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De verde

 

¿Los nacionalismos son detestables? Pienso que sí, en cuanto son origen de incontables malentendidos que acaban en perversidades. ¿Cómo puede justificarse, entonces, el contento que da ver que un compatriota le meta un gol a la selección campeona del mundo? Parece algo un poco esquizofrénico, pero querría imaginar que la explicación va por rumbos distintos de la patología.

El partido contra Alemania me agarró de viaje. Apenas pude poner un pie en tierra, cuando habían transcurrido unos veinte minutos del segundo tiempo, corrí a buscar la primera televisión que me hallé. Era una pantallota gigante, en el aeropuerto de la Ciudad de México, pero pronto advertí que tenía un grave defecto: un retraso de quince segundos. Por eso casi no había gente viéndola. Como descubrí enseguida, la multitud se apiñaba afuera de un restaurante de hamburguesas, que tenía una televisioncita miserable al fondo; el local estaba lleno, aunque hubiera querido comprarme al menos unas papas no habría cabido, y por eso me quedé pegado al cristal. Ahí sí se podía gritar y pujar y rezar a tiempo, no como delante de la pantallota. No me había tocado ver el gol, pero su existencia me llenaba ya de una fe violenta que se revolvía contra sí misma, de manera que aún me faltaban las angustias intensas de ese último trecho. Vivirlas ahí fue de lo más emocionante. Tras uno de los vuelos heroicos de Ochoa, un señor que estaba junto a mí casi me abraza. Con otro me descubrí soltando alguna expresión soez a coro, y al pitido final los de adentro del restaurante alzaron sus vasos y todos aplaudimos. Hubo quien chilló.

¿Cuenta, una experiencia así, como manifestación de nacionalismo? Sigo terco en creer que es otra cosa. Porque, mientras duró el partido, y hasta que fue disipándose la euforia que generó, la realidad habitual quedó en suspenso, con las brutalidades que supone vivir en este país, y lo único que contaba era estar ahí, viendo eso. Sí, el equipo que ganó era el mexicano, y los que le festejamos el triunfo también lo somos, pero en el fondo eso quizás sea lo de menos. Lo que realmente importaba era tener a nuestro alcance aquella felicidad inaudita. Ojalá este sábado la volvamos a encontrar.

J. I. Carranza

Mural, 21 de junio de 2018

¡El Mundial!

 

Una búsqueda rápida me revela que la frase se atribuye lo mismo a Eduardo Galeano que a Juan Pablo II, a Arrigo Sacchi o a Jorge Valdano. Prefiero pensar que es de este último. Y va más o menos así: «El futbol es la más importante de todas las cosas que no importan». Tiene un atractivo engañoso: parece una aseveración con la que es fácil convenir, pero, a poco de pensarlo, cae uno en la cuenta de que habrá otras innumerables cosas irrelevantes a las que se concede una importancia tremenda. La política, por ejemplo, y estamos viéndolo con el inmundo proceso electoral que felizmente está por terminar. ¿Qué habrá significado, al amanecer del 2 de julio, semejante puesta en escena, más allá del derroche formidable de recursos para nada? ¿Qué sentido habrá tenido toda la atención que estamos prestándole a sus protagonistas viles o grotescos, atenidos como estamos a las pobres ilusiones que nos brinda nuestra democracia fársica? En México, mandan quienes tienen las armas y el dinero, por ellos no votamos, y los candidatos a lo sumo aspiran a ser sus sirvientes…

Perdón, estábamos en otra cosa. Difícilmente aceptable para quienes le conceden verdadera importancia al futbol, la frase en cuestión sólo funciona para quienes se hallan a salvo de las pasiones desaforadas a que puede conducir la vivencia del juego: para quienes lo ven como juego, justamente, que eso es lo que frecuentemente se olvida. Ahora bien: como pudimos tenerlo clarísimo en la niñez, nada hay más serio que el juego. ¿En qué quedamos, entonces? Si juzgamos que el futbol debería ser sólo un juego, estaremos de acuerdo en que, como tal, reviste toda la importancia del mundo. ¿A qué viene Valdano —con lo bien que me cae— o cualquiera de los otros a imponernos su relativismo? Es más bien embustera, la frase, y vamos viendo, ahora que empiecen a caer los goles, qué tanto nos acordamos de ella.

O mejor esto: por las ocasiones de belleza y asombro y felicidad que van a sucederse a lo largo de este Mundial, quitémosle, al menos este mes, las tres últimas palabras a la frase. Mientras nos sea posible. Que a la realidad vendrá dándole lo mismo, y de todos modos ahí estará esperándonos, siempre enemiga y paciente.

 

J. I. Carranza

Mural, 14 de junio de 2018

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