Autor: José Israel Carranza (Página 14 de 15)

El miedo al tedio

Estamos, por lo pronto, en el momento de las sugerencias, de las peticiones. Por las buenas, todavía. Apelando a nuestro supuesto sentido de responsabilidad con los demás; aludiendo, pero sin nombrarlo, a un civismo que, por rudimentario que sea, ya tuvo que haberse activado en cada ciudadano. El gobernador dice felicitarnos por hacerle caso: acto seguido, alarga el plazo y vuelve a pedirnos (todavía con palabras suavecitas, por más que suenen a ladridos de perro amarrado) que nos aguantemos tantito más. Si vemos las experiencias de otros países —donde, no obstante, el contagio y la mortandad han prosperado—, a estas invitaciones siguieron las conminaciones, y luego las admoniciones, y luego los toques de queda, el confinamiento forzoso, la suspensión de las garantías individuales, la acción policiaca contra los necios.

¿Era un proverbio árabe? «Espera lo mejor, pero prepárate para lo peor». Tengo la sospecha de que, habituada como está a vivir en lo inimaginable (la realidad psicótica y ensangrentada de todos los días en este país), la sociedad mexicana no es apta en absoluto para creer que lo peor está por venir. Tan hemos dejado de creer en que algún día recuperaríamos la cordura (y en este país habría justicia, libertad, paz y futuro), que ya tampoco sabemos reconocer cuando estamos encaminándonos al abismo. Tampoco es que sepamos mucho para dónde hacernos, en este angosto desfiladero que corre a lo largo del barranco interminable que es la precariedad de la existencia para millones y más millones.

Una señal de nuestro descreimiento: ante la perspectiva de que el confinamiento o la restricción de movimientos se prolonguen, lo que más parecemos temer es el tedio. No el contagio, no que los seres queridos se mueran, no que nosotros mismos caigamos; no la monstruosa crisis económica que ya está abalanzándose sobre nuestras siguientes décadas. No: lo que nos asusta es llegar a aburrirnos. ¡Ah, las legiones de mamás y papás que dan de alaridos porque al tercer o cuarto día ya no saben qué hacer en casa con sus hijos, más que enloquecerlos y dejar que los enloquezcan! Eso: queremos que esto se acabe porque es muy aburrido. Ojalá que sólo esa amenaza nos rondara.

 

J. I. Carranza

Mural, 26 de marzo de 2020

Cálculo

Ah, las bufonerías cotidianas del habitante de Palacio Nacional. Es cierto que pueden parecer evidencias de insania o consecuencias de alguna alteración inducida de la actividad cerebral: esos silencios en que los ojitos divagan como buscando saber si esto es un sueño o qué diablos, la mano derecha revoloteando sin control, la quijada pendiente mientras esa actividad cerebral se reanuda, a veces con una risita de abuelito siniestro descubierto in fraganti.

Si no viviéramos hoy una emergencia sanitaria que está paralizando al mundo y que, amén de dejar una estela de mortandad todavía incalculable, puede destruir las economías de muchos países, entre ellos México, tal vez tendría interés emprender un estudio de ese sentido del humor que mueve al titular del Ejecutivo a protagonizar de modos siempre inesperados las malhadadas mañaneras. ¿Hasta dónde el presidente encuentra divertida la realidad, tanto como para payasear con ella, o a partir de qué punto le resulta tan insoportable que se pone a menearla con ocurrencias y estupideces como la de ayer —lo de sus amuletos y estampitas—, pues está convencido de que lo que necesitamos sus gobernados es divertirnos? Y, llevando más lejos los interrogantes que animaran ese estudio, ¿qué mueve a quienes detentan el poder político a bromear, incluso cuando el terror y la desesperación y la rabia los cercan?

