• Zancudos

    Zancudos

    Como suele suceder con esa fuente primordial de sabiduría que es La Pantera Rosa, se desprende una lección importante del episodio en el que nuestra amiga es acosada de modo implacable por un mosquito: la propia rabia es siempre la fuerza que primero debemos someter al defendernos de un enemigo odiado. Para infortunio de la Pantera, ninguno de sus recursos funciona porque están decididos por la desesperación y la cólera: cuando prueba con el insecticida, lo esparce en exceso y queda a punto de morir asfixiada; cuando al fin intenta el karate, el mosquito resulta más diestro y acaba venciéndola y echándola de la casa. Humillada y adolorida, bajo la lluvia, la Pantera ve por la ventana cómo el malvado disfruta de su triunfo, echado en el sillón delante del televisor. Y acaso sólo entonces encuentre —pero ya es tarde— la elemental pero difícil lucidez que dimana de preservar la serenidad en el fragor del conflicto: ¡tan fácil que habría sido ponerse repelente!

          Yo por eso cargo siempre un buen bote en mi mochila, y me he impuesto rociar y rociar a los míos y a cualquiera que se deje antes antes de percibir el taimado zumbido o de descubrir el impune sobrevuelo del pérfido díptero por encima de nuestra frágil condición. Tristemente, como especie estamos en tal grado de desventaja que no hay previsión o paranoia que sirvan por completo, y es así que a menudo he de verme, lo mismo que cualquiera, inesperadamente enronchado e inevitablemente fúrico, por más precauciones que tome. Y entonces procedo a los karatazos, como la Pantera, como si de algo fueran a servir. La picazón es, sí, molestísima y enervante, pero el efecto más dañoso del piquete es de índole moral: por eso no podemos rascarnos sin maldecir en voz alta, ni tampoco nos abstenemos de buscar venganza de inmediato. Los mosquitos nos regresan a la etapa de la evolución en que la vida era sólo morir y matar.

          Dar caza al diminuto depredador es el único crimen de odio justificable que existe. Porque nadie va a afirmar, jamás, que le caen bien los mosquitos. Sus ataques, la sofisticada coreografía aérea con que se ocultan y luego se lanzan, o se repliegan y enseguida reaparecen por el otro lado, mostrándose con jactancia o temeridad kamikaze, para esfumarse de forma inverosímil cuando creímos haberlos aplastado con la palmada más certera y veloz de que fuimos capaces; su velocidad supersónica y la ubicuidad portentosa que los hace picar a la vez en la nuca y en una pantorrilla, en un antebrazo y en una corva, y además el poder de traspasar los sólidos y llegar a la piel por debajo de la más recia mezclilla, entre otros atributos sobrenaturales, serán ciertamente admirables desde el punto de vista de la ciencia. Pero basta con que nos elijan como víctimas para que esa admiración se trueque en aborrecimiento. No parece aceptable que el encarnizamiento y la insidia con que nos cercan sean únicamente medios para su supervivencia: no conformes con nuestra sangre, quieren despojarnos además de nuestra paz y acaso de nuestras pobres posibilidades de encontrarle sentido a la existencia. ¿Por qué? No voy a irme por ahí, pero hay teólogos que aducen una intención admonitoria en la voluntad divina que concibió los mosquitos: son el recordatorio constante de nuestra vulnerabilidad en un mundo abocado a la corrupción y a la caída. Sea como sea, son probablemente los seres más antipáticos de toda la Creación.

          Y caen gordos, para empezar, por el diminutivo que los designa. Como si lo chiquito los disculpara o los volviera inofensivos. Aunque no habría que llegar hasta el caso del Aedes aegypti para condenarlos sin remisión in toto: no hace falta que sean asesinos para que su proceder vampírico esté afeado por la mera maldad incausada y por tanto absurda: si quieren comer, y nosotros les servimos para ello, ¿por qué rayos tiene que ser a media noche, por qué no se sacian sin que la probóscide infame deje al retirarse ese escozor desquiciante? Por eso creo que es preferible decirles zancudos, para que sepan que no nos andamos con mimos. (Veo en el diccionario que hay lugares donde se les dice ventifareles, cénfalos, cínifes y violeros. No lo creo y no me sirve: con zancudo, pienso, es bastante, pues es descripción burlesca y nos resarce, así sea ilusoriamente, pero qué es la vida sin ilusión).

          Entre los raidolitos tóxicos y la inservible citronela (otra ilusión), la ingestión de ajos (se supone) y la pura envidiable buena suerte —el enigma genético por el que hay individuos inatacables por el hematófago maldito—, pasando por los aparatos fraudulentos que dizque emiten ultransonidos insoportables, las bolsas de plástico llenas de agua (la idea es que el zancudo, al ver una realidad distorsionada por el efecto óptico, se conturbe o se aflija al volar junto a ellas, y luego se deje morir o se mate) y hasta llegar a ese culmen de la tecnología al servicio de la pena de muerte que son las raquetas chinas (el mismo principio de la silla eléctrica, nomás que portátil, recargable, barata y ultraexpedita), nada hay tan satisfactorio como el manotazo in fraganti, inapelable, sañudo si es posible y bien tronado, y tras el cual podemos vernos la palma, y ahí la sangre nuestra revuelta con la del agresor, para sonreír con los dientes apretados mientras decimos en voz baja: «Ándele, cabrón».  

    J. I. Carranza

    Mural, 5 de julio de 2026.


  • En juego

    En juego

    Puede ser que, hacia el final de este domingo, la exultación nacional rebase todos los límites conocidos y aun los que no hemos llegado a imaginar. Por lo visto hasta ahora en los epicentros de la emoción que muta en furor (la Minerva y el Ángel, principalmente, pero en todos lados también), la multitud y la intensificación de las afirmaciones de júbilo han ido en aumento partido tras partido. Lo que pasó tras derrotar a Corea no se compara con lo que habíamos atinado a hacer para celebrar el triunfo sobre Sudáfrica, y la celebración por el resultado contra la República Checa quedó lejos de lo que estaba por desatarse cuando dejamos en la lona a Ecuador. En cada ocasión hubo que ir ampliando nuestra capacidad de asombro y recalibrando nuestra incredulidad. Es tan extraño que México gane así, tanto, una y otra vez, y otra y otra más, y sin goles en contra, que el imperativo de festejar es generalizado e ineludible y arrasa con los frágiles diques de sensatez y prudencia que mal que bien contienen la vida diaria para que no nos exterminemos como sociedad. Parece ingenuidad llana pretender que eso que revienta y ruge y vuela y se incendia haya forma de sujetarlo a ninguna forma de control.

