Notisia del dr. Kar̄ansa

Ase algunos meses, mi kerido amigo Juan Nepote me embió este pasaje ke se enkontró en un número de Orto-gráfiko, el órgano del mobimiento r̄ebolusionario de Alberto Magno Brambila. De la autoría del propio Brambila, posee, kreo yo, una grasia insuperable (el mejor sentido del umor se prueba al okuparse, sin patetismo alguno, de un ebento tan desgrasiado komo perder la dentadura), i es una muestra espléndida de su destresa nar̄atiba i del ekselente oído ke tenía para los diálogos. Pero para mí, ebidentemente, lo más marabiyoso del r̄elato r̄adika en la notisia ke me trae, ¡desde 1943!, del joben doktor Kar̄ansa, dispuesto a dejar ensegida el konsultorio a kargo de su ayudante kon tal de lansarse a kontemplar el nasiente Parikutín. Kuando yo era niño, mi papá era kapás de sorprendernos, un día kualkiera (un día ábil kualkiera, kiero desir, sin ke importara ke debiéramos faltar a la eskuela ni ninguna otra kosa), para tomar el tren e irnos barias semanas a Méjiko, o para agar̄ar un taksi ke nos yebara a pasear a Irapuato… A lo ke boy es a ke esta eskursión intempestiba al bolkán —de la ke yo no sabía nada— no era de estrañar en mi papá. I si bien kada ke pienso en eya me pregunto de kuántas otras abenturas suyas jamás yegaré a saber, lo sierto es ke kon las ke le konosko tengo de sobra para segir teniéndolo komo el mayor de mis éroes.

J. I. Carranza

Una visión

Hay una visión que nunca puedo separar de esta fecha. La tengo desde hace veintitantos años; la encontré una vez que participaba en uno de los cursos de literatura que impartía el poeta David Huerta a jóvenes escritores de todo el país. La sede, en esa ocasión, era San Miguel Allende, y en algún momento se organizó una excursión al cercano poblado de Atotonilco. Yo sólo sabía que por ahí había pasado el cura Hidalgo luego de dar el grito en Dolores, y que del templo del lugar tomó la imagen de la Virgen de Guadalupe para hacerla su estandarte. No tenía la menor idea de lo que iba a encontrar, y mucho menos de la visión que me aguardaba ahí.

       El templo en cuestión es el Santuario de Jesús Nazareno y data de la segunda mitad del siglo 18. Además del paso de Hidalgo, lo que le ha dado fama mundial es la profusa decoración interior: muros y bóvedas recubiertos hasta el último centímetro por pinturas que reinterpretan, al asombroso modo de entenderlas de su autor, muchas de las imágenes de la iconografía católica que atestó de manera casi inverosímil el barroco mexicano. El autor —ya su nombre tiene resonancia mítica: Antonio Martínez de Pocasangre— quiso dar a su obra una intención didáctica, pero, más allá de ese propósito, el resultado es una obra deslumbrante. (En 2010, este santuario fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO).

Visitar ese lugar es impresionante; visitarlo sin saber lo que a uno le espera, como me pasó a mí, es absolutamente abrumador. Ahora bien: luego de un buen rato de contemplar aquello, salimos a emprender el regreso. En ese momento, no sé ahora, aquel pueblo tenía un aire ciertamente fantasmal: solitario, polvoriento, muy silencioso. Y fue entonces que tuve la visión: debajo de un gran árbol, junto a una de las puertas laterales de la nave principal, estaba el señor cura, comiéndose una naranja. Un hombre más bien alto, más bien flaco, de tez enrojecida por el sol, con una sotana luida y empolvada debajo de un sarape rojo (era noviembre, las últimas luces de la tarde se mezclaban con el frío). Y, enmarcada por los cabellos blanquísimos de las sienes y de la nuca, una calva brillante e inconfundible. Tenía una mirada alucinada.

J. I. Carranza

Mural, 16 de septiembre de 2021.

9/11

Salvo por muy contadas ocasiones en la vida que permiten sospecharlo, es imposible saber en qué versión de la historia quedará enmarcada nuestra comparecencia en este mundo: cuando el olvido termine de hacer el trabajo empezado por la muerte y ya no quede rastro de lo que fuimos, el relato de nuestro tiempo apenas estará por comenzar a tomar forma, y faltará mucho todavía para que esa forma adquiera una cierta definitividad, que a su vez no será sino la solidificación de aquel olvido. Las precarias suposiciones que nuestra imaginación puede fabricar acerca de los hechos, las razones, las emociones y el destino de un solo individuo sepultado por los siglos son la prueba de que terminará en nada lo que hoy tanto nos atarea.

