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Santa
Azucarado hasta la náusea y, al mismo tiempo, severo como prefecto neurótico, el Santa Claus interpretado por José Elías Moreno para la película del mismo nombre (René Cardona, 1959) es quizá una de las versiones más repelentes del rubicundo personaje, y sería fascinante si la película no fuera tan horrenda y chirriante. Sirviéndose de un instrumental muy extraño (aparatos de cartón y celofán y unos cuantos foquitos, un periscopio con un globo ocular y pestañas, una antena hecha con un colador y una oreja, ruiditos raros), desde el espacio exterior Santa espía a las niñas y los niños de la Tierra —de dónde más— para descifrar sus sueños, conocer sus deseos y comprobar que merezcan lo que piden. (Sí, desde el espacio, donde está su castillo llamado Juguetilandia, como la juguetería que había en Plaza del Sol). Pero también hace eso porque debe estar alerta, pues un demonio llamado Precio (¿?), gato del mismísimo Lucifer, quiere a la vez matarlo y lograr que los niños hagan el mal y el mundo se pierda. Es una trama muy enredosa, que involucra batallas metafísicas y dramas familiares, amén de un amplio despliegue de clichés sociales: los niños ricos son malvados por naturaleza, los pobres son buenos, etcétera. Además, hay una cantidad de disparates injustificables: por ejemplo, sale el mago Merlín y ayuda a Santa. Pero todo acaba bien.
Aunque el actor era muy bueno para la comedia de enredos —por ejemplo en Dos tipos de cuidado (Ismael Rodríguez, 1953), donde interpreta al general que es papá de Genoveva (Queta Lavat)—, aquí no deja de recordar al mismo tiempo a Pancho Villa y a Don Cipriano, el viejo profesor cegatón de Simitrio (Emilio Gómez Muriel, 1960), dos de sus personajes emblemáticos: alebrestado y regañón, aspaventoso y lastimero, engordado con almohadas y barbado con excesivo poliéster, Santa Claus es al fin un extorsionador sentimental y un profesor de moral antipático y castroso —este término, aún no registrado por el DLE, se usa sobre todo por adolescentes para referirse a profesores y, en general, figuras de autoridad que quieren imponer sus ideas de corrección y buena conducta al mundo; es como «castrante», pero más sangrón; aprende uno mucho de tener una hija adolescente, y yo agradezco en particular que me permita estar un poco al tanto de nuevos usos lingüísticos, de significados inéditos para palabras viejas y aun de palabras inexistentes hace unos años o meses, y cuyo sentido va resultando cada vez más abstruso conforme uno envejece: empieza uno a disolverse y a resultar irrelevante cuando deja de entender lo que se dice, así que gracias a que mi hija me explica algo de las cosas de otro modo inextricables que dicen sus amigas y ellas, yo espero que ese entendimiento me alcance tantito más.
Un amigo en mi secundaria, que era muy divertido pero también un verdadero salvaje, llegó una vez de vuelta de las vacaciones navideñas contando cómo le había atinado con un elote al Santa que iba aventando luces en el camión del Seven. Ya sé que fue una acción reprobable, y si yo viera ahora a un chamaco haciendo algo así me escandalizaría. Pero no hay manera de desactivar el eco de la risa que me causó el relato, y que cuarenta años después sigue intacta. Imaginémoslo: adornado con luces, el camión repartidor lleva en el techo un trineo con sus renos de alambre y fieltro, a lo mejor dos o tres duendecillas que bailan al ritmo de un villancico, y avanza lentamente por las calles de Santa Tere mientras Santa lanza dulces a un lado y otro a quienes lo ven desde las banquetas. Es de noche, hay mucho barullo, la música aturde y, de repente, entre el gentío, algún demonio (a lo mejor Precio) le inspira a mi amigo la idea y, a la vez, se adueña de su voluntad: el elote que se iba comiendo se convierte en un inmejorable proyectil y vuela ya directo al gorro rojo del pobre Santa. ¿Qué hacemos con la memoria de las travesuras y las vagancias de tiempos pasados? Ahora quiero imaginar que no hubo mayores consecuencias: Santa no rodó hasta el pavimento, no acabó descalabrado, a lo mejor mi amigo exageró el relato de su hazaña y ni siquiera le atinó. Estábamos, repito, en secundaria: ya no teníamos que portarnos bien para no ir a quedarnos sin regalo.
Yo descubrí el secreto un día (debió de ser el 22 o el 23 de diciembre) que entré al consultorio de mi papá y descubrí ahí, mal escondida, la caja de la Pista Salto Suicida que había pedido. Marca Lili-Ledy. Era una fabulosa autopista con un par de carritos de tracción que corrían a toda velocidad para librar una rampa interrumpida. En el asombro que experimenté se mezclaba la alegría de que mi deseo fuera a cumplirse y la perplejidad por saber la verdad. No creo haberme entristecido. Mi papá no se dio cuenta y me preocupaba decepcionarlos, a él y a mi mamá, por lo que en la mañana del 25 me comporté como era de esperarse, «encontrando» con la debida sorpresa lo que me había traído el Niño Dios —claro, a la Guadalajara de antaño no venía Santa, eso era de gringos, qué bueno que mi amigo iba a cobrar venganza patria a punta de elotazos—. No sé si al año siguiente volví a hacer cartita. Debo de haber tenido 29 años (no, no es cierto: como siete u ocho).
Que venga Santa y traiga todo lo que tiene que traer, pero que no sea el de José Elías Moreno. Escondamos los elotes. ¡Feliz Navidad!
J. I. Carranza
Mural, 22 de diciembre de 2024
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Nada
En la escuela de la niña, en la semana va a haber dos días de «clases» en los que supuestamente van a terminar pendientes del trimestre, que ni son tan pendientes porque en realidad ya los proyectos finales los acabaron desde hace días y tuvieron los últimos exámenes y ni siquiera están dejándoles tareas, así que quién sabe qué vayan a inventar. Además, niñas y niños saldrán temprano el martes porque es la posada de los profes (sospecho que si no recogemos a las creaturas a tiempo las van a dejar en el camellón), y el miércoles será su propia posada, en horario escolar, con lo que ese día propiamente empezará la vacación. Me parece muy bien: en Guadalajara, desde hace tiempo, más que tener presente el famoso puente Guadalupe-Reyes, a lo que muchos tapatíos estamos acostumbrados es al periodo que empieza a correr desde que se acaba la FIL, y ya buena parte de lo que pase en los días posteriores puede postergarse con toda legitimidad hasta bien entradito enero.