Sospecho que, al menos en el caso mexicano, hay un cálculo afinado de los efectos que traen consigo estas gansadas e, incluso, de los modos en que esa figura lamentable de anciano extraviado y delirante se incrusta en nuestra atención, ya induciéndonos a la perplejidad más violenta, ya sugiriéndonos que acaso sea digno de compasión o de lástima. Ayer mismo, para no ir más lejos: mientras la enfermedad sigue devorando las esperanzas de contenerla en países con muchísimos más recursos que el nuestro, y mientras las Bolsas seguían tronando y el peso era abatido por el dólar, y, sobre todo, mientras los legisladores mexicanos aprobaban las reformas con las que podrán permanecer en sus curules hasta 2030 —nota que, por supuesto, quedó perdida muy detrás de la de los «guardaespaldas» que el señor Presidente presumió que lo cuidan.

 

J. I. Carranza

Mural, 19 de marzo de 2020

La peste

Junto con una pandemia como la que se avecina… Pero qué estoy diciendo: la pandemia ya llegó; otra cosa es que no queramos darnos cuenta: bien cabe imaginarse, en los pasillos y los recovecos de Palacio Nacional, a los secretarios de Salud, de Educación, de Hacienda, tirándose de los pelos y tratando de hacerle entender a su jefe la urgencia de tomar medidas, y el jefe con sus risitas socarronas y sus calmas y sus momentos de pasmo (¡qué espectáculo atroz, ése, cuando, en las mañaneras, se queda con los ojitos vidriosos perdidos en un punto del vacío, la boca abierta, sin expresión, nomás dejando que su bracito se agite como espantando moscas conservadoras!)… Los secretarios, decía, desesperando por hacer que México, como pueda, siga el ejemplo de otros países (mientras escribo esto, India anuncia que prohíbe la entrada de todo extranjero), y aquél, sin embargo, al tanto de que el desastre inminente tendrá como primera víctima la popularidad de su Transformación, pues todo lo van a hacer con las patas, empezando por el manejo de la información (recordemos cómo nos traían como locos hace un año, con el gasolinazo: aquel desconcierto y aquella incertidumbre van a parecer apenas el simulacro del desconcierto y la incertidumbre que nos esperan)… Aquél, decía, más preocupado por lo que se dice de él que por lo que la realidad trae consigo, estará dándoles largas: ¿para qué poner controles en puertos y aeropuertos, para qué abastecer hospitales y alistar al Ejército y a la Guardia Nacional, para qué ir preparando a los maestros y a los estudiantes para que acaben el año sin tener que ir a la escuela, para qué tomar providencias ante la calamidad económica que tenemos por delante? Si en lo que hay que trabajar es en implantar en las masas la convicción de que México, hasta ahora, y quién sabe por qué —pero qué importa saber— está salvándose de quedar infestado.

Las peores pestes empiezan siempre por no creer en ellas. Parece que la novela de Albert Camus donde se corrobora eso está escaseando ya: a ver si no se acaba primero que el papel higiénico, o que el agua embotellada. O antes que ese bien que pronto va a escasear y tanta falta va a hacer, y que se llama cordura.

 

J. I. Carranza

Mural, 12 de marzo de 2020

Invisibles

Ahora ha trocado en burla su desdén por la causa de las mujeres —lo que equivale a decir: su desdén por los cientos de miles de mujeres discriminadas, excluidas, oprimidas, vejadas, intimidadas, amenazadas, agredidas, acosadas, cazadas, golpeadas, violentadas, torturadas, mutiladas, violadas, desaparecidas, asesinadas; lo que equivale a decir, su desdén por las mujeres. Cínico y guasón (y rabioso: ya veremos los efectos del incremento sostenido de su ira), afirmó, primero, que el día en que las mujeres habían programado un paro nacional, él iba a estar vendiendo los billetes de su lotería ofensiva y ridícula. Luego se «corrigió»: dijo que el paro «ni lo tenía en mente». Se la pasa jugando, payaseando.

