
-
Mayo eterno

“¡Mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!”, le concede el poeta a la vida en su recuento de motivos para la gratitud. Admite que, si alguna vez se hizo ilusiones de que la juventud no fuera a acabarse, no fue porque la vida lo engañara. Así que la proximidad del ocaso, nombrada al principio, la acepta con la paz que es también su palabra final: “¡Vida, estamos en paz!”.
Pues nadie le habrá dicho a Nervo que mayo iba a ser eterno, pero eso porque no llegó al de este 2026, que no tiene para cuándo acabarse. ¿Cómo era el mes que tenía en mente el poeta? Lleno de rosas y pajaritos, quizás, el tiempo fecundo para los procesos fecundatorios de la naturaleza, colorido y celestial. Muy distinto, en todo caso, del mayo que ahora mismo nos tiene pegosteosos y chorreantes y cuyo alargamiento incesante es efecto del ánimo que el calor espesa, este bochorno amansalocos que infunde sopor de la peor especie: a medio día uno querría tumbarse en el suelo frío a dormir, pero el suelo frío no existe y dormir es imposible. Va uno a echarse agua fría en la cara y el agua fría está caliente. Quedarse en camiseta o a rais es inservible —el argumento decisivo en contra de los partidarios del calor es que el frío puedes quitártelo, así sea poniéndote ocho suéteres, pero el calor ni encuerado—, de manera que no hay más remedio que cruzar el mediodía entre el embotamiento y las ganas de llorar —pero no hay lágrimas: está uno seco.
No será eterno mayo —ojalá—, pero hay momentos en que lo parece de modo irreparable. El otro día pedimos el elevador en la planta baja, y cuando llegó dejó salir al Sinvergüenza, vecino que adquirió ese nombre el día en que sacó unas macetas a la calle y dejó enterregado todo el pasillo y el elevador mismo, sin preocuparse por barrer su puerquero. Saludó y se alejó de prisa, y entonces subimos y, en cuanto se cerraron las puertas, se cerró también sobre nuestro ser el enchiloso olor que dejó la intensiva sudoración del Sinvergüenza, una pestilencia que bien podría aprovecharse en la industria militar. Ahora bien: conviene ponderar las circunstancias y considerar otras explicaciones antes de hacer ninguna acusación, en especial cuando se antoja evidente e instantánea, como en este caso. ¿Por qué había salido disparado el Sinvergüenza? ¿Porque él mismo no soportaba su propio buqué entre chapopote y roquefort, con esencias de guamúchiles y nanches? ¿Por instintiva vergüenza de lo que fuéramos a pensar de él, que lo juzgáramos con dureza por tener la mala suerte de oler a donitas del Centro echadas a perder? ¿O porque ese inadmisible aroma en realidad no era suyo, sino que lo había dejado atrapado en el elevador alguien que lo usó antes que él, y en realidad estaba huyendo? Se veía que iba recién bañado, el Sinvergüenza, pero esto tampoco asegura nada: en este inacabable mayo todavía no termina uno de secarse al salir de la regadera cuando ya tendría que entrar de nuevo. Total, que el breve ascenso a nuestro piso fue torturantemente largo, como las horas que pasaron hasta que el picor acabó de quitársenos de las narices.
(Acaba de pasar algo prodigioso. Mientras escribo estas mismas líneas y voy perfilando una idea que tengo casi lista para el párrafo siguiente —que no iba a ser este paréntesis, sino otra cosa, pero quién puede asegurarnos nada nunca: tal vez siempre estuvo decidido por el destino que sólo existieran este paréntesis y el milagro que contiene—, doy con una publicación de la Sociedad Astronómica Guadalajara en la que se anuncia que el primer día sin sombra de este año en la ciudad, o paso cenital del Sol, es el sábado 23 de mayo a las 12:50:21. Miro mi reloj ¡y son las 12:50:03 del sábado 23 de mayo! Así que en el mismo momento en que estaba por escribir acerca de eso, eso estaba por ocurrir. Escribo en la terraza soleada de un café, así que de inmediato observo la botella que tengo sobre la mesa ¡y es verdad, no proyecta ninguna sombra! Y luego corro de regreso a escribirlo antes de que ese segundo exacto se aleje más de la cuenta, ya pasaron cinco minutos, ya se fue, ya la botella tiene una pequeña sombrita, y con ella la ciudad entera, que parece no haberse percatado de que por unos segundos se quedó sin sombras, y pienso en lo que afirmaba Oscar Wilde, que la pérdida de la propia sombra equivale a la pérdida del alma. Y todo esto me emociona y me exalta y me da una felicidad un poco inexplicable, hasta se me olvida el calor por unos instantes, y también Nervo y el Sinvergüenza. Y veo, al fin, que ya van diez minutos, ya recuperamos el alma, al menos en Guadalajara. Dos veces al año el Sol está tan perfectamente encima de nosotros que las sombras dejan de existir. La siguiente ocasión, según la Sociedad Astronómica Guadalajara, será el 19 de julio a las 12:59:55).