Año con año se adelanta nuestra urgencia de llegar al cierre de todo, y esta vez traíamos tanta prisa que ya el sábado 7, en la familia, llevábamos tres posadas (y una boda, que más o menos contó como posada también). «¡Pero las posadas empiezan hasta el 16!», me alarmaba yo inútilmente, observante de tradiciones inoperantes y, por tanto, inservibles. Al mismo tiempo, estábamos ya tanteando qué regalos habrá que tener en cuenta esta vez (no muchos), dónde comprarlos (donde sea), qué otros gastos habrá que contemplar, tanto los previsibles como los inesperados —el otro día vi un meme dramático: hay un monito muy contento que está recibiendo su sobre del aguinaldo, y por detrás se le acerca una sombra siniestra con un rótulo aterrador: «Ruidito del carro»—, cuánto nos quedaría para una rápida escapada a la playa (lo suficiente para que sea, más que rápida, vertiginosa), y también qué compromisos sociales habrá que atender (no muchos), qué días convendrá dedicar a desentilichar el cuarto de los tiliches (popularmente conocido como «el gimnasio», nombre que se le quedó porque en la prehistoria guardaba yo ahí unas pesas), qué arreglos hay que hacerle a la casa (pura vanidad, los arreglos verdaderamente urgentes le tocan a las tacañas dueñas y jamás van a hacerlos), y, por último, si nos alcanzaría algún tiempo para descansar, relajarnos, no hacer nada y, en fin, realmente vacacionar.
¿A dónde se va el tiempo que hemos apurado con tanto frenesí? En la imaginación de lo que podremos hacer en los días ociosos por venir, caí en la cuenta de que hace un año que no vamos a comer donitas apestosas de los portales. Ya se sabe: las donas de masa sumergida en aceite que venden en las Nieves Fiestas, un local frente a Catedral y el otro frente a la Plaza de Armas, que saturan la atmósfera de la zona con una peste mareadora y ciertamente repelente, y que, sin embargo, si uno se sobrepone a la repugnancia olfativa, son uno de los manjares más exquisitos, sofisticados, inimitables y memorables de la gastronomía tapatía. Y fuimos, esa última vez, justamente aprovechando uno de los días ociosos de esa temporada navideña, pues el trajín y las rutinas de todos los días sencillamente no nos han acercado por aquellos rumbos, cosa que me parece imperdonable para el buen tapatío que siempre me propongo ser. También, y esto me resultó todavía más injustificable, más de un año llevábamos sin ir a Plaza del Sol; lo descubrimos el día que, camino de la FIL, tuve la luminosa idea de ir primero a comer tacos al pastor de los que venden ahí, por el lado donde están las carnitas y los pollos ¿y los lonches La Playita, todavía existen? El caso es que fuimos (hay muchas moscas, los meseros son muy calmudos, ¡pero qué buenos tacos!, de esos de tortilla gorda, cerrados con un palillo de dientes, con salsa extrapicosa y empujables con un vasito de horchata rosa, baratísimos), y a mí se me hacía inexplicable que, aun cuando todos los días pasamos al lado de Plaza del Sol, ni una sola vez hubiéramos parado ahí desde que vimos, el año pasado, cómo estaban poniendo ya el arbolito gigantesco enfrente de Maxi (es decir, de Gigante; es decir, de Soriana). ¿Por ir corriendo siempre, porque inadvertidamente nos obstinamos en el cumplimiento de aquel trajín y aquellas rutinas hasta que sólo eso termina constituyendo la existencia? Creo que hay que volver por más tacos para despejar el enigma. (Acabo de enterarme, por cierto, de que abrieron una sucursal de donitas apestosas en Plaza del Sol).
Una vez, ya no recuerdo por qué, les dije a mis alumnos: «Vamos a quedarnos sin hacer nada por cinco minutos». Nadie lo logró, y seguramente tampoco nadie desprendió ningún aprendizaje del ejercicio, como no fuera la sospecha de que el profe no estaba muy bien de la cabeza. Pero yo sigo creyendo que es posible. La última vez que lo conseguí fue una soleada mañana de mayo de 2012, cuando me escapé de un encuentro de escritores en San Luis Potosí para ir a sentarme a no hacer nada durante cuarenta y tres minutos en una banca del Jardín de San Francisco de esa ciudad. Nada: a lo sumo respirar y estar ahí. No veo el momento de silenciar los chats, poner el letrerito de «Cerrado por vacaciones» en las respuestas automáticas del correo, echar llave, apagar la luz y buscar una banquita en un jardín bonito y con fuente para intentarlo otra vez.
J. I. Carranza
Mural, 15 de diciembre de 2024.
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Contraflujo
Llegando y haciendo lumbre. Como para que se note que viene con todo, con ese excesivo ímpetu que suele imprimir a su voz, pelando los ojos y con gestos que buscan denotar firmeza aun cuando no se necesita (¿por qué abre tanto la boca para hablar?), el gobernador Lemus se estrenó en la querencia de sus gobernados alterando la circulación en López Mateos, avenida emblemática del caos citadino y de la imprevisión, la improvisación y la negligencia de las autoridades, y donde se condensa también lo peor de lo que somos capaces al volante quienes vivimos en esta ciudad. Como si las cosas fueran a resolverse por arte de magia el primer día de Lemus, amanecimos con dos carriles volteados, un ejército de agentes viales entorpeciéndolo más todo, la mitad de los automovilistas felices y volando sin trabas a sus destinos cotidianos, y la otra mitad frustrados y sumando ingratos minutos a vuelta de rueda o parados —o sea, lo mismo de todos los días, nomás que al revés.
Tal vez sobre decir que yo formé parte de esta segunda mitad —creo que ya se me notó lo enchilado que quedé—. Como todos los días, tuve que ir poco antes de las siete de la mañana de norte a sur, de la Minerva al Periférico, y pasandito el IKEA —espero ser el primer tapatío que estrena por escrito esta referencia— me aguardaba la espesura resultante de la confluencia de los dos carriles centrales y los dos laterales en ese sentido. «Bueno», me dije, al tanto ya de que eso iba a encontrarme, y si estaba al tanto fue porque leí la nota en este periódico un día antes, seguramente a muchas personas la medida las tomó por sorpresa, pues a la autoridad no se le ocurrió poner ni una lona ni usar para ello las tontas pantallas luminosas que hay a la entrada de los túneles vehiculares y que nomás sirven para recordarte que ya verifiques. «Bueno», digo que me dije, «vamos a ver cómo se pone», y me resigné a seguir en López Mateos. Bien pude haber puesto a la Pilarica (así le digo al Google Maps) para que me metiera a serpentear por las calles de Ciudad del Sol y de La Calma hasta sacarme ya cerca de Las Fuentes, pero me dio curiosidad ver qué tan efectiva sería la ocurrencia de Lemus y los cerebros que lo rodean.
