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Maistros

Como por estas fechas, el año pasado teníamos un problema con el desagüe de la regadera que ocasionaba que al vecino de abajo (el gringo) se le filtrara el agua en su changarro (clandestino), y a menudo a nosotros también se nos anegaba el baño. Una calamidad que no iba a arreglarse sola. Puesto que las tuberías del edificio son de barro prehispánico y tienen más de setecientos años, la solución debía conjugar trabajos de fontanería y albañilería. Y hete aquí que pronto tuvimos a Lalo rompiéndonos el piso y las paredes (en un arrebato de inspiración decidió cambiar también la instalación de la regadera), acompañado por su fiel chalán de mirada estrábica y pocas palabras. No supimos nunca cómo se llamaba, el chalán, pero sí que era el que hacía la parte más ruda de la chamba, mientras Lalo se sentaba en un bote volteado y lo malmodeaba.
No tenía buenos antecedentes, el famoso Lalo: meses antes nos lo habían mandado para arreglar el bóiler y por poco volamos en pedazos. El techo todo flameado de la zotehuela quedó como rencoroso vestigio. No nomás carecía de destrezas y saberes básicos: además se la pasaba renegando y chillando. Así que, cuando el administrador del edificio nos lo volvió a enjaretar, dudé mucho que supiera qué hacer ya que había devastado el baño y cambiado los tubos para que al gringo ya no se le inundara. Los veía, a Lalo y a su chalán (y a otro chalán que llevaron más adelante, sin avisar), midiendo y volviendo a medir, yendo y viniendo con sacos de cemento y cajas de azulejo, sude y sude, por horas que sumaban días y más días. En una de ésas descubrí que además de cargar sacos, echar mezcla, desbaratar lo que avanzaban porque les quedaba mal y romper más pedazos de pared, el chalán también era el encargado de ir por cervezas al Seven de la esquina. “Se la pasan pisteando, Toño”, me quejé con el chalán del administrador, que poco caso hacía a mis protestas. Y nosotros seguíamos sin poder bañarnos. Hasta que un día Lalo me dijo: “Ya no sé qué hacer, ¡estoy hasta la madre!”. Yo pensé que Toño no le pagaba, que se le había atravesado una desgracia, que meramente estaba encervezado. Pero su lamento era literal: no sabía qué hacer para arreglar su desastre.
Así que lo corrí con todo y chalanes y entonces llamé a Heriberto.
Bueno, más bien a su papá. Albañil experto, el don hacía dupla con su hijo y las referencias que tenía de ambos consistían, básicamente, en que el hijo era rápido pero malhecho y el papá esmerado y puntilloso, aunque calmudo. Así que se compensaban. “Ando en una obra en Chapala”, me dijo el don, “pero ahorita le mando a Heriberto”. Como ya nos urgía dejar de bañarnos a jicarazos, me resigné a lo que los hechos confirmarían pronto: Heriberto, muy sonriente, arregló en un dos por tres los estropicios de Lalo, pero los azulejos le quedaron todos disparejos y cuchos. Le pagué, se fue volando y jamás regresó por sus herramientas.
Seguramente es más significativo de lo que podríamos pensar el paso de los artistas de la cuchara por nuestras vidas. Baste como prueba la facilidad con que podemos recordar sus peculiaridades y las anécdotas en que figuran, así nos queden muy lejos en el tiempo. Pienso, por ejemplo, en otra pareja que tuvimos hace tres lustros, también con el baño reventado: el maestro (el maistro, como debe decirse) era dado a la improvisación chapucera, pues se clavó la lana para poner el piso y en su lugar dejó un parchadero horrible que cada mañana nos lo recuerda —“Ahí le hice un Mickey Mouse”, explicó, refiriéndose así a ese género de remiendos—. Y su chalán, que se llamaba Chucky, estaba muy intrigado por nuestra hijita bebé que todavía no hablaba: “¿Cómo te llamas, niño?”, le decía cada que la tenía a la vista, cuando estábamos comiendo con la nena sentada en su periquera.
Hace aún más años, mi papá le confiaba al maistro Andrés toda suerte de reparaciones menores (que un batientito, que un resane, que una barda), y le pagaba arreglándoles los dientes a él y a su señora. Pero, si bien estaba lejos de ser lo incompetente que era Lalo y tampoco era transa como el del Mickey Mouse, el maistro Andrés sí tenía el inconveniente de ser melodramático: se le iban las semanas en relatar las pormenorizadas desventuras de su vida, con no poca gracia, fume y fume y recargado contra una pared, sin mover un dedo, de manera que la chamba sólo salía gracias al abnegado Nieves, su hierático chalán. Otro albañil de la época, Benito, era muy bueno y baratero, pero impredecible como la buena fortuna —además de que sólo se bañaba en invierno: decía que qué caso tenía hacerlo en tiempos de calor, si pronto iba a estar apestando de nuevo—. No tenía teléfono.
