• Para otra vida

    Se asombraba la periodista Gabriela Warkentin, el jueves en su programa de radio, de que la flamante ganadora del Premio Nobel de Literatura fuera más joven que ella. No pude menos que comprenderla: ya desde hace un rato es inevitable que experimente cierto desasosiego cada que un dato así me confirma cómo está más cerca el momento de sacar mi tarjeta de Bienestar. Cincuenta y cuatro años va a cumplir Han Kang a finales de noviembre (al averiguar esta información, el primer resultado que me devuelve el buscador es la ubicación de un restaurante con el nombre de la coreana en Plaza Bonita), y aunque me lleva dos añitos, mi primera impresión es que ciertamente es una chamaca. Luego descubrí que Warkentin y yo no fuimos los únicos en sobresaltarnos: como si el Nobel debieran dárselo solamente a «adultos en plenitud», causó cierto revuelo el hecho de que esta vez lo ganara alguien nacido en 1970, y, sin embargo, como tuvo la paciencia de advertirlo el ensayista Eduardo Huchín, ha habido quienes a edades aún más tempranas tuvieron la bendición de Estocolmo: «García Márquez y Hemingway tenían 55 años cuando lo recibieron y todavía más joven lo recibió William Faulkner, con 52. Aunque a todos ellos les gana Pearl S. Buck, que tenía 46 años cuando le dieron el suyo en 1938», anotó en Facebook, y más tarde agregó: «En las respuestas a este post se han ido sumando: Rudyard Kipling con 41, Albert Camus con 44, Joseph Brodsky con 47, Orhan Pamuk con 54, Olga Tokarczuk con 56».

    ¿A qué edad debe llegar la gloria? Desde hace algunos años, el novelista Luis Panini acostumbra hacer una fabulosa lista de autores que, a su juicio, deberían ganar el Nobel; lector formidable, conoce bien la obra de los candidatos más recónditos del universo y con generosidad admirable divulga sus méritos; gracias a él, por ejemplo, yo descubrí al húngaro László Krasznahorkai, y suscribo la certeza de Panini de que se trata del mejor escritor vivo (anunciaron que va a venir a la FIL, por cierto: estoy que no lo puedo creer). Al darse a conocer el nombre de Han Kang, Panini escribió: «Una autora de 1970. ¡Maravilla!», y luego replicó algo que ya había escrito sobre ella en 2021 («Escribe con la misma pasión pasajes desconcertantes y otros que producen un efecto calmante inmediato. El trauma parece ser su materia prima, moldeándolo cíclicamente en crescendos físicos y emocionales…»). No la consideró en sus vaticinios para este 2024, sin embargo, porque su «regla autoimpuesta es mencionar sólo autores que pasen de los 55 años». Esa reticencia, que en principio yo compartiría, acaso se explique por la posibilidad de que, en la cincuentena, o incluso ya rebasada, aún queda bastante tiempo para malograr una trayectoria con obras que difícilmente superen las ya despachadas: ahí tenemos el caso de Vargas Llosa, que luego de recibir el Nobel no ha logrado lo que alcanzó con sus primeras novelas —y con alguno de sus títulos más recientes dan ganas de que se lo quiten—. No obstante, hay que tener en cuenta que la gente se muere y a veces sencillamente no se alcanzó a reconocer a tiempo a quien más lo merecía, y la historia del Nobel es rica en injusticias así, tan irreparables como oprobiosas: Jorge Luis Borges, Virginia Woolf, James Joyce, Franz Kafka, Marcel Proust y un interminable etcétera que hace pensar que recibir esos once milloncitos de coronas suecas es más bien penoso (qué va).

    Juan José Arreola decía que él no leía nada que no tuviera al menos medio siglo de haberse publicado. Desdeñaba, yo pienso que muy sabiamente, la notoriedad impuesta y los malentendidos de la fama, pero también la ansiedad supersticiosa de estar al corriente ocupándose de los contemporáneos —no obstante lo cual fue, como profesor y como editor, un impulsor entusiasta de las búsquedas de los muy jóvenes, labor a la que muchos debemos haber perseverado—. Prefería, en todo caso, confiar el tiempo de su vida como lector a libros sancionados por la tradición, ese juez inmejorable. Y es que cada hora que leemos es, también, una hora que estamos dejando de leer algo más. Pero esa norma arreoliana es, en el fondo, una apuesta: ¿y si al adoptarla estamos perdiéndonos ahora mismo de conocer al nuevo Arreola, digamos, que posiblemente esté ya publicando sus primeros prodigiosos miligramos?

    Yo no tenía en mis planes leer a Han Kang, tanto así que ni siquiera sabía de su existencia, aun cuando ya algo suyo está traducido al español —amén de que en 2016 obtuvo el Man Booker International con la versión al inglés de La vegetariana, es decir que fama ya tenía—. ¿Me da curiosidad? Sí, pero tengo que calibrar esa curiosidad, motivada nada más que por el Nobel, contra una sospecha que acaso tiene que ver con las razones de Arreola: llega un momento en la vida en que leer debería ser, cada vez más, releer. Regresar a lo que una vez nos deslumbró, y a tratar de comprender mejor los libros que uno tiene por fundamentales. Hace poco saqué del librero la Summa de Maqroll el Gaviero, de Álvaro Mutis, y me conmovió enormemente encontrar las anotaciones a lápiz que testimonian mi deslumbramiento a los 19 años. ¿Cuántas otras veces alcanzaré a pasar de nuevo por ahí? O por El astillero, de Onetti. O por Montaigne.

    Así que Han Kang bien podrá esperar para otra vida, creo. Falta no le voy a hacer.

    J. I. Carranza

    Mural, 13 de octubre de 2024.


  • Ir al super

    El otro día descubrí que había cambiado el espacio de las frutas y las verduras en el supermercado. Antes organizado según las necesidades de refrigeración de determinados productos, separados por tanto de los que pueden estar a temperatura ambiente, ese espacio —según yo— había funcionado óptimamente desde que el súper abrió. Ver que ya estaba todo revuelto me hizo experimentar aquello que Cortázar llamaba «la sensación de no estar del todo». Nada me desasosiega como los cambios inesperados impuestos a mis rutinas: todavía no me repongo de la vez que, en tiempos de Enrique Álvarez del Castillo, modificaron de golpe todas las rutas de transporte colectivo en Guadalajara, jamás pude acostumbrarme y en algún momento renuncié a entender los sucesivos cambios que desde entonces ha habido, de tal forma que mi mayor vergüenza como tapatío es que no sé tomar camiones. Luego, poco a poco, mientras escogía la papaya y agarraba otra bolsita para los limones, el shock se trocó en inquietud paranoica: ¿van a seguir otros cambios como ése? ¿Qué están tramando? ¿No tendrían que consultarnos a los clientes primero? Y lo peor: ¿qué quiere decir de mí esta dificultad para aceptar que los jitomates estén en otro lado?

