le quedaron todos disparejos y cuchos. Le pagué, se fue volando y jamás regresó por sus herramientas.

          Seguramente es más significativo de lo que podríamos pensar el paso de los artistas de la cuchara por nuestras vidas. Baste como prueba la facilidad con que podemos recordar sus peculiaridades y las anécdotas en que figuran, así nos queden muy lejos en el tiempo. Pienso, por ejemplo, en otra pareja que tuvimos hace tres lustros, también con el baño reventado: el maestro (el maistro, como debe decirse) era dado a la improvisación chapucera, pues se clavó la lana para poner el piso y en su lugar dejó un parchadero horrible que cada mañana nos lo recuerda —“Ahí le hice un Mickey Mouse”, explicó, refiriéndose así a ese género de remiendos—. Y su chalán, que se llamaba Chucky, estaba muy intrigado por nuestra hijita bebé que todavía no hablaba: “¿Cómo te llamas, niño?”, le decía cada que la tenía a la vista, cuando estábamos comiendo con la nena sentada en su periquera.

          Hace aún más años, mi papá le confiaba al maistro Andrés toda suerte de reparaciones menores (que un batientito, que un resane, que una barda), y le pagaba arreglándoles los dientes a él y a su señora. Pero, si bien estaba lejos de ser lo incompetente que era Lalo y tampoco era transa como el del Mickey Mouse, el maistro Andrés sí tenía el inconveniente de ser melodramático: se le iban las semanas en relatar las pormenorizadas desventuras de su vida, con no poca gracia, fume y fume y recargado contra una pared, sin mover un dedo, de manera que la chamba sólo salía gracias al abnegado Nieves, su hierático chalán. Otro albañil de la época, Benito, era muy bueno y baratero, pero impredecible como la buena fortuna —además de que sólo se bañaba en invierno: decía que qué caso tenía hacerlo en tiempos de calor, si pronto iba a estar apestando de nuevo—. No tenía teléfono.

          Creo que lo más común, cuando se requieren los servicios de un albañil, es preguntarles a parientes y colegas, y luego correr el albur al margen de lo buenas que puedan ser las recomendaciones. Y eso si uno tiene la suerte de que no estén ocupados (o de que no sean pareros). Siempre que me he visto en el trance de conseguir a alguien, pienso en los que se ponen a esperar qué cae, con sus herramientas y un letrero, al lado de Catedral, en la Ciudad de México, junto con electricistas, fontaneros, pintores, etcétera. ¿Por qué esa costumbre no existirá en Guadalajara? Hoy, que es día de la Santa Cruz, estaría bien que alguien se lo propusiera. 

    J. I. Carranza

    Mural, 3 de mayo de 2026.


  • Percepción

    Percepción

    Sus habitantes vemos a Guadalajara como una ciudad insegura. Dicho de otra forma: quienes vivimos aquí tememos que algo malo nos pase. La mayor parte del tiempo. Donde sea. Sabemos que corremos peligro por el solo hecho de hacer, aquí, lo que sea que hagamos. 

          (Pienso, por ejemplo, en las personas que, todas las mañanas de los días hábiles, poco antes de las siete, esperan para cruzar la avenida López Mateos en el punto en que ésta pasa de largo la Plaza Millenium y corre contra el contraflujo hacia el sur, el Sol ya elevándose cada vez con más impaciencia o saña, maldito López Obrador que nos quitó una hora más de frescura al suprimir el Horario de Verano. Vienen, esas personas, de bajar del camión que las dejó en Mariano Otero, están en el vértice del terreno del Holiday Inn —no sé si todavía se llame así—, se dirigen hacia sus lugares de trabajo o de estudio que están del otro lado de la avenida, en esa manzana extraña donde hay lo mismo una universidad privada que el Teatro Galerías, el Hogar Cabañas y una placita comercial donde dan clases de box y hay un negocio de tatuajes y venden pizza; en esa manzana y en los alrededores. Serán, acaso, veinte personas, o treinta, algo más, algo menos. Muchas traen mochilas —y en ellas vendrá acaso la lonchera para el momento en que haya que hacer una pausa y comer y seguirle luego—; muchas van viendo el celular, o bostezan, y traen también prisa, imagino, pues me figuro que miran con irritación o ansiedad hacia el punto desde el que me aproximo a ellas, como diciéndome “Ya, muévete, termina de pasar, deténganse ya los coches, necesito cruzar, necesito llegar ya, voy tarde”. Imagino también que el camión en que venían venía de lejos, que lejos lo tomaron, cuando aún el sañudo Sol no se despertaba. Y que acaso alcanzaron a dar una cabeceada en el trayecto. Y por último imagino que esas vidas a la espera del semáforo en rojo son las mismas siempre, aunque las personas que ya, ahora sí, cruzan —las veo por el retrovisor, ya me alejo, ya van en friega—, no sean las mismas).