Creo que lo más común, cuando se requieren los servicios de un albañil, es preguntarles a parientes y colegas, y luego correr el albur al margen de lo buenas que puedan ser las recomendaciones. Y eso si uno tiene la suerte de que no estén ocupados (o de que no sean pareros). Siempre que me he visto en el trance de conseguir a alguien, pienso en los que se ponen a esperar qué cae, con sus herramientas y un letrero, al lado de Catedral, en la Ciudad de México, junto con electricistas, fontaneros, pintores, etcétera. ¿Por qué esa costumbre no existirá en Guadalajara? Hoy, que es día de la Santa Cruz, estaría bien que alguien se lo propusiera.
J. I. Carranza
Mural, 3 de mayo de 2026.
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Percepción

Sus habitantes vemos a Guadalajara como una ciudad insegura. Dicho de otra forma: quienes vivimos aquí tememos que algo malo nos pase. La mayor parte del tiempo. Donde sea. Sabemos que corremos peligro por el solo hecho de hacer, aquí, lo que sea que hagamos.
(Pienso, por ejemplo, en las personas que, todas las mañanas de los días hábiles, poco antes de las siete, esperan para cruzar la avenida López Mateos en el punto en que ésta pasa de largo la Plaza Millenium y corre contra el contraflujo hacia el sur, el Sol ya elevándose cada vez con más impaciencia o saña, maldito López Obrador que nos quitó una hora más de frescura al suprimir el Horario de Verano. Vienen, esas personas, de bajar del camión que las dejó en Mariano Otero, están en el vértice del terreno del Holiday Inn —no sé si todavía se llame así—, se dirigen hacia sus lugares de trabajo o de estudio que están del otro lado de la avenida, en esa manzana extraña donde hay lo mismo una universidad privada que el Teatro Galerías, el Hogar Cabañas y una placita comercial donde dan clases de box y hay un negocio de tatuajes y venden pizza; en esa manzana y en los alrededores. Serán, acaso, veinte personas, o treinta, algo más, algo menos. Muchas traen mochilas —y en ellas vendrá acaso la lonchera para el momento en que haya que hacer una pausa y comer y seguirle luego—; muchas van viendo el celular, o bostezan, y traen también prisa, imagino, pues me figuro que miran con irritación o ansiedad hacia el punto desde el que me aproximo a ellas, como diciéndome “Ya, muévete, termina de pasar, deténganse ya los coches, necesito cruzar, necesito llegar ya, voy tarde”. Imagino también que el camión en que venían venía de lejos, que lejos lo tomaron, cuando aún el sañudo Sol no se despertaba. Y que acaso alcanzaron a dar una cabeceada en el trayecto. Y por último imagino que esas vidas a la espera del semáforo en rojo son las mismas siempre, aunque las personas que ya, ahora sí, cruzan —las veo por el retrovisor, ya me alejo, ya van en friega—, no sean las mismas).
Entre 91 ciudades mexicanas, Guadalajara puede aún felicitarse de no ser Irapuato. Pero solamente. Pues son poco más de 92 entre cada cien irapuatenses quienes se sienten inseguros, mientras que los tapatíos somos poco más de 90 de cada cien. En San Pedro Garza García, Nuevo León, casi 95 por ciento de los sampetrinos (¿así se dice?) se sienten seguros de vivir ahí. ¿Qué se sentirá?
(Una connotada periodista y su asimismo connotado colaborador comentan, en un noticiero radiofónico matutino, estos resultados arrojados por la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI. Los oigo cuando ya llegué a mi lugar de trabajo, luego de haberme cruzado, a la altura de Las Águilas, con un breve convoy fuertemente artillado de la Guardia Nacional, como ocurre siempre en mi camino de todos los días: soldados del Ejército apostados en un cruce de Chapalita, patrullas municipales, estatales, federales y siderales yendo de acá para allá, a veces con calma, a veces no, a veces con códigos encendidos, a veces como les da la gana. Oigo, pues, a los connotados periodistas de la no menos insigne emisora, desde luego capitalina, que se preguntan con asombro: «¿Pues qué estará pasando en Guadalajara, que creció tanto la percepción de inseguridad entre la ciudadanía?». Quieren decir, con «tanto», que el año pasado apenas eran 78 tapatíos los azarados. Y ni por aquí les pasa, ejemplares centralistas que son, lo que ocurrió en Guadalajara apenas el 22 de febrero pasado, cuando la ciudad entera fue puesta de rodillas con una pistola en la cabeza y pobre de ella si hablaba).
Y qué sentirán, me pregunto, o cómo o dónde están los casi diez tapatíos de cada cien que andan tan campantes, a gusto, tranquilos, sin pendiente de que los roben, los desaparezcan, los maten o algo les pase a los suyos. Cómo le hacen. Supongo que nunca les ha pasado nada —qué bueno—, pero también sospecho que, por alguna razón, no levantan la cabeza para darse cuenta de dónde están y qué está pasando aquí.
