• Indemostrable

    Indemostrable

    Famosamente, Juan Carlos Onetti afirmó acerca de Roberto Arlt que era el mejor de todos, aunque no hubiera una sola página suya para poder demostrarlo. Quizás, ahora que lo pienso —estoy parafraseándolo de memoria—, la afirmación incluía un “nosotros”: “el mejor de todos nosotros”, habría escrito Onetti, admitiendo así que la obra del argentino era superior también a la suya; quizás Onetti quiso dar a entender ante todo eso, que él no podía competir con Arlt, y para salvar algo en su rendición la formuló de ese modo desconcertante: ¿cómo puede un autor ser el mejor si nada hay en sus libros útil como evidencia? ¿Se trata de una exageración, dictada por una admiración contaminada de envidia o de rencor? En realidad, lo que Onetti plantea es la importancia de reconocer algo que va más allá de los juicios superficiales que solemos hacer sobre lo que leemos. Tales juicios, irrelevantes siempre y por tanto prescindibles, se desprenden de creer que existe, o debe existir, una correspondencia inequívoca entre la valía de una obra y sus presuntas virtudes formales. Dicho de otra manera: lo cardinal de una obra no radica en los logros estéticos que se proponga y acaso consiga, sino en las revelaciones que el lenguaje depare al margen de cualesquiera que sean las pretensiones estilísticas del autor.

         (Borges también se adscribió a esa convicción, al menos en una etapa temprana: en el ensayo “La supersticiosa ética del lector” desdeña los encantamientos a que puede conducirnos la apreciación del estilo e incluso de la perfección —“agrados menores”, los llama, y también “distracciones oculares”—, y que equipara con una suerte de ética pedestre, o más bien una etiqueta: los buenos modales de la escritura. Con el paso del tiempo, la obra de Borges refutaría esas beligerantes posiciones de juventud, y a propósito de esto siempre recuerdo una anécdota que contaba Juan José Arreola: en un viaje que hizo a México, Arreola pasó a recogerlo y Borges le dijo que quería cortarse el pelo, así que le preguntó al recepcionista del hotel: “¿Dónde encuentro un peluquero?”. El empleado quiso corregirlo: “Querrá usted decir un estilista…”. “¡Pero, che!”, repuso Borges, “¡si estilista soy yo!”).

          Sé, con la certeza con que se atesoran los aprendizajes fundamentales, que el singular elogio de Onetti a Arlt está en el prólogo que escribió para su novela más celebrada, El juguete rabioso. También sé que, en el tiempo ya lejano en que fui despachando la lectura de ésa y otras novelas de Arlt —Los lanzallamas, Los siete locos y, en especial, El amor brujo, que recuerdo como una de las experiencias de lectura más desoladoras que he conocido—, me pareció evidente que Onetti tenía razón: es una obra en la que abundan los paisajes abigarrados e intransitables y los excesos declamatorios, lastrada por una frecuente impericia técnica (reiteraciones farragosas, digresiones alucinadas que olvidan por completo el progreso de la acción narrativa, descontrol de los registros orales), por la constante reincidencia en patetismos evitables y por un largo etcétera de defectos visibles y detestables. Ocurre también en sus cuentos, como los de El jorobadito, y en las copiosas compilaciones que se harían al paso de los años con las crónicas que Arlt despachó para periódicos de varios países de América Latina —en México llegó a reproducirlas durante un tiempo El Nacional, aunque sin la firma del autor—. Y, a pesar de todo eso, fue también quedándome absolutamente claro que era verdad: es el mejor de todos. Aunque no pueda explicar de modo satisfactorio por qué.

          Hay un par de escándalos en curso a propósito de la intromisión de la inteligencia artificial en la creación literaria. El novelista haitiano-canadiense Thélyson Orélien fue acusado de escribir con esa ayuda la novela C´était ça ou mourir, con la que era finalista en el Premio Goncourt, y su editorial rompió con él; el peruano David Silva Rojas habría hecho lo mismo con su novela Donde el agua trabaja, sólo que él sí llegó a ganar el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, y su editorial, Almadía, se ha mostrado sorprendida y canceló ya las presentaciones del libro, en lo que se comprueba la acusación. Ambos libros, por lo visto, iban camino de su relativa gloria, y no es difícil suponer por qué merecieron el beneplácito de miopes jurados y codiciosos editores: aun sin leerlos, cabe aventurar que colmaban las expectativas del gusto estandarizado —y rentable— de unos y otros gracias al conocimiento que los Large Language Models han adquirido en torno a lo que se prefiere publicar y leer hoy en día. Es decir: las dos novelas están bien escritas. Demasiado bien, por lo visto. Y ahora cabe cuestionarse si tal mérito ha dejado de ser un atributo exclusivo de la invención humana, y si será en adelante imposible distinguir lo que ésta haga de lo que haga un robot.

         Pero también, creo yo, detrás de lo deprimente que resulta semejante escenario late una esperanza a la que podemos aferrarnos quienes sostenemos que la literatura es la forma mejor de saber qué somos y para qué estamos en este mundo: más allá de las imposiciones del mercado, de las sensibilidades y la hipocresía en boga, de los prestigios infundados, de los gustos imperantes, lo que realmente importa permanecerá. Aunque sea indemostrable.  

    J. I. Carranza

    Mural, 25 de octubre de 2026.


  • ¿Eso es IA?

    ¿Eso es IA?

    Ahora mismo, el descrédito de la inteligencia artificial corre sólo un poco por detrás de sus avances. Conforme éstos van siendo más asombrosos —o eso nos dicen—, son más evidentes también las limitaciones y las torceduras de una tecnología que, hasta este momento, resulta cada vez más decepcionante. El hecho de que en el mundo siga habiendo hambre, guerra, enfermedades incurables, corrupción, tiranías, injusticias de toda laya y música de banda significa que la inteligencia artificial no ha sido debidamente encaminada a solucionar ninguna necesidad verdaderamente apremiante de la humanidad. Y que hasta este momento sirve para facilitarnos algunas cosas, complicarnos tremendamente otras (por ejemplo en los casos de quienes pierden su trabajo gracias a ella) y enrarecer de modos insospechados nuestras formas de ser, pensar, sentir y relacionarnos. Y uno de sus más ostensibles efectos es el enriquecimiento obsceno del puñado de cretinos que lideran esa industria.

          Entre las razones que proliferan todos los días para recelar, e incluso temer, están las que proporcionan los tránsfugas de la industria, como el exdesarrollador en Anthropic Jacob Coxon, quien ganó notoriedad mundial al contar que renunció tras ver cómo iba incrementándose la probabilidad de que la IA nos extinga antes de 2030. Acto seguido, otros programadores y ejecutivos que también se han bajado de esos barcos enloquecidos fueron ajustando la probabilidad —no será antes de que acabe la década: si tenemos suerte, todavía podremos llegar a Navidad—, pero además corroboraron la parte más inquietante de las declaraciones de Coxon: quienes le dan forma al monstruo están muy al tanto de lo amenazante que va volviéndose, pero aún así no paran y se brincan cualquier escrúpulo y toda mínima sensatez: antes que conjurar el peligro, lo que los mueve es ganarle a la competencia.