      Pero pasa que una o dos o tres veces nos tocará presenciar una inflexión decisiva de la historia. ¿Dónde estábamos hace veinte años, cuando se estrelló el primer avión? ¿A dónde corrimos para encontrar una pantalla y ver el estallido del segundo? Las imágenes de aquel día acudirán, nítidas y sonoras y sin falla, mientras nos quede vida o algo no nos borre la memoria. Y también las impresiones de lo que sentimos conforme fuimos enterándonos de detalles y, luego de ver los desplomes en vivo, al vernos en la necesidad de hacer algo con nuestra incredulidad.

      No es seguro que el mundo, en estos veinte años, haya cambiado como suponíamos que cambiaría. Tal vez nuestros pronósticos más funestos, a la distancia, parezcan ingenuos. Hace apenas unos días terminó la guerra desatada por las ansias de venganza del gigante herido, y es evidente que fue estúpida e inútil. ¿Y el que osó herir al gigante? Nos contaron que arrojaron su cadáver al mar, y jamás lo vimos. A lo sumo lo recordaremos siempre al quitarnos los zapatos o tirar una botella de agua antes de subir a un avión. La generación que nació después de que se apagaron los rescoldos y retiraron las montañas de vigas retorcidas está ya lista para hacerse cargo de una realidad que, quienes ya estábamos aquí entonces, no hemos sabido sino empeorar.

Hace veinte años vimos alzarse sobre una mañana límpida del final del verano el rostro en llamas de la historia. Ojalá que nunca nos toque verlo otra vez.

J. I. Carranza

Mural, 9 de septiembre de 2021.

Veintiún libros

El Fondo de Cultura Económica va a regalar millones de libros: cien mil ejemplares de cada uno de los veintiún títulos presentados por el director del FCE, Paco Ignacio Taibo II («Se las metimos doblada, camarada»: lo siento, siempre que me encuentro con este nombre me viene a la cabeza aquella melodiosa expresión). El acto tuvo lugar hace unos días, en una mañanera, ante el beneplácito evidente del Presidente, quien tuvo a bien lanzar esta aguda observación: «Es muy importante, sobre todo en las nuevas generaciones, en los jóvenes, que se afiance el hábito de la lectura aun con todo el bombardeo que hay de medios electrónicos y lo simplista que resulta ver solo lo básico, las reseñas, la superficie y no ir al fondo». Bueno.

       Como pronto hizo ver Tomás Granados Salinas, conocedor serio del mundo editorial mexicano, y en particular de la participación del Estado —fue gerente editorial del FCE hasta que la 4T llegó y lo corrió injustificablemente—, es falso que se trate de la «operación más grande de distribución que ha habido en América Latina de regalo de libros», como afirmó Taibo: para empezar, señala Granados, ahí están los libros de texto gratuito que cada año reciben los escolares mexicanos. Pero ya se sabe: si algo no escasea en la 4T es el alarde ni la faramalla —mientras escribo esto, veo las imágenes de unos gaseros que llegan a la mañanera cargando unos cilindros para regocijo del Presidente.

       Por otro lado, también es cierto que el monto destinado a esta operación habría sido mejor invertirlo en «estimular muchos de los eslabones de nuestra famélica cadena del libro, expresamente abandonada por la Secretaría de Cultura», como indica Granados. Pero a mí lo que más me irrita es esto: la selección de los títulos. Sólo uno es del siglo 21: el de Monsiváis. El resto, obras de prestigio, sí, pero prestigio empolvado, un amasijo de lugares comunes —y, además, casi en su totalidad disponible en bibliotecas y en línea—, cuyo armado sólo puede obedecer a una visión muy obtusa de la lectura (y de la literatura y de la historia), o, lo que es más probable, a la descarada intención de adoctrinar. Que se regalen libros, sí, de acuerdo. Pero ¿por qué éstos, precisamente?

J. I. Carranza

Mural, 2 de septiembre de 2021.

Cuestión de fe

Es, imagino, difícil de cuantificar, pero no podrá negarse que la fe ha tenido un peso decisivo en el curso de la pandemia en México. Hablo de la fe como principal inteligencia de la realidad que tiene buena parte de la población, y en la que se conjugan las interpretaciones de los hechos, la traducción de esa interpretaciones en creencias y las decisiones individuales de los individuos —y, por ende, de la masa que conforman— en función de esas creencias. Tal vez alguna encuesta tan extensa como acuciosa permitiría hacerse una idea de ese peso, pero los resultados que arrojara serían, como todos los otros datos de la realidad, susceptibles de tramitarse también por la fe, y entonces sería cuento de nunca acabar.