Entre otras cosas, lo que tiene de muy significativo el paro del 9 de marzo es que con él las mujeres buscarán ausentarse de la vida para enfatizar así cómo, para esta realidad enemiga, son invisibles y no cuentan. Bien, pues él es el primero que está confirmándolo: ni las ve ni las oye ni se le ha ocurrido hacerlo. Tampoco a quienes lo asesoran —o, si sí, no les ha hecho caso. Tan no le importan que sigue en lo suyo: llevar nuestra conversación oligofrénica siempre hacia donde él quiere.

En «Una habitación propia», su luminoso ensayo de 1929, Virginia Woolf observó que una de las razones del desprecio ancestral de los hombres por las mujeres es que éstas encarnan la posibilidad de disminuir o desmentir el sentimiento de superioridad masculino. Esto, huelga decirlo, se verifica lo mismo en el ámbito privado que en el público, y es particularmente notorio en las conductas de los hombres poderosos: «…tanto Napoleón como Mussolini insisten tan marcadamente en la inferioridad de las mujeres, ya que si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse». ¿Por qué el habitante de Palacio Nacional está obstinado en su desdén? Siguiendo a Woolf, podría responderse que es por «la enorme importancia que tiene para un patriarca, que debe conquistar, que debe gobernar, el creer que un gran número de personas, la mitad de la especie humana, son por naturaleza inferiores a él. Debe de ser, en realidad, una de las fuentes más importantes de su poder».

Eso cree, seguramente.

J. I. Carranza

Mural, 5 de marzo de 2020

50 años rosas

Lo he contado en otro lado: yo sólo entendí por qué la Pantera Rosa se llamaba así cuando en mi casa hubo por primera vez un televisor a color. Habrá sido cuando mi mamá decidió que ya estaba bien de precariedad cromática y fue a Mayco a endrogarse (así se decía entonces, no sé si todavía: tener una deuda era «echarse una droga») para que viéramos las Olimpiadas de 1984 como la gente. Aquella tele también nos reveló la existencia del control remoto. En todo caso, llegábamos muy tarde a esas bondades que ya disfrutaban otros muchos hogares, pero hasta entonces mi niñez pasmada había transcurrido delante de una pantalla en blanco y negro, de aquellas que al apagarse conservaban un puntito que se iba haciendo pequeño hasta que desaparecía (era tan viejo el aparato que para subir el volumen usábamos un cotonete encajado donde debía ir el botón). Así que, cuando di en esa tele nueva con la que había sido mi caricatura favorita durante toda la infancia (apenas iba yo saliendo de ella, no sospechaba que aquel amor me duraría hasta ahora), cuál no fue mi asombro al ver el color de su protagonista. No lo podía creer. Seguramente yo pensaba que se llamaba Rosa, como bien pudo haberse llamado Juana o Evangelina.

En los años setenta y ochenta del siglo pasado, El Show de la Pantera Rosa era algo de lo mejor que los niños podíamos disfrutar en la limitada oferta televisiva a nuestro alcance. Hubo, claro, otros hitos, y cada quién sabrá por dónde tiran sus añoranzas más acendradas, pero estoy convencido de que ninguno alcanzó nunca la originalidad suprema de esa caricatura (igual, no sé si aún esté vigente este término: lo uso con mi hija —«¿Quieres cambiarle a tus caricaturas?», le pregunto— y se me queda viendo raro, como la vez que me sorprendió leyendo el periódico —en papel— y me dijo que eso era cosa de viejos). Insospechable siempre, estéticamente irreprochable, intrigante (y aun psicotrópica) y divertidísima. Y entrañable.

¿A qué vienen estas nostalgias? A que mañana se cumplen 50 años de que se transmitió el primer episodio. Había que festejarlo —y dejar para más adelante la reflexión anexa a esta efeméride acerca del paso del tiempo y del triunfo artero de la edad.