(Mientras todas aquellas personas de hace tres párrafos estuvieron trabajando, para volver en la tarde o acaso hasta la noche a hacer el mismo camino de regreso: vuelta a esperar el semáforo, rumbo a la parada del camión que las llevará otra vez lejos, y que vendrá ya lleno —si viene—; mientras hacían, y como ellas otros millón y medio de tapatíos hacíamos, lo que hay que hacer, por ejemplo estudiar, trabajar, no chingarse a los demás, malabarear para que la quincena alcance, cuidarnos y cuidar nuestras cositas, agarrar fuerzas de quién sabe dónde para volver a trabajar al día siguiente; mientras nuestra insegura existencia transcurría, en fin, como todos los días, el gobernador de Jalisco bailaba y sonreía y payaseaba, y la alcaldesa de Guadalajara daba curso a su intensa actividad como presunta pero fallida influencercolgándose del brazo de alguna estrella mediana de la farándula, mientras su gobierno no es bueno ni siquiera para levantar los cerros de basura que amanecen todos los días en la colonia más cool de la galaxia, no digamos en las zonas más marginadas. Etcétera).
Como muchos tapatíos de mi rodada, yo recuerdo un tiempo en que sí, podíamos sentir miedo, pero también podíamos tenerlo a raya. A lo mejor se trató de un sueño.
J. I. Carranza
Mural, 26 de abril de 2026.
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Distinta
Guadalajara es una ciudad disfuncional. Tiene sus gracias, desde luego, sus encantos: lugares, edificios, paisajes, momentos, modos de ser. Pero, acaso como una medida de supervivencia, a menudo nos da por celebrarlos más de la cuenta, no sólo para presumirlos sino sobre todo como queriendo convencernos de su valía. Es curioso, por cierto, que la canción de Pepe Guízar muy pronto deje de hablar de Guadalajara para ir retirándose, primero, a los Colomos, y luego para largase a Zapopan, a Tlaquepaque y al fin llegar a Chapala: da la impresión de que el compositor empezó muy entusiasta, con enjundiosas fanfarrias, pero enseguida se percató de que era poco lo que tenía que decir, así que recurrió a los parajes más confiables, que además de estar por fuera de la ciudad sugerían que lo que ésta pudiera conservar de apreciable eran las reminiscencias bucólicas o campiranas que aún le quedaban. (Más leal con la realidad terminó siendo “La Tapatía”, de El Personal, que da cuenta de muy concretos rasgos y placeres en el recorrido que va de la Vieja Central a San Juan de Dios por la Calzada, luego al Cabañas, a Catedral, y por Juárez “rumbo al Cine Variedades”, para terminar en una cenaduría donde esperaba lo mejor: “¿Sabes qué quisiera, mijo? / Que antes de que yo me vaya / cómprame una jericalla”).
Nos aferramos, pues, a las contadas bellezas que Guadalajara posibilita experimentar, pero es algo que siempre tenemos que estar proponiéndonos, recordándolo, pues se diría que el comportamiento más natural de la ciudad con quienes la poblamos es por lo general hostil, cuando no sañudo —cuando no cruel, cuando no letal—. No es solamente que nuestras ilusiones o nuestras querencias le resulten indiferentes, sino que parece proponerse dificultarnos la existencia de formas casi constitutivas de la idiosincrasia tapatía. Quiero decir, con esto, que vivir aquí representa, para la mayor parte de la población la mayor parte del tiempo, y sin esperanzas fundadas de que pueda ser distinto, una constante chinga, para decirlo con toda precisión. Y, no obstante, es como si tantísima gente que batalla todos los días para sobrevivir estuviera resignada o hecha a la idea de que así son las cosas en este Valle de Lágrimas de Atemajac. Veo, por ejemplo, en un noticiero televisivo local que en una colonia popular hay un socavón que lleva más de un año, que bloquea toda una calle, que ninguna autoridad ha tenido intenciones de arreglar y al que ya incluso le crecieron unas matas que amenazan con convertirse en arbolitos. El reportero fue ahí porque un viejito se cayó en la noche y se rompió una pata. Pero los vecinos a los que les pide testimonio sólo mueven la cabeza, se alzan de hombros; los niños brincan por encima del socavón, hay una camioneta estacionada toda chueca a un lado, la vida va y viene rodeándolo, y cuando le acercan el micrófono una señora nomás se ríe, como diciendo: “Pos ya ve”.