       Primero, fue cuestión de creer o no en la posibilidad de que el virus llegara aquí desde el otro lado del mundo; cuando llegó, lo que siguió fue creer o no en la magnitud destructiva que podría alcanzar; creer o no en los riesgos de contagiarse, creer o no en la eficacia de las medidas para evitarlo (del cubrebocas a la vacuna, de los amuletos del Presidente a las porquerías prescritas por homeópatas y curanderos de toda laya, de las condiciones óptimas de ventilación en los espacios cerrados a las reuniones multitudinarias que propiciarían la «inmunidad de rebaño»). A la par de eso, creer o no en las autoridades —lo que menos importa, pues su proceder está desentendido de lo que la población perciba, y así va dando tumbos entre el mero disparate y la absoluta negligencia criminal.

       A la vista del regreso a las aulas, se insiste en reforzar la fe: confíen, nos dicen. Y aunque la multiplicación de contagios parezca desaconsejar más que nunca esa fe, acaso sea precisamente el momento de proponérsela. Pero bien entendida: fe en que los docentes y sus estudiantes y los papás de éstos sabremos cómo comportarnos. No es imposible: conocemos las medidas que hay que tomar, hay que tomarlas.

       Al preparar los útiles de nuestra niña para que este lunes estrene salón y se reencuentre con sus amigos luego de año y medio, nos anima esa fe: en que haremos todo lo que se debe hacer. Y también sus maestras y sus amigos y los papás de sus amigos. No tendría por qué ser de otra manera.

J. I. Carranza

Mural, 26 de agosto de 2021.

(La fotografía la tuiteó @angelitoconchia, el 6 de junio de 2021, día de las elecciones federales. Anotó junto a ella: «Mi casilla está en una primaria y miren el pizarrón»).

Discrepar

El sainete de estos días en la llamada diplomacia cultural mexicana deja ver varias cosas acerca del régimen en que estamos, y conviene tomar nota, al menos por el interés histórico que tendrán los hechos actuales cuando, en el futuro, se busque comprender qué diablos pasó. Como en toda obra mal compuesta, hay parlamentos incoherentes, hay pasajes truncos, las acciones de los protagonistas no parecen consecuentes con sus motivaciones, los chistes no funcionan. Pero lo que hay basta para hacerse una idea del caso y de la gravedad que reviste si se lo considera un precedente para casos futuros.

       Tras la defenestración abrupta del agregado cultural de la Embajada mexicana en Madrid, explicable sólo porque éste se habría burlado del discurso en que un funcionario de la SEP deplora que se lea por placer, y porque tal funcionario es un claro protegido de la esposa del Presidente y del Presidente mismo (si hay otras explicaciones, no han sido claras y no se han expuesto con pruebas), nos esperaba aún un pasaje muy amargo, saturado de antiintelectualismo y misoginia, cuando se dio a conocer que quien sustituirá al defenestrado será la escritora Brenda Lozano. Rencorosos, rabiosos, se diría que asqueados, patéticos si no fuera porque todo fanático es un peligro ambulante, saltaron los corifeos de la Cuarta Transformación a injuriar a Lozano y a deplorar su nombramiento, en razón de que ha criticado más de una vez al régimen y al santo varón que lo encabeza, y eso, los indignados, sencillamente no lo pueden tolerar. Rueda por los suelos, entonces, la segunda cabeza: la del funcionario que había decapitado al primero y nombrado a Lozano: en sentida carta al canciller, le dice que él nomás ya no puede.

       Quienes atacan a Lozano seguramente querrían verla salir de escena antes incluso de que acabe de entrar. Ojalá que no pase —ella no se va a dejar, es seguro. Pero, en todo caso —y es de lo que conviene ir tomando nota—, ya están viéndose las consecuencias que tiene discrepar o criticar. El linchamiento, por ejemplo.            

Es tan mala, tan infeliz, esta comedia, que los únicos que deben de estar muertos de risa son el torvo funcionario de la SEP y la imperiosa protectora que tiene en Palacio Nacional.

J. I. Carranza

Mural, 19 de agosto de 2021.

¿Leer por placer?