    En materia de transformaciones de lo cotidiano yo soy más bien partidario de Parménides, y me sostengo en la convicción de que todo cambio es ilusorio y nada logra contra lo verdaderamente importante de la existencia. Pero sí me saco de onda. Porque, para seguir hablando de la experiencia de ir al súper, querría que en ella estuvieran aseguradas las condiciones indispensables para mantener a salvo la serena felicidad que me dispensa. Y las alteraciones inesperadas del paisaje son recordatorios de la precariedad de esas condiciones, así como de nuestra ineludible fugacidad en esta tierra. ¿Felicidad? Nada menos. Pocas cosas tan gratas como ir al súper, quiero decir —y, a sabiendas de las numerosas y razonables resistencias que puede encontrar esta aseveración, preciso cuanto antes: pocas cosas tan gratas para mí.

    El súper al que más vamos se inauguró hace apenas algo más de cinco años (fui a buscar este dato, no es que lo traiga tatuado en el corazón). Antes, en su lugar hubo otro, que cerró y dejó el local vacío al menos por dos años, y al que también íbamos con regularidad, por lo que no es improbable que mis recuerdos de uno y otro se superpongan, lo mismo que los recuerdos de todos los otros supermercados que hay en mi medio siglo de vida (tantito más). Ese amasijo de memorias, que muchos compartirán, debe de ser un terreno fértil para elucidar la configuración de la afectividad de una sociedad como la tapatía, en particular del sector integrado por quienes vamos cada semana o cada quincena o cada que Dios quiere a comprar el mandado (y algún gustito, a lo mejor): a qué súper te llevaban tus papás, dónde te surtes ahora, cuál prefieres y por qué, a cuál nunca volverías. ¿Y cuáles recuerdas de otros tiempos? (Con estas memorias también puede armarse un buen test de tapatiez, que vaya de lo más fácil a lo más difícil: ¿qué súper había frente al Parque Morelos? ¿Cuáles han sido las diferentes cadenas a las que ha pertenecido el de Plaza del Sol? ¿El de Tránsito es un…? Entre las más preguntas más rudas, podrían salir a flote nombres como Maxi, Hemuda, Blanco —a ver, ¿dónde había Blanco en Guadalajara?—, o esto que les pregunté a mis hermanos, porque yo no había nacido todavía pero he oído del asunto como se oye de un lugar mítico: ¿qué había en el cruce de Arista y Alcalde, por ahí de los años 60? Es hora en que siguen discutiendo en el chat familiar: que si Vatrix, Vatry, Vatri o Vatris… Y preguntas capciosas: ¿alguna vez ha habido Sumesa aquí? ¿La Tlalpense contaba como súper, y por qué sí o por qué no? Etcétera).

    La escritora Annie Ernaux llevó un diario minucioso de todas sus visitas al súper a lo largo de un año. Por un lado se proponía constatar que ahí despliega el conjunto de las posibilidades del comportamiento humano —cosa que parece dudosa; quien sabe cómo será en Francia, pero aquí hay tipos de personas que jamás te encontrarías pidiendo el jamón, buscando el yogur o llevando una bolsa de frituras junto a las peras y el Fabuloso—, pero también quería averiguar las explicaciones de lo que la experiencia puede tener de gozosa. «¿Acaso venir al supermercado no significa, de alguna manera, verse admitido en el espectáculo de la fiesta, sumirse realmente, y no a través de una pantalla de televisión, en las luces y la abundancia?». Descubrió también que mientras uno va escogiendo, pensando en lo que hace falta, comparando precios, sacando cuentas, dejándose seducir por la publicidad, probando las muestras de queso o granola, hojeando las revistas de la caja, el tiempo deja de transcurrir. Yo lo entiendo no como aquello que pasa en los casinos de Las Vegas, donde se funden el día y la noche en un mundo sin ventanas para que sea imposible detenerse y dejar de jugar, sino más bien como una forma discreta de la eternidad a nuestro alcance: desde que tomas el carrito y empiezas a recorrer esas luces y esa abundancia, bajo esa música que suena pero no se oye, y hasta que sales de nuevo a la famosa realidad, has sido provisionalmente inmortal.

    Aunque los chiles y las guayabas ya no estén donde estaban siempre.

    J. I. Carranza

    Mural, 6 de octubre de 2024.


  • Adiós a las risas

    El expresidente Andrés Manuel López Obrador se rio mucho.

    A lo largo del sexenio, el Presidente Andrés Manuel López Obrador se rio mucho. Y quiso, también, que los mexicanos riéramos con él, como lo prueba el buen humor que por lo general exhibe en público (en privado, dicen, puede ser un volcán colérico), además de su propensión a colar siempre dichos, juegos de palabras y chistes, así como su ingenio para la imposición de apodos, la destreza casi siempre infalible que tiene para la carrilla y su talento asombroso para la producción de absurdos, y también su recio blindaje contra todo sentido del ridículo (dos veces se puso a balar como borrego en las «mañaneras»). Nunca se ha quedado riéndose solo: seguramente al tanto de que eso es propio de dementes, cada vez que ha soltado la carcajada o ha desplegado sin más una ocurrencia insospechable (como cuando dedicó parte de la mañanera a ver las peripecias de Benito Bodoque), sonriente y divertido, tuvo la certeza absoluta de que su hilaridad era compartida de inmediato, y no sólo por sus numerosos y deplorables paleros y lamebotas, sino también por millones de mexicanos que todos los días le beben las gracejadas, y aun por aquellos (entre los que me cuento) que, sin tener el mínimo afecto por el individuo, nos sorprendemos a veces incapaces de aguantar la risa por su última payasada —a muchos les pesa, me imagino, y querrían que esa risa no interrumpiera su rabia y su aborrecimiento.

    Esa risa, compartida e infalible, ha colaborado activamente en la conformación del discurso del presidente, y a la par de sus decisiones más razonadas, ha sido un componente fundamental en la fabricación cotidiana de sí mismo que ha tenido a López Obrador atareado durante estos años, lo mismo en los cientos de sus «mañaneras» que en todas las demás producciones de su figura al frente de la llamada «transformación» que encabeza. Sus dichos, sus ingeniosidades, sus gestos, sus muecas, sus burlas de otros, sus ironías y sus sarcasmos, hasta sus balidos de borrego, han contribuido a imprimir continuamente más coherencia al personaje, y así, al contrario de Juárez, adusto siempre, ceñudo, grave, no será extraño que las estatuas y las estampitas de López Obrador lo representen sonriente, o al menos mirando al horizonte como si acabara de recordar un chiste.