          Entre 91 ciudades mexicanas, Guadalajara puede aún felicitarse de no ser Irapuato. Pero solamente. Pues son poco más de 92 entre cada cien irapuatenses quienes se sienten inseguros, mientras que los tapatíos somos poco más de 90 de cada cien. En San Pedro Garza García, Nuevo León, casi 95 por ciento de los sampetrinos (¿así se dice?) se sienten seguros de vivir ahí. ¿Qué se sentirá?

          (Una connotada periodista y su asimismo connotado colaborador comentan, en un noticiero radiofónico matutino, estos resultados arrojados por la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. Los oigo cuando ya llegué a mi lugar de trabajo, luego de haberme cruzado, a la altura de Las Águilas, con un breve convoy fuertemente artillado de la Guardia Nacional, como ocurre siempre en mi camino de todos los días: soldados del Ejército apostados en un cruce de Chapalita, patrullas municipales, estatales, federales y siderales yendo de acá para allá, a veces con calma, a veces no, a veces con códigos encendidos, a veces como les da la gana. Oigo, pues, a los connotados periodistas de la no menos insigne emisora, desde luego capitalina, que se preguntan con asombro: «¿Pues qué estará pasando en Guadalajara, que creció tanto la percepción de inseguridad entre la ciudadanía?». Quieren decir, con «tanto», que el año pasado apenas eran 78 tapatíos los azarados. Y ni por aquí les pasa, ejemplares centralistas que son, lo que ocurrió en Guadalajara apenas el 22 de febrero pasado, cuando la ciudad entera fue puesta de rodillas con una pistola en la cabeza y pobre de ella si hablaba).

          Y qué sentirán, me pregunto, o cómo o dónde están los casi diez tapatíos de cada cien que andan tan campantes, a gusto, tranquilos, sin pendiente de que los roben, los desaparezcan, los maten o algo les pase a los suyos. Cómo le hacen. Supongo que nunca les ha pasado nada —qué bueno—, pero también sospecho que, por alguna razón, no levantan la cabeza para darse cuenta de dónde están y qué está pasando aquí.

          (Mientras todas aquellas personas de hace tres párrafos estuvieron trabajando, para volver en la tarde o acaso hasta la noche a hacer el mismo camino de regreso: vuelta a esperar el semáforo, rumbo a la parada del camión que las llevará otra vez lejos, y que vendrá ya lleno —si viene—; mientras hacían, y como ellas otros millón y medio de tapatíos hacíamos, lo que hay que hacer, por ejemplo estudiar, trabajar, no chingarse a los demás, malabarear para que la quincena alcance, cuidarnos y cuidar nuestras cositas, agarrar fuerzas de quién sabe dónde para volver a trabajar al día siguiente; mientras nuestra insegura existencia transcurría, en fin, como todos los días, el gobernador de Jalisco bailaba y sonreía y payaseaba, y la alcaldesa de Guadalajara daba curso a su intensa actividad como presunta pero fallida influencercolgándose del brazo de alguna estrella mediana de la farándula, mientras su gobierno no es bueno ni siquiera para levantar los cerros de basura que amanecen todos los días en la colonia más cool de la galaxia, no digamos en las zonas más marginadas. Etcétera).

          Como muchos tapatíos de mi rodada, yo recuerdo un tiempo en que sí, podíamos sentir miedo, pero también podíamos tenerlo a raya. A lo mejor se trató de un sueño. 

    J. I. Carranza

    Mural, 26 de abril de 2026.


  • Estoy leyendo

    Estoy leyendo

    Siempre nada es nunca lo que era. Por ejemplo, la lectura. Hoy en día, vengo enterándome —¿por qué?, porque a eso estamos condenados en este tiempo, a vivir enterándonos de cosas que no tendrían que importarnos o que, de modo palmario, no importan en absoluto—, existe algo llamado “lectura performativa”. Y al saber qué es me fui para atrás (curiosa expresión ésta, ignoro si aún se use: tiene el sentido llano de caer de espaldas debido a alguna sorpresa o impresión mayúsculas; como el “¡Plop!” de Condorito, vamos, y pienso ahora que Condorito es un personaje seguramente hoy funable por numerosas razones… Pero me desvío).