Tal vez sea una desgracia, con todo, que mayo no sea eterno. Porque luego vendrán las lluvias: en los pasos a desnivel ya están pintados letreros de advertencia para no pasar por ahí (o resignarse, si uno iba pasando) cuando se inunden. En lugar de hacer nada por arreglarlos, mejor les ponen letreros. Y con la primera tormenta estaremos viendo cómo la ciudad se despedaza y revienta y se ahoga. Aunque el calor se irá y el Sinvergüenza acaso ya no hederá… No, mejor que mayo no se vaya. O sí, para que ya llegue —y se vaya— el Mundial.
J. I. Carranza
Mural, 24 de mayo de 2026.
-
Certificaciones

El otro día vi un video donde un francés se quejaba de ir todos los días al mismo café desde hace años y ser atendido siempre por la misma empleada: él saluda, ella responde y le pregunta qué quiere, y él pide siempre lo mismo (un café y un pain au chocolat). Y su lamentación era por no haber logrado, en todo ese tiempo, que algún día la empleada se adelantara y le preguntara si iba a querer lo de siempre, pues, además, él termina cada vez su pedido diciéndole a la empleada “comme d’habitude” para remachar que siempre y solamente ha querido el consabido café y el terco chocolatín, que es una costumbre o lo habitual entre ambos y, sobre todo, que ella ya debería saberlo. Mientras lo contaba (a nadie en particular y al mundo entero, como suelen ser esos videos, y éste llevaba ya varios miles de vistas), el pobre diablo casi lloraba: de decepción y de rabia. Pues la observancia invariable del ritual por parte de la empleada (y de él también: no había tenido los arrestos para increparla, así que posiblemente la rabia estaba motivada por su propia cobardía) lo hacía sentir como si no existiera.
Yo esperaba ver en los comentarios alguna recordación del hit de Joe Dassin de 1969, “Le petit pain au chocolat”: “Todas las mañanas él compraba su chocolatín. / La panadera le sonreía, pero él no la veía…” —ella piensa que no le gusta, pero el vato no nomás es despistado, sino que también está bien cegatón, así que no se percata de que la panadera es bonita “y muy crujiente, como sus croissants”… total, que ella un día le regala unos lentes y entonces él la ve por fin y se enamora, y se casan y tienen hijos cegatones como él—. Pero no: todo mundo le daba la razón al chilletas del video, como si estuviera siendo víctima de una injusticia mayúscula y, sobre todo, como si efectivamente la empleada del café estuviera haciéndolo evaporarse o afantasmarse, o al menos haciéndolo sentir que es nadie. Que es lo que le calaba, creo. En México tenemos un verbo certero para lo que ocurre cuando alguien hace sentir menos a un prójimo, o que de plano no cuenta: ningunear. Así que el francés del video, aunque al principio me cayó mal, luego despertó mis simpatías, cuando vi que en el fondo tenía razón, pues aunque habría podido poner más de su parte, lo cierto es que a nadie le gusta que lo ninguneen.
Y es para cerciorarse de que eso no suceda que resulta tan útil lo que en inglés se conoce como small talk, que es el género de conversaciones superficiales, intrascendentes, indeliberadas y de inmediato olvidables, que sin embargo aceitan el trato con los demás de forma que no se atrofie ni rechine, que fluya y no raspe, a fin de poder fabricar la ocurrencia sin más de lo cotidiano: aquello en lo que mayormente consiste la vida. Breves y manidos parlamentos, que no van a ningún lado pues están espesados por obviedades difícilmente cuestionables (“Qué calor ha hecho hoy”, por ejemplo, o “Cómo ha subido el jitomate”), aligeran las dificultades evidentes de la convivencia, pero también hacen más llevadera la reiteración de lo mismo, e incluso en ocasiones pueden desembocar en el acontecimiento excepcional.
Hace unos meses, una tarde iba de regreso a casa y como en las películas: unas cuadras antes me rebasó el camión de bomberos y, cuando llegué, lo vi afuera de mi edificio. Alguien había reportado una fuga de gas, y, aunque no pudieron localizarla, la cosa no pasó a mayores. Pero lo interesante es lo que sucedió mientras los vecinos estábamos en la calle, esperando a ver si tendríamos que evacuar o si íbamos a volar. La señora que vive en la casa de al lado me empezó a hablar de cualquier cosa (los camiones de basura que no pasan a la misma hora, el lavacoches que le tapa la cochera, lo nublado del cielo), y luego me preguntó: “¿Y usted vive aquí, en el edificio?”. “Tengo treinta años viviendo aquí”, le dije. Y me peló los ojotes, asombrada por no haberme ubicado en todo ese tiempo —yo la ubico desde que llegué, pero así hay vecinos, que jamás voltean a ver quién entra y sale de la casa de al lado, ni con quién se cruzan todos los días por la misma banqueta.