    Pero esa risa es también un indicio muy fiable de su percepción de la realidad y de su comprensión acerca de lo que cabe hacer con ella (o dejar de hacer, como en la más emblemática de omisiones y sus traiciones a sí mismo, que es el caso Ayotzinapa). El presidente se ha reído todo lo que le da la gana, y nos ha invitado a acompañarlo en su contento, porque entiende, y espera que entendamos, que reír es posible. Y, además, que es lícito: al reír él, en el ejercicio de su función como responsable de conducir el destino de la nación, la risa de la nación toda está siendo no solamente alentada, sino autorizada. Si el presidente puede reírse, todos tendríamos que poder hacerlo también. Y es que esa risa del presidente ha buscado ser, al mismo tiempo, señal de inocencia y prueba de claridad moral. Inocencia: al permitirse reír, ha cultivado una imagen de hombre bienintencionado y despreocupado que, precisamente, se permite reír porque no encuentra obstáculo para ello: porque nada puede estar tan mal, en este presente que atraviesa el país, como para no consentirse al menos algún momentito de chacoteo. Claridad moral: es la risa de los probos, de los justos, ha de verse como su recompensa por haber vencido sobre la tentación (la corrupción, la codicia, el autoritarismo y demás vilezas); intocado por la depravación en la que suelen enfangarse quienes participan en política, y dotado de un esplendor inextinguible, el hombre puro es el que más derecho tiene a reír. Pues en su risa se condensa su virtud: si el presidente puede reírse, estando las cosas como están, de pie sobre el charco de sangre o sobre la fosa clandestina o en medio del fuego cruzado o en el ojo del huracán de hambre, ignorancia y miedo que hace volar por los aires toda afirmación proveniente del gobierno («Vamos muy bien» ha sido el mantra más socorrido del sexenio, en boca del primero en saber lo mal que vamos); si el presidente puede reírse ante el incesante muro de rostros de desaparecidos y sobre los aullidos de dolor de sus madres, que excavan todo el país para, al menos dar con sus huesos; si el presidente puede reírse frente a las ansias de reventar que tienen la desesperación y la violencia, y ante la impunidad inconcebible con que el crimen ha ido enseñoreándose de áreas cada vez más grandes del país donde sencillamente el Estado dejó de existir y donde únicamente imperan el pavor y el exterminio, entonces eso quiere decir que está más allá (más arriba, más lejos) de todo mal, pues esa risa pura, de niño alegre o abuelito satisfecho, no podría jamás prestarse a ningún malentendido ni esconder ninguna intención aviesa. ¿Qué de malo puede tener? Es la risa de quien tiene la conciencia limpia.

    Este martes, cuando traspase la banda presidencial, López Obrador va a reír mucho. Es difícil pronosticar cuánto tiempo seguiremos oyendo el eco de esa risa, y también si, a partir del miércoles, Claudia Sheinbaum encontrará igual de chistoso eso a lo que el poeta Javier Sicilia se ha referido como «administrar el infierno».

    J. I. Carranza

    Mural, 29 de septiembre de 2024.


  • Banquetazo

    Banquetazo

    El otro día me caí. Una caída más aparatosa que dramática, pues no me rompí ningún hueso, aunque al dar contra el suelo pensé que me había reventado una rodilla; una caída más bien teatral o incluso operática, ya que entoné un lamento sonoro cuando giré para quedar de espaldas, mirando al Sol —una urgencia de dignidad me hizo entender que ese giro atenuaba la degradación sufrida, que permanecer boca abajo no sólo era indecoroso y patético, sino que además parecería más alarmante y catastrófico—. Tantos segundos duré cayéndome que alcancé a imaginar 1) que podría salvarme en el último momento, que sólo habría sido un tropezón; 2) que disponía de tiempo para acomodarme del mejor modo; 3) que el punto 2 era absurdo, no había mejor modo, me golpearía en varias partes de lo que en la nota roja llaman «la economía corporal»; 4) que qué vergüenza con la gente que me veía, y 5) que al menos no iba a romperme el hocico. El rodillazo, al final, fue lo de menos: todo mi peso se concentró en el codo izquierdo, que raspó largamente el cemento de la banqueta y quedó asimismo pelado, con aspecto de camote del cerro, y en el hombro —como que se desacomodó, no he querido pensar mucho en eso.

          Llegado a este punto, debo advertir que tengo disponible una justificación para platicar aquí de mi percance, y que esa justificación no es otra que hacer notar una carencia que sufrimos como sociedad y, en lo posible, animar algunas consideraciones al respecto. Hace mucho, una noche estábamos viendo un noticiero y salió un editorialista que dedicó su colaboración a hablar del mal estado de las banquetas en su ciudad. «Otro que se quedó sin tema», me dijo mi esposa, no sin sorna, al tanto de la penosa circunstancia de quienes debemos ocuparnos cada semana de algo que sea de la incumbencia del público. Por eso me la había pensado para venir aquí a hablar del banquetazo que me di: no vaya a parecer que me quedé sin tema… Pero bueno: el caso es que hoy le doy la razón a aquel editorialista: bien está que las banquetas reclamen nuestra atención y aviven nuestra perplejidad y conciten nuestra más pura indignación: por estar estropeadas, rotas o despedazadas, o bien erizadas de irregularidades y filos y bordes, llenas de estorbos y de amenazas, o interrumpidas por agujeros y trampas, o reducidas o inexistentes o asquerosas, resbalosas, encharcadas, untadas de excrementos animales o humanos, etcétera, pueden ser la causa de que uno se caiga tontamente como yo, o más feamente —ni lo mande Dios—, o incluso de que se mate en la caída, y ello por no hablar de los incesantes modos en que dificultan la vida de las personas en sillas de ruedas o de los viejos o de los ciegos…

          (Leo, en un artículo del extrañado José de la Colina, que en México se dice «banquetas», y no «aceras» o «veredas», como en otros lados, debido a la costumbre añeja de tomarlas como asiento, frecuentemente para beber un vaso de pulque o un refresco o una cerveza: «bancas públicas y democráticas» para ver la vida pasar).

          Pronto un hombre más o menos de mi edad se acercó a darme una mano para levantarme, entre pujidos y con algunos trabajos; un muchacho fue a recoger el audífono que se me salió volando; mientras me sacudía la barriga y comprobaba que no tenía fracturas, vi algunos semblantes consternados. Estábamos en la Vía RecreActiva. Bien me dijo a otro día una amiga: la juventud se extinguió para siempre cuando te caes y ya nadie se ríe, y más bien alcanzas a oír: «Ay, se cayó el señor». Luego de ir cojeando hasta una banca (no banqueta) del Parque de la Revolución para reflexionar sobre mi vida mientras me sobaba, regresé a ver el borde malvado que me tumbó. Tal vez es un punto donde la raíz de un árbol ha levantado el piso, tal vez meramente una malhechura; como sea, algo que nadie se ha preocupado de arreglar.