Fui, así, registrando que esos cerebros no tuvieron en cuenta lo siguiente: hay avenidas que salen a los carriles laterales norte-sur de López Mateos, una incluso que cruza (y el viernes no pudo), Moctezuma; de las glorietas de La Calma y 18 de Marzo llegan más coches que, o quieren cruzar, o quieren agarrar también por López Mateos; hay, además, semáforos en varios puntos, y también boyas, en las salidas de los centrales a los laterales, y aunque uno habría podido pasar encima de ellas (pues esas salidas no estaban funcionando como salidas), a dos agentes viales me encontré obstruyéndolas, sin motivo alguno, enfrascadas en sus celulares (desmañanadas y de malas porque al fin las pusieron a trabajar) y ocasionando un embudo innecesario. Hay, también, camiones que tienen que ir parándose para subir y bajar pasaje. Y ciclistas y motos y peatones y todo eso que luego se nos olvida cuando vamos manejando y que también ocupa su espacio y necesita su tiempo.
Ayer leí que los que venían del sur a esas horas estaban felices. Yo hice cuarenta minutos más de lo que habitualmente hago. Y como setenta por ciento más corajes: por los que pitaban a lo loco, por los que se metían sin avisar, por los que no avanzaban cuando se podía por ir viendo el estúpido celular, por los atorones en las glorietas supradichas, por la pobre gente que estaba esperando el camión e irremediablemente iba a llegar tarde al trabajo porque el camión venía retrasadísimo, por Lemus y compañía y sus ansias de espectacularidad aunque para satisfacerla haya que usar a los ciudadanos como conejillos de Indias. Han dicho, él y su comisario de la Policía Vial, que es una práctica de «prueba y error». ¿Y cuántos errores harán falta para que la prueba ya salga bien? Por la tarde, aunque esto ya no me consta, el previsible atorón fue para los que venían del sur hacia el norte, y supuestamente quienes iban al revés llegaron más rápido. (No me consta, pero sí que el viernes fue particularmente caótico, en especial en los alrededores de la Expo, sin duda por la FIL, pero también por las dagas de nuestras autoridades viales).
¿Y qué hacer, entonces, con López Mateos? A uno, ignorante y carente de títulos académicos pomadosos y de experiencias internacionales que dan lustre al currículum, se le antoja pensar que bastarían algunos ajustes a la realidad cotidiana fundados en el mero sentido común. Por ejemplo: que los semáforos estén bien sincronizados siempre. Que haya policía vial para que la ley se cumpla y se saque de la circulación a los que no saben manejar, incluidos a los motociclistas que se escurren entre el tráfico ocasionando a menudo accidentes. Que puedan retirarse rápidamente los que protagonizan choques babosos. Que haya más camiones seguros, puntuales, limpios y cómodos. Y que los ciudadanos que manejamos nos acordemos de que ciertas actitudes de cortesía elemental sirven no sólo para evitar choques, sino también para agilizar la circulación: dejar pasar, no meterse a la brava, no pegarse de más, etcétera.
O ya no manejar por ahí nunca. Al menos mientras Lemus y compañía perseveran en su ocurrencia.
J. I. Carranza
Mural, 8 de diciembre de 2024.
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Silvia
«Tan natural, tan fresca, sin maquillaje alguno», escribió Salvador Novo el 24 de noviembre de 1956 en la crónica donde dio cuenta de la recepción organizada por Silvia Pinal en su casa para mostrar el retrato que le hizo Diego Rivera. «Cuando llegué», apuntó Novo antes, «Diego y el Indio Fernández contemplaban el retrato, y se disponían a colocarlo donde se viera mejor». Ya que Diego hubo decidido el lugar, en la planta alta, «Silvia bajó a invitarnos a subir al salón. Es monísima y muy simpática». Según contó la propia actriz en su autobiografía Esta soy yo, mientras posaba para el pintor estaba preocupada del dineral que iba a costarle el cuadro, pero para su sorpresa terminó siendo un regalo por el día de su santo. «Una triple Silvia», describe Novo, «de frente al público, pero de espaldas a un espejo que refleja su figura, y junto a una pared que proyecta su sombra. En el suelo, un papelito donde se lee más o menos: se acabó este retrato el 3 de noviembre, santo de la bella artista y gran dama Silvia Pinal. Lo pintó con admiración Diego Rivera».
Silvia tiene veinticinco años en esa pintura. Se parece y no a la muchacha de diecinueve que no le niega un beso a Tin Tan cuando éste, perfectamente borracho, le confiesa quién es en realidad en El rey del barrio. Las diferencias están principalmente en el corte y el color del cabello: oscuro y largo el de Carmelita —tras el picorete ella se aparta y le da hipo, como si se le hubiera contagiado la borrachera; luego corre a su casa y cierra la puerta con una sonrisa y un suspiro, y Tin Tan empieza a cantar «Tus besos se llegaron a recrear aquí en mi boca…», que ella oye hasta el final, ya enamorada de su enamorado—, corto y rubio en el cuadro donde se la ve en un vestido largo, negro y escotado, una mano en la cadera y la mirada serena lanzada hacia el jardín que refleja el espejo, puesta quizás (y aquí está la semejanza que triunfa sobre esos seis años) sobre una ilusión o un ensueño. Corto y rubio lleva también el cabello en Un extraño en la escalera, la película de 1955 donde interpreta a una taquígrafa que trae vueltos locos a dos hombres (Arturo de Córdova y José María Linares Rivas) y que se ve implicada en una trama criminal felizmente impedida por la intervención del personaje de Andrés Soler como un ángel encarnado. Silvia, pues, se ve en la pintura más como Laura, esa taquígrafa, pero también es la misma que encontraremos tres lustros más tarde, cuando en 1970 interprete a Kim Jones en El despertar del lobo, la exuberante mujer que subyuga a don Atenas Rubirosa (Enrique Rambal), un viejo beato y escandalizado con la conducta licenciosa de su vecina y que, según él, quiere llevarla al buen camino, cuando en realidad está babeando por ella…
Y es también Mané, la niña fresa y caprichuda de El inocente a la que casan a la fuerza sus papás con el mecánico pobretón Cutberto Gaudázar (Pedro Infante) luego de que pasan una noche juntos —una noche en la que no pasó nada—, en 1956. Y es, la mujer del cuadro, la novicia Viridiana, y es Leticia, que venda los ojos de una oveja en El ángel exterminador, y es el demonio que tienta a Simón en el desierto, en 1961, 1962 y 1964… Pero, dejada atrás la década de los setenta, ya fue otra: aquella naturalidad y aquella frescura que notó Novo se trocaron en un rebuscamiento artificioso que acaso le impidió volver a lograr actuaciones tan memorables como aquéllas. No es un reproche, ni mucho menos: cada quien hace su vida como quiere y como puede, y lo que Silvia Pinal consiguió en las tres primeras décadas de su trayectoria es suficiente para toda la gloria que se merece. ¿Pero se debió, esa transformación, a una sobreexposición? ¿Trabajó de más? ¿La televisión tuvo la culpa? No importa: el arte siempre triunfa, y por eso no hay peligro de que su recuerdo más perdurable sea el de los papeles ínfimos que hizo en telenovelas o producciones televisivas de los últimos años, ni tampoco el de las otras zonas de su vida pública como dirigente sindical o política priista o artífice de esa deplorable escuela de la extorsión sentimental que fue Mujer, casos de la vida real. Tal vez, de haber sido las cosas distintas, Silvia Pinal habría podido perseverar en la dimensión mítica a la que parecía destinada. Pero todo quedó siempre a la vista, incluidos sus requiebros y sus quebrantos, y acaso fue demasiado humana, cada vez más y hasta sus tristísimas apariciones públicas hacia el final, lastrada por la vejez y la enfermedad y rodeada por la inmisericorde sevicia de la prensa farandulera que ignoró que estaba tratando con una divinidad.