Para mi fortuna, en el café adonde acudo saben siempre lo que quiero, y cuando hay empleados nuevos no tardan demasiado en tomar nota. Mientras me cobran, claro, practicamos el small talk: como si en realidad les intrigara qué tal ha ido mi día, como si a mi me interesara enterarlos. Pero el hecho de que en el fondo no nos importe, ni a los empleados ni a mí, es insignificante: lo vital es que opera una cordialidad elemental, auténtica, sin dobleces y dúctil: lo que, en el fondo, evita que acabemos atacándonos o despedazándonos en este mundo. Mucho tiempo fui parroquiano del Café San Remo, a espaldas de La Merced, cuando todavía vivía en el centro y estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG. Hoy el café tiene otro nombre, lo agrandaron, pero muchas cosas permanecen iguales. Y cuando yo asistía tuve el honor de que rotularan una taza con mi nombre, para que nadie más la usara: un privilegio reservado a los clientes más leales. Tampoco me preguntaban qué iba a querer: sencillamente me lo servían. Y eso a mí me certificaba y me permitía reconocer mejor mi lugar y mi índole más clara. También vendían bísquets con mermelada y chocolatines, pero no se me antojaban.
J. I. Carranza
Mural, 17 de mayo de 2026.
(La imagen corresponde al otrora llamado Café San Remo, hoy Café del Centro Histórico, y en ella se ve a la amabilísima y entrañable Carmen, que lleva décadas ahí).
-
¡Maestra!

Como todo mundo, tuve maestros pésimos y peores. Y psicópatas. Por más que lo intento, no logro desentrañar las circunstancias que permitieron lo siguiente: en la secundaria, el profesor de Español llegaba al salón, sacaba la pistola que llevaba al cinto, la ponía sobre el escritorio, subía también ahí las patas, mandaba que abriéramos el libro y leyéramos en silencio, y a quienes le caían mal los hacía pasar toda la hora hincados. Ni al director, ni al resto de los profesores, ni a los padres de familia ni a nadie le resultó nunca escandaloso: ¿porque mis compañeros y yo nunca dijimos nada? ¿O sí lo hicimos, pero nadie nos creyó? ¿O sí dijimos, y nos creyeron, pero a nadie le pareció necesario tomar medidas?
A casi cuarenta años de distancia, ese recuerdo es tan insólito que a veces recelo de su veracidad. Pero enseguida vienen otros que me convencen de que el criminal que «daba» Español fue absolutamente posible: también en la secundaria, el profesor de Inglés llegaba vestido de boy-scout (tenía unos setenta años), nos insultaba y luego se dormía; el de Matemáticas nos llamaba «idiotitas» a todos y nos pasaba al pizarrón sólo para escarnecernos, con risita socarrona; una vez vi a un prefecto, viejo y panzón, dar de patadas a los alumnos que se rezagaban en una formación; el profesor de Ciencias Naturales era un homofóbico que se pasó el año burlándose de un amigo mío por su modo de caminar, y lo imitaba y lo hacía llorar, el maldito infeliz.
Las estampas se suceden, incontenibles, hacia atrás y hacia adelante en el curso de mi vida escolar: en la primaria padecí a la bruja rabiosa que nos jalaba de las patillas y al hacerlo pelaba los ojos y apretaba los dientes, como gruñendo. Dios la tenga a fuego lento. Después, en la prepa, un maestro de Filosofía llegaba acalorado y con la mirada desorbitada a contar —lo juro— que venían persiguiéndolo unos terroristas japoneses armados con bazucas. En la facultad conocí al obtuso energúmeno que nos aborrecía porque no le entendíamos y se vengaba en las calificaciones —no recuerdo qué materia daba, seguramente porque nunca le entendí, y ahora que soy profesor sé muy bien que eso jamás es culpa del alumno.
Mi educación y la de mis compañeros fue confiada a individuos que se solazaban infligiéndonos su ignorancia o inoculándonos sus prejuicios, que se cobraban en nuestro estupor o nuestro miedo todo su odio, que nos despreciaban o nos veían como enemigos sobre los que debían imponerse para aliviar su frustración, o yo qué sé. Los hubo morbosos, soeces, clasistas, racistas, machitos violentos, histéricos, sátiros, y, desde luego, farsantes, haraganes, hipócritas, chismosos, intrigosos, cínicos, manipuladores, impostores, corruptos (uno de Física, en la prepa, pedía botellas de Azteca de Oro para no reprobarnos). Los hubo crueles: otro, también en la prepa, rompió delante de todo el salón el trabajo de un compañero y le aventó los pedazos a la cara; Cuevas, se apellidaba el miserable, y eso pasó en la Escuela Vocacional de la UdeG, allá por 1988; ojalá algún nieto suyo lea esto y vaya con su abuelito y le pregunte: «Abuelito, ¿no nos platicaste una vez que fuiste profesor en la Voca en 1988?», y el abuelito sonría y responda: «Sí, ¡claro, qué tiempos aquellos!», y que entonces el nieto le enseñe este periódico, para que el abuelito haga memoria y vea cómo queda al menos uno de sus alumnos (yo) que le guarda rencor imprescriptible por aquella bajeza suya, y ojalá también que se avergüence horriblemente delante de su nieto y que lo posea un remordimiento que ya no lo deje dormir en paz los pocos días que le queden.