 

J. I. Carranza

Mural, 5 de septiembre de 2019

Qué necesidad

Hace unos días, el Presidente tuvo a bien, para recordar a Borges, soltar un tuit que encapsulaba un disparate y un misterio, amén de la evidencia de que a su autor no le importa en realidad la obra de Borges —lo que tendría que justificar semejante gesto, si éste hubiera sido sincero. «Hoy recordamos a Jorge Luis Borges en el 120 aniversario de su natalicio», comenzaba diciendo. Para empezar: ¿«recordamos»? ¿Quiénes? ¿Los mexicanos todos? No, se trata del plural mayestático que le ha dado por usar, signo de la dimensión que entiende que su persona ha alcanzado al encarnarse un nosotros por ello inatacable. A mí, que sí soy lector de Borges, ese día ni me pasó por la cabeza recordarlo. Pero ahí es donde está el misterio: ¿por qué a los políticos les da por pavonearse de lo que no son, alardear de lo que no saben, hablar de lo que no comprenden? O, bueno, si no el Presidente, el que le redacta los tuits, ¿por qué sintió el impulso de componer éste, a cuento de qué, con qué objeto? Nadie iba a reprocharle al gobierno mexicano que no se acordara del escritor argentino. Y qué curioso, dicho sea de paso, que al hacer aflorar este nombre en su discurso, López Obrador emule a su aborrecido Vicente Fox, que rebautizó a Borges como «José Luis Borgues».

El habitante de Palacio Nacional ya ha dado muchas muestras de querer pasar por culto, o al menos por leidito, y además tiene la manía de estar impartiendo clases todo el tiempo. Y aquí viene el disparate: «Es de esos pocos intelectuales de derecha pero independientes de verdad y no fingía», continuaba el tuit. Borges se definía como «anarquista conservador», contradicción jocosa que establece bien como la adopción de bandos ideológicos lo tenía perfectamente sin cuidado. Y lo de que «no fingía»… ¿será que el león piensa que todos son de su condición?

En cuanto a la evidencia de que el Presidente no es lector de Borges, está en el chistorete, por demás zafio («De él retomo lo del “innombrable” que se lo aplicaba a Perón»): ¿en serio es lo único que le llama la atención del autor de El Aleph? Lo bueno es que remata diciendo: «Aparte de ello, era un genio de las ideas y de las letras». ¡Menos mal que viene a aclarárnoslo! 

 

J. I. Carranza

Mural, 29 de agosto de 2019

¡Sin forrar!

Por lo que he sabido, son cada vez más las escuelas que piden no forrar libros y cuadernos ahora que está por comenzar el año escolar. Cuando nos enteramos de esa nueva medida, nuestra alegría tuvo que abrirse paso a codazos ante la incredulidad. ¡Adiós a las horas de vacaciones desperdiciadas con la mesa del comedor atestada con útiles y reglas y cúteres y tijeras! ¡Nunca más la frustración horrenda que sólo conocen quienes tienen que luchar cuerpo a cuerpo contra los metros de esa materia indócil y cruel que es el plástico autoadherible! ¡Y las burbujitas! ¡Ya no sufriremos por esas burbujitas malditas que, por más que se alise y se aplane y se sobe y se haga todo en cámara superlenta, siempre terminan inflándose en la portada del libro de Español!

Entiendo que la medida tiene una inspiración ecológica, pues ciertamente se habrá de evitar con ella el uso de toneladas y más toneladas de plástico —que, además, no es nada barato. ¿En qué momento se popularizó el Contact? Yo recuerdo que mi primaria hacía negocio vendiendo sus propios forros para libros y cuadernos, hechos a la medida —sólo había que usar cinta adhesiva— y de cartulina delgadita. Claro que no servían para nada: a las pocas horas se rompían. Desde luego, esto fue en la prehistoria. Aunque, si me voy más para atrás, mi papá contaba que a su escuela elemental acudía armado sólo de una pizarra y del silabario. ¿La multiplicación de tiliches para estudiar ha redundado en una mejoría de la educación? 