          Entiendo que, con algunas particularidades que varían de un municipio a otro, la responsabilidad del mantenimiento de las banquetas es compartida entre los propietarios de los inmuebles y los ayuntamientos. Pero esa fórmula, que en teoría suena muy cívica, también puede significar que tanto las autoridades como los ciudadanos (propietarios, pero también viandantes en general: todos los que usamos las banquetas) nos desentendemos por igual, visto el estado que guarda la mayor parte de las banquetas tapatías. Da la impresión de que sólo las recién hechas son del todo transitables, y van dejando de serlo conforme pasa el tiempo, como si eso fuera lo natural. El Reglamento de Imagen Urbana para el Municipio de Guadalajara se refiere solamente a lo que debe tomarse en cuenta al proyectar banquetas nuevas o al solicitar permisos para modificar las existentes. Pero ¿a quién le toca en rigor barrerlas, lavarlas, resanarlas, allanarlas, librarlas de hoyancos, ver que se conserven completas? Cuidar, en suma, que se pueda caminar por ellas con seguridad y tranquilidad. A veces, sí, se ven obras de rehabilitación, pero nunca cubren más que unas cuantas cuadras. Y aquel programa llamado Banquetas Libres, del que tanta alharaca se hizo en su momento, ¿en qué quedó? ¿Nomás se extinguió sin pena ni gloria? Uno querría que Guadalajara fuera una ciudad más caminable. Pero parece que las condiciones para que eso sea posible nos tienen sin cuidado.

    Ya se me está cayendo la costra del raspón.

    J. I. Carranza

    Mural, 24 de marzo de 2024.


  • ¿Un tejuino?

    ¿Un tejuino?

    En el delicado equilibrio entre la sencillez de sus componentes y la sabiduría ancestral necesaria para su preparación, el tejuino en Guadalajara depende de un ingrediente clave para que beberlo no sólo sea sabroso, sino además una rotunda e inconmutable forma de la felicidad: el hallazgo. En toda felicidad auténtica hay siempre misterio —obra alguna fuerza sobrenatural, quizás, o es más bien que nos urge saborear el primer trago antes que ponernos a buscar la explicación de ningún enigma—, y es así que uno suele darse cuenta de que quiere un tejuino sólo en el momento en que un tejuinero le sale al paso. Es una aparición providencial, pero también paradójica: de no haber ocurrido, ¿el deseo se habría producido? ¿Y si es más bien que las ganas secretas de tomarse un tejuino son las que producen al tejuinero?

          Pasa también, y será tal vez la otra cara del mismo misterio, que el antojo puede prosperar sin ningún tejuinero a la vista. Vamos, pongamos, por la Vía RecreActiva, bajo el solazo, luego de haber comprado el periódico con los Hermanos Ceniza; hace rato que se acabó el agua que llevábamos, renunciamos a comprar un refresco o un juguito en la Farmacia Guadalajara, animados por la confianza de encontrar la moto angélica, verde o azul o naranja, tal vez junto al templo de La Soledad, o en la esquina del Centro Magno, o en las inmediaciones de la Minerva… Pero nada: vamos hasta allá y volvemos y no se manifiesta nunca ninguna moto, la esperanza aquella va quedando defraudada, la sed crece y el sol cala con crueldad, y al final nos resignamos a que el domingo quede incompleto, sin causa aparente. Ojalá hubiéramos comprado el juguito, nos lamentamos: demasiado tarde.

          Sí, para poner remedio a la desolación uno podría ir a una tejuinería establecida, por ejemplo la afamada de Marcelino, en el mercado de la Capilla de Jesús. (Cada que vamos ahí mi hijita y yo, luego del frontenis, todos chamagosos y ya cansados como para esperar a que el azar nos ponga un tejuinero ambulante en el camino, recuerdo cómo en vacaciones mi mamá me llevaba los miércoles al tianguis en el Mercado Alcalde, y yo esperaba esos días con especial emoción porque siempre le comprábamos a un don que ponía su triciclo en la esquina de Angulo y Alcalde —no recuerdo que en ese tiempo hubiera tejuineros motorizados—: pocas cosas me hicieron más feliz de niño). Pero, sin ser mejor o peor, sí es distinto de la ocurrencia inesperada y simultánea de la sed y del hallazgo.

          No se trata, sin embargo, sólo de que la sed se sacie: sospecho que el gusto por el tejuino tiene que ver también con la inadvertida satisfacción de hacerlo de un modo ciertamente insólito, con esa bebida de orígenes remotos que, a lo largo de las generaciones, ha sido un vínculo de identidad con esta tierra —aunque se bebe tejuino en otros lados, sospecho que es en Guadalajara donde goza de más arraigo—. Eso insólito se relaciona también con lo mucho que tomar tejuino tiene de transgresión o de temeridad, y no sólo porque se trata de una bebida fermentada (más de alguna vez he oído a fuereños azorados reprochar que nos guste algo hecho con «maíz echado a perder»), sino también por las audaces combinaciones de lo dulce y lo salado y lo ácido, y la consistencia, la espesura, el color… Como pasa con ciertos quesos o con carnes dejadas añejar, la descomposición controlada obra un milagro de reconfiguración molecular merced al cual tiene lugar la ocurrencia de lo insospechablemente delicioso. Y estamos tal vez tan hechos ya a la asepsis y la insipidez de lo que consumimos, que por eso resulta comprensible que adquiera gustos como éste quien no los ha tenido antes. Por cierto, hay algo que me intriga: aunque parecería indisoluble la afortunadísima alianza entre el tejuino y la nieve de limón, uno de esos descubrimientos gracias a los cuales la humanidad merece salvarse de la destrucción, ¿por qué el tejuinero siempre abre la posibilidad de servir el tejuino sin su compañera perfecta? Yo nunca he respondido «Sin nieve» cuando me pregunta si lo quiero sin o con. Y, aunque imagino que habrá gente que así lo prefiera —si no, por qué preguntaría el tejuinero—, ¿no parece una renuncia injustificable o demasiado desalmada?

          Afortunadamente, no parece posible —seguramente porque no sería rentable— la industrialización de la producción de tejuino, ni que se embotelle ni se almacene. No ha sido víctima del escaso ingenio de chefs sin ideas que podrían proponerse reinventarlo o reinterpretarlo, y por suerte no se ha hipsterizado ni gentrificado. No le hace falta ponerse de moda, y bien podemos seguir arreglándonoslas con la impredecible y arcana organización de los tejuineros (¿cómo deciden dónde ponerse, a qué horas, cuándo esfumarse?). Mi esposa ha pensado en la utilidad de una app que marque por dónde van las motos tejuineras tapatías, para que sea uno quien les salga al paso… Pero no sé: insisto en que el azar es un ingrediente tan importante como la nieve de limón y la sal.

    Hoy, entiendo, se celebra el Día Municipal del Tejuino. Me cae gordo siempre que se pretende institucionalizar una querencia, pero seguramente estará bien para la gente que pueda gorrear un vaso. Total: la sola razón para agradecer la llegada del calor a Guadalajara es la existencia del tejuino. Y calor no nos va a faltar. 