Tengo más traumas, pero aquí le paro. No dudo que estos ejemplos, tan poco ejemplares, promuevan la recordación de casos igualmente pasmosos o atroces en la formación de cualquiera. Sin embargo, conviene proponerse un ejercicio de balance para ver si el número de los maestros lamentables supera al de aquellos a quienes algo tenemos que agradecerles. Todas aquellas personas con quienes tuvimos la suerte inmensa de habernos encontrado para que quedáramos debiéndoles un saber o una comprensión de las cosas que no habríamos obtenido de otra forma: presencias indispensables al momento de explicar lo mejor que somos y hacemos, lo que entendemos, lo que define nuestro lugar en el mundo.
El balance, tampoco lo dudo, arrojará siempre que la cuenta de los ruines es insignificante, no sólo por su número, sino sobre todo porque el perjuicio que hicieron queda compensado con el entusiasmo invencible de la profesora que prestaba sus libros, el empeño del maestro de Álgebra que no te soltaba hasta que aprendías bien, la paciencia del sabio con tres doctorados que dedicó muchas noches a revisar acuciosamente tus trabajos en la maestría, la fe del profe que creyó —y te hizo creer— que tenías algo muy importante que decir, la ternura de la maestra que nos permitía acostarnos en el piso del salón de tercero de primaria mientras platicaba la historia de los aztecas.
El recuerdo de un mal maestro se reduce sólo a eso, a la evocación puntual de su vileza, su ineptitud, su cretinismo o su ridiculez. En cambio, la impronta de las maestras y los maestros mejores fructifica sin cesar. No es un mal día, hoy, para hacer la lista y recordarlos en toda su generosidad y toda su alegría.
J. I. Carranza
Mural, 15 de mayo de 2022.
-
¡A la madre!

Para estas horas, ya debe haberse terminado de descongelar Denisse de Kalafe, y su “Señora, señora” estará atronando en restaurantes y centros comerciales, si no es que también en el coro de la iglesia y más de algún palacio municipal. Desde luego habrá incontables comidas familiares donde alguien la haga sonar en una bocina, pero, si nadie se acuerda de buscarla en Spotify, ya llegará el mariachi a poner remedio. En realidad, como la festividad cayó en domingo, venimos cantando “Es linda mi amiga, gaviota, / su nombre es ¡mi madre!” en los festivales escolares desde el jueves, antes de que Mario Delgado viniera a echarle caca a la sopa con sus ocurrencias mundialistas, estresando a medio mundo…
Me desvío, perdón. Hace muchos años, cuando este periódico tenía pocos meses de nacido, en coordinación con El Norte y Reforma organizó para un 10 de mayo el sorteo de tres serenatas con la mismísima Denisse de Kalafe. No recuerdo qué había que hacer para ganar, pero sí que cada serenata iba a ser en una ciudad distinta, así que trajimos a la brasileña corriendo de un avión a otro y llevándola a toda velocidad a los domicilios de las ganadoras (una regia, una chilanga y una tapatía) para que empuñara la guitarra y las pusiera a chillar. Muy emocionante, tanto que nunca se repitió. Como sucede con Mariah Carey cada Navidad, la recursividad de los hits temáticos plantea misterios insondables, que se condensan en uno: ¿por qué no dejan de gustarle a la gente? Y, por otro lado, ¿a cuánto ascenderá el monto de las regalías que ha generado una canción que incluye el verso “a ti, mi fiel querubín”? (Hace rato que cité lo de la gaviota, deliberadamente puse la coma vocativa de modo que se entendiera que la cantante está hablando de su mamá con un pájaro. Pero ya no estoy tan seguro: a lo mejor va sin coma y en realidad Denisse piensa que su mamá es una gaviota y la empolló).
El otro caso es “Amor eterno”, del menos inexplicable Juanga, el insuperable autor de un cancionero donde ese éxito está lejos de ser el único. ¿Por qué, sin embargo, esa canción se ha vuelto un himno a las mamás? En especial si ya son abuelas también o están en edad de serlo. Parece que la tradición comenzó cuando al propio Divo de Juárez, en uno de sus conciertos en Bellas Artes (que por fortuna quedaron grabados), le nació dedicarles “a las madrecitas”, en especial a las muertas, esa canción cuyo destinatario original fue un amor perdido para siempre, para más señas en Acapulco. (Una leyenda dice que se trató de un lanchero acapulqueño: a mí me gusta creer esa leyenda). Quién sabe por qué se le ocurrió, pero el caso es que pegó, y tampoco falla: nomás empieza a sonar aquello de “Tú eres la tristeza, ¡ay!, de mis ojos…”, y ya está todo mundo chille y chille otra vez.