          Sorprenderse ante esto es pecar de ingenuidad: las sumas de dinero en juego explican lo frenético de esa competencia, así como lo que entraña para las redistribuciones en curso del poder político en el planeta. O sea que, en el vasto escenario de la civilización, las condiciones están dadas para que todo lo que pueda salir mal salga de la peor manera posible. Más acá de ese escenario, sin embargo, en lo que todavía puede caber dentro de nuestra comprensión de la existencia, el trato con la IA va de lo decepcionante a lo irrisorio, de lo deprimente a lo delirante, y no han hecho falta augurios ni temores anticipados para que llevemos ya un buen rato de resentir efectos sumamente indeseables en la adecuación de lo cotidiano a la tecnología, y no al revés. Cómo, por ejemplo, se drena nuestra capacidad de prestar atención y hemos de ir por la vida con todo nuestro ser atado a la ocurrencia de esa vida suplementaria y deleznable que nos muestra una pantalla. O, además de la merma de facultades para tramitar el conocimiento —pues lo recibimos predigerido y al instante, sin que haya hecho falta ni siquiera buscarlo—, la erradicación imparable de incógnitas cuya resolución aún dé sentido al hecho de que estemos aquí. En una entrevista reciente, el matemático francés Hugo Duminil-Copin, ganador en 2022 de la Medalla Fields, afirmaba: “Han aniquilado mi campo de investigación”. A propósito de la velocidad pasmosa con que la IA resolvió en las últimas semanas problemas que han desafiado a los investigadores durante décadas, Duminil-Copin rompió en lágrimas, con la amargura de quien descubre repentinamente que su lugar en el mundo ha sido suprimido. (Otros matemáticos, más optimistas, van replanteándose la resolución de problemas como un área secundaria de su quehacer de aquí en adelante).

          En lo que respecta a los estragos que ya hace la IA en materia laboral, el propio Coxon, en entrevista con Jon Stewart, explicaba que la utopía que se busca concretar —eso si la humanidad no se extingue antes— contempla la eliminación de todos los trabajos y la distribución universal de la riqueza generada por las máquinas. Es decir: algo aún mejor que el fin de la historia que Marx imaginó llegado el momento de que el proletariado venza definitivamente en la lucha de clases: abundancia para todos y cancelación absoluta de la necesidad del trabajo en la vida humana. Es decir: si todo sale bien, la IA nos llevará al triunfo del comunismo. Nomás que se ve difícil que salga bien: hace unos días se volvió viral el caso de un vato que estaba siendo entrevistado en línea para una chamba. La entrevista se la hacía un robot, y el camarada puso a su propio robot a contestar, de manera que ahí siguieron, los dos robots tarados, sin darse cuenta de nada, diciéndose tonterías y sin saber cómo despedirse, hasta que alguien los desconectó.

          Lo que sí le sale bien a la IA son las armas, cada vez más sofisticadas y certeras, con las que se garantizan guerras más breves pero también más mortíferas. Y también las cosas ridículamente inútiles, como el coche volador de Tesla. Capaz de acelerar de cero a cien kilómetros en un segundo, trepa una rampa curva, luego da una maroma en el aire, le salen unos chorros de sabe qué y aterriza sin gracia. ¿Para qué sirve eso? Su exhibición es tan estúpida que también parece hecha con IA. Pues en ésas estamos: mientras más tonto, ridículo, inservible o vil parezca algo, hay que sospechar.  

    J. I. Carranza

    Mural, 18 de octubre de 2026.


  • ¿Otros XV?

    ¿Otros XV?

    No sé cuántas fiestas de XV Años llevamos en este año. Tampoco sé, advierto ahora mismo que acabo de escribirlo, por qué la costumbre de poner el quince en romanos. Seguramente la explicación será insulsa o inexistente, pero la incógnita da para aventurar algunas conjeturas: ¿se trata de una figuración según la cual los números romanos confieren solemnidad o dignidad o nobleza al cumpleaños en cuestión? Algo parecido a lo que sugiere el mismo uso en la numeración de reyes y papas. O es quizás el deseo de que la conmemoración sea imperecedera, y por eso se nombra igual que se nombran los siglos —menos en este periódico, dicho sea de paso: nunca he sabido por qué su manual de estilo manda que los siglos se escriban con guarismos, como si de la otra forma no se entendiera—. Es lo tradicional, en todo caso, y el hecho es que en las fiestas de XV Años es donde la tradición más se resiste a morir, por más que algunas de sus formas evolucionen acordes con nuevas formas de sentimentalismo… Pues de eso se trata: entre la contratación de la limusina y los desfiguros de los últimos borrachos que se van de la fiesta, lo que está en juego es una peculiar condensación del sentimiento. O algo así he tratado de imaginarme.

          Porque lo cierto es que, si bien han sido numerosas las fiestas a lo largo de este año, a ninguna he podido ir más que como auriga del carruaje que lleva a la verdadera invitada, quinceañera también y, por tanto, amiga de las asimismo numerosas quinceañeras que, por haber nacido al mismo tiempo como para llegar a la vez al tercero de secundaria o al primero de prepa, van cumpliendo sus quince una detrás de otra… cosa que nadie te advierte cuando te conviertes en papá y ni siquiera a lo largo de los catorce primeros años de serlo: el descubrimiento llega de golpe, al darte cuenta de que aquel bodoque que hace tan poco aprendió a caminar ya aprendió también a bailar y está decidida a hacerlo en las fiestas de sus interminables amigas, a veces dos o tres encimadas el mismo sábado. Me lo imagino, pues, porque no me está concedido ni bajarme del coche, sino sólo dejar y recoger y divisar de lejos los resplandores y oír los retumbidos de la fiesta, que acabaré de entender cómo es con el relato que acaso obtenga de quien sí estuvo ahí, ya en la madrugada, si es que no caigo muerto de sueño antes.