          (Dije que integrarse al pandemónium de estupor y frenesí es generalizado, pero evidentemente no es así: nunca faltarán el desaprensivo o el aguado que ven nuestros pujidos y nuestros brincoteos con imbatible indiferencia; tampoco el que sencillamente tiene otras cosas de qué ocuparse, y ni siquiera se plantea ninguna paciencia para nuestros aullidos, nuestros desfiguros y nuestra propensión a abrazarnos con desconocidos. Son claramente comprensibles las razones de esos conciudadanos a quienes no habría por qué pedirles que se invistan del patrio verde ni que se dispongan para que la masa los mantee y los haga volar por los aires; por tanto es también del todo respetable que prefieran permanecer al margen del caudaloso río humano, que puede volverse pronto tempestuoso y mortal, pero que en tanto eso no ocurra es tan divertido y tan fascinante. Pero hay una gran diferencia entre esos espíritus blindados, y acaso admirables, y los podridos o al menos pestilentes de quienes se atrincheran en su repugnancia y su desprecio para condenarnos a quienes meramente estamos contentos. Autoungidos con sus figuraciones de superioridad moral y mayor claridad intelectiva, esos que le reprochan a la afición su contento, o se burlan sin más de la ardua alegría fruto de este puñado de goles, o que fingen no comprender las motivaciones de quienes celebramos, se proponen enfriar el ánimo del país con sus amargosos reproches y queriendo corregir los desvaríos y la ceguera y la ignorancia que nos echan en cara a quienes andamos felices tarareando la de Juanga. No lo consiguen, desde luego, y son entonces no solamente acedos, sino además patéticos. Como el afamado —y ni tanto— novelista que, tras el tres a cero contra la patria de Kafka, no se aguantó el veredicto: “La afición que estalla de júbilo por un simulacro de éxito es tan mediocre como el equipo tricolor”. O la conocida a la que dejé de seguir y bloqueé cuando vi que posteaba: “Ya sé que ahorita todos ustedes nomás están pensando en el futbol…”).

          Puede ser, también —Dios no lo quiera—, que hacia el final de este domingo nos aguarde un abatimiento nacional que tampoco hemos conocido nunca, y que acaso sólo sea calculable en relación con las dimensiones insólitas de nuestra frágil ilusión. Es muy significativo que el vehículo mejor para la temerosa y temeraria esperanza condensada en la pregunta “¿Y si sí?” sea un huevo: en cualquier momento se tiene que romper —el martes pasado, camino a la Minerva, vi que alguien portaba un huevo San Juan gigante con ese estampado: un nuevo símbolo insuperable de la mexicanidad—. Seamos justos: si la Pérfida Albión hace valer sobre nuestros esforzados muchachos la autoridad que sólo le viene de haber inventado el futbol (y nada más: un solo Mundial ganado en toda la historia es un poco lastimero), no se valdrá hablar de decepción ni de fracaso: mucho es lo que se ha conseguido, por poco que sea, y cuando menos que nada habríamos podido esperar. Esa tristeza —la boca se me haga chicharrón— será, sin embargo, del todo inmerecida, como toda tristeza lo es siempre. Y tras el estupor y la desolación habrá que emprender la resignación, eso que hace más pesado el pesar.

          ¿Y qué hacemos con una cosa u otra? ¿Con la desmedida explosividad de nuestra dicha o con los nubarrones que —císcalo, císcalo, diablo panzón— podrían privarnos una vez más de que el sol brille sobre nuestra fantasía? Muy probablemente éste será el último Mundial en México para muchos millones de los millones que, desde esta mañana de sábado en que escribo estas líneas, ya estamos en la tarde noche de hoy domingo al mismo tiempo gritando y llorando, cantando o callando, furiosos o hermanados con el universo, flotando o hundidos, abrazándonos en todo caso, sea para felicitarnos o para procurarnos consuelo. El último Mundial que nos toque. Y por eso su memoria está ya siendo imborrable: para bien o para mal, lo único que nos quedará.

          Pase lo que pase, mañana será otro día. Y eso ahora mismo parece inverosímil o imposible. En toda auténtica épica nos es dado experimentar una cierta eternidad.  

    J. I. Carranza

    Mural, 5 de julio de 2026.


  • El ensayo espeso

    Laura Sofía Rivero escribió una reseña crítica de Dos puntos: para la Revista de la Universidad de México:

    Leer, muchas veces, es retomar una conversación. Hay libros cuya lectura se siente muy parecido a esas charlas que se entablan con los verdaderos amigos, esos con quienes los saludos vienen sobrando. Algo así experimenté al acercarme al nuevo libro de José Israel Carranza. A quince años, casi dieciséis, de la publicación de Las encías de la azafata, la lectura de Dos puntos: es una buena respuesta al ¿y dónde nos quedamos?, que reaviva una plática tras una pausa. ​

    En estos nuevos textos: aparecen temas que son familiares a la obra del ensayista tapatío: el polémico gozo de fumar cigarros, las antipatías provenientes de los años escolares, el calculado deseo de preservar algunos sitios distintivos de Guadalajara ante sus infinitos cambios, la presencia tutelar de Arreola. Se trasluce también —a veces muy en el fondo y otras tantas con absoluta transparencia— un deseo de escribir no únicamente para registrar la memoria, sino para aquilatar, moldear, e inclusive reinventar el paso del tiempo…

    Para seguir leyendo, por acá, por favor.


  • La horda gorda

    La horda gorda

    Volvimos a ganar y volvimos a salir a festejar. A ver si no se nos hace costumbre (sí, tú). Y todo se conjugó para que la celebración estuviera más intensa, y en algunos puntos más salvaje. Por una parte, la suspensión de actividades decretada por la presidenta y por el gobernador —y, si no hubiera sido suficiente, por cada ciudadano al que sencillamente no le dio la gana de trabajar—; por otra, la imprevisión de la autoridad ante la previsible saturación de gente que iba a haber en el centro de Guadalajara. Entre los impedimentos a la circulación libre de las personas y la terquedad de quienes a fuerzas querían estar donde ya estaba lleno, antes no se desató más furia y démonos de santos con que no hubo muertos y malheridos. A eso sumemos lo que empeora las cosas estar chupando desde temprano, y también la euforia desencadenada por el gol de chiripa que metimos… Mucho más grave pudo ser todo.