          A ver si lo he entendido como es. Se trata, la “lectura performativa”, de una suerte de exhibición o puesta en escena practicada por individuos —mayormente hombres heterosexuales, aunque hay de todo— que leen libros en lugares públicos, pero de tal manera que lo público de esos lugares les procure, justamente, un público que los vea leyendo. Y que los admire por eso. O que se haga, en torno a ellos y a eso que hacen, figuraciones edificantes; que, al encontrarlos o divisarlos, al descubrirlos así sea de reojo o a la pasada, en la sensibilidad de sus espectadores quede la impronta que esos lectores desean y por la que trabajan. Pues al elemento central de su performance, que es el libro, suelen añadir con premeditación y esmero accesorios distintivos de una cierta forma de ir por el mundo: cortes de pelo y bigotes y barbas y anteojos y aparatos y bolsos (acaso también un perro), prendas determinadas e incluso bebidas, y hasta formas de moverse y sentarse y de estar. Para que ese mundo por el que van y en el que al cabo se instalan los descubra y se intrigue y se embelese ante lo que hacen: en la banca de un parque, bajo la sombra de un árbol, en la mesa de un café, preferiblemente en la terraza; o en un asiento del transporte público, o incluso en la sala de espera antes de un viaje o en la ejecución de un trámite, y también en la fila para entrar al cine o a un concierto, pero además en la cola de la caja del supermercado, en los trayectos a pie de donde sea a donde sea, en un museo o un tianguis, dondequiera que puedan instalarse con su gran letrero invisible que dice: “¡Mírenme, estoy leyendo!”.

          Parece que la identificación de este tipo de lectores anhelosos de ser vistos leyendo comenzó a darse en TikTok, y que esa identificación tuvo el propósito inmediato de denunciar su ridiculez. Porque, por lo que resulta evidente, en el montaje de sí mismos que realizan lo principal es la construcción de una apariencia, y para ello los volúmenes que suelen llevar son títulos prestigiados por la cultura y, preferiblemente, desafiantes o de sabidas complejidad y espesura: el Ulises de Joyce, por ejemplo, o el Tractatus de Wittgenstein. O literatura que anuncie una preferencia estética o moral específica y concreta, y por supuesto difícilmente cuestionable. O bien lo que llevan (y exhiben) son libros que subrayen la sensibilidad o el temperamento que buscan sugerir, que sugieran cómo está constituida su alma y de qué son capaces en este mundo podrido: poesía, desde luego, y filosofía y psicología, pero también de las materias en boga en estos tiempos desasosegados e hiperactivos, alarmados y quebradizos, inestables y ansiosos: feminismo, teoría queer, ecologismo y lo que hoy sea que se entienda por lucha social y veganismo y yoga y similares y anexas. Siempre ha de ser algo chic y de moda: no podrían performatear los lectores performativos con un ejemplar de la Miscelánea Fiscal, por ejemplo, o con algún fardo de don Manuel Puga y Acal… Pero sí con Propercio, pongamos, pues de lo que se trata también es de resultar enigmáticos y desconcertantes —aunque no tanto como para permitirse A calzón quitado, de Irma Serrano…

          Es muy extraño, si es como lo he entendido. Gente que lee para que se vea que lea, y para que de ahí se extraigan conclusiones favorables sobre su constitución y su actitud ante la vida. Sujetos que quieren pasar por cultos, o sensibles, o profundos, y para ello apuestan a fabricar un personaje en torno al acto de leer. ¿E interesa si en realidad leen? No parece. Ahora bien: más allá de lo patéticos o risibles que sean (pues payasos y farsantes siempre ha habido, eso es lo de menos), a mí lo que me llama la atención es el hecho de que en la caracterización de esta especie se atribuya a la lectura un poder de significación digno de tenerse en cuenta. Lo que empezó en TikTok luego saltó a otros ámbitos, y ahora el fenómeno es materia de análisis y debate en medios serios —The New Yorker o Ethic, por ejemplo— que se han abocado a desentrañar qué implica esta conducta en la conformación de las culturas urbanas contemporáneas. ¿Así que leer todavía importa?