          De lo que puedo dar fe es de esto: a la misa por lo general va nomás familia, y no se reprocha a nadie que se la brinque y caiga directo a la fiesta. Ésta tiene verificativo en un espacio lejano, siempre, lejanísimo, a más de cincuenta minutos sin tráfico, cualquiera que sea el lugar donde uno viva. Y estos espacios suelen hallarse en la periferia de la ciudad: terrazas o salones o, sin más, meros “lugares de eventos”: muchas veces baldíos en los que alguien tuvo la inspiración y la visión de alzar un cajón sin gracia al que se adjunta algún pradito con palmeras, alguna fuente o un miniestanque, un sendero de piedras y faroles, arbustos y tiestos de flores, y que se ilumina con profusos neones y reflectores de vivos coloridos. Sus nombres incluyen los sustantivos “Finca” o “Quinta” o “Mansión”, y por lo común se hallan en las inmediaciones de fraccionamientos bardeados, en medio de la nada. En La Mojonera, más allá de Santa Anita, al borde de la Barranca de Huentitán o del otro lado de Santa María Tequepexpan: a todos estos puntos hemos tenido que ir este año, varias veces, y en cada ocasión me he desesperado preguntándome cuándo dejaron de hacerse fiestas dentro de los confines de la civilización…

          Tuve un atisbo de lo que ocurre en estas fiestas la sola vez que fuimos admitidos en la graduación de las quinceañeras en cuestión —y si nos dejaron entrar fue porque nosotros la habíamos pagado—. Graduación o XV Años, entiendo que pasa lo mismo: entras por un pasadizo de globos plateados y luces intensas, y llegas así al salón adornado con abundancia de más luces (ya no tan intensas) y flores y manteles y sillas ensabanadas. Hay meseros obsequiosos que van dejando de serlo con quienes evidentemente no les darán propina (yo siempre les doy, se me hace uno de los trabajos más matados que existen, estar atendiendo gente necia hasta más allá de la media noche), y se sirve pollo o lomo a los que invariablemente les falta sal, de tal manera que acaba uno llenándose con frituras y cacahuates, mientras el alcohol fluye o no según se siente uno a la mesa de algún previsor que haya llegado suficientemente surtido. Mientras se cena, de la música se hacen cargo un saxofonista desafinado y una cantante gangosa que entonan versiones lánguidas de Billy Joel o de Pimpinela. Y ya que se acabó de cenar empieza lo bueno: un DJ que sabe con qué la gente se pondrá a bailar (no me pregunten qué música es: yo hace tiempo que abandoné el presente). En el momento culminante de la noche, salido de la nada llega a la pista el Dr. Simi y se integra al delirio con sus movimientos espásticos e hilarantes.

          En las fiestas de XV Años seguirá habiendo, supongo, brindis del padrino, vals con el papá, despliegue de chambelanes y pastel tan aparatoso como el vestido. Pero esto sólo puedo suponerlo mientras se da la hora de ir por la invitada, espera que con suerte transcurre en un Denny’s abierto veinticuatro horas a la orilla de alguna carretera.  

    J. I. Carranza

    Mural, 11 de octubre de 2026.


  • Doble con queso

    Doble con queso

    Con las hamburguesas pasa que las mejores sólo pueden existir en el recuerdo: las que nos depare el futuro difícilmente cabe esperar que posean cualidades excepcionales, y la que quizás ahora mismo tengas al lado, a medio morder, en su nauseabunda marejada de cátsup, papas y papel grasiento, sólo calificará como manjar si llegó a ti en el preciso y más hambriento momento. Son el colmo de nuestra naturaleza predecible, y las presuntas innovaciones que algunos buscan imprimirles a su elemental hechura sólo conducen a añorar la configuración ortodoxa, acaso con unas escasas y muy prudentes variantes.

          Pocas comidas entrañan tantos dilemas morales como esta variante atrabancada del sándwich. Por lo poco que le pide a la imaginación, optar por una hamburguesa puede ser señal de indolencia o indiferencia o renuncia. Se abría, digamos, ante nosotros, la posibilidad exultante de los tacos, así como la sugerente intriga del nuevo restorán de mariscos que diario se ve lleno. ¿Y no podría haber ahí tacos de pescado, con la incalculable emoción que ello supone? También estaban las pizzas, con su siempre atendible elocuencia; más allá, unas carnes asadas para llorar de contento, y ya no hablemos del restorán yucateco y sus sublimes audacias, o de la sabiduría milenaria del chino, así sea estilo Mexicali. Hasta unos elotes con crema habrían estado mejor. Un surtido, en fin, de elecciones que sí, habrían exigido algo más de nuestro empeño por la aventura o la belleza, pero asimismo nos habrían recompensado de más inesperados modos… Pero no: preferimos las hamburguesas. Y aunque nadie va a decir que estaban malas, lo cierto es que los elogios disponibles se agotan pronto y nos llevan poco más allá de reconocer que están bien hechas. Es triste que la hamburguesa tenga una funcionalidad tan evidente y, por lo general, termine por ser una forma de la resignación. ¿Qué quiere decir de uno que no reúna ánimos ni tenga inventiva más que para pasar por una hamburguesa? Por eso, también, comérselas ahí, en las mesitas anodinas y junto a los juegos infantiles, con ventana a un estacionamiento y bajo una luz de hospital, algo tiene de purgatorio o más bien de limbo. Toda la tristeza del mundo comienza en un local de hamburguesas semivacío a la mitad de una tarde de un día hábil. El sobrecito de mostaza apachurrado es un buen emblema de nuestra insensible decadencia.    

          No obstante, como digo, están las felicidades que nos surte la memoria, y es así que, por ejemplo, los tapatíos de hoy podemos envidiar a los que fuimos antaño, que tenían al alcance las Búfalo. Ya sólo existen en su página zombi de Facebook, ese tablero de esquelas y cementerio incesante. Si su principal virtud era el gigantismo, esa virtud bastaba para aceptar que también debieron ser sabrosas y que la humareda abundante del carbón estaba justificada —ese humo no nomás se elevaba desde la sucursal cercana a Plaza del Sol, sino también desde otra en la placita comercial de La Normal, muy al modo para ir saliendo del cine; para mi estupor, temo que pocos la recuerdan—. El problema es que esas felicidades sólo podemos evocarlas, pero no precisar sus claves, pues lo otro que tienen las hamburguesas es su precipitación a la indistinción, a lo genérico. (Tal vez ahí radique el secreto de su eternidad: algún día me propondré una demorada indagación de las fuerzas insospechables que la predilección por lo indistinto ejerce sobre nuestras vidas). Yo no sé, para poner otro ejemplo de ya añeja tapatiez, qué de encomiable o al menos particular tenían las hamburguesas Beefans, en Mariano Otero; pero sí sé que ahí nos la pasábamos, en los preparatorianos finales de los ochenta —y sé también que yo iba porque iba la que me gustaba, cosa que sigo haciendo hoy en día, ir a donde va, máxime porque sigue siendo la misma.

          Acaso se entienda, hasta aquí, que la hamburguesa me inspira una animadversión excesiva. Todo lo contrario. No opongo resistencia cuando alguna sale al paso, y sin duda hallo el deleite debido en cada ocasión. Pero sí me intrigan sus implicaciones: ¿cuándo recurrir a ellas es pragmatismo y sensatez y cuándo es mera hueva? Y, dada su preeminencia inveterada en la dieta del masiosare del Norte, ¿no comportan un poco de infidencia o traición a la patria? Comprarle a la cadena del payaso de las medias a rayas, o a cualquiera de sus émulos, ¿sigue siendo connivencia con el maldito imperialismo yanqui, y de nada nos sirvió leer al Pato Donald como lo quería Ariel Dorfman?

