Por inusitada, porque conjunta de modo inesperado e irrepetible dos elementos que, en el gran orden de las cosas, parece imposible que jamás hubieran podido reunirse, la imagen del camello que pasa por el ojo de la aguja es poderosísima, inapelable —el sentido de lo que ilustra está blindado contra cualquier amenaza de tergiversación— y, desde luego, imborrable. Hay que reconocer que no son infrecuentes los hallazgos poéticos de esta naturaleza en los Evangelios, en especial los que se despliegan como hipérboles desaforadas y a la vez perfectamente admisibles. La viga en el ojo ajeno, por ejemplo. O la piedra de molino al cuello de los corruptores de niños, a quienes más les valdría lanzarse así al agua, para ahogarse. La fe del tamaño de una semilla de mostaza. O, referida también a lo que arriesgan quienes han dedicado su vida a la codicia y han sido avaros y desentendidos de toda caridad, la parábola del rico «que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez», y Lázaro, el mendigo «echado a la puerta de aquél, lleno de llagas» (en la Reina-Valera). Cuando ambos mueren, va cada uno al lugar que le corresponde, y desde el infierno el rico implora: «Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama». (Cómo me impresionaba, de niño, esa imagen: el valor inconcebible que suponía esa ínfima frescura, lo terrible que debía de ser el fuego de la condenación como para que el rico apenas aspirara a esa gota, que sin embargo se le negaba y seguiría negándosele por toda la eternidad: «Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado», le respondía Abraham… y sin dejar de llamarlo «hijo»).

      Juan José Arreola discurrió la forma de burlar la severa admonición: en el cuento «En verdad os digo», los ricos del mundo habrían de costear el proyecto del profesor Arpad Niklaus, encaminado a desintegrar y hacer pasar al camello por el ojo de la aguja como un chorro de electrones. De lograrse, el acceso a la salvación de las almas de los ricos estaría franqueado; el problema es que esa tecnología costaría tanto dinero que, al financiarla, muy probablemente todos los ricos del mundo acabarían quedándose pobres… lo cual, sin embargo, acabaría facilitándoles de cualquier manera el ingreso al Reino de los Cielos.

      Hay, sin embargo, una tradición que busca rectificar la que pudo ser la construcción original de la imagen. Es curioso que no se acepte de una vez por todas la efectividad que posee gracias a su consistencia insólita, surrealista, y que se pretenda ajustar su lógica precisando los que habrían debido ser los términos originales. Por un lado, hay quienes hablan de que el Ojo de la Aguja era en realidad el nombre de una puerta de tamaño reducido en una muralla de Jerusalén, por la que evidentemente no habría cabido un camello; otros, en cambio, señalan un supuesto error cometido por algún monje copista y traductor que, al verter del griego al latín la palabra que significa «cuerda gruesa» o «cable», por la grafía parecida entendió «camello», y así lo puso y así lo dejó, lo cual no deja de ser también asombroso, y da pie para fructíferas conjeturas: ¿estaba adormilado, ese monje, y no sabía bien lo que hacía? ¿Se percató del hallazgo encapsulado en su error y por eso se abstuvo de corregirse? ¿Buscaba desactivar la intención de la imagen y volverla absurda, instalando un disparate en ella? Yo no tengo las competencias lingüísticas para creer o descreer de esta hipótesis de la traducción errónea, pero ciertamente debo aceptar que hay una mayor afinidad semántica entre una aguja y una cuerda gruesa que entre una aguja y un camello. Una vez, el poeta David Huerta, jugando, llevó aún más lejos la hipótesis —y acabó volviéndola aún más fantástica— cuando me dijo que la cuerda gruesa aludida era de las que se usan para amarrar embarcaciones (las barcas de los pescadores, por ejemplo, en el mar de Galilea), y que la palabra que la designaba (¡en griego!) bien podía estar emparentada con  «camalote», que designa a una planta americana con cuyas fibras se elaboran esas cuerdas (y que en ciertos lugares se llaman efectivamente así). Camalotecamello

      En todo caso, el pasaje evangélico es claro. Los ricos, allá: espérense a que el camello cruce. Y, si uno piensa, por ejemplo, en los más conspicuos ricos mexicanos, la escena no deja de ser sumamente satisfactoria. La obscenidad impensable que supone su mera existencia, el colmo de depravación que representan sus fortunas al lado del hambre y la ignorancia y la miseria de millones (y ya va para dos siglos que deberíamos cuidarnos de tragar el cuento de que los dueños de los medios de producción son defendibles en sus acumulaciones sobrehumanas por el hecho de que brindan así trabajo a muchos), el cinismo fabuloso de sus alardes, sus vociferaciones imparables y su vulgaridad desmesurada, sus raterías y sus ansias insaciables de más y más, sus colusiones con el poder y con el crimen, en este país desangrado donde lo único que les preocupa es que no les quiten, que no les cobren, y no perder (y nunca pierden) y no pagar (y nunca pagan).

      Qué bueno que existen los camellos.

J. I. Carranza

Mural, 16 de noviembre de 2025.