          Pero no lo fue, y sigo sospechando que eso debe de significar algo. No hubo estampidas ni saqueos, no hubo caos, no arrasaron las multitudes con todo lo que encontraran a su paso; a lo sumo, en algunos casos, zarandearon vehículos, incluidas algunas patrullas, pero no los volcaron ni les prendieron fuego. Tampoco amanecimos el viernes en medio de la devastación y la desgracia. A cinco cuadras de la Minerva, donde tienen ustedes su humilde casa, eran casi las tres de la mañana y seguían sonando las vuvuzelas, los cláxones y la memorable rima pelada dedicada a Corea (algo del chile y que sabe qué). Mucho antes de eso, habíamos alcanzado a darle un cuarto de vuelta a la glorieta cuando admitimos que era imposible avanzar más. Aprovechando las bocinas gigantescas que había dejado Maná la noche anterior, alguien (supongo que del Ayuntamiento tapatío) iba poniendo bien elegidas músicas para alocar y hacer brincar a la banda. (Es desconcertante, debo decir —o aterrador, más bien—, descubrir cómo el gentío se sabe y canta y baila canciones que uno en su vida ha oído. Así que esto era envejecer, pensaba yo con alguna melancolía, no poder sumarse al coro que entona melodías y letras indiscernibles). Pero ese cuarto de vuelta fue posible gracias a que nos lanzamos en cuanto el árbitro pitó el final del partido; unos minutos más tarde y no habríamos cabido. Por Vallarta engordaba sin cesar la horda verde proveniente de esa cantina gigantesca que es Chapu. Y aún faltaba que llegara la gente del estadio y también la que ya vendría desde el Fan Fest: la maldita FIFA habrá tenido mucho éxito con su kermés rascuache y cara, pero en Guadalajara se celebra en la Minerva y eso no es negociable.

          Así que a deshoras seguía el relajo, y quién sabe a qué horas terminó. Pero, salvo incidentes aislados, todo acabó en paz. Es cierto, como se ha quejado la sufrida alcaldesa de Guadalajara, que queda un basural tremendo cada vez y que hace falta movilizar al personal de limpieza… para que limpie. Pero como nos faltan todavía unos trescientos años para ser como los japoneses, que llevan bolsas para no dejar cochinero y trapean y echan perfumito por donde pasan, lo que le corresponde a la autoridad aquí es facilitarnos las cosas para que nos deshagamos de la basura (poniendo botes, por ejemplo), y además sancionar a los puercos que la tiren en la calle, y, ni modo, también limpiar ya que la fiesta acabó: barredoras, camiones, ¡órale!, y sin quejarse. Porque lo cierto es que la civilidad sí prospera, y en una sociedad como la nuestra, a la gente se le hace cada vez más difícil ensuciar donde está limpio. Así que hay que limpiar, y luego otra vez, y otra, hasta que acabemos por entender.

          Hay una explicación tan evidente como deprimente para la espontánea y tumultuosa efervescencia del ánimo tras una victoria como la del jueves: es siempre tan poco lo que solemos ganar (en el futbol, en la vida) que no vamos a desperdiciar el más mínimo pretexto para echar borlote. Son ocasiones para anular, al menos por un rato, nuestra historia de fracasos y decepciones, y también para consentirnos (temeraria, locamente) una ilusión también fugaz pero intensa: como un meteorito que irrumpe en la atmósfera, sabemos que esa luz poderosa se extinguirá pronto, pero no queremos perdérnosla. Pero además hay esto: ni la indignación, ni las demandas de justicia, ni el hartazgo ni el horror pueden hacernos tomar la calle como lo hace la fuerza incontenible de esta alegría. Acaso la fe se le equipare, y es cierto que nuestro vínculo con la Selección tiene mucho de misterio religioso; pero las manifestaciones masivas de la fe son menos explosivas que las ocasionadas por un gol en el Mundial.

          ¿Qué sigue? El martes otra vez nos vamos al home-office y los chiquillos no van a la escuela para ver a Colombia abatir al Congo; el viernes viene el rey de España al estadio; ojalá que Uruguay lo deje bailando “La Chona” con una merecida goliza; antes, el jueves, vuelve a cerrarse la Minerva, ahora para que puje el Potrillo a todo volumen (vivimos, repito, a cinco cuadras: a ver si ese día rentamos un búngalo en Chimulco, para poder dormir). Y el miércoles ya está también decretado el asueto, porque tenemos que ir a hacer pinole a la República Checa (Chequia me suena a chiqueado). Qué días agitados. Ahí nos vemos otra vez, pues, la noche del miércoles, soplándole a la vuvuzela.  

    J. I. Carranza

    Mural, 21 de junio de 2026.


  • Saldo blanco

    Saldo blanco

    Todo, siempre, puede ser peor. Pudo ser que abriera la canción de Julieta Venegas en lugar del rollo autoctonoide de Lila Downs. O peor aún: pudo ser que Lila Downs cantara «La niña futbolista». Horror. Pudo ser que en lugar de Maná saliera Timbiriche (si es que no han sido siempre lo mismo), o que a Salinas Pliego nadie le hubiera gritado obscenidades cuando llegó muy orondo, ya en campaña presidencial. El escenario, es cierto, parecía carro alegórico del Tío Carmelo, y las danzas pletóricas de penachos hacían pensar en que se había adelantado la llevada de la Virgen. Agradezcamos que, al menos, el espectáculo estuvo cortito.

          Lo malo de que millones opinemos a la vez de lo que estamos viendo es que pocas esperanzas quedan de ser originales u oportunos: a millones se nos ocurrió al mismo tiempo que las bailarinas que perreaban estaban disfrazadas de meseras de Sanborns. Afortunadamente, a nadie se le ocurrió sacar un holograma gigante del Chavo del Ocho (o no les llegaron al precio a sus herederos). Por desgracia, tampoco nadie pensó en poner al Azteca a corear una de Juan Gabriel. Además: ¿Salma Hayek es la nueva secretaria de Gobernación? ¿No hay más famosos que presumir, aparte de ella y el Canelo? ¿Y por qué Infantino parece estar siempre solo? ¿No tiene esposa o esposo, hijos, amigos? Parece villano de James Bond, algo muy torvo o diabólico maquina debajo de esa pelona. Ah, sí, y la lluvia de sombreritos. Y la doble de Shakira. Y el Potrillo, que pujó el himno, y el árbitro Robocop que no sabía inglés, y la consistencia épica y trágica del gol de Jiménez, y la Ola (por qué insisten en decir que es invento mexicano, cuando lo cierto es que nació en los estados de beisbol gringos). Y, en fin, el material inagotable para los memes. Me quedo con este, que equilibra sabiamente la pertinencia histórica con la afectuosidad característica del mexicano y con la leperada infalible: «¡Hermano Mandela! / ¡Tu equipo nos la pela!».