          Ociosidades, por supuesto, y exageraciones mías. Porque lo cierto es que hubo alguna vez unas hamburguesas indisputablemente celestiales, preferibles a cualquier otra cena (¡y con las cenadurías que hay en Guadalajara!), frente al jardín Ciudad de Guatemala, en la calle Eclipse, en un terreno donde apenas cabían el puesto y un callejoncito de grava, y ahí había que apretarse para que el parrillero anunciara con su trompeta que ya estaba tu hamburguesa, para ponerle fresas en escabeche, y mientras El Caballero, que era el dueño, te cabuleaba («¿Ahora trajiste a una nueva?», preguntaba al verlo llegar a uno con la novia). Todavía están, he de decir, si bien el local es más grande. Pero en absoluto son como aquellas del recuerdo, por más que sigan preparándolas igual. La nostalgia es el mejor aderezo.  

    J. I. Carranza

    Mural, 4 de octubre de 2026.


  • Constatación

    Constatación

    Había un Maxi en Galeana, entre López Cotilla y Juárez, al lado del Pasaje Variedades. Mi recuerdo solamente preserva las cuatro letras blancas sobre sendos cuadrados de un rojo desvaído o un naranja reacio a serlo, y tal recuerdo es no sólo así de precario, sino tal vez ilusorio. El olvido empieza por esas desconfianzas crecientes respecto a lo que, sin preguntárnoslo antes, podíamos dar por cierto y definitivo. Del mismo modo que el Maxi, sobre Colón, entre Pedro Moreno y Morelos, distingo en una lejanía cercana al medio siglo la «h» minúscula de Hemuda, algo escorada en el logo, donde luego estarían las letras también blancas, pero sobre rojos y azules, de Blanco, que fue en lo que Hemuda mutó. Tengo, para asentar una mejor convicción, el jingle elemental: «Blanco, Blanco, Blanco, abarata la vida…». ¿Había una mascota, y era un canguro o un conejo… blanco? Sé, también, que en la publicidad televisiva de esta cadena figuraba un canoso y sonriente Antonio Badú, en ese tiempo ya emblema de una longevidad desconcertante de la que hacían burla sus amigos asimismo televisivos: Mauricio Garcés, el Loco Valdés…

          Nada más puedo afirmar acerca de Hemuda salvo que había otro en Plaza Patria. Y tal afirmación es más dudosa aún que las otras que he venido haciendo. Pero para aseverar la existencia de ese Blanco, en el centro, frente al portal, además del jingle y de Antonio Badú, dispongo de una experiencia hecha de estupor imborrable: con dos de mis hermanos (no sé cuáles) habíamos entrado ahí una tarde concreta a comprar una concreta caja de Pastisetas, y al volver a casa encontramos a mi mamá deshecha por la noticia de la muerte repentina de mi tío Luis. Nada tiene que ver nunca con nada, creo: la vida debe de ser eso, la sucesión de hechos inmarcesibles por ninguna lógica y ajenos a toda pretensión nuestra de razonarlos. Todavía hoy me resulta imposible no ver en esas galletas de mantequilla una amenaza o un augurio aciago. Jamás volví a entrar a un Blanco, y por ello ignoro del todo cuándo desapareció del paisaje. 

          De los Maxis, en cambio, sé que se convirtieron en Gigantes. El de Tránsito (que, tras ser más adelante Soriana, acaba de borrarse también de nuestra comprensión de un rumbo para el que acabó volviéndose señal), el del Parque Morelos, el de Plaza del Sol. Hasta éste, por mucho tiempo y hace mucho más tiempo, íbamos en taxi a comprar el mandado, los domingos. No sé por qué nunca tuvimos carro. Ni cómo se optó en casa por esa medida, cuando a unas cuadras teníamos el Maxi (luego Gigante y todavía Soriana) de Enrique González Martínez y Juárez, o el mismísimo Mercado Corona, si bien ahí sí me llevaba mi mamá para comprar pescado y pollo e invariablemente un jugo de zanahoria. Ni sé, tampoco, como seguramente nadie llega a saberlo, las explicaciones de determinadas formas de vivir adoptadas por quienes estaban en nuestras inmediaciones durante la niñez. Aquella costumbre perduró hasta el tiempo de la prepa, cuando seguía yendo con mis papás los domingos hasta Plaza del Sol, habiendo otros supermercados más cerca, y entonces mis amigos, para reírse de mí, aludían a la canción de U2 «Sunday Bloody Sunday», que es fecha que aborrezco —lo mismo que a U2: veo hoy que acaban de sacar un nuevo disco, que llevan cincuenta años aturdiendo a la humanidad, y tampoco me lo explico—. Nunca me propuse como habría sido debido la defensa de esa costumbre, pero quizá no sea demasiado tarde: era una íntima felicidad acompañar a mis papás al mandado cada domingo sangriento, por lejos que estuvieran de mi alcance las razones que pudiera oponer a la sorna de mis amigos.

          Tiene pésima fama, me temo, la rutina del supermercado. Sé de muchos que, tras descubrir en la pandemia que era posible ahorrársela haciendo la compra en línea, seis años después serían ya incapaces de proponerse el viaje y el recorrido por los pasillos y la cola en las cajas y la cargada de las bolsas. Apenas hubo autorización para arriesgar la vida, la primera temeraria y dichosa salida que hice fue al Chedraui de Plaza México. En el terror domado con cubrebocas y termómetros y tapetes desinfectantes y pisos marcados para guardar la sana distancia pude empezar a confiar en que la marcha del universo llegaría a restablecerse. Ese Chedraui es el que seguimos prefiriendo, aunque tampoco le hacemos el feo al Fresko de Plaza Sania o al Walmart de Niño Obrero —que nos quedan más lejos: no es un asunto de distancias, pero tampoco podría argumentar por qué elegimos cuál en cada ocasión.

          En favor de ir al súper puede aducirse la económica y grosera admisión de un privilegio: basta pensar en los millones que no pueden permitírselo. Pero mi celebración de esa posibilidad querría dejar a un lado ese género de consideraciones —aun cuando reconozco en cada ocasión que es una suerte: que no hay guerra, que no hay escasez, que no hay epidemia, que tenemos siquiera el importe de la despensa de esta semana— y concentrarse en la intuición de que en la verificación de las rutinas en apariencia destinadas a perderse en lo indistinto es donde mejor cabe constatar cómo seguimos vivos, al menos medianamente funcionales, y con suerte disponibles para la ocurrencia del prodigio o la maravilla. Sospecho que al ir al súper es cuando más cerca estoy de saber qué soy y para qué sirvo.  