Casi sobra decir que, en buena medida, esta perpetuación de la disfuncionalidad es culpa de sucesivos gobiernos que, desde los tiempos de Beatriz Hernández, han aportado su cuota de desinterés, negligencia e ineptitud —además del gusto por medrar que se activa en todo político apenas asume el puesto—. La calidad de los servicios básicos es apenas la suficiente para que no todo colapse al mismo tiempo, sino en pedacitos y de manera sostenida a lo largo de los siglos, y ni siquiera cuando hemos presenciado y padecido catástrofes mayúsculas y por completo evitables (las inundaciones de cada año, por ejemplo) los tapatíos hemos sabido indignarnos y enfurecernos como corresponde. ¿Cuál habrá sido el último gobernante que corrimos?
Y casi sobra ponerse a hacer el recuento de los ejemplos que envilecen la vivencia de lo cotidiano: si pensamos solamente en las pésimas condiciones de movilidad y cómo vuelven torturante la necesidad de tantísima gente, como sea que se mueva y para donde quiera que vaya, o si reparamos en el agua puerca con que tantas colonias tienen que arreglárselas (y ahí hay una responsabilidad criminal que, creo, nadie está teniendo los arrestos de señalar), no acabaríamos con ese recuento. Y eso sin sumar los peligros que todos los días representa el solo hecho de ir por la calle (quedar en medio de una balacera, pongamos), o la incuria generalizada por la que incontables zonas de la ciudad van quedando en un abandono siniestro, o por la que la basura y el ruido y la inmundicia prosperan sin que ello parezca resultarle verdaderamente alarmante a nadie…
A menudo, luego de recorrer un buen trecho de la Vía RecreActiva, voy a tomarme un refresco al jardín de Orozco, frente a su estatua sedente y a unos pasos de la que fuera su casa taller. Son momentos ciertamente muy gratos, a la sombra de los árboles que hay ahí (está por reventar en todo su esplendor el tabachín, por cierto: hay que ponerse atentos), en la inesperada frescura y el agradecible silencio que propicia la ausencia de coches, y mientras la gente alrededor baila, anda en bici, pasea. Y me felicito entonces de ser tapatío y de vivir aquí. Pero pronto la ficción se disipa: me levanto, busco un basurero para tirar mi envase vacío, y veo que está repleto y rebosante y que todo a su alrededor es imperdonable e injustificablemente inmundo, y no parece que pueda ser distinto.
J. I. Carranza
Mural, 22 de marzo de 2026.
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Un palacio

Lo veía desde la ventana de mi salón, en la primaria, a una manzana de distancia, y pese a su fealdad lo encontraba entrañable. Casi medio siglo después identifico en esas visiones un motivo de añoranza: en el aburrimiento de las clases, conforme se adensaba el sopor del mediodía, en las ventanas de los tres o cuatro pisos del Colegio José Sarto, sobre la calle Guillermo Prieto, se dibujaba hacia el inmediato sur la silueta algo fantasiosa de un robot hierático y absurdo, gigantesco, como un inverosímil guardián o vigilante, o como una deidad pagana, imperturbable bajo el sol y en el azul desvaído o blanquecino del cielo. Desde mi pupitre, y sólo por alejarme lo más posible de lo que ocurriera en mi cuaderno o en el pizarrón, miraba largos ratos esa figura consistente en un tórax excesivo y estriado coronado por un breve cuello y una cabeza cuadrangular sobre la que se alzaba una antena, y al tiempo que miraba imaginaba también los alrededores de eso, y lo que significaban. Un paisaje nos importa por lo que hace posible. En mi caso, el Palacio Federal representaba el momento supremo de la libertad, a la salida del colegio, cuando pudiera ir hasta el jardín del Santuario, seguramente con mi amigo Ramón Cruz; comprarnos unas bolsitas de cañas y luego ir a comérnoslas en la amplia escalinata del edificio, sobre Alcalde, antes de atravesar la avenida para tomar el camión —yo me bajaba en Aranzazú, Ramón iba hasta Miravalle.
Por sus dimensiones y sus formas, por sus materiales y, sobre todo, por sus propósitos, el Palacio Federal en Guadalajara ha recordado siempre la arquitectura soviética, brutalista, orientada a materializar las relaciones tortuosas que los ciudadanos sostenemos con el Estado. Es, qué duda cabe, un edificio espantoso, que infama el entorno y sofoca con su peso y su falta de gracia la belleza que difícilmente proponen el Santuario de Guadalupe y el jardín vecino —éste, además, despojado de árboles cuando se abrió el Paseo Alcalde y la zona quedó aún más desolada de lo que ya estaba—. Erigido cuando aún no había motivos para que el PRI dudara de su eternidad, en el sexenio de Medina Ascencio, más de cincuenta años después el edificio sigue estando tan negado para incorporarse a la afectividad colectiva que es difícil localizar información fiable sobre sus orígenes y sus responsables. Apenas he dado con una foto de El Informador, de 1969, en la que se ve al arquitecto Juan Martínez de Velasco mostrándole la maqueta al alcalde tapatío Efraín Urzúa Macías y al propio Medina Ascencio. Al parecer, a Martínez de Velasco se le encargó en la Ciudad de México el edificio que se erigiría aquí, tal como se levantaron otros en otras ciudades, con el fin de concentrar a las dependencias federales, en una especie de descentralización centralizada. Y, por lo que me he hallado, de Martínez de Velasco se recuerda sobre todo su participación en la construcción de la Biblioteca Central en la Ciudad Universitaria, en México, y poco más.