Siempre me cayeron gordos los festejos del Día de la Madre. No porque no quisiera a mi mamá, ni tampoco porque ella fuera una reencarnación de Medea, ni mucho menos. Sólo que las formas de celebrar, en especial en la primaria, me parecían imposiciones abusivas que buscaban a toda costa hacerme exhibir algo que, a fin de cuentas, nomás tenía que importarnos a mi mamá y a mí. Porque de eso se trata: de empujar la mostración aparatosa del amor a través de rituales acartonados, empalagosos, propicios para la extorsión sentimental, rezumantes de cursilería y mal gusto. Sobre todo de niño, que es cuando uno menos tiene escapatoria, veía acercarse la fecha con una mezcla de fastidio y culpa: si quería darle un abrazo a mi mamá, ¿por qué tenía que haber un bailable primero? ¿Y a ella le gustarían de verdad mis regalos fabricados bajo presión? (Ya sé que sí: no por nada guardó siempre un tapete horrendo que ella misma me ayudó a bordarle).
En la secundaria, al líder nato del salón, que se llamaba el Tamby, se le ocurrió que había que llevarles serenata a todas nuestras mamás (claro, menos a la suya, porque vivía en Vallarta). Ensayamos en la casa de Carlitos, que tenía un piano. Pusimos de acuerdo a nuestros papás, para que fuera sorpresa y para que las mamás no se atacaran porque no llegábamos a dormir. Y allá fuimos, en tres camionetas: una la manejaba el Tamby, que ya tenía edad para tener permiso; otra el Chiquilín, que no tenía edad, pero medía como dos metros, y la tercera Carlitos, que era fresa. Una logística admirable, ahora que lo pienso: éramos como veinte; aunque también algo caótica: desde la casa del Empanada, en la Colonia Independencia, pasando por la de Chío en Santa Tere, la del Pelos en Mezquitán Country, la mía en las Nueve Esquinas, y hasta llegar a la del Negro —eran otros tiempos—, por el Auditorio (no había más auditorios que el Benito Juárez). Nomás que el Negro no tenía papá, así que no le había avisado a nadie, y cuando llegamos a su casa para cantar la de “Gema”, casi sin voz y con mucho sueño, ya estaba clareando y la mamá salió hecha una fiera y zarandeó al pobre Negro de las greñas.
Yo recuerdo haber visto a mi mamá muy contenta esa vez, con la “sorpresa” —luego supe que mi papá le había revelado todo porque estaba muy nerviosa de que yo no llegara—. Creo que a todas les regalamos flores, si bien las últimas festejadas fueron recibiendo ramos cada vez más pachiches y tristones. Por suerte, todavía no se habían estrenado ni la canción de Juanga ni la de Denisse de Kalafe.
J. I. Carranza
Mural, 10 de mayo de 2026.
-
Maistros

Como por estas fechas, el año pasado teníamos un problema con el desagüe de la regadera que ocasionaba que al vecino de abajo (el gringo) se le filtrara el agua en su changarro (clandestino), y a menudo a nosotros también se nos anegaba el baño. Una calamidad que no iba a arreglarse sola. Puesto que las tuberías del edificio son de barro prehispánico y tienen más de setecientos años, la solución debía conjugar trabajos de fontanería y albañilería. Y hete aquí que pronto tuvimos a Lalo rompiéndonos el piso y las paredes (en un arrebato de inspiración decidió cambiar también la instalación de la regadera), acompañado por su fiel chalán de mirada estrábica y pocas palabras. No supimos nunca cómo se llamaba, el chalán, pero sí que era el que hacía la parte más ruda de la chamba, mientras Lalo se sentaba en un bote volteado y lo malmodeaba.
No tenía buenos antecedentes, el famoso Lalo: meses antes nos lo habían mandado para arreglar el bóiler y por poco volamos en pedazos. El techo todo flameado de la zotehuela quedó como rencoroso vestigio. No nomás carecía de destrezas y saberes básicos: además se la pasaba renegando y chillando. Así que, cuando el administrador del edificio nos lo volvió a enjaretar, dudé mucho que supiera qué hacer ya que había devastado el baño y cambiado los tubos para que al gringo ya no se le inundara. Los veía, a Lalo y a su chalán (y a otro chalán que llevaron más adelante, sin avisar), midiendo y volviendo a medir, yendo y viniendo con sacos de cemento y cajas de azulejo, sude y sude, por horas que sumaban días y más días. En una de ésas descubrí que además de cargar sacos, echar mezcla, desbaratar lo que avanzaban porque les quedaba mal y romper más pedazos de pared, el chalán también era el encargado de ir por cervezas al Seven de la esquina. “Se la pasan pisteando, Toño”, me quejé con el chalán del administrador, que poco caso hacía a mis protestas. Y nosotros seguíamos sin poder bañarnos. Hasta que un día Lalo me dijo: “Ya no sé qué hacer, ¡estoy hasta la madre!”. Yo pensé que Toño no le pagaba, que se le había atravesado una desgracia, que meramente estaba encervezado. Pero su lamento era literal: no sabía qué hacer para arreglar su desastre.