    J. I. Carranza

    Mural, 17 de marzo de 2024.


  • Japoneses

    Japoneses

    Sucede con frecuencia cuando uno está haciendo cola, por ejemplo para comprar las tortillas, para subir al camión, en la dulcería del cine —de las más desesperantes y tortuosas—, en el café —no: éstas son las peores, pues la espera se espesa invariablemente gracias al indeciso que, sólo hasta que llega a la caja, empieza a debatirse  entre el latte acaramelado de soya azul y lodo y el macchiato con chía y filtrado con trapo y leche de unicornio—. Sucede también dondequiera que tiene lugar una aglomeración de tamaño regular (las tiendas departamentales con rebajas o ventas nocturnas, en el patio del colegio mientras mamás y papás aguardan el comienzo del festival escolar, frente a la jaula de los changos en el zoológico); en las aglomeraciones mayores, como desfiles, estadios, mítines o balnearios en Semana Santa, es lo natural y por lo tanto no importa.

          Y para decir qué es eso que sucede voy a dar un ejemplo. Hace poco, estábamos haciendo cola para entrar al Museo Nacional de Antropología, una mañana nublada, fría, con mocos y jaqueca (yo, quiero decir). Quiso el destino que detrás de nosotros, en esa larga cola donde se forman extranjeros de muy diversas procedencias, y entre ellos japoneses bien educados, sonrientes y silenciosos como lo manda su cultura, nos tocara una familia procedente de Playa del Carmen (aunque no eran oriundos de ahí, como inevitablemente nos enteraríamos), conformada por la mujer gritona, los hijos sorgatones y gritones, el esposo gritón y medio tonto y el amigo gritón con el que se encontraron ahí. Los veinte minutos o más que tardamos en llegar a la puerta tuvimos que enterarnos de todos los pormenores irrelevantes de sus vidas taradas y de sus aventuras insípidas (era una familia fresa, en el trance de acomodarse a su reciente mudanza de regreso a la capital), gracias a sus voces abocinadas por la tremenda importancia que se daban a sí mismos. A los mocos y a la jaqueca tuve que sumar el pitido con el que acabó aturdiéndome aquella gritería, y sólo se me quitó hasta que pasamos frente a la Coatlicue, me hizo el milagro tal vez.

          No es condición, para la ocurrencia de este fenómeno, que sus protagonistas formen un rebaño: gracias a la omnipresencia de la telefonía móvil, basta que un cretino tenga urgencia o se enfade o se ponga histérico o eufórico (con carcajadas incluso) para que se olvide de que el mundo existe y eleve el volumen de su vociferación como si estuviera solo en medio de un llano. Y el egoísmo, porque de eso se trata, también gracias a la tecnología puede manifestarse también en variantes en las que la voz del egoísta es remplazada por la de sus aparatos: el otro día estaba yo en una biblioteca, lugar donde se supone que uno dispondrá de la quietud suficiente para hacer lo que ahí va a hacerse. Pero no: una joven, desentendida de la posibilidad de usar audífonos, tenía la computadora a todo volumen, me pareció que mientras veía una serie o una película, sin importarle en lo más mínimo que otros necios compartiéramos el mismo espacio tratando de estudiar o leer.

          Leí hace poco algo acerca del alto concepto en que se tiene en Japón al silencio, o, más concretamente, a la producción deliberada de silencio entre los individuos y aun en las multitudes, como una forma de asegurar las mejores condiciones para la concordia y la evitación de conflictos. A partir del respeto y la consideración por los demás como un principio inquebrantable, esta práctica cotidiana, asentada entre la mayoría de la población, es, además de una garantía para la paz, una sofisticada forma de entendimiento y comunicación en la que sobran las palabras, y tiene que ver también —aquí la cosa adquiere tintes religiosos o místicos— con la propiciación de cierta iluminación… Pero, bueno, no vayamos tan lejos: ya con que uno pueda escuchar sus propios pensamientos debe de ser suficiente para agradecer semejante disposición del espíritu colectivo. 

          Ahora mismo que escribo esto, algún ingenioso con iniciativa ha dispuesto colocar unos altavoces afuera de una tienda (estoy en un café, en un centro comercial), seguramente con el objetivo de atraer más clientela gracias a los pujidos de no sé qué cantante que ha de estar de moda, yo qué sé. En el café mismo hay música a un nivel bastante fuertecito —la eligen los empleados, supongo, lo cual es triste porque se trata solamente de música inmunda—, y, encima, llegó una pareja con niño chiquito (un año y medio, pongamos), frenético y de los que pegan chillidos de la nada, o acaso encantado por haber descubierto el eco que se hace en este lugar: por supuesto, no lo van a hacer callar: el papá, de cachucha echada para atrás, está absorto en la pantalla de su celular con la boca abierta, la mamá también, aunque ella al menos sí cierra la boca.

    Me acordaba aquí, la semana pasada, del ensayo «Esto es agua», de David Foster Wallace, y hoy lo recuerdo de nuevo porque ahí habla de la «falla original», que consiste en creer que uno es el centro del universo. ¿Se puede remediar, esa falla? Tal vez empiece por callarse. No sólo aquella vez en la cola de Antropología: yo quisiera que en el mundo entero (quiero decir, como cualquiera cuando dice «el mundo entero»: el que me toca atravesar todos los días) fuéramos más japoneses. O japoneses del todo, y para siempre.

    J. I. Carranza

    Mural, 25 de febrero de 2024.


  • Segundos

    Segundos

    Fue hace un par de semanas, en un centro comercial antaño —pero muy antaño— favorecido por el público y ahora más bien desolado, no abandonado del todo pero sí frecuentado sólo por quienes encontramos práctico ir al supermercado ahí y, de paso, a la peluquería, a ponerle pila a un reloj, a la farmacia. Antes había dos o tres neverías, pero ya no queda ninguna. También cerró hace mucho el café adonde me gustaba ir a escribir —y cerró porque no iba nadie, y porque no iba nadie me gustaba, entonces me siento un poco culpable—. En sus inicios tuvo dos cines, luego estuvieron inservibles muchos años, y hace poco volvieron a servir: se ven siempre desiertos, no sé cómo se sostienen. Está también la sucursal de una cadena de librerías: al gerente y a uno de los empleados los conozco desde hace siglos y les tengo gran estima, son seguramente los integrantes más atentos y serviciales y sabedores de su oficio en todo el gremio librero local, y ya sólo el hecho de que ahí trabajen vale la visita a ese centro comercial («plaza», se dice en Guadalajara). En cuanto a la peluquería supradicha, alguna vez platiqué aquí algo acerca de ella: es un espacio fantástico, fuera del tiempo, hecho con espejos y reflejos de los espejos, luces de hospital, música de Daniela Romo, donde se desempeña admirablemente un staff de experimentadas y muy diestras artistas de la tijera, comprometidas en la misión de mantener a raya la fealdad del mundo: su clientela la constituimos sobre todo hombres orillados a ir ahí para quedar un poco menos pavorosos.