          Así que enseguida del silbatazo final nos lanzamos a la Minerva, cómo no. En el camino compramos camisetas (ahora se les dice jerseys, no sé por qué, seguro porque a algún comentarista pretensioso se le ocurrió y luego se regó la especie), y desde luego que las compramos porque eran piratísimas, pues no parece tener sentido gastar hasta tres mil pesos por algo que voy a ponerme, con suerte, sólo una o dos o con mucha suerte tres veces más —cada que México vuelva a ganar—. De hecho, en términos monetarios, nada de lo que ocurre en el Mundial tiene sentido: hay que estar loco o ser muy borracho, o más bien las dos cosas, para aceptar que una cerveza cueste trescientos pesos. Los inspectores del Ayuntamiento ya estaban listos y bravos para correr a los vendedores que brotaron: apenas alcancé a comprar unos helados de casquillo antes de que el heladero saliera huyendo. Por lo visto, la derrama económica de la que alardean el acrobático gobernador Lemus y la instagramera alcaldesa Delgadillo no debe salpicar siquiera a quienes más necesitan algún ingreso, sea que vendan tejuinos, lechuguillas, bolis, banderitas o gises tricolores para pintarse la cara.

          Yo tanteo que treinta por ciento de la multitud que iba arremolinándose en la glorieta éramos aficionados o villamelones contentos por el dos a cero. El otro setenta por ciento eran «creadores de contenido» o aspirantes a influencers. Con todo, el ambiente iba animándose a muy buen paso, y rápidamente aquello se llenó. Entre los brincoteos, las porras y los cantos, de pronto ya se había armado una culebrita, ya estaban manteando a algún coreano aterrado, ya había llegado una tambora con todo y tuba, y de repente, sin saber cómo, por algunos segundos me vi en la delantera del contingente que daba la vuelta al ritmo del «Negro José», cante y cante y baile y baile. Misteriosamente, entre las carcajadas de mi niña y mi esposa y bajo el sol que estallaba volviéndolo todo más verde y al lado de cientos de desconocidos y entre las banderas y detrás de la música, tuve la certeza poderosa de que pocas ocasiones como ésa para la felicidad más pura. Acaso porque es espontánea, inesperada, fugaz, y no necesita otra justificación que su mera ocurrencia.

          Luego volvimos a casa para no ver el partido de Corea y República Checa (otra: a quién se le ocurrió decirle ahora Chequia, como si fuera la aldea natal del Checo Pérez; por cierto, me niego a dejar de decirle Holanda a Holanda, que además va a llevarse la copa en este Mundial). Y no lo vimos porque no nos da la gana pagar. Ahora bien: me asombró pasar el viernes temprano por la Minerva y ver que todo estaba perfectamente limpio y en orden: ni una plantita quebrada, ni un poste caído, ni un bolardo enchuecado. Cosa que me ha confirmado cómo la felicidad de un día antes es tan necesaria para tanta gente, y, cuando hay ocasión de experimentarla, lo primero es recuperar el espacio público, ese que nos ha ido siendo arrebatado por el miedo (recuérdese el 22 de febrero) o por el hartazgo. En decenas de videos me tocó encontrar sólo a un par de briagos necios agarrándose a cachetadas en la Plaza de la Liberación, en esa maqueta aguada y cara de las Fiestas de Octubre que es el Fan Fest. Y nada más.

           Algo quiere decir este saldo blanco. Ojalá que el jueves que viene se repita, ganemos o empatemos o perdamos (pero vamos a ganar).  

    J. I. Carranza

    Mural, 14 de junio de 2026.


  • 14 de junio de 1986

    14 de junio de 1986

    La noche del 14 de junio de 1986, como cada sábado, yo estaba oyendo en Stereo Soul un programa dedicado sencillamente a transmitir la grabación de un concierto de rock. Sin interrupciones, de principio a fin, el disco sonaba y era milagroso: era un tiempo en el que solamente los melómanos o los coleccionistas podían hacerse con esas grabaciones, y eso con dificultades: muchos de los discos eran importados o inconseguibles, salvo, con suerte, en tiendas como El 5to Poder, que muchos tapatíos seguiremos añorando por siempre, al igual que añoramos Stereo Soul. La maravilla del programa sabatino consistía en que, si tenías un radio que fuera también grabadora, podías disponer de un casete virgen y dejarlo llenarse con ese concierto sin el estorbo de las pausas comerciales o de ningún comentario intruso por parte del locutor: éste se limitaba a presentar el disco y a despedir la emisión, ya que la aguja había recorrido los surcos de las dos caras hasta el final.

          Ese locutor era Juan Olvera, quien también era la voz principal de la estación. Una voz grave y hermosa, educada en sus modulaciones y su dicción (no cualquiera podía ponerse delante de un micrófono entonces: había que ameritarse con la tramitación de una licencia, y el examen era riguroso). Y, sobre todo, una voz conocedora de la materia que obsequiaba al encantamiento de quienes ahí, en el 89.9 de la FM tapatía, hallábamos el mejor modo de dar gusto a nuestros gustos: la programación era, sin más, la música que necesitábamos y debíamos oír.

          No recuerdo, por desgracia, qué disco sonaba aquel sábado por la noche, ni tampoco el nombre del programa. Yo tenía catorce años, estaba enfrascado en avanzar, sin caerme, y balanceando las incertidumbres y el desamparo propios de esa edad de soledades, por la cuerda floja que me llevaba del final de la secundaria al comienzo de la preparatoria, y tenía, supongo, muchas otras cosas en qué pensar. Y dibujaba. Llenaba cuadernos (los de la escuela, sigo suponiendo) con los trazos en que acaso iba delineándose una idea menos borrosa que ilusoria de lo que quería hacer en la vida. Como aquella música que sonaba esa noche, también ignoro dónde habrán quedado aquellos cuadernos, que tanto me importaban. Si uno difícilmente llega alguna vez a saber quién es, más arduo aún es proponerse saber quién pudo ser: tal vez alguno de esos dibujos me lo podría revelar.

          Y entonces pasó lo siguiente: de modo inesperado, la música del concierto se detuvo entre una canción y otra para dejar pasar la voz de Olvera, que traía esta noticia —y no puedo sino creer con todas mis fuerzas en que estas fueron sus palabras, inolvidables por lo que sucedió inmediatamente después—: «Esta mañana, en Ginebra, Suiza, murió el escritor argentino Jorge Luis Borges». Y a continuación, Olvera dijo —también quiero creer que lo dijo de memoria, no que lo leyó— el poema «Las cosas»:

    El bastón, las monedas, el llavero,

    La dócil cerradura, las tardías

    Notas que no leerán los pocos días

    Que me quedan, los naipes y el tablero,

    Un libro, y en sus páginas la ajada

    Violeta, monumento de una tarde

    Sin duda inolvidable y ya olvidada,

    El rojo espejo occidental en que arde

    Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,

    Limas, umbrales, atlas, copas, clavos,

    Nos sirven como tácitos esclavos,

    Ciegas y extrañamente sigilosas!