Así que lo corrí con todo y chalanes y entonces llamé a Heriberto.
Bueno, más bien a su papá. Albañil experto, el don hacía dupla con su hijo y las referencias que tenía de ambos consistían, básicamente, en que el hijo era rápido pero malhecho y el papá esmerado y puntilloso, aunque calmudo. Así que se compensaban. “Ando en una obra en Chapala”, me dijo el don, “pero ahorita le mando a Heriberto”. Como ya nos urgía dejar de bañarnos a jicarazos, me resigné a lo que los hechos confirmarían pronto: Heriberto, muy sonriente, arregló en un dos por tres los estropicios de Lalo, pero los azulejos le quedaron todos disparejos y cuchos. Le pagué, se fue volando y jamás regresó por sus herramientas.
Seguramente es más significativo de lo que podríamos pensar el paso de los artistas de la cuchara por nuestras vidas. Baste como prueba la facilidad con que podemos recordar sus peculiaridades y las anécdotas en que figuran, así nos queden muy lejos en el tiempo. Pienso, por ejemplo, en otra pareja que tuvimos hace tres lustros, también con el baño reventado: el maestro (el maistro, como debe decirse) era dado a la improvisación chapucera, pues se clavó la lana para poner el piso y en su lugar dejó un parchadero horrible que cada mañana nos lo recuerda —“Ahí le hice un Mickey Mouse”, explicó, refiriéndose así a ese género de remiendos—. Y su chalán, que se llamaba Chucky, estaba muy intrigado por nuestra hijita bebé que todavía no hablaba: “¿Cómo te llamas, niño?”, le decía cada que la tenía a la vista, cuando estábamos comiendo con la nena sentada en su periquera.
Hace aún más años, mi papá le confiaba al maistro Andrés toda suerte de reparaciones menores (que un batientito, que un resane, que una barda), y le pagaba arreglándoles los dientes a él y a su señora. Pero, si bien estaba lejos de ser lo incompetente que era Lalo y tampoco era transa como el del Mickey Mouse, el maistro Andrés sí tenía el inconveniente de ser melodramático: se le iban las semanas en relatar las pormenorizadas desventuras de su vida, con no poca gracia, fume y fume y recargado contra una pared, sin mover un dedo, de manera que la chamba sólo salía gracias al abnegado Nieves, su hierático chalán. Otro albañil de la época, Benito, era muy bueno y baratero, pero impredecible como la buena fortuna —además de que sólo se bañaba en invierno: decía que qué caso tenía hacerlo en tiempos de calor, si pronto iba a estar apestando de nuevo—. No tenía teléfono.
Creo que lo más común, cuando se requieren los servicios de un albañil, es preguntarles a parientes y colegas, y luego correr el albur al margen de lo buenas que puedan ser las recomendaciones. Y eso si uno tiene la suerte de que no estén ocupados (o de que no sean pareros). Siempre que me he visto en el trance de conseguir a alguien, pienso en los que se ponen a esperar qué cae, con sus herramientas y un letrero, al lado de Catedral, en la Ciudad de México, junto con electricistas, fontaneros, pintores, etcétera. ¿Por qué esa costumbre no existirá en Guadalajara? Hoy, que es día de la Santa Cruz, estaría bien que alguien se lo propusiera.
J. I. Carranza
Mural, 3 de mayo de 2026.
-
Percepción

Sus habitantes vemos a Guadalajara como una ciudad insegura. Dicho de otra forma: quienes vivimos aquí tememos que algo malo nos pase. La mayor parte del tiempo. Donde sea. Sabemos que corremos peligro por el solo hecho de hacer, aquí, lo que sea que hagamos.
(Pienso, por ejemplo, en las personas que, todas las mañanas de los días hábiles, poco antes de las siete, esperan para cruzar la avenida López Mateos en el punto en que ésta pasa de largo la Plaza Millenium y corre contra el contraflujo hacia el sur, el Sol ya elevándose cada vez con más impaciencia o saña, maldito López Obrador que nos quitó una hora más de frescura al suprimir el Horario de Verano. Vienen, esas personas, de bajar del camión que las dejó en Mariano Otero, están en el vértice del terreno del Holiday Inn —no sé si todavía se llame así—, se dirigen hacia sus lugares de trabajo o de estudio que están del otro lado de la avenida, en esa manzana extraña donde hay lo mismo una universidad privada que el Teatro Galerías, el Hogar Cabañas y una placita comercial donde dan clases de box y hay un negocio de tatuajes y venden pizza; en esa manzana y en los alrededores. Serán, acaso, veinte personas, o treinta, algo más, algo menos. Muchas traen mochilas —y en ellas vendrá acaso la lonchera para el momento en que haya que hacer una pausa y comer y seguirle luego—; muchas van viendo el celular, o bostezan, y traen también prisa, imagino, pues me figuro que miran con irritación o ansiedad hacia el punto desde el que me aproximo a ellas, como diciéndome “Ya, muévete, termina de pasar, deténganse ya los coches, necesito cruzar, necesito llegar ya, voy tarde”. Imagino también que el camión en que venían venía de lejos, que lejos lo tomaron, cuando aún el sañudo Sol no se despertaba. Y que acaso alcanzaron a dar una cabeceada en el trayecto. Y por último imagino que esas vidas a la espera del semáforo en rojo son las mismas siempre, aunque las personas que ya, ahora sí, cruzan —las veo por el retrovisor, ya me alejo, ya van en friega—, no sean las mismas).