    J. I. Carranza

    Mural, 27 de septiembre de 2026.


  • Horizonte

    Horizonte

    Desde el balcón, hacia el oriente, se extendía hasta hace no mucho el horizonte manejable que es indispensable siempre que amenace la duda acerca del lugar que uno ocupa en el mundo (es decir, siempre). Era perfectamente posible hacerse una idea de la extensión de la ciudad en esa dirección, que bien bastaba con entender que terminaba donde salía el Sol, sin que hiciera falta más, ni siquiera suponer que Tonalá estaría por allá. Los aviones, hacia la derecha (el sureste), marcaban dónde correspondía suponer que estaría Chapala, y hacia la izquierda (el noreste), detrás del Cerro de la Higuera, del otro lado de la Barranca de Huentitán, cabía imaginar que se acababa la Tierra y empezaba el vasto universo desconocido. Me gustaba en especial la presencia de ese cerro, que también estuvo ahí durante los dos primeros años que estuve en la Secundaria Técnica 4: alargar la mirada hasta su relativa y digna altura, desde el tedio de las clases en el tercer piso (en primer año) o desde las melancólicas afirmaciones de soledad que uno va haciéndose en segundo año (en el segundo piso), y, en la distancia, pensar que más allá de ese tedio y esa soledad podía estar aguardando otra forma de vida: qué ganas, entonces, de salir de la escuela, agarrar ese rumbo, seguir caminando hasta la caída del Sol o hasta alcanzar la cruz y las antenas en la cima del cerro, lo que ocurriera primero. El salón de tercer año estuvo en el primer piso: ya no alcanzaba a verse a lo lejos, pero aquella posibilidad de que la vida fuera otra cosa ya nunca dejó de operar.

          Ese horizonte, también, cada 15 de septiembre y cada fin de año, encuadraba sin dificultades los fuegos artificiales en el centro. El balcón del que hablo, nuestro cada vez más estorbado mirador, está en una cuarta planta, altura suficiente para disponer en dichas ocasiones de una fantástica pantalla panorámica extendida desde el Cerro de la Higuera y hasta el Cerro del Cuatro, y en la cual teníamos una visión privilegiada de la profusión de luces que tenía lugar a cinco kilómetros, la distancia aproximada entre La Minerva y la Plaza de Armas. Además de eso, todo el año ponía delante de nuestra distracción un muy modesto skyline en el que, con binoculares, llegaba a distinguirse la cresta u ola del templo de la Hermosa Provincia, y desde luego también las torres de Catedral —éstas incluso sin binoculares, en especial en días despejados—, lo mismo que varias torres y cúpulas que era bonito ir tratando de nombrar: desde San Felipe al Perpetuo Socorro y hasta San Luis Gonzaga, y quiero creer que hasta el imponente huevo de la Divina Providencia —que siempre me ha dado miedo, no sé por qué—. Y qué decir de las óptimas condiciones para la observación meteorológica, en especial en su variante de sabiduría ancestral según me la enseñó mi papá (ya la consigné una vez aquí, pero no veo razón para no referirla de nuevo): en Guadalajara, la lluvia tiene un comportamiento muy predecible según la procedencia de las nubes, y puede apostarse con gran seguridad a que las masas grises y pesadas que aparentan aproximarse desde el Cerro del Colli jamás van a llegar; las que se divisen hacia San Pedro, por inofensivas que luzcan, van a llegar sin falla y van a causar estragos; y las que vengan desde la Barranca puede que lleguen o puede que no. No tiene pierde.

          Tales predicciones y tales contemplaciones ya no son posibles. El horizonte fue negándonoslo, de modo subrepticio y odioso, la erección imparable de torres que parecen haber ido avanzando hacia nuestro triste balcón así apocado. Como gigantes estúpidos, esas malditas torres deshabitadas se arriman entre sí y tapan el cielo y nos cercan, y así por fin este Grito que pasó ya no vimos sino sólo los resplandores inservibles de la pirotecnia, y no el estallido de los cohetes, propiamente. ¿En qué momento pasó esto? Todavía alcanzamos a ver el fulgor de las llamas la última vez que se quemó el Mercado Corona. ¿Y cuánto más tendríamos que elevar el balcón para volver a distinguir al menos hasta el Expiatorio? Lo malo es que nuestro edificio sólo tiene cuatro plantas (temo que en cualquier momento nos corran para tumbarlo y alzar en su lugar otra torre más). No sólo ha sido esto: también el Sol se decide a salir cada vez de más mala gana, las nubes se van volviendo ilegibles, las aves se han ido desterrando (antes llegaban muchas palomas y zanates y conguitas, ya no tendrán mucho que hacer en este nuevo bosque hostil de cemento y vidrio), y, además, las calles se van volviendo cañones ensombrecidos y en los que prospera de modo inhumano el ruido, amplificado e insoportable cuando es, por ejemplo, el que hace atronar algún motociclista diabólico entusiasmado por el decibelaje atroz que alcanza al lanzarse por las honduras de López Cotilla.

          En esta privación del horizonte, lo más triste —hablo por mí: para Guadalajara debería ser no sólo motivo de aflicción, sino también de consternación y alarma, pero capaz que no se ha dado cuenta— fue haberme quedado sin el paisaje presidido por el Cerro de la Higuera. Quién sabe si todavía esté donde lo dejé, dibujado como un sueño o un recuerdo entrañable; quién sabe, si ya no está, qué habrá en su lugar. Ojalá que no hayan arrasado con él para levantar una torre más, o miles, en las orillas y en el fondo de toda la Barranca.  

    J. I. Carranza

    Mural, 20 de septiembre de 2026.


  • El favorito

    El favorito

    Así como los musulmanes, para salvarse, y a menos que los excuse un impedimento gravísimo, han de peregrinar al menos una vez en la vida a la ciudad sagrada de La Meca, todos nosotros debemos leer al menos una vez en la vida Moby Dick. Si no, nos vamos a condenar sin remedio. Es lo que en cada curso me gusta decirles a mis alumnos. Y no sólo que van a irse al infierno si no leen esa novela, sino que además tiene que gustarles y, aún más, importarles mucho y volverse decisiva para lo que lleguen a entender de sí mismos y del mundo. Y agrego que no hay escapatoria ni atenuantes. Concedo que es posible, en la experiencia de lectura, que lleguen a descubrir alguna forma de placer acaso insospechable, o bien ocasión de reencontrar algún gozo ya conocido pero seguramente intensificado con dicha experiencia. Pero no es seguro, o no es lo principal que deben tener en cuenta: lo imperativo es cruzar el mar al lado de Ahab, enterarse de lo que éste hace y de lo que le pasa, ir ellos mismos tras la ballena… Y hacer suya esa pesca brutal y desaforada, del modo más íntimo y más primitivo, como si estuvieran descubriendo el fuego o el mar mismo, y dejarse perder y desesperarse y sumergirse y olvidarse de todo lo demás. Y, con suerte, emerger al cabo, quién sabe si a salvo, pero sí transfigurados o renacidos.