No recuerdo haber vuelto desde la última bolsita de cañas. La escalinata es hoy inaccesible por una reja odiosa que le impusieron —la entrada es ahora por Liceo— y que volvió inservibles las fuentes, aunque no recuerdo haberlas visto funcionando nunca. Descascarado y vuelto a pintar y descascarado otra vez, el edificio exhibe un deterioro y un descuido que, de modo inverosímil, acentúan su fealdad. Huele a drenaje por todos lados. Y es, al mismo tiempo, un buen vestigio de las defraudadas pretensiones de eternidad del PRI y de la perversidad con que la 4T (el PRI de hoy) ha moldeado el trato que el Estado da a los ciudadanos, sometiéndolos a trámites inútiles y estúpidos, al desprecio por la dignidad de las personas, a la mugre y a la malhechura y al sinsentido.
Por ejemplo con lo que ocurre en las oficinas, ahí, del Instituto Nacional de Migración, donde todavía están las grandes mesas de mármol que se extienden en lo que alguna vez fue Telégrafos. El lugar opera de modo tan perfectamente caótico que parece a propósito. Uno se registra dos veces (fecha, hora, nombre, oficina que se visita, asunto, firma), le piden que deje una identificación, le dan una ficha numerada para que se cuelgue del pescuezo, y sin embargo ese número no funciona como turno, pues entonces se descubre que uno está a merced de los guardias de seguridad privada que organizan a la gente —según ellos—, dan indicaciones e informes y, sobre todo, vigilan que nadie use el celular. (Le pregunté a uno por qué y me dijo: “Es que la gente se distrae”). Trámites que podrían hacerse en línea y que, sin embargo, se exige que sean presenciales y duran horas. (“Soy la máxima autoridad aquí”, me dijo el mismo guardia, cuando le saqué plática para no aburrirme y descubrí que estaba perfectamente loco; también me dijo que los registros se llenan nomás para que queden llenos, y nadie sabe para qué sirven). Cuando al fin me pasaron, supe que me había hecho falta un maldito papel, así que salí corriendo a un local de fotocopias vecino, volví, me sellaron todo y salí de nuevo, espero que para no volver jamás. Y, aunque todo el personal es ciertamente amable (incluido el loco), nada de todo eso debería existir.
¿Y el Palacio Federal? Ojalá algún día lo demuelan y no quede rastro suyo, aunque estoy seguro de que muchos lo podremos extrañar.
J. I. Carranza
Mural, 15 de marzo de 2026.
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Opiniones

Lo único menos importante que nuestro juicio son nuestras expectativas de que la realidad lo tenga en cuenta. Por ejemplo: tengo el mal hábito de consignar en Google Maps mis experiencias como usuario o consumidor en los lugares que visito. Acaso porque en el fondo alienta en su algoritmo una voluntad democrática básica, y entonces se abre como un foro para conocer experiencias ajenas, expresar las propias y afinar al fin el propio criterio, la app me insta a decirle qué pienso de la cremería de la que acabo de salir, cómo me la pasé en la peluquería donde acaban de tusarme o qué me parecieron los precios en la ferretería donde compré un destapacaños. Me dice, la app, que mi opinión es muy importante, y que al soltarla estaré ayudando a mis prójimos a tomar mejores decisiones —cuando lo cierto es que consultar las opiniones ajenas me ha servido sólo para reprocharme por no haberles hecho caso a tiempo—. Y yo le creo y allá voy, a teclear con más primor del necesario mi parecer y mi sentir, que a la postre irán viéndose recompensados con la curiosidad de otros usuarios y acaso con el corazoncito que alguno tenga a bien obsequiarme.
En realidad, como casi todo lo que se refiere a nuestras vanidosas ilusiones, detrás de las intenciones del algoritmo (trátese de que pretenda realmente ser útil, o de que busque ante todo una mayor rentabilidad gracias al tráfico de opinadores vanidosos e ilusos como yo), está en juego la falacia conocida como “petición de principio”, por la cual aquella afirmación de que mi opinión importa no se funda más que en sí misma, pues ni soy quién para decir nada acerca de nada, ni en el mar infinito de voces que quieren hacerse oír existe razón alguna para que la mía cuente más. ¿Por qué importa mi opinión? Porque las opiniones son importantes. Y de ahí no vamos a salir. (Podríamos salir, claro, empezando por razonar que, si bien todo mundo tiene derecho a pensar lo que quiera, no toda opinión es por ello admisible. Pero eso nos desviaría del rumbo que hoy interesa: ya será en otra ocasión). Y, por otro lado, está el hecho de que es pedir un imposible que alguien forje un veredicto imparcial y sereno, que lo cimente en argumentos y razones y además lo urda con claridad, al menos, cuando no con inspiración y alturas, con lealtad a la verdad y con ánimo de mejorar la realidad, tras salir de la farmacia adonde pasó por desenfrioles, papel higiénico y huevo.