Entre 91 ciudades mexicanas, Guadalajara puede aún felicitarse de no ser Irapuato. Pero solamente. Pues son poco más de 92 entre cada cien irapuatenses quienes se sienten inseguros, mientras que los tapatíos somos poco más de 90 de cada cien. En San Pedro Garza García, Nuevo León, casi 95 por ciento de los sampetrinos (¿así se dice?) se sienten seguros de vivir ahí. ¿Qué se sentirá?
(Una connotada periodista y su asimismo connotado colaborador comentan, en un noticiero radiofónico matutino, estos resultados arrojados por la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. Los oigo cuando ya llegué a mi lugar de trabajo, luego de haberme cruzado, a la altura de Las Águilas, con un breve convoy fuertemente artillado de la Guardia Nacional, como ocurre siempre en mi camino de todos los días: soldados del Ejército apostados en un cruce de Chapalita, patrullas municipales, estatales, federales y siderales yendo de acá para allá, a veces con calma, a veces no, a veces con códigos encendidos, a veces como les da la gana. Oigo, pues, a los connotados periodistas de la no menos insigne emisora, desde luego capitalina, que se preguntan con asombro: «¿Pues qué estará pasando en Guadalajara, que creció tanto la percepción de inseguridad entre la ciudadanía?». Quieren decir, con «tanto», que el año pasado apenas eran 78 tapatíos los azarados. Y ni por aquí les pasa, ejemplares centralistas que son, lo que ocurrió en Guadalajara apenas el 22 de febrero pasado, cuando la ciudad entera fue puesta de rodillas con una pistola en la cabeza y pobre de ella si hablaba).
Y qué sentirán, me pregunto, o cómo o dónde están los casi diez tapatíos de cada cien que andan tan campantes, a gusto, tranquilos, sin pendiente de que los roben, los desaparezcan, los maten o algo les pase a los suyos. Cómo le hacen. Supongo que nunca les ha pasado nada —qué bueno—, pero también sospecho que, por alguna razón, no levantan la cabeza para darse cuenta de dónde están y qué está pasando aquí.
(Mientras todas aquellas personas de hace tres párrafos estuvieron trabajando, para volver en la tarde o acaso hasta la noche a hacer el mismo camino de regreso: vuelta a esperar el semáforo, rumbo a la parada del camión que las llevará otra vez lejos, y que vendrá ya lleno —si viene—; mientras hacían, y como ellas otros millón y medio de tapatíos hacíamos, lo que hay que hacer, por ejemplo estudiar, trabajar, no chingarse a los demás, malabarear para que la quincena alcance, cuidarnos y cuidar nuestras cositas, agarrar fuerzas de quién sabe dónde para volver a trabajar al día siguiente; mientras nuestra insegura existencia transcurría, en fin, como todos los días, el gobernador de Jalisco bailaba y sonreía y payaseaba, y la alcaldesa de Guadalajara daba curso a su intensa actividad como presunta pero fallida influencercolgándose del brazo de alguna estrella mediana de la farándula, mientras su gobierno no es bueno ni siquiera para levantar los cerros de basura que amanecen todos los días en la colonia más cool de la galaxia, no digamos en las zonas más marginadas. Etcétera).
Como muchos tapatíos de mi rodada, yo recuerdo un tiempo en que sí, podíamos sentir miedo, pero también podíamos tenerlo a raya. A lo mejor se trató de un sueño.
J. I. Carranza
Mural, 26 de abril de 2026.