          El dramatismo de esta instrucción varía según advierta que quedan claras, más pronto o más tarde, las razones de fondo de lo que quiero decir. Hay estudiantes que al vuelo captan la sencilla idea que revisto de tremendismos, pues la capacidad para la ironía de que esos estudiantes disponen facilita que pronto nos entendamos. Otros, en cambio, que adolecen de literalidad y exceso de sentido común —lo contrario de la ironía—, tienen más dificultades para advertir que el asunto es: permítanse leer, al menos una vez, al menos un libro, como si en ello les fuera la vida, y a ver qué pasa. (Si estos estudiantes, los más blindados para percibir que claramente exagero, acaban de todas formas leyendo Moby Dick para no irse al infierno, igual me doy por bien servido). Y, como suele decirse, esta revelación o admonición que les hago es, desde luego, una broma… pero si no quieren no es broma. Pues ultimadamente sí creo que quien no lea Moby Dick se merece alguna variante de condenación o pena, así sea la de haberse perdido de esa aventura —que es pena grande, yo digo, o lástima: nadie debería privarse de ella.

          He estado pensando en estos asuntos desde que llegó la invitación para ir a tomarse la foto «con la FIL», es decir, la convocatoria para ir ayer a posar para un retrato que, supongo, formará parte de un mural o un collage, en ocasión de la cuadragésima edición de la Feria. «Ayer», digo, pero en realidad es hoy, sábado, cuando estoy escribiendo esto, y todavía no voy a que me tomen la foto, así que no sé todavía cómo habré salido, ni tampoco qué libro me llevaré, pues la invitación venía con esa indicación, uno tiene que llevar su libro favorito. (Hace veinte años, cuando la FIL llegaba a la mitad de la edad que tiene ahora —el invitado era Andalucía—, hubo una convocatoria similar y allá fui, bien peinado pero —y esto es lo más alarmante— todavía con todo el pelo negro, a posar para un retrato. Nomás que el libro que me llevé fue uno mío, y ahora mismo soy incapaz de saber si a) había malentendido la instrucción, b) en realidad ese libro era, en ese momento, mi libro favorito, o c) aproveché para la autopromoción desvergonzada.

          El caso es que aún no sé qué libro me llevaré. Pues la noción del libro favorito puede ser tan simple y clara como compleja e infernalmente oscura. ¿Es posible afirmar, con toda lealtad a la verdad y sin dudarlo en absoluto, cuál es el libro que uno prefiere por encima de todos los demás? Y, si en efecto es posible, ¿no tendría que reservarse esa declaración para el momento inmediatamente anterior a la muerte, cuando en definitiva ya no quede ni un instante más para cambiar de opinión? Podría suponerse que la decisión es más sencilla si son pocas las lecturas que uno suma, pero cabe recordar los trabajos que pasó Peña Nieto para responder (en la FIL, justamente). O quizás esté más autorizado para que le creamos quien haya leído muchísimo y disponga, por tanto, de más fundamentos para saber qué sirve y qué no vale la pena. (A este respecto, me acuerdo siempre con risa de Ricardo Garibay, que una vez tronó, ufano y rabioso: «Yo leí las Obras completas del Marqués de Sade… ¡Y no me gustaron!». ¿Y entonces para qué rayos las leyó completas?).

          La cuestión se zanja, creo, recurriendo al subterfugio de la provisionalidad. Uno puede, sí, asegurar y jurar que tiene un libro favorito… pero que sólo lo será durante los próximos quince minutos. O en el transcurso de esta semana. O de aquí a que llegue la FIL. Ya entonces aquel juramento habrá prescrito y se podrá hacer otro nuevo, igualmente perentorio. También cabe la posibilidad de que la certeza del libro favorito sea por completo secreta e inconfesable: poso para la foto con, no sé, la Divina Comedia o el Finnegans Wake… Pero en mi corazoncito le tengo una veladora perpetua a Carlos Cuauhtémoc Sánchez.

          En bonitos trabajos nos metió la FIL. Y me pregunto si alguno de mis alumnos, alguna vez, por haberme hecho caso, ha terminado con Moby Dick como su libro predilecto.  

    J. I. Carranza

    Mural, 13 de septiembre de 2026.


  • En el mapa

    En el mapa

    Todos los mapas son propensos al error o, en mayor o menor medida, trabajan desentendidos de comportarse todo el tiempo con precisión y lealtad. No sólo precisión: exactitud. Como no somos criaturas voladoras y, por tanto, hemos de atenernos a los trazos que reproducen la tierra que nos apresa, nos confiamos a dichos trazos y a sus significados y más nos valdría —queremos creer— que unos y otros fueran exactos. Que se correspondieran lealmente con el espacio que nos contiene y con las distancias que desde dicho espacio se prolongan o en él convergen; con los relieves que hallaremos de empezar a recorrer esas distancias: pendientes o declives, cumbres y valles y mesetas y depresiones y simas y todo el espectro orográfico del horizonte en cualquier dirección; que, a tiempo y sin un milímetro de más ni de menos, los mapas nos informaran de la inminencia del agua, sea que se nos acerque en forma de mar o lago o charca o presa o glaciar, o que vaya a salirnos al paso como arroyo o río o disfrazada de furor o inocencia. Querríamos, en fin, que los mapas fueran así leales también siempre con nosotros, que los consultamos desde nuestra indefensión y no tenemos más remedio que hacerles caso. En la leyenda «Usted está aquí» se cifra el comienzo de toda esperanza: no todo está perdido, empezando por nosotros.

         Pero sí perdemos de vista que aquella propensión al error o a la inexactitud no es consecuencia de que el mapa mienta, sino que radica más bien en nuestra lectura y en las interpretaciones que hacemos. Voy, por ejemplo, en el coche, una mañana lluviosa y caótica, y tardísimo, y acudo a las indicaciones de Google Maps para eludir embotellamientos e inundaciones, para dar con desviaciones impensadas que, paradójicamente, serán la ruta más directa. Así tranquilizado y optimista, obedezco y doy vuelta aquí, luego allá, luego otra vez vuelta… hasta que ya no avanzo más, porque el tráfico se cierra delante de mí o porque el sentido de la calle no es el que la Pilarica me jura (Pilarica llamo a esa voz nasal de acento ibérico e infinitamente paciente). «¡El mapa está mal!», tiende uno a pensar en situaciones semejantes, dando por hecho al instante que hay una equivocación en la nomenclatura de las calles o en las direcciones en que corren o incluso en la ubicación de los puntos cardinales. «La Pilarica está tonta», mascullo, mientras meto reversa y me hago a un lado y al fin me detengo a interrogarla y descubro que el error fue mío, que no entendí algo o me pasé donde me decía que torciera…

         Podrá ser difícil de admitir, pero lo cierto es que son elevadas las probabilidades de que sea uno el tonto, y no el fruto de tan prodigiosa tecnología satelital e informática vehiculada por las resignadas instrucciones de la Pilarica para al fin sacarme sin contratiempos de La Calma. Es cierto también que, a veces, dejamos prosperar a propósito las interpretaciones erróneas, sea porque no vemos urgencia en corregirlas o porque así conviene a determinados intereses. Y entonces pasa lo que muchos descubrimos apenas antier: que llevamos casi medio milenio creyendo que el mundo era de un modo, cuando es de otro muy distinto, en especial en términos de tamaños y proporciones —y en esto, como ocurre en el resto de la naturaleza, el tamaño sí importa, como se ha podido ver.