          Pero decía: uno visita esa plaza sobre todo para comprar el súper en el súper, que es grande y suficientemente bien surtido, y que no está puerco, si bien adolece a menudo de escasez de carritos, o, si hay, todos tienen lo que David Foster Wallace identificó bien como la «rueda loca»: ese desquiciante defecto que vuelve torturante recorrer los pasillos porque el estúpido carrito se atora o se va para donde uno no quiere. En el súper no siempre hay vendedoras dando muestras de quesito, de salchichas o de granola, lo que es triste; sin embargo, sí hay un tanque transparente con langostas o bogavantes, para que uno escoja un ejemplar y se lo lleve vivo para cocinarlo vivo, lo que es aún más triste, aunque también fascinante —otra vez DFW: siempre que paso junto al tanque tengo presente su crónica «Hablemos de langostas», uno de los más formidables frescos de la demencial realidad a nuestro alcance—. Por años he creído que una vez vi, en las cajas de ese supermercado, trabajando como cerillita de la tercera edad, a la cantante que en un pasado muy remoto era dueña del bar donde ella misma servía las copas y cobraba al tiempo que cantaba boleros acompañada por un pianista fantasmal: Mary Tere, la de El Gato Verde —dudé en nombrarla, ahora mismo, porque nunca tuve absoluta certeza de que hubiera acabado sus días empacando abarrotes; si me confundí, pido disculpas a su memoria imborrable para tantos noctámbulos tapatíos de hace tres o al menos dos décadas.

          Mentí, pero rectifico: de unos meses para acá, la gente va a esa plaza no sólo por el súper, sino también atraída por una colosal tienda que vende un universo de cosas chinas, una inconcebible profusión de artículos insospechables, variedades infinitas de todo lo que uno pueda imaginar y también de lo que no, la materialización monstruosa del sueño más desaforado del más desmedido fabulista chino. Así, pues, que el estacionamiento se llena.

          Y lleno, aunque no del todo, estaba el estacionamiento un día en que, al salir del súper, hice lo que dice DFW (estoy hablando de su ensayo «Esto es agua»): «Entonces tienes que colocar tus bolsas plásticas de comida, desagradables y endebles, en el carrito con su rueda loca que lo lleva alocadamente hacia la izquierda durante todo el trayecto a través del estacionamiento lleno de tierra y de baches, y tratar de cargar las bolsas para colocarlas de forma que las cosas no se salgan y rueden por la cajuela durante todo el camino a la casa». Cerré la cajuela y, los tres (o cuatro) segundos que me tomó dar dos pasos y abrir la puerta del coche para cargarme yo también en él, bastaron para que el conductor de otro coche, que quería estacionarse al lado del mío, y ya se había embrocado para acomodarse ahí, sonara su claxon para apremiarme. Le estorbaba la puerta que yo acababa de abrir. Le estorbaba yo. Perdón, lo voy a decir como me lo dicta la perplejidad que entonces experimenté: estaba ya abriendo mi puerta, prácticamente estaba subiéndome, y un cabrón me pitó para apurarme. En ese momento, sobresaltado e incrédulo, interrumpí mi movimiento dos, tres segundos: más se iba a impacientar el pitador. Me quedé viéndolo, no era un conocido que quisiera saludarme, era meramente un imbécil con prisa. Y le hice la seña universal de «Espérate tantito», juntando pulgar e índice, para luego subirme por fin, ahora sí deliberadamente calmudo, a propósito para hacerlo rabiar. Como observó Jorge Ibargüengoitia, pensé cuando ya el tonto caminaba hacia la entrada del súper, musitando seguramente alguna maldición: quien se sirve del claxon pone en evidencia «la hediondez que brota de lo más profundo de su alma detestable».            

    Los atardeceres en el estacionamiento de esa plaza son hipnóticos. A veces me entretengo tomándoles fotos.

    J. I. Carranza

    Mural, 18 de febrero de 2024.


  • ¿Un tamalito?

    ¿Un tamalito?

    En principio, y como por lo general ocurre con toda condensación del gusto popular (músicas, fiestas, rituales y cualesquiera otras manifestaciones de la querencia colectiva), los tamales del día de la Candelaria y el aparato que los rodea no tienen nada injustificable ni objetivamente objetable. Pasan por inatacables, incluso por deseables y buenos, como si, en su comparecencia anual en el cotidiano paisaje de lo consabido, en sus hojas vinieran envueltas inequívocas promesas de contento, de alegría, aun de felicidad y plenitud, y como si el alborozo desatado a la hora de comerlos fuera ocasión infalible de deleite, y además de infalible, sobrada y sorprendente.

          Es cierto que no hay vida tolerable sin ilusión, y acaso por eso se aceptan —o ni siquiera se cuestionan— la inevitabilidad y la bondad de la tamaliza del próximo viernes, así como todas las de los años pasados y futuros en la vaporera inmensa de las generaciones. Esa ilusión puede tener diversos componentes (habrá, por ejemplo, quien pase la semana esperanzado por la pausa anunciada en el chat de la oficina: «¡Ya vénganse a los tamales!»), pero en todo caso empieza por la figuración de lo sabrosos que estarán los tamales esta vez. O por la mera asunción, más simple y modesta, de que estarán sabrosos. Y, si nos vamos algo más atrás, esas suposiciones se fundan en la creencia atávica de que los tamales son cosa rica y apetecible, con posibilidades de manjar o de vianda suma, celebratoria y celebrable, y de que a todo mundo tienen que gustarle y que muy mal estará —en el error, en el lado oscuro, en la indigencia moral y la turbiedad espiritual— quien los halle ya no digamos repulsivos o deplorables, intragables o bien indigestos u hogones (término muy preciso para decir lo que a uno le sucede cuando se retaca de masa), sino al menos dudosos y prescindibles. Se trata de una fe inmemorial, heredada desde tiempos de los muy antiguos, sobreviviente a las invasiones gastronómicas de conquistadores y masiosares, pero también a las negociaciones y entendimientos mutuos y amasiatos y audacias y meras imposiciones del destino que han dado forma a la cocina mexicana a lo largo de los siglos, y entonces aquella ilusión es en realidad acomodación sin resistencia al dogma: hay que comer tamales porque comer tamales es bueno, y ésa es la única verdad.