          Yo creo que, en el fondo, las interrogantes que promueve la proliferación de los lectores performativos no distan mucho de las que podríamos hacernos al respecto de lo que busca y quiere la gente que va a leer en voz alta durante la celebración del Día Mundial del Libro que organiza la FIL ¿Y cuál es el lugar que puede tener hoy en día la lectura a solas, en silencio, sin nadie que nos vea y sin que con nadie tengamos que quedar bien? Muy raro todo.

          Ahora ya me va a dar pendiente lo que piensen de mí si me ven con un libro en el banco o en el cafecito. 

    J. I. Carranza

    Mural, 19 de abril de 2026.

    Foto: @leyendometro, en X


  • Tengo una queja

    Tengo una queja

    Me asomé un rato a ver el paso de los astronautas detrás de la Luna. Como tenía mucho que hacer, dejé la transmisión corriendo en una ventanita mientras brincaba entre las otras cuarenta ventanas abiertas en mi computadora; ajusté el volumen para tantear cuándo sería oportuno ir echando vistazos: por largo rato, en el canal de la NASA se veían sólo formas indiscernibles, y las voces gangosas dejaban transcurrir largos silencios, de manera que parecía que la señal se había perdido. De pronto me descubrí muy molesto. Cuatro seres humanos habían llegado más lejos que nadie en la historia, estaban viendo con sus propios ojos lo que jamás nadie había visto, corrían para ello un constante riesgo de morir de modos espantosos, para la inmensa mayoría de quienes lo presenciábamos era impenetrable la ciencia que hacía posible la hazaña, había millones de personas conectadas en la celebración asombrada de lo que la humanidad puede proponerse y lograr, parecía que la misión estaba desarrollándose con éxito y según todo lo previsto… Y a mí me molestaba que el pedazo de Luna en mi pantalla se viera desenfocado y, además, que tardaran tanto tiempo en ese tránsito. Pensé: si la NASA es capaz de mandar una nave a la Luna, ¿por qué no le pone una cámara que sirva? (Se veía como lo que graban —para nada— las cámaras del C5 cuando alguien quiere saber cómo se cometió un delito, la imagen toda borrosa y cucha). Y pensé también: ¿Y por qué diablos van tan despacio?

          En algún otro momento del día recapacité en que mi queja —para nadie, necia, estéril, qué bueno que no la formulé en voz alta, aunque aquí estoy confesándola— no sólo era ridícula y patética, sino que exigía una mínima elucidación. Porque quizá podría ser indicio de algo que acaso nos ataña como sociedad… pero también porque, de no razonar sus motivos, habría debido reconocer que era sólo señal de neurosis, o del desacomodo de la realidad que a menudo amenaza conforme vamos envejeciendo, y que nos orilla a renegar de todo: como cuando el abuelo Simpson escribe una carta indignada a una televisora: “La siguiente es una lista de palabras que no quiero volver a oír en sus programas de televisión…”. 

          Descartada de modo convenenciero esa segunda explicación, más bien me incliné a considerar que, por una parte, en las sociedades urbanas y con los medios que tenemos a nuestro alcance, vivimos un tiempo en que la producción y la propalación de quejas son más prósperas que nunca. El otro día pasé por error por X (siempre es un error, un desvío, una temeridad, algo de lo que nos vamos a arrepentir), y encontré el siguiente diálogo: alguien se quejaba del nombre de un restaurante: no del servicio, no de la comida, no de los precios: del nombre. Alguien más le respondió. “Qué asco se ha vuelto X, todos se quejan de todo”. Y el primero repuso: “Te estás quejando de una queja, mejor cállate el hocico”. Puede ser que, si hoy nos consentimos tantos motivos de inconformidad, de disgusto, de irritación o de auténtica rabia, sea gracias a que tenemos cómo darles cauce. Al margen de que esos motivos sean o no justos. Siempre tenemos la opción de rumiar en privado, pero con el celular a la mano esa opción se vuelve inservible (o con un teclado, lo estamos viendo: ahora mismo estoy preguntándome cuánto de lo que ha informado esta columna en cerca de un cuarto de siglo ha sido la pura y diamantina gana de quejarme de algo). Y da la impresión, por lo mismo, que nada hay que no pueda ser motivo de queja: desde el basural regado sobre la banqueta y que la alcaldesa tapatía no tiene la menor intención de mandar limpiar —la distraería de estar grabando reels para decirnos qué come— hasta la conducta de cualquier individuo o nación, o por la existencia misma de cualquier entidad concreta o abstracta en la inmensidad del universo: sigo, por ejemplo, una cuenta en Instagram dedicada a quejarse de los números: por qué el 7 va luego del 6 y no antes, por ejemplo. 