-
Distinta
Guadalajara es una ciudad disfuncional. Tiene sus gracias, desde luego, sus encantos: lugares, edificios, paisajes, momentos, modos de ser. Pero, acaso como una medida de supervivencia, a menudo nos da por celebrarlos más de la cuenta, no sólo para presumirlos sino sobre todo como queriendo convencernos de su valía. Es curioso, por cierto, que la canción de Pepe Guízar muy pronto deje de hablar de Guadalajara para ir retirándose, primero, a los Colomos, y luego para largase a Zapopan, a Tlaquepaque y al fin llegar a Chapala: da la impresión de que el compositor empezó muy entusiasta, con enjundiosas fanfarrias, pero enseguida se percató de que era poco lo que tenía que decir, así que recurrió a los parajes más confiables, que además de estar por fuera de la ciudad sugerían que lo que ésta pudiera conservar de apreciable eran las reminiscencias bucólicas o campiranas que aún le quedaban. (Más leal con la realidad terminó siendo “La Tapatía”, de El Personal, que da cuenta de muy concretos rasgos y placeres en el recorrido que va de la Vieja Central a San Juan de Dios por la Calzada, luego al Cabañas, a Catedral, y por Juárez “rumbo al Cine Variedades”, para terminar en una cenaduría donde esperaba lo mejor: “¿Sabes qué quisiera, mijo? / Que antes de que yo me vaya / cómprame una jericalla”).
Nos aferramos, pues, a las contadas bellezas que Guadalajara posibilita experimentar, pero es algo que siempre tenemos que estar proponiéndonos, recordándolo, pues se diría que el comportamiento más natural de la ciudad con quienes la poblamos es por lo general hostil, cuando no sañudo —cuando no cruel, cuando no letal—. No es solamente que nuestras ilusiones o nuestras querencias le resulten indiferentes, sino que parece proponerse dificultarnos la existencia de formas casi constitutivas de la idiosincrasia tapatía. Quiero decir, con esto, que vivir aquí representa, para la mayor parte de la población la mayor parte del tiempo, y sin esperanzas fundadas de que pueda ser distinto, una constante chinga, para decirlo con toda precisión. Y, no obstante, es como si tantísima gente que batalla todos los días para sobrevivir estuviera resignada o hecha a la idea de que así son las cosas en este Valle de Lágrimas de Atemajac. Veo, por ejemplo, en un noticiero televisivo local que en una colonia popular hay un socavón que lleva más de un año, que bloquea toda una calle, que ninguna autoridad ha tenido intenciones de arreglar y al que ya incluso le crecieron unas matas que amenazan con convertirse en arbolitos. El reportero fue ahí porque un viejito se cayó en la noche y se rompió una pata. Pero los vecinos a los que les pide testimonio sólo mueven la cabeza, se alzan de hombros; los niños brincan por encima del socavón, hay una camioneta estacionada toda chueca a un lado, la vida va y viene rodeándolo, y cuando le acercan el micrófono una señora nomás se ríe, como diciendo: “Pos ya ve”.
Casi sobra decir que, en buena medida, esta perpetuación de la disfuncionalidad es culpa de sucesivos gobiernos que, desde los tiempos de Beatriz Hernández, han aportado su cuota de desinterés, negligencia e ineptitud —además del gusto por medrar que se activa en todo político apenas asume el puesto—. La calidad de los servicios básicos es apenas la suficiente para que no todo colapse al mismo tiempo, sino en pedacitos y de manera sostenida a lo largo de los siglos, y ni siquiera cuando hemos presenciado y padecido catástrofes mayúsculas y por completo evitables (las inundaciones de cada año, por ejemplo) los tapatíos hemos sabido indignarnos y enfurecernos como corresponde. ¿Cuál habrá sido el último gobernante que corrimos?
Y casi sobra ponerse a hacer el recuento de los ejemplos que envilecen la vivencia de lo cotidiano: si pensamos solamente en las pésimas condiciones de movilidad y cómo vuelven torturante la necesidad de tantísima gente, como sea que se mueva y para donde quiera que vaya, o si reparamos en el agua puerca con que tantas colonias tienen que arreglárselas (y ahí hay una responsabilidad criminal que, creo, nadie está teniendo los arrestos de señalar), no acabaríamos con ese recuento. Y eso sin sumar los peligros que todos los días representa el solo hecho de ir por la calle (quedar en medio de una balacera, pongamos), o la incuria generalizada por la que incontables zonas de la ciudad van quedando en un abandono siniestro, o por la que la basura y el ruido y la inmundicia prosperan sin que ello parezca resultarle verdaderamente alarmante a nadie…
A menudo, luego de recorrer un buen trecho de la Vía RecreActiva, voy a tomarme un refresco al jardín de Orozco, frente a su estatua sedente y a unos pasos de la que fuera su casa taller. Son momentos ciertamente muy gratos, a la sombra de los árboles que hay ahí (está por reventar en todo su esplendor el tabachín, por cierto: hay que ponerse atentos), en la inesperada frescura y el agradecible silencio que propicia la ausencia de coches, y mientras la gente alrededor baila, anda en bici, pasea. Y me felicito entonces de ser tapatío y de vivir aquí. Pero pronto la ficción se disipa: me levanto, busco un basurero para tirar mi envase vacío, y veo que está repleto y rebosante y que todo a su alrededor es imperdonable e injustificablemente inmundo, y no parece que pueda ser distinto.
J. I. Carranza
Mural, 22 de marzo de 2026.