         La noticia es esta —y no deja de ser maravilloso que la cartografía, ciencia hecha con contemplación y minuciosidad, ocupe titulares planetarios en estos tiempos frenéticos—: gracias a la iniciativa impulsada por Togo y respaldada por Estados de la Unión Africana y por Bahamas, la ONU recomendó el pasado 4 de septiembre ir deshaciéndose de la conocida como Proyección de Mercator, un mapamundi deformado en el que los territorios más alejados del Ecuador van viéndose mucho más grandes de lo que en realidad son. Adoptado universalmente desde 1569, ese mapa concebido por el geógrafo y cartógrafo flamenco Gerardus Mercator ha sido funcional para la navegación, principalmente, y delinea con precisión los contornos, pero también ha asentado en la comprensión geopolítica de las generaciones una idea de las magnitudes de continentes y naciones muy alejada de la verdad. Pues resulta que Groenlandia, por ejemplo, es 14 veces más pequeña de lo que pensábamos, cuando Mercator le había dibujado una superficie mayor que la de África. O que Canadá y Rusia se veían 3.4 y 4.3 veces más grandes de lo que son. La resolución de la ONU establece que es preferible usar la Proyección Equal Earth, propugnada por los cartógrafos Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny en 2018, y que muestra las dimensiones reales, que son sumamente sorprendentes. (El único país que votó en contra fue Estados Unidos, que para sorpresa de nadie en esta materia como en otras opta por el oscurantismo y la regresión).

         La decisión tiene implicaciones culturales importantes, sobre todo en vista de lo mucho que aún debe hacerse para revertir los estragos de la colonización a lo largo de ese medio milenio, y para contener las nuevas formas de sometimiento hoy en boga. Y es una razón para refrendar el asombro de la humanidad. Pues lo que sigue no es sólo cambiar todos los mapas del mundo, sino también empezar a conocer ese nuevo mundo que los cartógrafos de hoy nos acaban de revelar.  

    J. I. Carranza

    Mural, 6 de septiembre de 2026.


  • Dolly

    Dolly

    En los tiempos medievales que vive, oscurecidos por la superstición y el odio, agitados por la persecución y el linchamiento, estupendos para las disputas más absurdas que alienta la ignorancia, Estados Unidos tuvo recientemente una ocasión más para la división gracias a la muerte de Dolly Parton. Como tratando de saquear cuanto antes sus reliquias para reservarse todo el derecho de venerarlas, en ese escalofriante sector de la población cuyos modos de pensar y sentir encuadran bajo la sigla MAGA pronto se levantó la exigencia: a la cantante de Tennnessee había que celebrarla al margen de cualquier consideración ideológica, exaltándola como representante máxima de una identidad nacional cuyo componente principal es la fe cristiana. Pronto estos deseos fueron viéndose impedidos por la realidad, que es casi tan terca como lo fue la propia Dolly. En el otro sector de la población que no es MAGA, rápidamente se hizo memoria de todas las razones que había para llorar no sólo la muerte de un símbolo identitario, sino también, y sobre todo, de una enorme artista que estuvo siempre del lado de la justicia y la gente.

          Nacida en las condiciones más desfavorables, en una familia numerosa y pobrísima en un entorno olvidado y semisalvaje, y condenada por ello a un destino de privaciones y pena, su dichosa terquedad condujo a Dolly Parton en una dirección por completo distinta. Pero no fue solamente su tesón, sino además su talento inconmensurable, y su gracia celestial, desde luego también su agudeza y su altísimo sentido de la ironía, su disciplina y su inteligencia para los negocios. Y una humildad a toda prueba. Fueron muy numerosos los testimonios de esa humildad que emergieron estos días. Por ejemplo el de Michael Bublé, quien recordó cómo en 2020 —es decir: cuando Dolly ya hacía mucho tiempo que se había instalado a vivir mucho más allá de la estratósfera— recibió una carta en la que la artista le proponía cantar juntos una canción navideña que había compuesto. “Cuando la escribí, oía tu voz junto a la mía. ¿Estaba soñando, tal vez?”, le decía, y se despedía de este modo: “Entenderé si no puedes o no quieres, y ten por seguro que seguiré queriéndote igual”.

         Canciones en cuya música refulgía a menudo una alegría cristalina, aunque a veces también podía suscitar formas insospechadas de la melancolía, el repertorio de Dolly Parton caló hondo en al menos tres generaciones gracias a que mezclaba sus apreciaciones puntuales de la realidad de la vida con las dosis justas de sentimentalismo que todos necesitamos de vez en cuando. Hay artistas cuyas elementales dulzura o luz pueden ser indispensables para una comprensión cabal de lo que nos pasa cuando amamos o extrañamos a alguien, cuando nos cansamos o nos confundimos o necesitamos aliento, cuando tenemos una mano cerca que podemos sujetar o nos elige el milagro inesperado de que alguien nos quiera, cuando hay que levantarse un día más y trabajar y seguir, cuando hay por fin modo de brindar y reír y cuando soñamos. Sin incurrir jamás en cursilería ni patetismo ni en chabacanería —para eso sirve la integridad artística—, Dolly Parton fue tan original que en nadie más serían admisibles sus excesos estéticos: las estridencias indumentarias, la cabellera hiperoxigenada, los estoperoles y las uñas y los escotes y las botas y las mariposas gigantescas de Dollywood… Lo más estrafalario que haya podido hacer, por haberlo hecho ella estuvo siempre bien.

          Hay un dúo suyo con Chet Atkins que siempre me conmueve: es la canción “Do I Ever Cross Your Mind”. Su asunto es una suave añoranza del amor y el tiempo idos, pero en algunos momentos se oye la risa de Dolly, y es hermoso: como si detrás de toda tristeza estuviera asegurado que reencontraremos la felicidad. Como pasa también en uno de sus éxitos mayores, “9 to 5”, donde la chinga del trabajo y la explotación y la dificultad de la esperanza se canta a un ritmo tan sabroso y bailable, puesto que lo que más importa de esta vida es lo que tenga de fiesta, y la vamos a encontrar.