Pero no importa, insisto: lo que quedará es esa presencia hecha para expresar de modo inigualable el misterio de la belleza, no sólo debido a unas facciones perfectas sino también a algo que, para tomar prestado un término propio de la teología, bien puede definirse como gracia, y que es sin embargo tan difícilmente definible: la condición casi sobrenatural de quien, por el solo hecho de ser como es —de reír así, de tener esa voz, esa mirada, esa levedad— produce un encantamiento irresistible e inagotable. Como en la pintura donde sus ojos se dirigen a algo que está más allá de ella y de nosotros y que sin duda debe de ser lo mismo que la eternidad. «Y no me cansaré de bendecir tanta dulzura», terminaba cantándole Tin Tan.
J. I. Carranza
Mural, 1 de diciembre de 2024.
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La FEL
Según el registro histórico de los invitados de honor a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la primera vez que vino España fue en el año 2000; cuatro años más tarde se invitó a «la cultura catalana», y en 2006 a Andalucía; en 2010 el turno fue para Castilla y León, y en 2017 vino Madrid; como el año pasado se invitó a la Unión Europea, habría que contarla como una visita más de los españoles, que con la de este 2024 sumará la séptima. Habida cuenta de la preponderancia de la industria editorial española en el ámbito que concierne a la feria, que es el iberoamericano, se entiende tal frecuencia e, incluso, cabe aventurar que no habría podido ser de otro modo. La FIL se debe, principalmente, al beneficio que de ella obtienen quienes participan del mundo del libro en español, empezando por los grandes grupos editoriales españoles, como resulta evidente por el hecho de que son los que ocupan las mayores superficies de venta cada año. Así que el adjetivo «Internacional» que lleva en el nombre bien podría cambiarse, para ser más precisos, por «Hispanoamericana». Pero sería una sigla fea, impronunciable, FHL. O a lo mejor podría llamarse Feria Española del Libro, sin más: la FEL.
En esta ocasión, la invitación tiene como trasfondo el desencuentro entre México y España a raíz de la exigencia de disculpas de López Obrador por la Conquista, y de la que ha hecho eco obedientemente Claudia Sheinbaum, uno de esos pleitos tan aparatosos como ociosos con los que la llamada 4T ha sabido distraer la atención cada que le resulta oportuno. No parece que el rey Felipe VI tenga ganas de aprovechar la FIL para decir cuánto lo siente —todavía como príncipe de Asturias vino a pasearse muy quitado de la pena en 2006, a lo mejor está ahorita rabiando o nostálgico por no poder venir esta vez—, ni tampoco que la decisión se haya tomado con el fin de sanar lo que se haya raspado: más bien, da la impresión de que así la FIL ha querido seguir afirmándose como el espacio de disenso que también López Obrador quiso ver en ella. Recuérdese cómo, en repetidas ocasiones, desde la «mañanera» acusó a la feria, a su finado mandamás Raúl Padilla y a algunos de sus participantes más asiduos y conspicuos de conspirar contra el régimen; todavía en 2023 afirmó: «Es importante que se sepa que la FIL de Guadalajara siempre es una especie de cónclave de derecha», para explicar por qué él no venía, e incluso seguía escociéndole que a Padilla le hubieran dado «un premio en España, la monarquía», refiriéndose a la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica ¡en 2009! Así que en el gesto de la FIL al traer por séptima vez a los españoles puede leerse una voluntad de afirmarse en esa especie de disidencia… o bien pasó que no se calculó cómo la invitación podrá acrecentar el distanciamiento con el Ejecutivo federal, aun a pesar de las migas que el saliente rector Villanueva ha querido hacer con la presidenta entrante.
Los programas de actividades de la FIL 2024, incluido el de los españoles, están como cada vez pletóricos de figuras que seguramente cumplirán bien con el cometido de hacer que la Expo se llene de público, pues tal es el interés más importante de la feria: que vaya mucha gente. Los logros de cada edición se expresan primeramente en cifras: «se espera que acudan más de 800 mil asistentes», se lee en el comunicado que describe lo que habrá este año, y más adelante: «Habrá 623 presentaciones de libros», «más de 180 mil profesionales, que acudirán de 54 países y para quienes se tienen preparadas 140 actividades», «El área de exhibición estará distribuida en 43 mil metros cuadrados y albergará más de 450 mil títulos de más de dos mil casas editoriales», etcétera. Es difícil hacerse una idea del significado de esas cantidades más allá de que suenan imponentes. Y lo cierto es que, dadas las dimensiones del recinto ferial, la vivencia de tal abundancia impresiona y aun abruma, por no hablar del vértigo que ocasiona descubrirse en medio de una librería gigantesca donde supuestamente uno podría escoger entre casi medio millón de libros. En casi cuarenta años que tengo de ir sin falla (ya estoy sacando números yo también), cada que llego experimento una suerte de sobrecogimiento ante la desmesura y el tumulto, como sin duda le sucederá a cualquiera. Y, al lado de las cifras, la grandeza de la que la FIL alardea está apoyada en los listados de nombres que se despliegan: el elenco más o menos abigarrado de figuras en el que descuellan varios puñados de famosos y no tan famosos con los que sus fans y sus no tan fans podrían encontrarse a lo largo de nueve días («más de 850 escritores de 43 países y 19 lenguas, dice el comunicado de marras). Números y nombres que activan la poderosa ilusión de que la FIL es algo insuperable que, sin embargo, se supera cada vez.
Tiene algún fundamento esa ilusión si consideramos que la feria ocurre en esta tierra, en este tiempo, frente a las condiciones adversas que prevalecen y hacen ciertamente asombroso que pueda existir algo así. Ya al separar el grano de la paja y revisar qué quieren decir esas cifras, quizá nos topemos con que las cosas podrían ser distintas y tener otros sentidos. Pero, por lo pronto, quedémonos con eso: tiene mucho de milagroso que los libros animen una fiesta así, por ilusoria que pueda ser.
