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En moto

Primero que nada, un consejo práctico. Se cuenta en La visión de los vencidos, de Miguel León Portilla («Si mal no me equivoco», decía un obtuso y pedante compañero en la carrera, y siempre se equivocaba), que una de las causas de que los conquistadores españoles encontraran pocos obstáculos al desembarcar por primera vez fue que los antiguos pobladores de esta tierra no fueron capaces de ver los navíos invasores cuando se acercaban. No porque se hubiera echado mano de algún ingenio para ocultarlos, sino sencillamente porque aquellos pobladores jamás habían visto un barco. Tal vez imaginaron que eran islotes, nubes, altas olas, quién sabe. El caso es que sólo supieron qué eran cuando ya era demasiado tarde. Así con las motocicletas que surcan las procelosas y tumultuarias aguas del tráfico vehicular en Guadalajara, y es el consejo que quiero dar, dirigido a los automovilistas: si no tienes presente todo el tiempo, obligándote a ello, que las motos existen, es muy posible que lo recuerdes demasiado tarde, cuando una te haya rebasado a toda velocidad por la derecha o por la izquierda, cuando se te haya estampado detrás o se te haya atravesado feamente, acaso provocando que tú te le estampes y la avientes; cuando una moto, o tres al mismo tiempo, o todo un enjambre (suelen zumbar en manadas o parvadas o bandadas, cómo se dirá), salgan de quién sabe dónde, y pronto por todos lados corran o vuelen haciendo cabriolas en los carriles inexistentes entre tu carril y los carriles vecinos, con gran peligro de descubrirlas sólo cuando ya ha ocurrido un desastre o estuvo a punto de ocurrir. Fuérzate a imaginar en todo momento que una moto va a aparecer, y haz lo posible por mantenerte a distancia. No sea que no las veas, como les pasó a los antiguos con los barcos.

       ¿Se va a poner remedio, alguna vez, a la plaga de las motos asesinas en esta ciudad frenética? Es, por principio de cuentas, una desgracia que prospera imparablemente con uno o dos muertos, al menos, todos los días. Jóvenes, en su mayoría. Accidentes espantosos, menos inexplicables que lamentables, y no sólo por esos muertos, sino por las familias que enlutan y las culpas que hacen cargar a quienes se ven involucrados, además de las secuelas de toda índole que también les sobrevienen a éstos. En fin: no tendría que hacer falta, ni siquiera, insistir en lo descabellado de tanta muerte, basta echar un vistazo al periódico cada mañana para ver cómo la cifra creció. Y, como suele pasar en este país alienado, esa desgracia parece no sólo incontenible, sino también inexistente, como si no estuviera ocurriendo. En medio de tan numerosas formas de violencia que afligen nuestro presente, ¿esta matanza es sólo una más? Como no está involucrada la criminalidad (o no del todo, o no siempre), ¿se puede mirar a otro lado? ¿Las autoridades de todos los niveles tienen otras prioridades? Y, mientras tanto, uno o dos o más muchachos siguen matándose a toda velocidad a diario en las calles tapatías.

       Puesto que la ley en México es opcional y la cumple quien quiere, en gran medida el uso de una motocicleta es sinónimo de impunidad. Claro: no voy a generalizar. Desde que supe que un buen amigo, pediatra respetable y estupenda persona, tiene la afición de andar en una moto tamaño Llorarás (y es divertido imaginarlo, porque es más bien chaparrón), estoy al tanto de que no todos los motociclistas son imbéciles, imprudentes, dementes, agresivos, atrabancados, alebrestados, desentendidos de toda forma de convivencia armónica, salvajes o meramente primitivos, patanes en suma. Y puercos. También están, desde luego, los miles de trabajadores, incluidos repartidores, conscientes y observantes del Reglamento de Tránsito, al tanto de que el solo hecho de empuñar el manubrio equivale a jugarse la vida, y que además de batallar entre el trafical, el solazo y un sinfín de dificultades, tienen la responsabilidad de cuidar la chamba y cuidar el vehículo con que la realizan. 

      Pero ¿qué hay con las hordas que se organizan para tomar las calles en sus estampidas desquiciadas, sin autoridad alguna que les haga frente? (Qué estoy diciendo: si la autoridad se desentiende es porque no tiene para qué desgastarse, y qué habría de ganar de hacerlo). Cientos de motos en caravanas asesinas que, a la hora que se les antoja, se adueñan de la ciudad. O una sola moto, tan sólo una, que acelera y retumba a propósito y porque puede, reventando con su ruidajal infame cualquier esperanza de sosiego. (Desde hace años, frente a la casa se puso un bar de bikers. Ya no tanto, pero al principio había que aguantar a los beodos que al llegar y largarse en sus máquinas monstruosas y grotescas se gozaban ensordeciendo al vecindario. El infierno existe y es eso).

Siempre que veo a un payaso o a un estúpido serpenteando entre el tráfico, no puedo evitar recordar, lo siento, aquel momento de la película ¡A toda máquina! (Ismael Rodríguez, 1951) cuando, en el punto culminante del show acrobático, los personajes de Pedro Infante y Luis Aguilar enfilan sus motos al mismo tiempo para atravesar una hoguera —un número que, desde luego, sale pésimamente mal—. Un compañero, ya harto de sus audacias, nomás atina a decir: «¡Que se maten!». Y bueno, no, yo no quiero que se mate nadie más. Pero sí que alguien pare esta locura, maldita sea.