          Lo cual no quiere decir que haya que resignarse, y por eso Dolly Parton alzó la voz cada que tuvo oportunidad en favor de la clase trabajadora, en especial de las mujeres, y defendió los derechos de las personas que el mundo MAGA acosa y querría erradicar: comunidades LGBTIQ+, migrantes, el movimiento Black Lives Matter… Puso su fortuna a socorrer a las víctimas de desastres, pero también a ayudar en la investigación científica, por ejemplo en el desarrollo de las vacunas contra el covid. Y apostó por la educación, dando becas y estímulos a estudiantes pobres. E hizo esto: en recuerdo de su padre, que nunca pudo aprender a leer, fundó la Dolly Parton’s Imagination Library, destinada a regalar millones de libros a millones de niños en Estados Unidos y otros países para que sus papás y mamás los lean junto a ellos. Así que nada de ser solamente la cantante sureña que encarnaba ciertos ideales políticamente rentables para quienes ahora creen que mandan. “No sólo porque sea rubia crean que soy tonta”, les habría replicado Dolly, como dice su canción.

         Por encima de todo, cantaba como los ángeles. Belleza que no es sólo belleza, sino también dicha que se multiplica al compartirse y nos da razones poderosas para sonreír y bailar y suspirar y soltar alguna lágrima y sonreír otra vez.  

    J. I. Carranza

    Mural, 30 de agosto de 2026.


  • Farmear aura

    Farmear aura

    Lo maravilloso que han tenido siempre las expresiones colectivas de los jóvenes es que no necesitan la comprensión de quienes no son jóvenes. Es decir: para producirse y para afirmarse y expandirse, esas expresiones prescinden de cualquier forma de sanción por parte de sus mayores (padres, maestros, autoridades, todo aquel que tendría que llegar antes a la tumba), pero además afloran y prosperan por completo desinteresadas de todo juicio adulto. Si alguna vez llegan a tenerlo en cuenta es para oponérsele y combatirlo y dejarlo inservible.

          No deja de ser misterioso cómo opera una suerte de desmemoria evolutiva merced a la cual, en tantos casos que parece inevitable, dejar de ser joven supone perder las pistas de esa indiferencia radical que nos blindó ante los reproches o la condena o las burlas o el escándalo en que cobraba forma la desesperada incomprensión de los mayores que presenciaron nuestros modos de ser y pensar y sentir y comportarnos. Haga cada quien el esfuerzo por recordar las señales más claras y distintas de los pasos que dio al lado de amigos y compañeros por las horas contadísimas de su juventud. (Eso he pensado estos días, no sin melancolía: uno cree que la juventud se mide por años, que éstos se extienden desde la salida de los prados o los patios o los baldíos de la infancia y hasta el ingreso a los edificios o los insomnios o las mazmorras de la adultez; cree, también, que aquel tiempo, apurado con despreocupación y que entonces parecía inagotable, estará ahí cada que se antoje explorarlo, pero al hacerlo pronto se descubre que la fuerza del olvido fue erosionándolo, condensándolo en un puñado de momentos, unas cuantas cajas de horas que difícilmente pueden ordenarse sin recurrir a la suposición y al invento). Ya se sabe: en las grietas que se ahondan y se vuelven barrancas insalvables entre una generación y la que viene detrás prospera una imposibilidad de entenderse que se renovará apenas la generación siguiente empiece a decidir qué quiere y cómo.

          Y, desde luego, no sólo es maravilloso. También puede ser trágico, cuando esa indiferencia de los jóvenes por el parecer de sus mayores es malamente retribuida del mismo modo por éstos, que al no entender acaban por desentenderse —a veces con resentimiento y hasta rencor y desprecio—, y ello termina por propiciar desamparo y soledad y peligros sin cuento…

          Pero ciñámonos a lo que ha venido pasando estos días y que, salvo que uno viva en una ermita o esté en coma, será muy raro que no se haya enterado. (Es un signo de estos tiempos: la impresión de que todos a la vez estamos ocupándonos de lo mismo, por una semana o dos, y luego en perfecta sincronía cambiamos de tema y del anterior no queda rastro. Pero es siempre y sólo una impresión, no hay que perderlo de vista, pues efectivamente hay quien sí vive en una ermita o está en coma o tiene algo más importante o interesante de qué ocuparse… más allá de lo que ponen a su alcance las redes sociales, quiero decir, pues de esto se trata: de fenómenos relativamente masivos pero en realidad muy acotados a los alcances y la influencia de dichas redes). “Un compañero del salón participó”, me contó mi preparatoriana hija, y si lee que estoy usando su testimonio se va a enfurecer: nadie le cuente; “cuando regresó le aplaudimos porque se había humillado como nadie”.

          De manera que de eso se trata: de las competencias, organizadas espontáneamente y cuyas convocatorias cunden de modo viral e incontenible, a las que cientos de jóvenes, en varios puntos del continente al mismo tiempo, han estado acudiendo para ovacionar a los lanzados que se enfrenten con tal de obtener aura. No voy a osar intentar desentrañar ahora la interpretación al uso de ese concepto, pues no sólo sospecho que me faltan muchos recursos, sino que además no serviría de nada: desde el punto de vista de los jóvenes, por claro que fuera, estaría diciendo algo erróneo o inexacto, y en todo caso irrelevante y prescindible: así es esto. Lo que precariamente entiendo es: se trata de competir por la admiración de los asistentes, y para ello hay que atreverse a hacer cosas en absoluto admirables: movimientos, poses, gestos, que los demás no se atreverían a hacer. No tiene pierde: no hay forma de fracasar. Ganas entre más te arriesgas al ridículo. Y si no te arriesgaste lo suficiente, entonces eso mismo fue ridículo y también ganaste.

          No han faltado señoros o señoras que deploran el fenómeno. Que lo ven como prueba de la alienación que, según su limitado juicio, lastra a la juventud. Que se alarman y se indignan por las condiciones que han propiciado estas expresiones (“A lo que hemos llegado”, un buen lema para que esos alterados consuetudinarios impriman en una camiseta); entre esas condiciones condenables tiene primacía el funcionamiento de las redes sociales, que es y será cada vez más impenetrable para tantos señoros y señoras. También hay quien querría que esa energía mejor se encauzara con fines políticos. Pero omiten, esos desdeñosos adultos, que el mundo es un asco y tenemos a los jóvenes hartos y bastantes razones tienen para descreer de que la organización política sirva para nada.

         En fin: mientras las espeluznadas conciencias buscan en vano hallarle sentido, los que hoy protagonizan el fenómeno estarán pronto ya enfrascándose en otra cosa.  

    J. I. Carranza

    Mural, 23 de agosto de 2026.