J. I. Carranza
Mural, 24 de noviembre de 2024.
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Dos clics
El poeta Gerardo Deniz afirmaba que la economía de su casa podía trepidar y quedar en riesgo de desplomarse si él tenía la mala ocurrencia de estrenar zapatos. Tal vez por lo dramático de esa declaración o bien porque trasluce la precariedad a la que frecuentemente quedan (quedamos) condenados los letraheridos, como antes se decía con toda cursilería para nombrar a los escribidores, siempre siento que Deniz está viéndome con reproche o alarma cuando estoy por animarme a entrar a una zapatería. A veces esa mirada fantasmal termina por disuadirme: saco cuentas absurdas (cuánta gasolina podría ponerle al coche con eso que me voy a gastar, cuántos virotes estaría quitándole de la boca a mi familia) y lo dejo para después, hasta que al fin me decido y entonces elijo con tanto escrúpulo que parece que ya jamás podré volver a comprar zapatos en toda la vida.
Pero creo que ayer conseguí eludir la vigilancia deniziaca y me compré unas botas sin tener que abrirme paso entre mis neurosis y mis supersticiones. Fui, las vi, las pedí y las pagué. Me llegan hoy. Y todo lo hice sin moverme de donde estaba echado, en cuestión de minutos y sin titubeos. No se trató propiamente de un impulso, pues había una buena justificación: tenían un suculento descuento. Son unas botas muy bonitas, aunque mi esposa me dijo con franqueza que se me verían mejor si yo fuera albañil. En todo caso, se trata de una marca y un modelo de los que no me he apartado en más de dos décadas, pues sólo me consiento variaciones en el color… y ahora que caigo en cuenta, estoy calcando lo mismo que hacía mi papá, que siempre usó zapatos iguales y los compraba invariablemente en Las Tres B, en los portales de Colón, frente a la plaza de Las Sombrillas. (¿Cuántas contraseñas de tapatiez van dejando de ser funcionales con el mero paso de los años? ¿A partir de qué edad a los tapatíos de hoy ya no les resultan útiles referencias como las que acabo de dar? Sin duda, llegará el momento en que no tenga sentido utilizar los nombres de una Guadalajara que hace mucho no existe, pues nadie quedará que sepa para qué servían esos nombres. No sé si eso es más triste que aterrador o viceversa).
El punto es que en esa compra consistió mi experiencia del Buen Fin. Que, debo decir, no obstante lo ventajosa que resultó, fue también desangelada, desabrida. Lo intuí cuando, horas después, vi en un noticiero las imágenes de la gente atestando tiendas y centros comerciales para salir muy sonrientes con sus pantallas pantagruélicas rumbo al estacionamiento. (Es fantástico: ¿de qué tamaño tiene que ser una habitación para que quepa en ella una pantalla de quinientas pulgadas?). A ver si consigo explicar esta misteriosa envidia que experimenté por haber comprado mis botas con un par de clics, en lugar de hacerlo como los seres humanos normales. Mi teoría es la siguiente, y tiene que ver justamente con la tapatiez:
En una ciudad abocada históricamente al comercio y en la que, también históricamente, buena parte de la vivencia del ocio de la población está relacionada con esa actividad, las grandes superficies comerciales constituyen un elemento importante en la educación sentimental de las personas y configuran en gran medida su afectividad. No sólo son los escenarios donde ocurren procesos importantes para la formación de la identidad, como la socialización elemental y la consolidación de relaciones significativas —amigos, amores—, sino que además adquieren, en su arquitectura, sus ambientes, sus entornos, calidad de espacios entrañables, muchas veces de modo inadvertido y, sin embargo, irresistible: por eso volvemos y seguiremos volviendo, a pesar de cualesquiera contrariedades o malas experiencias. Una plaza comercial, para alguien nacido en esta tierra atolondrada y gastalona en la que escasean ofertas de entretenimiento accesible de distinta naturaleza (los parques son pocos, las unidades deportivas contadas, difícilmente prenden las opciones culturales como no sea entre los iniciados, etcétera), va volviéndose con el tiempo un particular e intransferible locus amoenus, una parcela de paraíso donde nos hallamos a salvo (del trabajo, de las prisas, de los agobios de lo cotidiano) y donde, de un modo ciertamente asombroso, el barullo del ejambre de gente acalla otros barullos indeseables: el de la rutina, o el que nos zumba en el cráneo y que se apacigua con música de tienda departamental. Acaso no estaríamos muy dispuestos a reconocerlo si nos preguntaran, pero sospecho que los tapatíos difícilmente nos hallamos mejor que lerendeando con una nieve ante los aparadores de una plaza comercial.
Por eso, aunque mis botas ya vinieran en camino, y gracias a la oferta que oportunamente me hallé me hubieran salido tan baratas, a poco de pensarlo caí en la cuenta de que habría preferido ir a comprarlas en vivo y a todo color, a Plaza del Sol, por ejemplo, adonde hace casi dos años que no vamos —lo sé porque en la última ocasión nos sacamos una foto con el arbolote de Navidad, en 2002—, y donde en mi infancia se fraguó algo de mi comprensión de las cosas, además de querencias decisivas y tal vez una sensibilidad específica, como nos pasa a todos aunque no nos percatemos. Qué Buen Fin tan sin chiste, vaya. Para otra mejor nos lanzamos, aunque me asalte otra vez la presencia preocupona de Deniz.
J. I. Carranza
Mural, 17 de noviembre de 2024.
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Atorón
En Venezuela la Navidad lleva ya un mes y cacho, pero nosotros no queremos quedarnos muy atrás: todavía no arrancaba noviembre y ya estaban poniendo los puestos del tianguis navideño de Las Águilas. Supongo que el del Refugio también ya ha de estar, no hemos ido todavía, estamos calculando cuándo será sensato comprar el arbolito para que aguante y desquite lo que costará. El caso es que no nos hace falta un Nicolás Maduro: como a buena parte del mundo occidental, nos basta con que Mariah Carey se descongele y lance su chillido: «It’s time!» —sospecho que cada año lo hace más temprano, y considero una incomprensible falta de visión empresarial que las integrantes de Pandora no hagan otro tanto con sus peces en el río.