    Durarán más allá de nuestro olvido;

    No sabrán nunca que nos hemos ido.

          Seguramente la música prosiguió. Pero algo había ocurrido que me ha tomado cuarenta años tratar de descifrar, sin conseguirlo. Es claro que poco o nada debí de entender en esas palabras, más que algunas imágenes, quizás, o esa otra música que poseían en su inaudito empeño de rimar, en la asociación insólita de los objetos que pusieron delante de mi atención. Algo tenían que ver con la muerte que Olvera había anunciado («nos hemos ido»), tal vez comprendí. Pero ¿por qué habían llegado hasta mí, qué tenían que ver conmigo? Un escritor argentino muerto en Ginebra al que jamás había oído mencionar siquiera… o si supe alguna vez de él fue para no saber nada en absoluto, pues hasta entonces sólo sabía —y deficiente, precariamente— de los escasos autores y los improbables libros que habían desfilado por mi distracción gracias a alguna profesora que tuvo fe en proponérselo. ¿Poesía, además? No tenía la menor idea de que pudiera ser algo como eso. ¿Y por qué Juan Olvera hizo lo que hizo? Cada que pienso cómo aprovecharía yo la máquina del tiempo, me dirijo sin dudarlo a esa noche de 1986 para esperar a Olvera a la salida de Stereo Soul, en la calle de Pablo Casals, en la colonia Prados Providencia, de Guadalajara, y preguntárselo.

          «El bastón, las monedas, el llavero». Como un ensalmo de utilidad desconocida o intuyendo, quizá, que en ellas se cifraba un conjuro o un salvoconducto para acceder a un misterio, repitiéndome esas palabras al día siguiente (o fue el lunes, más probablemente: cuanto antes, en todo caso) entré por primera vez, por mi cuenta, a una librería. Quiero decir: no me movía la necesidad de comprar un libro para la escuela, y además en esas ocasiones —tenía catorce años— había ido siempre en compañía de mis papás. Así que fui a la primera que se me ocurrió, que no quedaba lejos de mi casa, en el centro: la Casarrubias, en la esquina de Donato Guerra y López Cotilla. Y fue una suerte, porque Alejandro Casarrubias, su admirable dueño, había dispuesto que el establecimiento permitiera a sus clientes elegir con libertad, sin tener que solicitar los libros a los empleados, mostrador de por medio (como entonces funcionaban la Carlos Moya o la Font, también en López Cotilla). Esa innovación o temeridad de don Alejandro hizo posible que, en mi abrumadora ignorancia, no tuviera más que guiarme por el elemental orden alfabético y fuera sin más a la B, y encontrara ahí el apellido que también misteriosamente había retenido. Y entonces tomé El Aleph —y ya se sabe que leer el cuento que da título a ese libro equivale, no sé si ineluctablemente, pero en mi caso así fue, a ver el aleph.

          (Aquí lo tengo: en la imagen es el primero de los muchos volúmenes que con el paso del tiempo se fueron alineando junto a él; está casi desencuadernado del todo y, aunque sus páginas amarillean —«Hay un color que no me ha sido infiel, el color amarillo», escribió Borges acerca de su ceguera—, es dable confiar en que se borrarán después que yo).

          Hace, hoy, cuarenta años. Nunca volví a dibujar. En lugar de eso, seguí leyendo —luego, no sé si malamente o buenamente, me puse a escribir—.

          «El bastón, las monedas, el llavero…», continúo repitiéndome, de memoria. Tampoco sé si algún día me será concedido saber qué significan esas palabras. O acaso será lo mejor: seguir buscando su sentido.

    (La fotografía enmarcada en la imagen fue tomada en una visita de Borges a México, cuando Juan José Arreola lo llevó a la peluquería. En la recepción del hotel, contaba Arreola, Borges preguntó: «¿Dónde puedo encontrar un peluquero?». «Querrá usted decir un estilista», le respondió el empleado. «¡No, estilista soy yo!»).


  • Pese a todo

    Pese a todo

    ¿Qué ha tenido que pasar para que el Mundial se haya vuelto ocasión de tantas contrariedades y tanto entripado? En un mundo menos descompuesto, el hecho de que seamos sede implicaría más naturalmente ciertas felicidades elementales: la fiesta y, con ella, una dichosa pausa abierta por la fantasía; alegrías sencillas y diversión sin más complicaciones que ir a un estadio o encender el televisor, encontrarse con los amigos o los parientes, emocionarse y angustiarse y sufrir un poco y gozar con los goles; salir a las calles, a las plazas, ponerse una camiseta u otra y bailar o brincar o corear porras o cantos y estar asomándose a las crónicas y a los marcadores con tal de acompañar la fortuna de los provisionales pero imperecederos héroes que juegan y con quienes se juega algo mucho más importante que los partidos y sus resultados. Y ya, y nada menos.

          Pero este Mundial parece concebido para impedir todo eso. La causa evidente y, por lo visto, irremediable, es la codicia insaciable de la FIFA y sus secuaces. Qué aborrecibles, ese organismo todopoderoso y también los gobiernos que a su voluntad se pliegan, básicamente debido a las oportunidades gigantescas que la organización del torneo les ofrece para medrar y favorecer al puñado de listos que se apunten a medrar también; detestables, asimismo, los medios en su voracidad rastrera y su falta de imaginación, con sus ejércitos de comentaristas pedestres y preverbales. Y odiosas también las incontables marcas de todo que aprovechan para alinear su publicidad a nuestras ilusiones, pero de tal modo que los caudalosos ríos de dinero que hacen fluir en torno al futbol revientan las represas de lo razonable y lo anegan todo con cifras obscenas: ¿cómo es posible que un boleto cueste lo que cueste?