Pero me desvío. A lo que iba es a que, además del ahorro y de la salvación del planeta (ya me ocuparé en otro momento de los malentendidos que incuba la comprensión chantajista de nuestra responsabilidad en ese tema), en la decisión de las escuelas hay un argumento más, que me parece muy razonable: al no estar protegidos los libros y los cuadernos, sus dueños deben hacerse responsables de cuidarlos. Hasta ahora, si a la creatura se le volcaba el chocomil cuando estaba haciendo la tarea, el plástico ayudaba a contener un desastre irreparable. Ahora, la creatura tendrá que ponerse más trucha. Y creo que ésa es una gran ganancia. Porque el amor por los libros incluye, también, el respeto que se merecen.

 

J. I. Carranza

Mural, 22 de agosto de 2019

En caliente

Tras los recientes tiroteos en El Paso y Dayton, Neil deGrasse Tyson lanzó un tuit en el que comparaba la cantidad de personas asesinadas (34, en ese momento) en el transcurso de 48 horas con las muertes ocasionadas, en el mismo tiempo, por errores médicos, enfermedades prevenibles, accidentes automovilísticos y también con los homicidios cotidianos por armas de fuego y con los suicidios. Y concluía: «A menudo, nuestra emoción responde más al espectáculo que a los datos». De inmediato se desató un alud de reacciones que encontraron inadmisible la observación. Una, entre las más sensatas que vi, señalaba el hecho de que todas esas muertes que deGrasse Tyson sumaba no son causadas por un solo hombre armado, como sí ocurrió en cada una de las masacres citadas. Puede parecer asombroso que el autor del tuit no hubiera reparado en eso.

DeGrasse Tyson es uno de los divulgadores científicos que más visibilidad gozan, y ya desde hace un rato: cuando asumió la empresa de recrear la serie Cosmos, un hito en la divulgación científica que marcó decisivamente a una generación, el astrofísico encaraba el reto de estar a la altura de su predecesor y maestro, Carl Sagan. La presencia que desde entonces ha tenido en los medios lo ha colocado en el centro de numerosas polémicas, muchas de ellas ociosas (sus críticas a la acuciosidad científica de algunas películas, por ejemplo), y también ha sido señalado como acosador sexual y como violador. Pese a esto último, ha disfrutado en general del aprecio del público, y su trabajo de defensa y promoción de la ciencia habrá podido beneficiarse de ese aprecio.

¿Por qué, entonces, tuiteó eso? Una muestra de incapacidad para la compasión, una exhibición de altanería y desdén, una crueldad. O, quizás, meramente una mala ocurrencia. El caso puede ser aleccionador: tuiteó esa estupidez porque pudo hacerlo (nada más a nuestro alcance que esos amplificadores malévolos de nuestro parecer que son las redes), y también porque no supo resistirse a hacerlo. Pudo haberlo meditado un poco, pudo haber sopesado el sentido de sus palabras. Pero no lo hizo. Y es que la instantaneidad de los medios de que disponemos a eso nos impelen: a no pensar las cosas.

 

J. I. Carranza

Mural, 15 de agosto de 2019

Avenida ¿Del Toro?

Sería necio criticar las razones por las que Guillermo del Toro se ha ganado el aprecio del público. Por una parte, sus logros como cineasta exitoso; al margen de la ponderación crítica que pueda hacerse de su obra, sus triunfos son levadura para la alegría nacional, cosa que siempre se agradece, y Del Toro ha podido poner su reconocimiento al servicio de causas que importan: por ejemplo al figurar como productor del documental Ayotzinapa, el paso de la tortuga, su nombre ahí lo blindó contra las amenazas que enfrentaban sus hacedores. O bien ahora que aprovechó la colocación de su estrella en Hollywood para hablar por los migrantes mexicanos en Estados Unidos.