Un funcionario de la 4T dice una estupidez acerca de la lectura, que se presta a gran argüende: en resumen, que está mal leer por placer. No es la primera sandez que suelta: ya una vez dijo que las mujeres deberían ir a las bibliotecas para acabar con el machismo. Segundo acto: otro funcionario de la 4T, en el Servicio Exterior, tiene a bien burlarse con razón del primero (que, para mala suerte del burlón, es protegido estelar de la esposa del Presidente, y del Presidente, quien lo ha calificado como «hombre íntegro, honesto, con mucha capacidad»). Tercer acto: defenestran al burlón; enseguida, proceden a enlodar su reputación.

       No hace falta forzar la imaginación para explicarse lo sucedido: «Marcelo, ¿ya viste lo que anda diciendo tu funcionario en Madrid?». «No se preocupe, doctora, yo me encargo». Etcétera. Claro: mientras no haya evidencias, todo quedará en conjeturas. Pero, aun así, tenemos esto, que es gravísimo: el solo hecho de que parezca tan posible, tan verosímil, el castigo al criticón, al disidente, al funcionario que no se alinea, y que parezca haber favoritos intocables y condenas terminantes provenientes de Palacio.

       Ahora bien: el lamentable sainete ha propiciado que muchos, en coro, salgan a defender la lectura por placer. Y no es que esté mal, desde luego: si se trata de estar del lado de la razón, las figuraciones del protegido de Palacio son necesariamente repudiables. Sin embargo, en su alarmante propensión a la cursilería, ese coro pierde de vista, me temo, algo que es todavía más importante: ni siquiera la procuración del placer debería estar por encima de la libertad soberana de quien lee. Dicho de otro modo: que cada quien lea por los motivos que le dé la gana, y que nadie (ni siquiera los lectores más socialmente comprometidos, ni siquiera los lectores más hedonistas) venga a asestarnos ninguna monserga.

       Y además: en este país reventado, enfermo, en llamas, en el que la educación pública fracasó hace generaciones, ¿de veras se cree posible que existan condiciones generales para que la lectura sea un placer nomás porque sí? A mí, no sé, me suena todo un poco ingenuo. O frívolo. O, para decirlo como en realidad creo que es, más bien hipócrita.

J. I. Carranza

Mural, 12 de agosto de 2021.

A distancia

Hace algunos días participé en una charla pública transmitida en vivo por internet, como han tenido que ser la mayor parte de estas actividades en el casi año y medio que llevamos de pandemia. Aparte de otras dos personas que participaron, otras dos que organizaban (una atendía el chat) y un servidor, sólo cuatro cuadritos en la pantalla de Zoom hacían confiar en que otros tantos interesados se habían conectado —como siempre pasa, el cuadrito en negro o con una imagen fija no garantiza que haya vida ahí. Desde luego, no es el mayor desaire que me ha tocado en la vida: una vez que fui a presentar una revista en Querétaro no se paró nadie, y otra vez que iba a dar una plática en Morelia no llegó ni el velador para abrirme y dejarme pasar.

       Hay, sin embargo, una diferencia atendible entre una actividad presencial y otra virtual («presencial», por mucho que esté de moda, es una palabra sobradamente metafísica: bien podríamos seguir diciendo «en persona»; y «virtual» es otro término equívoco, pues, aunque la Real Academia de la Lengua ya ajustó su sentido, alude en primer término a lo aparente, a un suplemento de lo real: más nos valdría decir, sencillamente, «en línea»). Y estoy pensando, principalmente, en actividades de índole cultural. Esa diferencia es que a las actividades en línea resulta más fácil asistir (a veces no hay ni que salir de la cama), pero por lo mismo son más fácilmente desdeñables. Cuando, en cambio, hace falta desplazarse para comparecer en persona, la cosa acaba por ser fruto de la voluntad, ¿y cuenta más?

       Desde luego, estamos todos hartos de todo, y sobre todo de la vivencia del mundo a través de pantallas. No obstante, sospecho que ese hartazgo trae consigo el riesgo de que nos perdamos de algunas posibles ventajas que ofrece esta circunstancia. En la educación a distancia, por ejemplo, el cansancio de profesores y estudiantes es tal que puede estar inhibiendo el aprovechamiento mejor que se le podría sacar a estas prácticas. Empezando, justamente, por la abolición de las distancias. ¿Podríamos redescubrir esas ventajas? Deberíamos, más bien. Porque, además, la cosa va para largo, y tenemos por delante muchas videoconferencias a las cuales conectarnos.

J. I. Carranza

Mural, 5 de agosto de 2021.

¿Presencial?