En esto estaba pensando mientras contemplaba el otro día los cempasúchiles desfallecientes en la Minerva, que ya pronto tendrán que largarse para dejar espacio a las nochebuenas… y mientras transcurrían los interminables veinticinco minutos que estuve atorado como tonto en la glorieta, en el tráfico de las dos de la tarde, sin que pareciera posible que nada deshiciera el amasijo de vehículos que no avanzaban o avanzaban poquito nomás para taparles mejor el paso a otros, tan inmóviles todos como impacientes y tercos, pitando incluso algún tarado que creía que serviría de algo, aventándose todos entre sí la lámina para ganar unos centímetros, y librando por milímetros los rozones de las motos temerarias que, ellas sí, se abrían paso en el caos. Sin que pareciera que aquello acabaría alguna vez, y, desde luego, sin tránsitos que pusieran orden —ya parece que van a ir a meterse, qué ganarían, mejor se quedan en la sombrita a la caza de alguien sin engomado de verificación para caerle ahora que todavía pueden, sería un milagro de Navidad si alguna vez llegamos a verlos en un embotellamiento sirviendo de algo.
La Minerva, ya sabemos, es espacio socorrido para las celebraciones de la ciudad, a veces más o menos espontáneas, como las futboleras, pero por lo general impuestas por algún ocurrente en el gobierno. Aunque ciertamente nunca tuvo vocación de espacio público para la vida a pie: como distribuidor vial, siempre ha estado al servicio de los coches, razón por la cual es tan bonito reclamarla cada domingo, en la Vía RecreActiva, como si de verdad ese cielo amplísimo le perteneciera a la gente que pasea o va en bici o en patines, y por eso también es triste que den las dos y la ilusión se termine cuando el tráfico se reanuda con toda su vulgaridad. En todo caso, es significativo que sea también el epicentro de la tapatiez en una de sus más penosas manifestaciones, que es la incivilidad extrema al manejar.
No es sólo la asombrosa capacidad que tenemos de cometer toda suerte de imprudencias al volante, sino también la mera y llana estupidez por la que nuestra inobservancia de la ley y nuestra falta de respeto por los prójimos nos acarrean complicaciones sin fin, que bien podríamos evitarnos. Porque los embotellamientos en la Minerva se deben a que un montón de conductores deciden, como si importaran más que todos los demás, pasarse un alto; al mismo tiempo, en el siguiente semáforo, hay otro montón que también se lo pasarán, y así hasta que se sincronicen en el marasmo todos los que quisieron ganarles a los otros, en cada uno de los seis semáforos de la glorieta. (Ya sé: nada de esto sucedería si en Guadalajara no hubiera tantos coches, pero para eso tendríamos que borrar toda la historia de la ciudad en el último medio siglo, al menos, y empezar de nuevo, ahora sí bien).
El día en que contemplaba yo los cempasúchiles, además, y como consecuencia de esa obtusa costumbre de que todo el mundo se pase el alto y enseguida se atore, habían chocado un camión y un coche. Alguno de los dos no quiso dejarse y aceleró y se le atravesó al otro y muchas gracias, ahí se quedaron esperando a sus seguros, el típico tarado choque laminero y las taradas disposiciones que impiden hacerse a un lado para no estorbar. De manera que la situación había empeorado gracias a que aquella incivilidad se materializó en lo que cada día vemos por cada calle de esta noble y leal ciudad: la creencia de que uno siempre tiene más derecho que los otros, razón por la cual rebasamos por la derecha, nos le pegamos al de adelante como queriendo pasarle por encima, damos vueltas prohibidas porque son los otros los que tienen que detenerse y no yo, no toleramos que algún peatón se cruce, aceleramos para que un ciclista inoportuno se quite, y que nadie se nos atraviese si no se quiere morir.
Como está claro que los semáforos de la Minerva no sirven, quizá convendría quitarlos, para que la glorieta opere del mismo modo que las glorietas sin semáforos en Guadalajara: te metes cuando puedas, y ya dentro tienes prelación hasta que tengas que salirte. Y es que a lo mejor eso es lo que no nos gusta: que, con los semáforos, tengamos que ir deteniéndonos mientras rodeamos, al modo chilango. O bien: que se vuelva zona peatonal ya para siempre, y que la fuente la conviertan en una alberca pública, o que cambien para allá la Plaza de los Mariachis, y que pongan un tianguis navideño todo el año, y que Alfaro antes de irse decrete que la Navidad empieza en agosto y se acaba en abril, y haya siempre nochebuenas y cempasúchiles y todo sea felicidad.
J. I. Carranza
Mural, 10 de noviembre de 2024.
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Connivencia
La historia de Estados Unidos, desde la llegada de los primeros colonos, sirve para explicar meridianamente el nivel de abyección que ha alcanzado la vida pública en ese país. Las realidades particulares de los individuos quedan aparte, y entre esas realidades caben las que han dado origen a algunos de los productos culturales y de los desarrollos científicos y tecnológicos más deslumbrantes. Pero la realidad colectiva que construyen esos mismos individuos como ciudadanía, y dentro de ésta la clase política, constituye un colmo de depravación y de estupidez difícilmente concebible si no estuviéramos viéndola. Tal vez sea injusto decirlo así, por la sencilla razón de que el tiempo pasa, las generaciones se suceden, las sociedades se reconfiguran y, en fin, el mundo cambia, pero el hecho es que la nación que hizo posible alcanzar la Luna es la misma que va a volver a elegir este martes a Donald Trump.
Todo el párrafo anterior, evidentemente, es una obviedad. Y, en cuanto a la afirmación que lo cierra, me parece difícilmente inaceptable. Aquí tocaría pronunciar el ensalmo que suelen hacer los agoreros para dejarle un respiradero al optimismo: «Ojalá me equivoque». Pero me lo impide el hecho palmario de que, independientemente de lo que sugiera la estadística y de la división más bien ilusoria entre partidarios y simpatizantes de un bando u otro, la sociedad estadounidense adora a Trump: lo necesita, le urge que vuelva, le quiere entregar el mando absoluto sobre sus vidas, jamás va a negarle nada. No lo ha hecho: nada ha sido suficiente para detenerlo, aun los detractores más tenaces han sido incapaces de sacarlo de la jugada (no se diga de meterlo a la cárcel), lo hemos visto proferir las peores vilezas e incurrir en los actos más repulsivos a toda noción de decencia elemental, y ahí sigue. Y ocurre que la contienda en el fondo es una fantasía: si en realidad los millones de votantes que no votarán por Trump quisieran negarle toda posibilidad de llegar a la Casa Blanca, no estarían esperando a este martes, no se conformarían con la creencia ingenua de que bastará votar contra él, no estarían esperando a que las sumas de su lunático sistema electoral les hagan el favor. Así que no es cierto que esos millones no quieran que gane: en su complacencia, en su indiferencia, en su tontería colosal, pero sobre todo en su connivencia con la ignominia sostenida que representa la mera existencia de Trump, incluso esos objetores han estado colaborando en su triunfo. Va a ganar y se lo merecen.