           Es cierto que tal estado de las cosas puede ser cansador. Vamos por la vida como si ésta nos debiera todo, persuadidos además de que somos el centro de la Creación y de que nada importa más que la satisfacción inmediata de nuestros deseos, el aplacamiento expedito de nuestras ansiedades y la conformación del mundo a nuestro caprichudo parecer. Pero concedamos que esta realidad quejumbrosa tiene su cariz virtuoso, apreciable en cuanto advertimos que no podría ser más deseable una sociedad donde la vida estuviera libre de protestas y pataletas, de retobos y gruñidos, de lamentaciones y reniegos, de entripados y fruncimientos. Pues, dada la imperfecta naturaleza humana, ello significaría no que tal sociedad estaría limpia de ocasiones para el descontento y la reclamación, sino que imperarían entre sus habitantes la resignación y el sometimiento a la adversidad, fruto de la represión y del silencio impuesto. Pobres, siempre, de quienes no pueden alegar porque así les va. Qué lata que nos quejemos de todo; qué suerte que podamos quejarnos de cualquier cosa. 

          A ver si para la siguiente vez que vayamos a la Luna (sí, tú: “vayamos”), a la nave le ponen una camarita de mejor calidad: hasta en el Baratillo las venden. Y a ver si se avientan el viaje un poco más aprisita, porque uno está siempre muy ocupado como para quedarse ahí viendo por horas. 

    J. I. Carranza

    Mural, 12 de abril de 2026.


  • Santa semana

    Santa semana

    El lunes quisimos pasar la mañana en un café de la colonia más cool de la galaxia. Puesto que han brotado ahí miles en los últimos años, las probabilidades de dar con alguno que valga la pena no deben de ser ínfimas, aunque ciertamente conviene precaverse contra los establecimientos que confunden la originalidad con servirte un café sabor lodo, caro y como si estuvieran haciéndote un favor. Queríamos un lugar fresco, sin música y sin moscas, básicamente. Pero eso tan sencillo fue imposible encontrarlo porque también imposible fue hallar estacionamiento —nos amedrentaba, además, la fama de cristalazos cool que tiene esa colonia—. Al fin, la naturaleza decidió por nosotros: el aguacero con granizo que se desató de la nada nos persuadió de arrejolarnos en el primer Starbucks (con estacionamiento) que nos salió al paso.

          El martes nos lanzamos al Museo de las Artes de la UdeG. En principio, a ver la exposición que traza los entendimientos entre las obras de Orozco y Eisenstein. Breve pero sustanciosa, y ya por eso la visita valió la pena. Vimos también la que se titula Doncella – Madre – Sabia. La mujer en la Colección Grodman, que está más o menos. Pero ya no nos asomamos al recién donado Acervo Raúl Padilla López: en otra ocasión será. (He recordado, estos días, cómo me enteré de la muerte del “cacique bueno” cuando hace tres años estábamos en un concierto de la Filarmónica y en el intermedio tuve la mala ocurrencia de echarle un ojo al celular, donde los chats estaban al rojo vivo con la noticia. Ya no supe ni qué tocó la orquesta en la segunda mitad). Al salir del museo, la curiosidad nos condujo al Parque de la Revolución, a ver cómo quedó. Pero antes nos metimos a conocer la casa que Barragán construyó para Emiliano Robles León, en la calle de Marcos Castellanos, donde ahora hay un cafecito y, felizmente, mucha vida —que es lo que habría que procurar siempre con las edificaciones patrimoniales que acaba derruyendo el abandono: hallar la forma de devolverles la vida—. Es una inesperada maravilla. En cuanto al parque, quedó bien, creo. Es decir, quedó más o menos como estaba, con algunas manitas de pintura, con las fuentes funcionando (un par de días después volvimos a pasar y ya estaban apagadas), con las áreas verdes bien dispuestas… Yo diría —pero yo qué voy a saber— que el trabajo hecho bien pudo haber estado listo en tres semanas, o pongamos que cuatro. No en un año. Acaso lo más notorio está en el área de juegos infantiles, así como en el revestimiento con mosaicos de las cajas infames de la estación Juárez del Tren Ligero —una de las pocas cosas que jamás deberíamos perdonarle a Fernando González Gortázar—. No les entiendo a esos trazos verdes sobre blanco, pero tampoco se me hacen feos. Lo que sí me molestó fue que movieran a Carranza y a Madero de donde estaban y que, en lugar de las letras que sobriamente los nombraban, les pusieran unas placas horribles: ahí se ve que no hallaban qué más hacerle al parque. Estaba todo lleno de policías; ya mejor que hagan un cuartel ahí. Y hay ratas: una, gigantesca, se nos atravesó en los senderitos; otra estaba muerta en un prado y apestaba. Fuimos luego a comprar empanadas en el Pan Danés y nos las comimos afuera del Templo del Carmen (de pie, las bancas del jardín olían todas a meados), y antes pasamos por la librería de viejo de José Barba, en López Cotilla, entre Donato Guerra y Ocampo: muy bien puesta y ordenada, con precios razonables y no pocas tentaciones y rarezas.

