En lo que nos hace reír cobra forma, siempre, una querencia: una determinada configuración de nuestra afectividad, pero también una inclinación irresistible a regresar a las circunstancias que posibilitaron esa risa. En esas circunstancias encontramos una vía de explicación por lo general fiable de lo que somos. Se trata de un saber íntimo, compartido acaso con unos cuantos que tuvimos cerca cuando nos carcajeábamos, que de algún modo nos certifica. El recuerdo de lo que nos ha hecho reír, conforme pasa el tiempo, nos sirve para entender mejor el mundo y a nosotros mismos. Y casi siempre es posible que esa risa se reactive en cuanto nos vemos delante de ese recuerdo. Por eso muchas veces se vuelve entrañable aquello que alguna vez encontramos gracioso —no siempre ocurre, por ejemplo cuando se ha afinado nuestra inteligencia moral y ya nos parecen objetables los motivos de risa que lo son también de crueldad u odio—. Es, creo, el caso de la comicidad de Eduardo Manzano. Y de Los Polivoces.

      La añoranza de los mundos dejados atrás principalmente conduce a autoproscribirse del presente, y por eso tiene más sentido animar, a quienes han venido llegando más tarde, a que descubran el mundo en el que existió ese par. Antier, cuando se dio a conocer la noticia de la muerte de Manzano, pronto me salió en alguna red el sketch donde interpreta al anunciante de un brandy, que entre toma y toma va dando trago y trago y termina poniéndose perfectamente beodo —al principio estaba impecable: traje blanco, bigotito recortado, voz engolada y ceja levantada, y la transformación que logra Manzano mientras se le va subiendo el brandy («Brandy Uviñas. El que toma el señor») es tan sutil como hilarante: acaba hecho un asco, desafinado y pendenciero, el típico borracho necio, desvergonzado y enfadoso, ya con la corbata por ningún lado y diciendo barbaridades—. Buena señal, pensé, que esté circulando este material: quiere decir que está a la mano, que no será difícil que llegue a los más jóvenes. Y es lo que corresponde hacer en memoria de quien vivió para brindar tanta diversión y tanta felicidad.

      Con Enrique Cuenca, Manzano hizo una de las mancuernas más originales y prolíficas del cine y la televisión durante un buen tiempo. A distancia de la bobería presuntamente infantil de Viruta y Capulina, sin la disparidad de Manolín y Shilinsky, muy distintos de Tin-Tan y su Carnal Marcelo (aunque también tenían habilidades musicales), Los Polivoces dieron cauce a la imaginación de ese genio irrepetible de la comedia que fue Mauricio Kleiff. Cuando éste murió, hace más de quince años, escribí aquí mismo esto —y me autocito porque es difícil encontrar otras recordaciones suyas—: «Llegó a México luego de una infancia que debió de ser horrible en la Polonia de la Segunda Guerra Mundial; empezó como vendedor de seguros y de joyas, pero era apostador incorregible, y escondiéndose de sus acreedores fue como empezó a escribir chistes para el Loco Valdés, el Comanche, el Borras y Héctor Lechuga; luego tuvo lugar el venturoso encuentro con Los Polivoces, del que nacieron personajazos como Mostachón y el Wash and Wear, Gordolfo Gelatino y su mamá Doña Naborita, Agallón Mafafas y Juan Gárrison y Don Laureano y Doña Paz. Escribió más de dos mil programas de televisión».

      Cuando Los Polivoces se separaron —y parece que terminaron mal—, cada uno siguió por un tiempo con su propia carrera, y mientras Cuenca dio vida a Henruchito, al Mesié y a Fasolasi, Manzano hizo lo propio pero concibiéndose como un artista renacido: por eso su programa se llamaba El Show de Eduardo Segundo: ahí creó al Tíbiri Tábara, al Chachalaco y a Don Terramicino. No obstante la separación, uno y otro siguieron desplegando la misma comicidad improvisada, ingeniosa y salpimentada con una malicia muy mexicana. Era una línea argumental naturalmente muy atada a la cultura de su tiempo, por ejemplo en el caso del Maistro y el Saltamontes, los monjes tibetanos que recreaban la serie televisiva Kung Fu, protagonizada a mediados de los años setenta por David Carradine («Maestro». «Dime, mi pequeño Saltamontes». «¿Nosotros somos monjes lamas o monjes chupas?»), o también en las parodias que hacían de los noticieros de Jacobo Zabludovsky y Agustín Barrios Gómez. Pero también iban más allá —ellos y Kleiff— al servirse de los traumas nacionales más señeros, como al encontrar tremendamente risible la abnegación de una madre endiosada con su hijo vanidoso, huevón, conchudo y bueno para nada, o al concebir la pareja insólita formada por un coronel villista y el cabo que tiene como esclavo, vestidos ambos de boy-scouts y viviendo de milagro en una vecindad, mientras sostienen la fantasía de que la Revolución prosigue.

      Eduardo Manzano disponía de una capacidad para la metamorfosis difícilmente igualable. Entre Doña Paz y Don Teofilito, como uno de los Hermanos Lelos, o al imitar a Demis Roussos (aquel cantante griego que extrañamente causó furor en México, enfundado su considerable tonelaje en vistosos caftantes y que tenía voz de contratenor estreñido), no dejaba de ser nunca él mismo, con ese brillo divertido en los ojos muy abiertos y la sonrisa socarrona en sus labios gruesos. Y nadie habrá como él. Cómo no quererlo, si recordar su trabajo nos dice tanto acerca de nosotros mismos.

J. I. Carranza

Mural, 7 de diciembre de 2025.