Esta película ya la hemos visto, pero ahora que se vuelve a proyectar parece enriquecida con nuevas peripecias y disparates de sus protagonistas. En el año y medio que llevamos de pandemia, cada que las gráficas emprenden ascensos escarpados y empiezan a sonar las alarmas porque los contagios amenazan con desbordar la capacidad de los sistemas de salud, la conducta de autoridades y «tomadores de decisiones» se vuelve súbitamente más errática que de costumbre, como si un efecto más de la proliferación del virus fuera la locura de los antedichos.

Los ejemplos más clamorosos, desde luego, corren por cuenta del gobernador. Un día amanece ganoso de proyectar su imagen en ruedas de prensa (como quién sabe quién), y poco después usa ese espacio como burladero para huir de las preguntas que lo incomodan y para —con una sonrisa en el rostro— ningunear e insultar a los reporteros que le piden aclaraciones a las turbias cuentas con que su administración ha dizque hecho frente a la pandemia. Luego de eso, adiós ruedas de prensa, interrumpidas por un brote de covid en Casa Jalisco…

Pero también, en otra pista, pasa esto: luego de que el rector de la UdeG reconociera la necesidad de que el regreso a clases sea virtual en tanto el virus no disponga otra cosa, la Feria Internacional del Libro —que organiza la misma UdeG— se apresura a confirmar que este año será presencial. Lo repentino del anuncio, que tuvo como pretexto la divulgación del programa preliminar del invitado Perú, hace pensar en, por lo menos, tres explicaciones —uno quiere hallarlas porque en el trasfondo hay una contradicción muy extraña—: la primera es que tanto el rector como el Licenciado, tan seguros como están de que la gente podrá ir a la Expo (y al Centro Cultural Universitario), algo sabrán ya que el resto de los mortales ignoramos (¿que para el otoño la pandemia estará ya domada?). La segunda es que, en su desesperación por evitar que otra vez la FIL sea la cosa tediosísima y deprimente que fue el amontonamiento de videoconferencias del año pasado, están jugándosela del modo más temerario, como en un soberbio acto de fe. Y la tercera es: como todo el mundo, no tienen la menor idea de lo que nos espera.

J. I. Carranza

Mural, 29 de julio de 2021.

Nadie

Hace mucho, recordé aquí mismo una crónica de H. Bustos Domecq —el autor que inventaron Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para que firmara algunas de las más desorbitadas e hilarantes piezas de la literatura en español— acerca de un tiempo en que la gente dejó de acudir a los estadios en Argentina. El relato, titulado «Esse est percipi» (el famoso condensado del pensamiento de Berkeley: para que algo exista hace falta que sea percibido), demuestra cómo, a pesar de esa circunstancia, y a pesar también de que en consecuencia dejaron de celebrarse partidos y los equipos se disolvieron, solamente se necesitó que las transmisiones radiofónicas siguieran existiendo (aunque se narraran partidos inexistentes) para que el futbol siguiera emocionando a las multitudes… aunque no hubiera futbol.

       Traigo otra vez a cuento esa crónica en vísperas de los Juegos Olímpicos de 2020 que comienzan mañana. No es un error: el año adjunto al nombre de Tokio es 2020, lo que hace sospechar ya de la naturaleza fantasiosa de lo que estamos por presenciar. Ayer, por ejemplo, leí en Cancha la nota que daba cuenta del primer partido del torneo de softbol, en Fukushima, entre las selecciones de Japón y Australia (ganó Japón, 8-1), y que marcó el arranque de los Juegos. Mientras escribo esto, quiero ir a ver cómo les fue a las mexicanas, que habrían jugado contra Canadá por la madrugada… Pero ¿en realidad está sucediendo todo eso?

       Sin gente en los estadios (la nota del partido de softbol reparaba en el silencio que recibió a las jugadoras), pero también con cada vez más atletas que están cancelando su participación, porque se han contagiado o porque condiciones diversas les impiden asistir, Tokio 2020 (en 2021) está siendo ya un acontecimiento absolutamente fascinante, no tanto por las hazañas deportivas que tendrán lugar —o que nos dirán que han tenido lugar—, sino por el hecho mismo de que está ocurriendo como una formidable forma de oposición, de resistencia a la realidad.

            Lo mejor sería que en la ceremonia inaugural las cámaras se limitaran a mostrar, por dos horas, el estadio vacío, sin público ni atletas, el silencio monstruoso que lo llena y, en lo alto, el fuego olímpico que nadie habrá encendido.

J. I. Carranza

Mural, 22 de julio de 2021.

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