Me asomé un rato a ver el paso de los astronautas detrás de la Luna. Como tenía mucho que hacer, dejé la transmisión corriendo en una ventanita mientras brincaba entre las otras cuarenta ventanas abiertas en mi computadora; ajusté el volumen para tantear cuándo sería oportuno ir echando vistazos: por largo rato, en el canal de la NASA se veían sólo formas indiscernibles, y las voces gangosas dejaban transcurrir largos silencios, de manera que parecía que la señal se había perdido. De pronto me descubrí muy molesto. Cuatro seres humanos habían llegado más lejos que nadie en la historia, estaban viendo con sus propios ojos lo que jamás nadie había visto, corrían para ello un constante riesgo de morir de modos espantosos, para la inmensa mayoría de quienes lo presenciábamos era impenetrable la ciencia que hacía posible la hazaña, había millones de personas conectadas en la celebración asombrada de lo que la humanidad puede proponerse y lograr, parecía que la misión estaba desarrollándose con éxito y según todo lo previsto… Y a mí me molestaba que el pedazo de Luna en mi pantalla se viera desenfocado y, además, que tardaran tanto tiempo en ese tránsito. Pensé: si la NASA es capaz de mandar una nave a la Luna, ¿por qué no le pone una cámara que sirva? (Se veía como lo que graban —para nada— las cámaras del C5 cuando alguien quiere saber cómo se cometió un delito, la imagen toda borrosa y cucha). Y pensé también: ¿Y por qué diablos van tan despacio?

      En algún otro momento del día recapacité en que mi queja —para nadie, necia, estéril, qué bueno que no la formulé en voz alta, aunque aquí estoy confesándola— no sólo era ridícula y patética, sino que exigía una mínima elucidación. Porque quizá podría ser indicio de algo que acaso nos ataña como sociedad… pero también porque, de no razonar sus motivos, habría debido reconocer que era sólo señal de neurosis, o del desacomodo de la realidad que a menudo amenaza conforme vamos envejeciendo, y que nos orilla a renegar de todo: como cuando el abuelo Simpson escribe una carta indignada a una televisora: “La siguiente es una lista de palabras que no quiero volver a oír en sus programas de televisión…”. 

      Descartada de modo convenenciero esa segunda explicación, más bien me incliné a considerar que, por una parte, en las sociedades urbanas y con los medios que tenemos a nuestro alcance, vivimos un tiempo en que la producción y la propalación de quejas son más prósperas que nunca. El otro día pasé por error por X (siempre es un error, un desvío, una temeridad, algo de lo que nos vamos a arrepentir), y encontré el siguiente diálogo: alguien se quejaba del nombre de un restaurante: no del servicio, no de la comida, no de los precios: del nombre. Alguien más le respondió. “Qué asco se ha vuelto X, todos se quejan de todo”. Y el primero repuso: “Te estás quejando de una queja, mejor cállate el hocico”. Puede ser que, si hoy nos consentimos tantos motivos de inconformidad, de disgusto, de irritación o de auténtica rabia, sea gracias a que tenemos cómo darles cauce. Al margen de que esos motivos sean o no justos. Siempre tenemos la opción de rumiar en privado, pero con el celular a la mano esa opción se vuelve inservible (o con un teclado, lo estamos viendo: ahora mismo estoy preguntándome cuánto de lo que ha informado esta columna en cerca de un cuarto de siglo ha sido la pura y diamantina gana de quejarme de algo). Y da la impresión, por lo mismo, que nada hay que no pueda ser motivo de queja: desde el basural regado sobre la banqueta y que la alcaldesa tapatía no tiene la menor intención de mandar limpiar —la distraería de estar grabando reels para decirnos qué come— hasta la conducta de cualquier individuo o nación, o por la existencia misma de cualquier entidad concreta o abstracta en la inmensidad del universo: sigo, por ejemplo, una cuenta en Instagram dedicada a quejarse de los números: por qué el 7 va luego del 6 y no antes, por ejemplo. 

       Es cierto que tal estado de las cosas puede ser cansador. Vamos por la vida como si ésta nos debiera todo, persuadidos además de que somos el centro de la Creación y de que nada importa más que la satisfacción inmediata de nuestros deseos, el aplacamiento expedito de nuestras ansiedades y la conformación del mundo a nuestro caprichudo parecer. Pero concedamos que esta realidad quejumbrosa tiene su cariz virtuoso, apreciable en cuanto advertimos que no podría ser más deseable una sociedad donde la vida estuviera libre de protestas y pataletas, de retobos y gruñidos, de lamentaciones y reniegos, de entripados y fruncimientos. Pues, dada la imperfecta naturaleza humana, ello significaría no que tal sociedad estaría limpia de ocasiones para el descontento y la reclamación, sino que imperarían entre sus habitantes la resignación y el sometimiento a la adversidad, fruto de la represión y del silencio impuesto. Pobres, siempre, de quienes no pueden alegar porque así les va. Qué lata que nos quejemos de todo; qué suerte que podamos quejarnos de cualquier cosa. 

      A ver si para la siguiente vez que vayamos a la Luna (sí, tú: “vayamos”), a la nave le ponen una camarita de mejor calidad: hasta en el Baratillo las venden. Y a ver si se avientan el viaje un poco más aprisita, porque uno está siempre muy ocupado como para quedarse ahí viendo por horas. 

J. I. Carranza

Mural, 12 de abril de 2026.