          El miércoles fuimos a Zapopan: queríamos conocer la extensión del Museo de Arte de Zapopan, Estación MAZ, y nos tocó la suerte de hallar ahí la exposición Mare Pacificum, de Yukinori Yanagi, que es muy impresionante. Cómo se nota cuando un artista tiene algo importante que decir, y no nangueras. En el MAZ vimos también la colectiva Tremulaciones (arbitraria y gratuita y ociosa, desde mi muy ignorante punto de vista). Y luego entramos a la Basílica, que estaba previsiblemente llena y que sigue siendo uno de los mejores puntos para comprender la sensibilidad de esta sociedad. Hacía un solazo loco.

          El jueves nos esperamos a que cayera el sol, justamente, para visitar las Siete Casas. Pero nomás fuimos a tres: Catedral, a reventar proque era la hora de la misa del Cardenal, y Aranzazú y San Francisco. Lo que se ve esos días en el centro, creo yo, es lo que más debería contar para entender qué es el espacio público y cómo lo usa la gente. (Caí en la cuenta de esto: aunque en los días santos vayamos cientos de miles de tapatíos al centro, jamás me encuentro a nadie conocido. Algo ha de significar, no sé qué). Más empanadas, cómo de que no. De atún, de rajas, de champiñones y de crema, recién salidas del horno.

          Y el viernes peregrinamos a otra finca de Barragán, la llamada Casa Rosa, que construyó en 1952 para el licenciado José Arriola Adame en Chapalita y que actualmente está siendo rehabilitada para empezar a funcionar como centro cultural. Un prodigio. Ojalá que esa iniciativa prospere del mejor modo. Luego nos quedamos en la terraza de un café para leer y estar.

          Ayer tocó que se abriera la Gloria en un bufet libanés con los amigos. Y hoy hay que salir a celebrar la Pascua con una caminata de ida y vuelta a la Minerva. Con suerte, habrá un tejuinero que nos salga al paso. Nos lo hemos ganado como buenos tapatíos. 

    J. I. Carranza

    Mural, 5 de abril de 2026.


  • Distinta

    Guadalajara es una ciudad disfuncional. Tiene sus gracias, desde luego, sus encantos: lugares, edificios, paisajes, momentos, modos de ser. Pero, acaso como una medida de supervivencia, a menudo nos da por celebrarlos más de la cuenta, no sólo para presumirlos sino sobre todo como queriendo convencernos de su valía. Es curioso, por cierto, que la canción de Pepe Guízar muy pronto deje de hablar de Guadalajara para ir retirándose, primero, a los Colomos, y luego para largase a Zapopan, a Tlaquepaque y al fin llegar a Chapala: da la impresión de que el compositor empezó muy entusiasta, con enjundiosas fanfarrias, pero enseguida se percató de que era poco lo que tenía que decir, así que recurrió a los parajes más confiables, que además de estar por fuera de la ciudad sugerían que lo que ésta pudiera conservar de apreciable eran las reminiscencias bucólicas o campiranas que aún le quedaban. (Más leal con la realidad terminó siendo “La Tapatía”, de El Personal, que da cuenta de muy concretos rasgos y placeres en el recorrido que va de la Vieja Central a San Juan de Dios por la Calzada, luego al Cabañas, a Catedral, y por Juárez “rumbo al Cine Variedades”, para terminar en una cenaduría donde esperaba lo mejor: “¿Sabes qué quisiera, mijo? / Que antes de que yo me vaya / cómprame una jericalla”).