No obstante lo anterior, debo reconocer que encuentro algún deleite en esas elaboraciones. A veces con esmero y detalle, por lo general con excesivos rencor o gratitud, según sea el caso, acabo reincidiendo, y no sin cierto orgullo veo las decenas de veces que alguien ha conocido mi recomendación de un puesto de periódicos, la celebración alocada que me consentí alguna vez hacer de una tejuinería o las estrellitas laudatorias que le puse a una terminal de autobuses. Pero también he experimentado el inservible alivio del desquite, por ejemplo cuando me quejé amargamente de un taller autoeléctrico en el que caí por creer las opiniones de quienes habían quedado satisfechos. Hablaban, esas falaces estrellitas, del buen trato, de los precios razonables, de lo atinado de los diagnósticos y de las soluciones. Y resultó todo lo contrario: malmodosos, careros, malquedados y malhechos, me entretuvieron el coche cinco días sin hallar qué tenía, me lo regresaron todo marrano y más descompuesto. Y me torcieron la jeta cuando al fin fui por él —de todo lo cual di cuenta en mi enrabiada opinión, y cada que paso por ahí me anima imaginar cuántos clientes habré logrado espantarle a ese taller malhadado… pero veo siempre que sigue teniendo un montón de coches, así que mi media estrellita de nada sirvió.
Se trata poco, creo, pero un efecto subrepticio de la gentrificación es el empeoramiento del servicio en restaurantes, cafés y similares. Entre las ganas tontas de innovar (y luego todos los negocios acaban pareciéndose por eso) y la mera altanería que acaso deriva de su convicción (infundada) de ser excepcionales y mejores, proliferan con ganas los locales donde está perdida por completo la observancia de lo básico y, en cambio, quieren imponerte sus ideas dudosas de lo que más te conviene disfrutar. Es fácil reconocerlos: sus nombres incluyen a menudo etiquetas como “de autor”, “de especialidad”, “artesanal”, “de barrio”, o bien riman con “mamonería”; las sillas son desiguales, las mesas están como sacadas de un cuarto de tiliches, las paredes descarapeladas o con salitre les parecen exquisitas, se jactan de ofrecer pan hecho “de masa madre”, las tazas no tienen orejas, las cucharas las ponen en un pocillo de peltre abollado. Y no venden chocomil: si tienes la mala suerte de ser una niña normal, vas a tener que conformarte con un brebaje amargoso pero ancestral. El café sabe a tierra, los frijoles son de lata, los menús están sujetos a unas tablitas pringosas. Y los meseros te hacen sentir que están haciéndote un favor, tienes que levantar tus propios platos sucios, etcétera.
No sé si, como sociedad, algún día nos hartaremos de eso. O si, quienes no nos acomodamos a este empeoramiento de la experiencia, ya más bien vamos siendo desalojados y dejamos de contar. De manera que no nos queda sino ir a protestar en Google Maps, como si de algo sirviera.
J. I. Carranza
Mural, 8 de marzo de 2026.
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Silencio
Los muertos son siempre demasiados. Uno solo es demasiado. Las vidas suprimidas de otras formas, por ejemplo con lesiones incapacitantes, o bien haciendo desaparecer a alguien, son siempre demasiadas también. (En rigor, habría que distinguir entre “desaparición forzada” —la que corre por cuenta del Estado— y “privación ilegal de la libertad” —atribuible al crimen, organizado o no… y ya estamos viendo lo bien organizado que está—; sin embargo, no parece un completo disparate aducir aquiescencia del Estado mexicano en la perpetración de esas privaciones, ya sea por ineptitud o por connivencia, de manera que la distinción significa poco en una realidad como la nuestra). Cada una de esas vidas, además, va siendo amputada de otras muchas que la rodean y que han de proseguir como puedan, mientras puedan.