¿Que Kamala Harris es preferible? Pues sí, pongamos, pero qué tan idónea puede ser si, en su discurso y en los hechos, ella y sus partidarios no han sabido reducir a la nada a ese endriago incontenible que ha hecho de la mentira y la bajeza sus armas infalibles para hacer que prevalezca su odio —y el de los suyos—. ¿Por qué se merecen los demócratas ganar, si en los hechos, a lo largo de más de ocho años, nada se han propuesto en serio para detener al enemigo? Como en México sabemos bien, pues acabamos de repasar la lección en la votación pasada, la oposición inservible termina por no importar y, más aún, por coadyuvar (verbo horrible, pero es que todo esto es horrible) a la afirmación en el poder de los peores. Son lo mismo, a fin de cuentas, y para sostener esta aseveración me remito al enorme George Carlin, quizás el comediante estadounidense más corrosivo e insobornable que ha habido, y que una vez explicó que él no votaba jamás porque eso lo hacía cómplice con un sistema podrido en el que sólo cabía elegir entre las peores opciones: un sistema que arropa y ensalza y bendice a los más viles, rastreros, hipócritas, inescrupulosos y mezquinos. «Y luego vienen a decirte», concluía, «”Si no votas no te quejes”. Y es al contrario: si votas, no tienes justificación para quejarte, porque eres parte de todo eso».
Guillermo Sheridan ha observado que todo político mexicano lleva su caricatura incluida. En el caso de los gringos, en especial Trump, es fascinante cómo no hay caricatura que le dé alcance. Lo cual ha traído consigo un efecto llamativo: por más ridículo que sea, por más ignorancia que exhiba, por más incoherencias que diga, por más feroces que sean sus invectivas, por más inexplicable que sea su conducta (en un mitin reciente se pasó cuarenta minutos pidiendo canciones y meciéndose en el escenario), por más absurdo que sea, en suma, se vuelve cada vez menos inverosímil. No es sólo que ya desde hace tiempo haya dejado de dar risa, sino que es tan auténtico en toda su monstruosidad que ya pocas cosas parecen anormales en él.
Pero no es lo más sobrecogedor. Sigo en Instagram a Mark Peterson (@markpetersonpix), un fotógrafo que trabaja para prestigiados medios y, desde un tiempo, se ha concentrado en retratar a los asistentes a mítines y a los políticos en el despliegue pleno de todo lo que son. La gente real, vamos, antes o más allá de los discursos, las palabras: en sus miradas alucinadas, sus bocas abiertas en un grito o una carcajada, sus manos alzadas o entrelazadas y sus ropas y sus cabellos y sus uñas y su sudor y su grasa y sus huesos y sus arrugas y sus poros. Ver esas fotos sirve mucho, creo yo, para hacerse una idea de lo que está pasando, aparte de cualquier explicación que la historia pueda dar.
J. I. Carranza
Mural, 3 de noviembre de 2024.
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Miedito
No sé si sea una tendencia (trending, que le llaman), pero estos días han estado saliéndome videos, armados con inteligencia artificial, en los que se ve una gran fiesta de Halloween cuyos protagonistas principales son algunos de los más conspicuos personajes de la política internacional actual: Donald Trump, arrebatado por la inspiración, toca la guitarra eléctrica y Vladimir Putin lo acompaña con una sonrisa serena y satisfecha en la batería («Fortunate Son», de Creedence Clearwater Revival), mientras desfilan por la pantalla Kamala Harris caracterizada como bruja; Kim Jong-un, que reparte dulces disfrazado de Darth Vader; Barack Obama como un payaso deplorable; Benjamin Netanyahu con una capa de Drácula, riendo cándidamente, rodeado de niños. En otro, Joe Biden está al piano, mientras Obama requintea y Voldímir Zelenski salta disfrazado de osito y Emmanuel Macron llama a una puerta vestido como Napoleón; hacia el final (suena «House of the Rising Sun», de The Animals) vemos a Trump maquillado como el Guasón, que se acerca a la cámara seductor y siniestro.
Creo que lo más llamativo en estos videos es que nada en ellos parece demasiado disparatado. Hay congruencia entre los individuos originales y sus representaciones, y salvo por algunos casos en que se enfatizan ciertos rasgos o gestos (la risa de Kamala es excesiva, se le desorbitan los ojos), en realidad no hay caricatura ni muecas falseadas. No hay absurdo. La inteligencia artificial sencillamente tomó las figuras de los personajes y sus modos de moverse y sus expresiones faciales para que habitaran esas fiestas e hicieran, eso sí, esas cosas extrañas… que sin embargo no son más extrañas que las que hacen todos los días. Lo cual tal vez signifique que eso grotesco que muestran los videos es reflejo fiel de la esperpéntica naturaleza de los individuos de carne y hueso. Y lo más inquietante es que no resulte en absoluto inquietante.
Por alguna razón, la única forma de horror que he soportado en arte es el horror cósmico de H. P. Lovecraft y sus predecesores y sus antecesores. Fue un mundo que me descubrió mi esposa cuando teníamos poco de habernos conocido, en la prepa, y me prestó aquella formidable compilación de Rafael Llopis en Alianza Editorial, Los mitos de Cthulhu; a lo mejor estaba calándome a ver qué tan coyón era. Pero la cosa es que encontré un deleite insospechable en el sobrecogimiento que causaban las historias de Lord Dunsany, Arthur Machen, Ambrose Bierce y el propio escritor de Providence que concibió esos mundos inconcebibles. Fuera de eso, ni en literatura ni en cine me gusta jamás que me asusten ni que nada me dé miedo; incluso de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, me arrepiento, y no se diga cuando por descuido he caído en novelas o películas que dan escalofríos o provocan sobresaltos: cada vez he acabado preguntándome enfurecido qué diablos hago pasándomela así de mal. En cuanto a Lovecraft y sus imaginaciones, creo que me resultan admisibles por su desmesura y por su imposibilidad: entre más verosimilitud, más inerme y atónito y aterrado quedo. Por razones parecidas jamás me subo a los juegos mecánicos: porque uno se puede matar.
Sin embargo, paradójicamente, también hay ciertas formas de lo sobrenatural que me agüitan durísimo. Umberto Eco decía que El resplandor, de Kubrick (supongo que también la novela de Stephen King), sólo puede infundir miedo a los protestantes, mientras que con El exorcista únicamente experimentamos terror los católicos. Creo que tenía razón porque la primera he podido verla varias veces, y hasta se me hace divertida, mientras que la segunda la vi una sola y lo lamentaré por el resto de mi vida. También me sucedió, en tiempos de temeridad juvenil en que todavía me animaba a ver cosas así —o quería quedar bien con mi esposa, que se la pasa encantada con las películas más escalofriantes y tremendas—, con Corazón de ángel, de Alan Parker, donde Robert De Niro sale del mismísimo Chamuco (me pongo chinito nomás de acordarme), o con El abogado del Diablo, donde es Al Pacino el que hace de Pifas —ésa la vimos de noche, en el cine, y al salir el estacionamiento estaba desierto y casi chillo—. En suma, cada que el asunto es el Patas de Cabra, yo salgo corriendo. Cruz, cruz, que se vaya el Diablo y venga Jesús.