          Mucho se ha dicho ya acerca de todo esto, y qué fastidio, ya sé. Como si nos hicieran falta motivos para deprimirnos, además de todas estas circunstancias están la vergüenza y la rabia que causa presenciar la estupidez con que las administraciones en curso (y las que las precedieron: desde hace ocho años supimos que el Mundial iba a ser aquí) han desperdiciado el pretexto para proponerse alguna mejora significativa y duradera, y en cambio se bastaron con obras de relumbrón e innecesarias, o con parches y remiendos, o con tonterías sin más, en gran parte improvisando en el último momento, y sólo buscando lucirse lo más que puedan en beneficio propio: llenando la capital de ajolotes horrendos, salpicándolo todo de naranja en Monterrey, poniendo pelototas y lonas que pronto serán basura en una Guadalajara que no mereció ni siquiera que hicieran bien el nuevo transporte al aeropuerto. Por encima de todo esto, podría estar resonando el sonsonete inconcebiblemente aguado y nadaqueveriento de la canción que la Cuarta Transformación le comisionó a Julieta Venegas: por suerte, esa canción es tan mala y está tan desvinculada de la realidad que solamente tuvimos la desdicha de oírla el día que se estrenó: no imagino a nadie poniéndola por gusto jamás.

          Con una estatua de Pelé que no podemos decir que es de Pelé porque el gobierno no supo que había que pedir permiso (parece que es alguna empresa de Neymar quien debe darlo), pero que además no se parece a Pelé; con el centro de la ciudad entregado a la FIFA para que, violando la Constitución mexicana, impida el libre tránsito e imponga su ley a quienes quieran ir a la feria que ahí habrá (pero también a quienes ahí viven y trabajan); con los alrededores del Estadio temporalmente llamado Guadalajara tomados también y desquiciando el tránsito del poniente aún más de lo desquiciado que está ya todos los días; con obras superfluas y tramposas (el Parque de la Revolución y las discordias que han promovido su muy mínimo remozamiento; la Minerva y la árida chafez para la que les alcanzó; la Plaza Tapatía nomás por encimita: por debajo, la basura y la mugre y el olor a caca triunfan, intocables; la Plaza de la República y las tres desgraciadas gracias que ahí fueron a parar, para nuestro cotidiano espanto); con el camión que no pudo ser tren para ir y venir del aeropuerto, con el tren que no fue nada para ir al estadio; con un gobernador frenético que quiere lucirse haciendo dominadas al inaugurar un camioncito y una alcaldesa para quien ya dejó de ser prioridad tener limpia esta ciudad, que es un asco (nunca fue su prioridad), Guadalajara acabará padeciendo, más que disfrutando. Por fortuna, son sólo cuatro partidos.

          ¿Y el resto del Mundial? Tengo la impresión de que prevalece una sensación de despojo: sin televisoras que transmitan todo y gratis (y no vamos a hacerle caso a Cristian Castro para suscribirnos a su plataforma nefasta), con las ciudades sitiadas, encarecido y escamoteado todo, es como si nos estuvieran estafando. Y peor: con los partidos desperdigados en dieciséis ciudades de tres países y, en lo que respecta a México, con tantas adversidades que surte este tiempo de guerra y muerte y desesperación interminables… Casi es como si este Mundial hubiera sido mejor que no existiera.

          Pero eso también sería una tristeza. Porque, aun con todo lo que está mal, y que no debería ser, alguna de aquellas felicidades elementales seguramente está aguardándonos. Será cuestión de perseverar para que ocurra. No nos van a quitar eso también. 

    J. I. Carranza

    Mural, 7 de junio de 2026.


  • El canje

    El canje

    Sí, yo me esperé hasta el final para hacer el maldito canje de placas. ¿Y qué? Por mi culpa tuvieron que extender el plazo una y otra vez, y luego, en los últimos días, el horario de las recaudadoras. Y qué. De no haberse anunciado que ayer vencería definitivamente la segunda o tercera prórroga, seguiría haciéndome pato hoy mismo. Y qué y qué y qué. Y seguiría postergándolo hasta el fin de los tiempos, o hasta el fin de Movimiento Ciudadano, o hasta el momento en que la Historia nos absuelva y deje de ensañarse con esta atolondrada tierra nuestra y por fin sepamos tener gobiernos medianamente funcionales, atados de manos para no cometer bribonadas, provistos de alguna mínima capacidad de vergüenza —es curioso que el adjetivo cínico no tenga antónimo, ha de ser porque es algo que no existe—. Es decir: si por mí fuera, jamás habría cumplido con ese trámite que acaso sea necesario, pero que está diseñado de tan intrincado y detestable modo, como fui constatando una vez que me avine a cumplirlo. (Por cierto, la extinción que le deseo a Movimiento Ciudadano también se la deseo a cualquier otro partido mexicano o de cualquier parte del universo, sólo que miento a éste porque es el que ahora mismo y aquí hace sus dagas y medra).

          Y fui por mis melolengas placas nuevas hasta el miércoles pasado sólo porque no quería verme reducido a la lamentable condición de quien, renuente a acatar una estupidez, es castigado por ello y es, por tanto, aún más estúpido. Pocas cosas más odiosas que una multa. Me animó, también, la posibilidad de no pagar los dos mil quinientos pesos que el tarado canje habría de costarme por hacerlo a destiempo. Mi tía Lucero, quien habría obrado maravillas si alguna vez hubiera encabezado la Secretaría de Hacienda, me enseñó dos cosas fundamentales: cuando te den, ¡agarra!, es la primera, y la segunda: si no te dan, que no te quiten, consejo que yo tengo siempre muy presente en materia de impuestos (encuentro insultante que se los llame “contribuciones”). Dicho de otra forma: al gobierno, sea del color que sea, ni un centavo de más nunca. Que bastantes son los que nos tumba por numerosos conceptos, bien sabemos. No quise, pues, ni pagar por las babosas placas nuevas ni que fuera a pararme algún tránsito por no traerlas.

          “Todos aquí sabemos que este trámite tuvimos que haberlo hecho desde hace un año”, nos regañaba la Licenciada a quienes habíamos ido a formarnos desde antes de las siete afuera de la recaudadora. De nada sirvieron la desmañanada ni la hora y media de esa primera cola: la Licenciada había llegado rechinando llanta, pitándole y malmodeando a la gente que estaba formada para que dejara pasar su coche, y al fin fue a desbaratar la cola para hacer otras varias, con ayuda de un poli y varios achichincles. (Los polis, en las oficinas de gobierno, no nomás vigilan, sino que son edecanes, recaderos, encargados de la logística y arrieros, además de que dan informes y reparten fichas). Lo que pretendía ese regaño era apaciguar por adelantado a quien pensara en protestar por el desorden: bajo el solazo, había que volver a formarse en colas distintas según uno trajera o no cita (yo no llevaba), hubiera pagado el refrendo del 2025 en el 2025 o en el 2026, fuera a hacer sólo canje o también cambio de propietario, etcétera. Nomás que nadie sabía cuál cola era cuál. “Tengan paciencia”, decía la Licenciada, “a todos los vamos a atender, pero ya ven lo que pasa cuando vienen hasta el final”, queriendo hacernos sentir culpables.