Sin embargo, la demasía incesante de vidas clausuradas, de modos crueles y dolorosos por lo general (y dolorosos y crueles siempre para los sobrevivientes), va volviéndose más invisible conforme crece y lo cubre todo. Acaso sea que la ceguera impide percibir cómo se adensa la oscuridad de la noche, o quizás es que hace mucho tiempo se atrofió de modo irreversible nuestra capacidad de comprender la desmesura del mal y de su locura. Los cuerpos que desbordan las morgues, los que infaman la tierra a la espera de que un grupo de madres dé con ellos, las pedaceras de cuerpos en bolsas tiradas en cualquier rincón de cada día, los cuerpos esfumados o disueltos o cuyo recuerdo irá desvaneciéndose como suposiciones cada vez más débiles, los cuerpos detrás de las cifras cada vez más carentes de sentido y los que harán crecer esas cifras mañana, y pasado mañana, suman cantidades cada vez menos útiles para hacerse una idea de lo que es esto.
Y por ello, por ejemplo, da la impresión de que es más sencillo dimensionar lo ocurrido el domingo pasado asomándose a los estragos materiales: los locales y vehículos incendiados y las pérdidas millonarias que dejaron, el perjuicio directo para sus propietarios, las interrupciones en la circulación de mercancías, los esfuerzos que habrá que hacer para la recuperación y, aun con esos esfuerzos, las repercusiones del estallido para la continuación de la vida económica del país. Que es, por lo visto, la que más importa: un bebé en llamas o una joven madre asesinada han dado menos de qué hablar que el temor de que se cancele el Mundial. Dicho de otra forma: a los muertos, civiles o no, que los lloren los suyos; el miedo y la zozobra experimentados por la población no hay más que dejarlos pronto atrás y guardarlos para la siguiente ocasión de usarlos. A ocuparse de otras cosas. Es asombroso qué bien se nos da rearmar la “normalidad” cada que revienta. Atravesamos la angustia y la incertidumbre como se atraviesa una lluvia, como si no hubiera más que tramitar el hecho de que la lluvia hace lo que hace la lluvia, y uno se moja y a veces cae un rayo y alguna vez crece un río o una avenida o una colonia se inundan. Y luego sale el sol. Nomás que las lluvias de balas y fuego no tendrían por qué parecernos normales. En otros países las llaman guerra.
Muchos podremos estar de acuerdo en que el 22 de febrero, en muchos lugares, tuvo que ser un domingo distinto, es decir, como por lo general son los domingos, por distintos que puedan ser para cada quien. De súbito, y temprano, pudimos temer que no iba a verificarse la estable sucesividad de lo previsible: cundían las noticias, verdaderas y falsas (otra distinción inútil, pienso: el terror no repara en sutilezas, y las noticias verdaderas parecían inverosímiles y, viceversa, las falsas eran perfectamente creíbles), y supimos que convenía resguardarse, moverse lo menos posible, seguir informándose. De algún modo, ese encierro repentino y el desasosiego que traía consigo fueron como una condensación, en cuestión de horas, de lo experimentado en la pandemia. Se suspendió lo que se pudo —imbécilmente, el gobierno estatal en Jalisco paró de golpe todo el transporte público, de forma que la gente no tuvo manera de regresar a sus casas—, nos avinimos a conectarnos con quienes no teníamos al lado. Y esperamos. El silencio que se desplomó sobre Guadalajara, del mediodía en adelante, y hasta la mañana del martes, era ensordecedor.
Y pudimos saber, entre otras cosas, qué valiosa es la ocurrencia de lo invariable, y de qué modo las existencias de muchos se ajustan sin cuestionarla a esa confianza de que pasará lo que tendría que pasar: cuando nos dimos cuenta de que la alacena o el refri estaban vacíos, y con todo cerrado, ¿cómo nos íbamos a aprovisionar? Tal vez por culpa de la literatura o del cine, y en todo caso de la imaginación, la excepcionalidad y la aventura tienen más prestigio que la rutina y que las inadvertidas materializaciones de lo cotidiano. Habrá que emprender la ponderación objetiva de lo consabido —y, yo diría, su elogio entusiasta—. El acontecimiento de lo mismo como la opción siempre preferible a la matanza y el saqueo y el incendio.
Lo he recordado alguna vez aquí: cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Kafka anotó en su diario: “Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación”. Un sabio sentido de la prescindencia: dar la espalda al mundo, que no nos ha tenido en cuenta para reventar. Quién fuera como Kafka.
J. I. Carranza
Mural, 1 de marzo de 2026.
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«Cada momento…»

Al principio nos asombró —luego ya no tanto— la notoriedad que recientemente ha ganado Cristian Castro: porque dice y hace cosas extrañas y chistosas, pero también porque circulan cada vez más videos suyos que muestran sus dotes como cantante. Que las tiene, no cabe duda. En uno de esos videos, mientras se come un plátano en una cocina donde también está José José, Cristian explica cómo “El Príncipe” poseía una capacidad aeróbica extraordinaria, como si tuviera “cuatro pulmones”, y para ilustrarlo se pone a cantar “Buenos días, amor”, de forma desde luego admirable. Resulta lógico entonces que, con esa visibilidad que tiene (en TikTok, en YouTube), se pensara en él para los anuncios de una plataforma que acaparará los partidos del Mundial, en los que sale con un batín verde con vivos rojos, haciendo caras y diciendo payasadas, ora hablando con un perro, ora llamando por teléfono a Luis Miguel.