Volviendo a los videos de Halloween, ojalá alguien le pida a la IA hacer algo parecido con políticos mexicanos, no sería difícil el casting: Noroña, Norma Piña, el gobernador de Sinaloa, «Alito», y desde luego la Presidenta, más el Cabecita de Algodón como un chaneque (Alfaro no porque ya ni quien lo pele). Pero, más allá de eso, esos videos dan qué pensar si se considera cómo las invenciones más desaforadas difícilmente rivalizan con las razones para el espanto que surte la actualidad noticiosa. Encima, pasa esto: los monstruos, las pesadillas, los infiernos, la locura y la maldad que imperan en tantos lugares y afligen las vidas de tantas personas, por escalofriantes que sean, van pareciendo cada vez menos temibles —salvo para las víctimas, claro—. Las atrocidades peores van incorporándose sin cesar a nuestra tramitación de lo real, y vamos camino de perder por completo la capacidad de horrorizarnos. Será lo más aterrador, sin embargo: que lo que presenciamos acabe por no parecer suficientemente aterrador.
J. I. Carranza
Mural, 27 de octubre de 2024.
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Amigo robot
¿Para qué querría yo un robot? Para que planche. Por más que intento alejarme de esta respuesta automática y pedestre, y fuerzo la imaginación para encontrar modos más inteligentes de aprovechar las asombrosas posibilidades de la tecnología robótica, termino regresando siempre a esa necesidad básica y vital. No se me antoja que un robot haga mi trabajo —escribir esto, por ejemplo—, porque me gusta hacerlo y no estoy tonto. Ni tampoco ninguna tarea que me daría vergüenza no hacer por mí mismo, como sacar un refresco del refri o llevar a lavar el coche. (De hecho, ahora que lo pienso, cuando llevo a lavar el coche la mayor parte del trabajo corre por cuenta de un robot, la maquinaria que enjabona y frota y enjuaga y seca, mientras yo nomás estoy aplastado y mi única labor es no pisar el freno en lo que el coche recorre ese tracto intestinal de foquitos y rodillos y chorros de espuma y agua). Entiendo que muchas personas estarán en condiciones de aprovechar de modos incontables los servicios de un robot, pero algo me hace sospechar que tendrían que ser solamente personas con alguna discapacidad. El resto, si hemos de ser francos, los usaríamos principalmente por haraganería —que es la razón inocultable de que sólo piense en la planchada, aunque tampoco es para tanto: con musiquita o una buena serie el rato se pasa volando.
Pero pocas cosas tan rentables, lo mismo en mercadotecnia que en política, como nuestra infinita haraganería. Seguramente por eso alcanzó tanta resonancia la reciente presentación que hizo Elon Musk de la nueva generación de los robots que produce su compañía Tesla. El faramalloso multimillonario, en unos cuantos días, apareció primero dando brincos y enseñando las lonjas en un mitin de Trump, luego en una fiesta donde las estrellas fueron los androides de marras, y finalmente aventó un cohete al espacio y luego lo atrapó de nuevo, algo que por lo visto fue un hito en la carrera por alcanzar otros planetas, o al menos para esa tontería que llaman «turismo espacial», y que consiste en meter a un puñado de ricachones en una cápsula y, a un costo estratosférico, ponerlos a orbitar por unos minutos la Tierra —para el caso, mejor ir a los juegos de las Fiestas de Octubre—. Musk, en fin, está viviendo uno de sus más altos momentos como una de las figuras más conspicuas de este tiempo infame, suyo en la medida en que suya es la riqueza inconcebible que posee y el mundo está en manos sólo de quienes tienen las armas o tienen el dinero.
Los autómatas exhibidos, un pelotón de maniquíes articulados que interactuaron con los asistentes a una gran fiesta, según dijo el propio Musk, pronto estarán a la venta para el público en general —otro millonetas aparatoso y vociferante, Ricardo Salinas Pliego, anunció que vamos a poder sacarlos en abonos en Elektra—. En esa fiesta además se lanzó un taxi sin taxista y también una como decapesera que asimismo se maneja sola. (¡Ah, las decapeseras! ¿Quién se acuerda de ellas? Eran las combis de un servicio subrogado del Sistecozome, horriblemente adaptadas para que les cupieran hasta veinte o más cristianos, de a diez pesos por piocha, y que surcaban calles y avenidas de esta ciudad por ahí de los años ochenta. Un día casi salgo volando de una cuando iba a velocidad asesina por Gobernador Curiel). Pero fueron los robots los que más llamaron la atención: platicaban con la gente, bailaban, preparaban cocteles, etcétera. Luego corrieron rumores de que había empleados de Musk manipulándolos a control remoto, pero de cualquier forma todo fue un éxito y cundió la emoción por lo que se avecina. No parece imposible que esa noche se haya decidido la elección en Estados Unidos: en vista del apoyo de Musk a Trump, la movida evidentemente estuvo al servicio de seducir votantes indecisos.
Es bastante decepcionante que los robots parezcan… robots. Que a estas alturas sigan moviéndose y comportándose como humanoides tullidos y un poco estúpidos, incapaces de ninguna agilidad ni ninguna prestancia. Caminan como si acabaran de hacerse caca encima —hasta donde sé, no hacen caca—; se contonean sin ritmo cuando dizque bailan, parece que les duele el pescuezo todo el tiempo; aunque puedan escanciar una botella sin derramar una gota o tomar un huevo sin romperlo, sería temerario pedirles un café o una sopa caliente. Y es triste que sigan sirviendo básicamente para lo mismo que servía Robotina, la de Los Supersónicos. En más de sesenta años, ¿no se nos ha ocurrido otra cosa mejor? (No: por eso quiero que mi robot planche). «Puede ser un maestro, cuidar a tus hijos, pasear a tu perro, cortar el césped, hacer la compra, ser tu amigo, servir bebidas», dijo Musk. Se entiende que las tareas domésticas más enfadosas se le deleguen… Pero ¿para qué querría uno un perro, si no tiene tiempo para cuidarlo? ¿O hijos? Con todo, lo más deprimente es la penúltima sugerencia: el robot puede «ser tu amigo».
Mi papá me compró, cuando era niño, un robot de juguete (¿no son juguetes todos los robots?) cuya gracia era que se veían en su interior unos pistones que subían y bajaban con unas lucecitas, y se desplazaba en unos como patines. Era de pilas. Nunca le puse nombre; cuando se lo regalé a mi hijita, pasó a merecer por fin uno: Regino. Es fantástico. Lo malo es que nunca pude hacerlo que planchara.
J. I. Carranza
Mural, 20 de octubre de 2024.