          Y yo pensé, número uno, ¿por qué diablos no ponen letreros donde debe formarse cada cola? Y, número dos, ¿qué diantres sabe la Licenciada de las razones que cada quien tiene para hacer el infeliz trámite hasta ahora? La gente trabaja, no tiene tiempo, se enferma, necesita cuidar a alguien, se le atraviesa alguna desgracia, empeñó el coche y no tiene la factura… En cualquier caso, es obligación de la burocracia atender —y de buenas— hasta a la última persona que llegue en el último minuto. Pero, por lo visto, todo estaba previsto para castigarnos por nuestras calmas.

          Otra cola, para sacar cita en unas computadoras pringosas que no sirven; otra más, para esperar turno. Un día antes, el titular del Sistema Estatal Tributario de Jalisco (SET) había dicho que sólo eran necesarias las placas viejas y la credencial del INE. Ah, pues no: cuatro empleadas seguían exigiendo comprobante de domicilio, CURP, factura del coche, certificado de verificación y constancia de situación fiscal. Todo con copias. Yo, muy sabiamente, llevaba un pantallazo del anuncio del SET, y fui a mostrárselo a la Licenciada. Se demudó. “Ah, sí, tenemos que acatar lo que el jefe indicó, y si no quieren atenderlo me dice, para jalarles las orejas”. Así que volví a formarme muy campante, pero pronto me poseyó un espíritu insurgente: empecé a informar a mis vecinos, y a hacer correr la voz, porque las empleadas seguían pidiendo todos los papeles. Entonces entendí: en un trámite como éste todo confabula contra el ciudadano, pero ello pasa porque los incesantes y absurdos requisitos y las incontables vueltas existen sólo para que existan todos los puestos de la burocracia.

          Cuatro horas más tarde, salí con mis placas nuevas y el orgullo ilusorio e inservible de haber derrotado al sistema. 

    J. I. Carranza

    Mural, 31 de mayo de 2026.


  • Mayo eterno

    Mayo eterno

    “¡Mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!”, le concede el poeta a la vida en su recuento de motivos para la gratitud. Admite que, si alguna vez se hizo ilusiones de que la juventud no fuera a acabarse, no fue porque la vida lo engañara. Así que la proximidad del ocaso, nombrada al principio, la acepta con la paz que es también su palabra final: “¡Vida, estamos en paz!”.

          Pues nadie le habrá dicho a Nervo que mayo iba a ser eterno, pero eso porque no llegó al de este 2026, que no tiene para cuándo acabarse. ¿Cómo era el mes que tenía en mente el poeta? Lleno de rosas y pajaritos, quizás, el tiempo fecundo para los procesos fecundatorios de la naturaleza, colorido y celestial. Muy distinto, en todo caso, del mayo que ahora mismo nos tiene pegosteosos y chorreantes y cuyo alargamiento incesante es efecto del ánimo que el calor espesa, este bochorno amansalocos que infunde sopor de la peor especie: a medio día uno querría tumbarse en el suelo frío a dormir, pero el suelo frío no existe y dormir es imposible. Va uno a echarse agua fría en la cara y el agua fría está caliente. Quedarse en camiseta o a rais es inservible —el argumento decisivo en contra de los partidarios del calor es que el frío puedes quitártelo, así sea poniéndote ocho suéteres, pero el calor ni encuerado—, de manera que no hay más remedio que cruzar el mediodía entre el embotamiento y las ganas de llorar —pero no hay lágrimas: está uno seco.

          No será eterno mayo —ojalá—, pero hay momentos en que lo parece de modo irreparable. El otro día pedimos el elevador en la planta baja, y cuando llegó dejó salir al Sinvergüenza, vecino que adquirió ese nombre el día en que sacó unas macetas a la calle y dejó enterregado todo el pasillo y el elevador mismo, sin preocuparse por barrer su puerquero. Saludó y se alejó de prisa, y entonces subimos y, en cuanto se cerraron las puertas, se cerró también sobre nuestro ser el enchiloso olor que dejó la intensiva sudoración del Sinvergüenza, una pestilencia que bien podría aprovecharse en la industria militar. Ahora bien: conviene ponderar las circunstancias y considerar otras explicaciones antes de hacer ninguna acusación, en especial cuando se antoja evidente e instantánea, como en este caso. ¿Por qué había salido disparado el Sinvergüenza? ¿Porque él mismo no soportaba su propio buqué entre chapopote y roquefort, con esencias de guamúchiles y nanches? ¿Por instintiva vergüenza de lo que fuéramos a pensar de él, que lo juzgáramos con dureza por tener la mala suerte de oler a donitas del Centro echadas a perder? ¿O porque ese inadmisible aroma en realidad no era suyo, sino que lo había dejado atrapado en el elevador alguien que lo usó antes que él, y en realidad estaba huyendo? Se veía que iba recién bañado, el Sinvergüenza, pero esto tampoco asegura nada: en este inacabable mayo todavía no termina uno de secarse al salir de la regadera cuando ya tendría que entrar de nuevo. Total, que el breve ascenso a nuestro piso fue torturantemente largo, como las horas que pasaron hasta que el picor acabó de quitársenos de las narices.

          (Acaba de pasar algo prodigioso. Mientras escribo estas mismas líneas y voy perfilando una idea que tengo casi lista para el párrafo siguiente —que no iba a ser este paréntesis, sino otra cosa, pero quién puede asegurarnos nada nunca: tal vez siempre estuvo decidido por el destino que sólo existieran este paréntesis y el milagro que contiene—, doy con una publicación de la Sociedad Astronómica Guadalajara en la que se anuncia que el primer día sin sombra de este año en la ciudad, o paso cenital del Sol, es el sábado 23 de mayo a las 12:50:21. Miro mi reloj ¡y son las 12:50:03 del sábado 23 de mayo! Así que en el mismo momento en que estaba por escribir acerca de eso, eso estaba por ocurrir. Escribo en la terraza soleada de un café, así que de inmediato observo la botella que tengo sobre la mesa ¡y es verdad, no proyecta ninguna sombra! Y luego corro de regreso a escribirlo antes de que ese segundo exacto se aleje más de la cuenta, ya pasaron cinco minutos, ya se fue, ya la botella tiene una pequeña sombrita, y con ella la ciudad entera, que parece no haberse percatado de que por unos segundos se quedó sin sombras, y pienso en lo que afirmaba Oscar Wilde, que la pérdida de la propia sombra equivale a la pérdida del alma. Y todo esto me emociona y me exalta y me da una felicidad un poco inexplicable, hasta se me olvida el calor por unos instantes, y también Nervo y el Sinvergüenza. Y veo, al fin, que ya van diez minutos, ya recuperamos el alma, al menos en Guadalajara. Dos veces al año el Sol está tan perfectamente encima de nosotros que las sombras dejan de existir. La siguiente ocasión, según la Sociedad Astronómica Guadalajara, será el 19 de julio a las 12:59:55).