             Nos aferramos, pues, a las contadas bellezas que Guadalajara posibilita experimentar, pero es algo que siempre tenemos que estar proponiéndonos, recordándolo, pues se diría que el comportamiento más natural de la ciudad con quienes la poblamos es por lo general hostil, cuando no sañudo —cuando no cruel, cuando no letal—. No es solamente que nuestras ilusiones o nuestras querencias le resulten indiferentes, sino que parece proponerse dificultarnos la existencia de formas casi constitutivas de la idiosincrasia tapatía. Quiero decir, con esto, que vivir aquí representa, para la mayor parte de la población la mayor parte del tiempo, y sin esperanzas fundadas de que pueda ser distinto, una constante chinga, para decirlo con toda precisión. Y, no obstante, es como si tantísima gente que batalla todos los días para sobrevivir estuviera resignada o hecha a la idea de que así son las cosas en este Valle de Lágrimas de Atemajac. Veo, por ejemplo, en un noticiero televisivo local que en una colonia popular hay un socavón que lleva más de un año, que bloquea toda una calle, que ninguna autoridad ha tenido intenciones de arreglar y al que ya incluso le crecieron unas matas que amenazan con convertirse en arbolitos. El reportero fue ahí porque un viejito se cayó en la noche y se rompió una pata. Pero los vecinos a los que les pide testimonio sólo mueven la cabeza, se alzan de hombros; los niños brincan por encima del socavón, hay una camioneta estacionada toda chueca a un lado, la vida va y viene rodeándolo, y cuando le acercan el micrófono una señora nomás se ríe, como diciendo: “Pos ya ve”. 

             Casi sobra decir que, en buena medida, esta perpetuación de la disfuncionalidad es culpa de sucesivos gobiernos que, desde los tiempos de Beatriz Hernández, han aportado su cuota de desinterés, negligencia e ineptitud —además del gusto por medrar que se activa en todo político apenas asume el puesto—. La calidad de los servicios básicos es apenas la suficiente para que no todo colapse al mismo tiempo, sino en pedacitos y de manera sostenida a lo largo de los siglos, y ni siquiera cuando hemos presenciado y padecido catástrofes mayúsculas y por completo evitables (las inundaciones de cada año, por ejemplo) los tapatíos hemos sabido indignarnos y enfurecernos como corresponde. ¿Cuál habrá sido el último gobernante que corrimos?  

             Y casi sobra ponerse a hacer el recuento de los ejemplos que envilecen la vivencia de lo cotidiano: si pensamos solamente en las pésimas condiciones de movilidad y cómo vuelven torturante la necesidad de tantísima gente, como sea que se mueva y para donde quiera que vaya, o si reparamos en el agua puerca con que tantas colonias tienen que arreglárselas (y ahí hay una responsabilidad criminal que, creo, nadie está teniendo los arrestos de señalar), no acabaríamos con ese recuento. Y eso sin sumar los peligros que todos los días representa el solo hecho de ir por la calle (quedar en medio de una balacera, pongamos), o la incuria generalizada por la que incontables zonas de la ciudad van quedando en un abandono siniestro, o por la que la basura y el ruido y la inmundicia prosperan sin que ello parezca resultarle verdaderamente alarmante a nadie…

             A menudo, luego de recorrer un buen trecho de la Vía RecreActiva, voy a tomarme un refresco al jardín de Orozco, frente a su estatua sedente y a unos pasos de la que fuera su casa taller. Son momentos ciertamente muy gratos, a la sombra de los árboles que hay ahí (está por reventar en todo su esplendor el tabachín, por cierto: hay que ponerse atentos), en la inesperada frescura y el agradecible silencio que propicia la ausencia de coches, y mientras la  gente alrededor baila, anda en bici, pasea. Y me felicito entonces de ser tapatío y de vivir aquí. Pero pronto la ficción se disipa: me levanto, busco un basurero para tirar mi envase vacío, y veo que está repleto y rebosante y que todo a su alrededor es imperdonable e injustificablemente inmundo, y no parece que pueda ser distinto. 

    J. I. Carranza

    Mural, 22 de marzo de 2026.