(Ahorita vuelvo con CC, pero antes tengo que decir esto: qué miseria se ha vuelto el Mundial, con ese acaparamiento y esas odiosas exclusividades, destinado a celebrarse para el enriquecimiento obsceno de unos cuantos y encarecido hasta el disparate para las multitudes de aficionados: un cuarto de hotel en Guadalajara podrá costar dos mil 300 por ciento más esos días. Pretexto para que se coludan la podrida FIFA y los gobiernos, cuyos figurantes más astutos podrán medrar de lo lindo, el Mundial es como una plaga para las ciudades en que tiene lugar —por lo menos las mexicanas—, con obras malhechas y corruptas y trastornos a la vivencia de lo cotidiano que difícilmente nos traerán alguna alegría… Ha de ser por eso que aún no se siente el ambiente mundialista, y qué bueno: ojalá se cancele).
Caímos pronto en la cuenta, y así estuvimos comentándolo un par de veces, cuando nos salían esos anuncios: pues claro, la genética no olvida ni perdona, y después de todo CC es hijo de quien es, de ahí que en su peculiar estampa se acrisolen el encanto de Verónica Castro y la simpatía descabellada del Loco Valdés. ¡Y es sobrino de Don Ramón y de Tin-Tan! Por eso, haga lo que haga, es muy probable que le salga bien: si baila enfundado en una malla tornasolada y con el cabello morado, si declara a la televisión argentina que cada vez está pareciéndose más a una tía suya, si divulga su doctrina de invencible anonadamiento e insta a “no hacer ¡nada!”, si canta heavy metal o baladas, etcétera. De modo que así nos lo dijimos, a la hora de la comida, mi esposa y yo, no sin alguna culpa o pudor: cuarenta años más tarde, resulta que venimos a descubrir que Cristian Castro nos cae bien y tiene más de un talento, el maldito. Qué barbaridad.
Y ahí habría quedado todo, de no ser porque, un par de días más tarde, el endiablado algoritmo empezó a aventarme canciones de CC que, lo juro, yo jamás habría buscado por mi cuenta, ni siquiera por curiosidad. No quiero sugerir, aclaro, que mis gustos musicales sean mejores que los de nadie, pero de seguro no son peores. En todo caso, a estas alturas de la vida no voy a cambiar tan fácilmente de querencias: como cantaba Sinatra, “Why try to change me now?”. Y por eso llegó a irritarme la insistencia de la app en ponerme a oír “Azul”, pero también porque así se demuestra cómo los aparatos están siempre escuchándonos, registrando puntualmente los que identifican como nuestros puntos flacos y asestándonos en consecuencia lo que debemos consumir a continuación, sabedores de que carecemos de voluntad suficiente para elegir por nuestra cuenta. Y de que conocen mejor que nosotros qué queremos oír o ver o leer y qué debemos comprar, y también qué necesitamos (y qué no) saber, cómo tenemos que comportarnos, de qué tenemos que estar hablando y cómo debemos pensar.
Otro ejemplo: ¿por qué, de repente, da la impresión de que el único asunto importante en el universo son las personas que supuestamente se sienten perros o coyotes o gatos, y que por lo visto se conducen como tales? (CC tiene algo de gato rubicundo, ahora que lo pienso, como un Garfield que canta, y de súbito me asalta el recuerdo del gato GC —el de ¡Corre, GC, corre!—, acaso nuestro primer therian, o un visionario, al menos). De la noche a la mañana, todo mundo se ha enterado de su existencia y se divierte con memes cada vez más ineficaces, pero también se ha formado una opinión al respecto; como si fuera algo que deba tomarse en serio, no han faltado los expertos que son consultados, y pronto veremos a Lemus pelando los ojos y torciendo la jeta con repugnancia cuando algún reportero se los mencione. Pero habría que preguntarse: ¿a quién le conviene que estemos ocupándonos de semejantes idioteces? Y también: al desencadenarse la ridiculización y la saña contra quienes se creen animales, ¿no está alentándose soterradamente la estigmatización y la proscripción de quienes mudan de identidad en el plano humano y real, por ejemplo las personas trans? No dudo que pronto alguien —por ejemplo el propio Lemus, tan celoso de la moralidad tradicional— salga a acusar: “¿Ya ven a lo que estamos llegando por permitir esas conductas antinaturales?”.
Malamente, esto de los therians también estuvimos platicándolo a la hora de la comida, con los teléfonos cerca. En cualquier rato me va a salir el video de alguien vestido de conejo cantando la de “No podrás”.
J. I. Carranza
Mural, 22 de febrero de 2026.