          Tal vez sea una desgracia, con todo, que mayo no sea eterno. Porque luego vendrán las lluvias: en los pasos a desnivel ya están pintados letreros de advertencia para no pasar por ahí (o resignarse, si uno iba pasando) cuando se inunden. En lugar de hacer nada por arreglarlos, mejor les ponen letreros. Y con la primera tormenta estaremos viendo cómo la ciudad se despedaza y revienta y se ahoga. Aunque el calor se irá y el Sinvergüenza acaso ya no hederá… No, mejor que mayo no se vaya. O sí, para que ya llegue —y se vaya— el Mundial. 

    J. I. Carranza

    Mural, 24 de mayo de 2026.


  • Certificaciones

    Certificaciones

    El otro día vi un video donde un francés se quejaba de ir todos los días al mismo café desde hace años y ser atendido siempre por la misma empleada: él saluda, ella responde y le pregunta qué quiere, y él pide siempre lo mismo (un café y un pain au chocolat). Y su lamentación era por no haber logrado, en todo ese tiempo, que algún día la empleada se adelantara y le preguntara si iba a querer lo de siempre, pues, además, él termina cada vez su pedido diciéndole a la empleada “comme d’habitude” para remachar que siempre y solamente ha querido el consabido café y el terco chocolatín, que es una costumbre o lo habitual entre ambos y, sobre todo, que ella ya debería saberlo. Mientras lo contaba (a nadie en particular y al mundo entero, como suelen ser esos videos, y éste llevaba ya varios miles de vistas), el pobre diablo casi lloraba: de decepción y de rabia. Pues la observancia invariable del ritual por parte de la empleada (y de él también: no había tenido los arrestos para increparla, así que posiblemente la rabia estaba motivada por su propia cobardía) lo hacía sentir como si no existiera.

          Yo esperaba ver en los comentarios alguna recordación del hit de Joe Dassin de 1969, “Le petit pain au chocolat”: “Todas las mañanas él compraba su chocolatín. / La panadera le sonreía, pero él no la veía…” —ella piensa que no le gusta, pero el vato no nomás es despistado, sino que también está bien cegatón, así que no se percata de que la panadera es bonita “y muy crujiente, como sus croissants”… total, que ella un día le regala unos lentes y entonces él la ve por fin y se enamora, y se casan y tienen hijos cegatones como él—. Pero no: todo mundo le daba la razón al chilletas del video, como si estuviera siendo víctima de una injusticia mayúscula y, sobre todo, como si efectivamente la empleada del café estuviera haciéndolo evaporarse o afantasmarse, o al menos haciéndolo sentir que es nadie. Que es lo que le calaba, creo. En México tenemos un verbo certero para lo que ocurre cuando alguien hace sentir menos a un prójimo, o que de plano no cuenta: ningunear. Así que el francés del video, aunque al principio me cayó mal, luego despertó mis simpatías, cuando vi que en el fondo tenía razón, pues aunque habría podido poner más de su parte, lo cierto es que a nadie le gusta que lo ninguneen.

          Y es para cerciorarse de que eso no suceda que resulta tan útil lo que en inglés se conoce como small talk, que es el género de conversaciones superficiales, intrascendentes, indeliberadas y de inmediato olvidables, que sin embargo aceitan el trato con los demás de forma que no se atrofie ni rechine, que fluya y no raspe, a fin de poder fabricar la ocurrencia sin más de lo cotidiano: aquello en lo que mayormente consiste la vida. Breves y manidos parlamentos, que no van a ningún lado pues están espesados por obviedades difícilmente cuestionables (“Qué calor ha hecho hoy”, por ejemplo, o “Cómo ha subido el jitomate”), aligeran las dificultades evidentes de la convivencia, pero también hacen más llevadera la reiteración de lo mismo, e incluso en ocasiones pueden desembocar en el acontecimiento excepcional.

          Hace unos meses, una tarde iba de regreso a casa y como en las películas: unas cuadras antes me rebasó el camión de bomberos y, cuando llegué, lo vi afuera de mi edificio. Alguien había reportado una fuga de gas, y, aunque no pudieron localizarla, la cosa no pasó a mayores. Pero lo interesante es lo que sucedió mientras los vecinos estábamos en la calle, esperando a ver si tendríamos que evacuar o si íbamos a volar. La señora que vive en la casa de al lado me empezó a hablar de cualquier cosa (los camiones de basura que no pasan a la misma hora, el lavacoches que le tapa la cochera, lo nublado del cielo), y luego me preguntó: “¿Y usted vive aquí, en el edificio?”. “Tengo treinta años viviendo aquí”, le dije. Y me peló los ojotes, asombrada por no haberme ubicado en todo ese tiempo —yo la ubico desde que llegué, pero así hay vecinos, que jamás voltean a ver quién entra y sale de la casa de al lado, ni con quién se cruzan todos los días por la misma banqueta.

          Para mi fortuna, en el café adonde acudo saben siempre lo que quiero, y cuando hay empleados nuevos no tardan demasiado en tomar nota. Mientras me cobran, claro, practicamos el small talk: como si en realidad les intrigara qué tal ha ido mi día, como si a mi me interesara enterarlos. Pero el hecho de que en el fondo no nos importe, ni a los empleados ni a mí, es insignificante: lo vital es que opera una cordialidad elemental, auténtica, sin dobleces y dúctil: lo que, en el fondo, evita que acabemos atacándonos o despedazándonos en este mundo. Mucho tiempo fui parroquiano del Café San Remo, a espaldas de La Merced, cuando todavía vivía en el centro y estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la UdeG. Hoy el café tiene otro nombre, lo agrandaron, pero muchas cosas permanecen iguales. Y cuando yo asistía tuve el honor de que rotularan una taza con mi nombre, para que nadie más la usara: un privilegio reservado a los clientes más leales. Tampoco me preguntaban qué iba a querer: sencillamente me lo servían. Y eso a mí me certificaba y me permitía reconocer mejor mi lugar y mi índole más clara. También vendían bísquets con mermelada y chocolatines, pero no se me antojaban. 

    J. I. Carranza

    Mural, 17 de mayo de 2026.

    (La imagen corresponde al otrora llamado Café San Remo, hoy Café del Centro Histórico, y en ella se ve a la amabilísima y entrañable Carmen, que lleva décadas ahí).