J. I. Carranza

Mural, 6 de abril de 2025.

López Mateos

Cada día hábil he de verme en las mismas, como otros miles: un trayecto de ida y otro de regreso por la avenida López Mateos, por lo general en horas de gran afluencia de vehículos —aun cuando me proponga eludir esa saturación, casi siempre acaba alcanzándome—, y a veces también en días inhábiles, cuando por fuerza hay que tomar esa vía porque elegir otra lleva a un desvío excesivo o simplemente es imposible —y esos días inhábiles la aglomeración suele empeorar, supongo que debido a que la avenida es ingreso y salida de la ciudad—. De la Minerva al Periférico, a veces más para allá o más para acá, y desde que volvió a acelerarse el ritmo que había ralentizado la pandemia, los trayectos van sumando minutos sin que parezca que pueda ser de otra forma.

       Debo reconocer, antes de continuar, que cualquier queja de mi parte en este asunto queda de inmediato desactivada y es ridícula y odiosa por el hecho de que esa vivencia cotidiana de la avenida la hago en mi coche, solo, como un cretino egoísta que ha sido incapaz de organizarse con ningún colega para compartir el auto, reacio además a dar aventón, de tal forma que mi ir y venir de cada día agrega un vehículo más al caos, cosa que acaso podría evitar (no sé si la neurosis sea excusa suficiente para no hacerlo, creo que es mi caso, pero no voy a extenderme sobre ello). Al ver a las pequeñas multitudes de personas que esperan el camión, o que ya van a bordo, con todo lo que de torturante tiene en esta ciudad desventurada el uso del perverso sistema de transporte público que millones padecen cada día, cualquier estúpida incomodidad que yo experimente al ir en mi coche se vuelve insignificante y de pretender expresarla más me valdría callarme el hocico y dar gracias. Y pienso que lo mismo vale para cualquier otro automovilista particular: somos los que menos tendríamos que quejarnos.

       Y ahora voy a decir otra cosa que también puede sonar detestable —otra vez veo a la gente en la parada del camión, temprano, bajo la lluvia, y el camión que no llega, y cuando llegue va a venir atestado—: yo renunciaría al uso cotidiano del automóvil si el transporte público no fuera el horror que es, que siempre ha sido, el que sufrí toda la vida hasta que pude tener mi primer coche. Si tuviera la certeza de que voy a llegar a tiempo, de que el viaje será confortable y seguro —y ahora veo a la gente al mediodía, bajo el solazo, esperando el camión, que vendrá otra vez tarde y otra vez atestado, e irá jugando carreritas con otros camiones y con la muerte—. Así que voy y vengo en mi coche, principalmente, porque puedo hacerlo. Y pienso en cuántos de quienes esperan el camión bajo el sol o en la lluvia también lo harían si pudieran. Creo que esto, por deplorable que sea, es también muy obvio: el desastre diario de la movilidad de López Mateos tiene una causa evidente, que es el exceso de vehículos particulares, y este exceso se debe a la inexistencia de un sistema de transporte colectivo verdaderamente público, suficiente, confiable, seguro, cómodo, digno, práctico y accesible.

       Dicho lo anterior, lo cierto es que ese desastre es más desesperante en la medida en que uno cobra conciencia de que es a la vez víctima y culpable del problema. Peor que perder el tiempo atascado en un embotellamiento es la certidumbre de que esa pérdida, ese desperdicio de vida, tiene solución, pero no existe la voluntad de ponerla en práctica por parte de las autoridades en turno, que antes piensan en aprovechar para sacar tajada, medrando por la vía de afianzar «ideas» que terminarán beneficiando económicamente a unos cuantos coludidos (como un segundo piso: la mejor forma de que el embotellamiento se duplique). Qué ganas dan de ver a esas autoridades sudando en un camión a las dos de la tarde, con el coche descompuesto en el túnel, involucrados en un choque laminero o esperando a que avance la fila kilométrica para terminar de hacer en ochenta minutos lo que debería tomar sólo veinte; qué bonito sería ver a esas autoridades a pie por donde no hay banquetas, o en bici, jugándose la vida al lado de los tráileres enloquecidos, o con la camioneta arruinada en una inundación o esperando para poder cruzar de una acera a otra, con la criatura de la mano, sorteando los bólidos en una dirección y otra, ya tarde y con la angustia de quien sabe que ya no alcanzó a llegar… Etcétera.

       Por eso dan también ganas, en la consulta pública en curso —supuesta iniciativa del gobierno del estado para, supuestamente, dar con soluciones al problema en esa avenida—, de proponer ideas radicales o desorbitadas: que se vacíe la avenida para siempre, por ejemplo, y se excave en su totalidad, de tal manera que en su lugar corra un canal, desde la glorieta de Colón y hasta San Agustín, si acaso con algunas trajineras y lanchitas, para ir a pescar; que la vuelvan pista de baile, o pista de carreras de caballos, o una gigantesca pista de boliche; que sea poblada solamente por árboles, un enorme bosque alargado hecho con el silencio que quedará en lugar de la gente y de los coches y los camiones. En cualquier caso, aun las ocurrencias más descabelladas parecen más probables que las que deberían ponerse en práctica: lo que tendría que ser es, por lo general, lo último en lo que se piensa. O lo último que se tiene verdadera intención de hacer.

J. I. Carranza

Mural, 15 de enero de 2023.

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