          Mi insignificante y discreta herejía ante esta supuesta verdad parte del hecho de que la veo como un componente de esa superchería llamada «idiosincrasia», pero principalmente tiene su razón de ser en la decepción consuetudinaria y, por lo visto, ya irreparable. Acumulamos desengaños hasta que admitimos que ya siempre va a ser así. Voy a ponerlo de este modo: ¿alguien recuerda, lealmente y con precisión, cuántos tamales se comió el año pasado, de qué eran, de dónde eran, quién los trajo, cómo se pagaron, quién puso los platitos, si estaban acompañados por alguna salsita apreciable? ¿Si estaban buenos? ¿Y de qué era el atole? ¿O no llegó el atole, y hubo que empujárselos con café o con una coquita? Y, por cierto: ¿alguien recuerda si, en efecto, corrieron por cortesía de quienes se sacaron el mono en la rosca? (En cuyo caso, diría yo, no cabe hablar de cortesía, sino más bien del cumplimiento obligatorio de una deuda fantasiosa y por ello doblemente inclemente: si, por haberte sacado el mono, hoy debes cumplir pagando o al menos ofreciéndote a conseguir el masivo y masoso condumio, fue sólo porque el azar te soltó un revés y ésa es toda la causa de que adquirieras este compromiso absurdo, coaccionado por la ansiedad social, básicamente: que nadie vaya a acusarte de tacañería, de misantropía, de acedía o de mamonería. Las roscas, por cierto, casi nunca son todo lo ricas que nos obstinamos en creer).

          Amén, pues, de lo poco memorables que resultan cada vez —salvo por las razones peores: todavía recuerdo con estremecimiento y rencor los que me hicieron daño hace siete años, qué pesadilla—, las exigencias de la reorganización temporal de la vida para que los tamales se logren son desproporcionadas respecto a lo presuntamente placentero de la experiencia. Quien se propone prepararlos ha de resignarse a unos trabajos forzados que no quiero imaginar: jamás he oído a nadie jactarse de lo facilísimo que fue hacerlos, y más bien siempre se repiten variaciones de la misma queja: «Ahí me tienes, horas y horas, bate y bate, rompiéndome el lomo, ¡y para que ni te gusten!». Y, por otro lado, quien opta por mejor comprarlos hechos, y no toma las previsiones necesarias con suficiente anticipación —encargarlos, hacer la cooperacha para dejarlos pagados, programar la recolección en el momento preciso, etcétera: quién tiene calma para todo eso—, sabe que el 2 de febrero se verá peregrinando en vano por las tamalerías de prestigio y tradición, luego por las menos conspicuas, finalmente por las clandestinas y abyectas, y así hasta conformarse con lo que encuentre, que muy probablemente será caro y malo y dañoso, y van a tapar mal el atole y va a terminar derramándose en el asiento del coche.

    Encima: a quién se le ocurrió que debían existir tamales dulces, que había que ponerles pasitas, y que alguien podría preferirlos a los rojos o los verdes, que siempre son insuficientes, como los instantes de dicha en este malentendido fugaz que es la vida.

    J. I. Carranza

    Mural, 28 de enero de 2024.


  • De perfil

    De perfil

    «I got a song been on my mind…». Hacia mediados de los años ochenta, las transmisiones de la estación tapatía Stereo Soul concluían, cada noche, con un mensaje del locutor Juan Olvera que daba paso a la canción «Crunchy Granola Suite», de Neil Diamond: una pieza de rock grabada en vivo en 1971 y cuya fuerza funcionaba de un modo misterioso para clausurar la jornada y conducirnos invencibles a la expansión magnífica del silencio nocturno. O algo así me parecía a mí, que por entonces estaba en el tránsito de la secundaria a la prepa y me había aficionado a aquella estación, desaparecida en 1999 y jamás igualada por ninguna otra en el cuadrante tapatío —o algo así me parece a mí—.

          Es muy extraña, la letra de la canción: una oda a la granola, literalmente. Pero entonces yo no sabía inglés, así que me bastaban los guitarrazos y la voz rasposa de Neil Diamond para entender algo vital, aunque no supiera de qué se trataba. Hace unos días volví a dar con ella: la busqué luego de toparme con un video desolador y hermoso en el que el compositor, retirado hace ya rato debido al Parkinson, reaparece a sus 82 años para subir a un escenario y cantar junto al público «Sweet Caroline»: da la impresión de que la música triunfa momentánea y milagrosamente sobre la enfermedad. Sobre el tiempo. Y en esas búsquedas y esas reconstrucciones de la memoria estaba cuando me llegó la noticia de la muerte de José Agustín.

          Como me pasaba con la canción-rúbrica de Stereo Soul, no entiendo cabalmente de qué se trata, pero de algún modo sé que ambas cosas están relacionadas. Será porque hay músicas y hay lecturas que nos configuran de modo irremisible, y eso ocurre por lo general cuando pasamos por cierta edad, seguramente en las inmediaciones de la que yo tenía a mediados de los ochenta. En todo caso, pronto me hallé contemplando, con alguna ironía y alguna compasión, al muchacho que yo era entonces, en el trance de dejar ya muy atrás la infancia para llegar quién sabe a dónde, provisto sólo de ignorancia y azoro. Y lo que pensé fue que, en las relaciones profundas que entablamos con nuestras lecturas más significativas (y con las músicas, desde luego), el azar adquiere, a la postre, forma de destino: por casualidad encontraste un libro o una canción sin cuyo influjo tu vida habría sido impensablemente distinta.

          Lo llamativo, en el caso de José Agustín, es que sus libros estuvieran en el camino de tantos lectores y surtieran tan parecidos efectos, razón por la cual se puede comenzar a explicarlo como un escritor que supo condensar determinadas ansiedades, ilusiones y posibilidades de la existencia que esos muchos lectores no habíamos advertido sino hasta que las descubrimos en las historias que imaginó. Pienso, principalmente, en las revelaciones contenidas en De perfil, esa novela que es preciso leer cuando uno tiene una edad aproximada a la de su protagonista (la que yo tenía cuando oía Stereo Soul) —«es preciso», digo, sin más fundamento que mi propia experiencia, pero todo lector lo único que tiene consigo es eso, el recuento de sus íntimos e incomunicables deslumbramientos—: la historia de un muchacho que va reconociendo la realidad en que está instalado al mismo tiempo que los recursos a su alcance para subvertirla, y que sobre todo va percatándose de quién se supone que es él mismo. 

          Ahora bien: más que las peripecias, los desengaños y las decisiones del protagonista ante los acontecimientos que vive o presencia, lo que fundamentalmente importa en su historia es el lenguaje con el que ese reconocimiento va desenvolviéndose: las palabras que utiliza para dar cuenta de sus aventuras, de sus pareceres, de sus perplejidades. Y ése es, quizás, el hallazgo artístico cardinal de José Agustín, y al mismo tiempo el hallazgo decisivo de los lectores de De perfil —pero también de La tumba, y de Se está haciendo tarde (final en la laguna), y de seguro también de Ciudades desiertas, al menos—: un uso libérrimo del lenguaje que no habíamos sospechado que fuera posible. O, para decirlo con más lealtad a lo que nos ocurrió con esa lectura: la demostración, inesperada, imborrable, de que la libertad está hecha de palabras. Por eso, luego de aquella lectura, ya nada volvió a ser igual.

          A propósito usé el pretérito perfecto simple, «ocurrió», «volvió», pues ignoro si a un lector que hoy tenga 15 o 16 años le sucederá lo mismo que a mí y a otros nos pasó cuando tuvimos esa edad entre mediados de los sesenta y mediados de los ochenta y cayó en nuestras manos De perfil. El motivo de mi suspicacia es obvio, creo: los desconciertos que el mundo desplegaba ante nuestra juventud y nuestra indefensión no pueden ser los mismos que aguardan a los jóvenes de hoy. Tal vez las aventuras del anónimo protagonista de la novela hoy se juzgarán como ingenuas o incomprensibles, habida cuenta de lo imbricadas que están con el tiempo histórico habitado por ese protagonista. Pero supongo que es algo irremediable, y por lo mismo no importa. En todo caso, y como observó el escritor Luigi Amara, «En los adioses a José Agustín, la imagen que más se repite es la de las puertas que abrió y que dejó abiertas». Así que hablo por quienes pasamos por esas puertas, que es de lo único que sé.

    «Tengo una canción en la mente…». No sé qué signifique, pero al mismo tiempo sí sé.

    J. I. Carranza

    Mural, 21 de enero de 2024.


  • En las nubes

    En las nubes

    Dos días, en la semana, alcanzó algún revuelo mediático el asombro experimentado por mucha gente al ver las nubes sobre la Ciudad de México. Gracias a la omnipresencia de celulares con cámara, ese asombro se tradujo de inmediato en una oleada de videos que trasladaron el espectáculo desde el cielo hasta las pantallas de esos y otros miles de celulares. (No es nueva esta deprimente mediación de la tecnología en la ocurrencia de la contemplación, y más bien es ya siempre inevitable: los miles de pantallas que se alzan para capturar un concierto, unos fuegos artificiales, un gol en un estadio, un afamado cuadro en un museo o un paisaje obsequiado por la naturaleza, como si la maravilla no pudiera acontecer del todo sin ser grabada con apremio —y quizás enseguida olvidada—, como si nuestros humanos y cada vez más inservibles sentidos no bastaran. Y algo tiene de inhumano, por tanto, que las reproducciones de aquellas nubes pronto reemplazaran, en la atención de la gente, a las que aún estaban produciéndose en el cielo: en esto ha desembocado la evolución de la especie, en la reducción del mundo al aparato al que va atada nuestra mirada).

          Poco después de que lo hicieran aquellas nubes, fueron disipándose también el estupor y las explicaciones que la imaginación colectiva alcanzó a urdir. No, no se trataba de ninguna señal apocalíptica ni de ningún mensaje divino, tampoco era el camuflaje adoptado por una flota de naves extraterrestres en un sobrevuelo de reconocimiento para preparar la invasión —ya se están tardando—. Como sencillamente hicieron ver algunos expertos, se trató de formaciones «lenticulares» debidas a determinadas condiciones atmosféricas, tal vez algo inusuales pero en absoluto insólitas, como en general sucede con toda colaboración del viento con la humedad y la temperatura. Pero aunque no hubiera misterio —o no fuera muy difícil deshacerlo—, el hecho es que aquellas masas y sus colores ocuparon por algunas horas la conversación pública, o parte de ella. Y es adonde quería llegar: a aventurar la afirmación de que eso, más que la ocurrencia misma del fenómeno, fue lo verdaderamente extraordinario.

          Salvo que sean evidentes portadoras de tempestades, cuando se avecinan de modo ominoso en el horizonte —«La vecina se atormenta», apuntó en un periquete el fabuloso Raúl Aceves—, o ya en el momento en que rompen con toda su furia sobre nuestra inmensa fragilidad, las nubes tienen inmensamente difícil ser noticia. A veces, es cierto, adquieren una relativa importancia escenográfica en el transcurrir de los hechos, e incluso se puede reparar en los modos en que influyen sobre los estados de ánimo con que protagonizamos esos hechos; por eso mismo, la literatura y el cine de vez en cuando se valen de ellas para crear ambientes o también para usarlas como metáforas o símbolos: se nubla la vista de quien cae en la desesperación, se ciernen negros nubarrones sobre quien se encamina a la calamidad, el embotamiento y la confusión equivalen a internarse en una espesa neblina, los dichosos y los ingenuos andan en las nubes —pero también los distraídos radicales o las almas superiores: Kaspar Hauser, por ejemplo, arrebatado en una visión que parecía agitar los cielos—, y caerse de una nube, bueno, habrá que preguntarle a Damiel, el ángel que recibe la gracia de convertirse en hombre en El cielo sobre Berlín… o a Cornelio Reyna.

          Pero, por sí solas, como las del miércoles y el jueves en la otrora Región más Transparente —¿está volviendo a serlo, han vuelto las claridades vespertinas del alto aire del Valle de México, luego de décadas de tolvaneras y esmog?—, es rarísimo que las nubes lleguen a condensarse en los titulares de noticieros y periódicos, que sean objeto de atención masiva (así esa atención se despliegue ante una pantalla, y no sobre el cielo). Y que haya ocurrido, al menos esos dos días, probablemente quiere decir mucho del presente que atravesamos: por ejemplo, que en dicho presente hay posibilidades de que se suspendan, así sea momentáneamente, nuestro hartazgo y nuestra consternación. Si, para mirar las nubes, nos desentendemos por un instante de la atrocidad consuetudinaria, de la estupidez incesante y la inacabable vileza, del miedo y la angustia y el horror y el sobrecogimiento, ¿eso significa que es posible que tales males vayan extinguiéndose o amainando al menos? Dicho sea todo esto, quiero aclararlo, sin optimismos infundados y ridículos. ¿Por qué pudimos ocuparnos por un rato de unas nubes?

          Fundada en 2005, la Cloud Appreciation Society promueve la difusión del saber científico en torno a esos acontecimientos celestiales, pero, sobre todo, el ejercicio pleno de su mera contemplación. Muchos de los afiliados son también fotógrafos o pintores, lo que quiere decir que aprovechan esa contemplación para sus fines creativos, y la Sociedad publica libros, celebra certámenes, organiza conferencias y excursiones. Pero hay, sobre todo, individuos convencidos de que lo más importante ocurre en silencio, entre uno y el cielo, porque algo hay ahí arriba, y porque en buena medida estamos en esta tierra justamente para verlo («La vida sería inconmensurablemente más pobre sin las nubes», se lee en su manifiesto).            Las nubes de los amaneceres y los atardeceres de Guadalajara suelen ser también fascinantes. 

    J. I. Carranza

    Mural, 14 de enero de 2024.