También están sus gestos de solidaridad y filantropía: al becar estudiantes, al entrarle con su lana para pagar la biopsia de una mujer, al ofrecerse a pagar los boletos para que la selección mexicana se lanzara a las Olimpiadas Matemáticas en Sudáfrica… Al mostrar esa buena voluntad, Del Toro se granjea el cariño de la gente, sobre todo en este país donde la realidad puede ser tan adversa para quienes buscan oportunidades. Hablando particularmente de Guadalajara, muchos tapatíos han podido disfrutar de la exposición de los monstruos, y de los conciertos, de las clases abiertas. Y, encima, por muy oscareado que esté, sigue yendo a desayunar gorditas en Santa Tere.

Todo eso está muy bien, y explica que circule una iniciativa para ponerle su nombre a Federalismo. Pero, más allá de que las causas promovidas en redes se puedan tomar en serio —yo me apunté para la resurrección de Juan Gabriel, pero no alcancé a ir (ni tampoco Juan Gabriel)—, nunca falta el político oportunista que pueda abrazar esta causa, y entonces ya no es tan improbable que prospere. Además, habría que pensar que hay muchos otros ilustres pendientes de honrar así (faltan una avenida Juan José Arreola, un parque Luis Barragán, un aeropuerto Juan Rulfo), y, también, que siempre es prematuro dedicarle una calle a alguien vivo, pues siempre cabe la posibilidad de que nos arrepintamos. Podrá no ser el caso de Del Toro, pero mejor será esperarse a que Diosito lo llame. Mientras, que siga chambeando, y que la gente siga disfrutando lo que hace.

 

J. I. Carranza

Mural, 8 de agosto de 2019

Elogio en rosa

¿Cuántas veces habló la Pantera Rosa? Yo sostenía que tres veces: en el episodio del arca (cuando al final pregunta: «¿Por qué los seres humanos no pueden ser civilizados como los animales?»); en otro en el que un codicioso personaje trataba de apoderarse de un diamante (y por alguna razón iba a tocar a la puerta de la Pantera, que lo recibía en batín rojo y con sarcasmos), y en uno más en el que sostenía una violenta disputa con su vecino a causa de una podadora prestada y nunca devuelta. Una madrugada de televisión inesperada no sólo me descubrí en el error, sino que además me encontré con la imposibilidad de alcanzar ya ninguna certeza, pues en el episodio de la podadora había dos personajes con voz: uno era el vecino rijoso y conchudo, y el otro era el mismísimo Diablo, que al final aparecía para soltar una ironía siniestra, cuando las crecientes hostilidades habían hecho volar el mundo en pedazos (en el pleito se intercalaban escenas de películas de guerra y montajes de armas en acción sobre los dibujos animados). La Pantera no abría la boca. Pero el triste descubrimiento fue éste, que constaté una madrugada después: han seguido produciéndose series con sus aventuras —quiero decir: la Pantera Rosa continúa vigente, actuando, mientras yo la hacía en la trastienda de la memoria—, y por lo visto en sus nuevas temporadas habla ella y hablan los personajes que la acompañan, lamentables seres de forma y colores humanos que en nada se parecen al patiño original, la figura blanca y bigotona que pelaba los ojos y a lo sumo rugía o mascullaba. Por lo visto, digo: cuando he encontrado que transmiten uno de esos bodrios, cambio de canal o dejo que la madrugada y el insomnio acaben de cualquier manera.

Cada que la fiesta va en picada o cuando la conversación está por fracasar del todo, nunca falta quien extienda sobre el mantel su mazo de nostalgias televisivas: que si te acuerdas de Chivigón, que cómo se llamaba el gemelo de Benito, que qué intenciones tenía con Heidi la malvada señorita Rottenmeier, que qué sentiste cuando se murió Corazón Alegre. En esos momentos, deplorables pero ineludibles, siempre he tratado infructuosamente de jugar la carta prestigiosa —según yo— de la Pantera Rosa, y cuando mucho he conseguido que alguien pesque el recuerdo del episodio de la librería psicotrópica. «¡Claro! —dice alguien—, la que tenía un ojote en la puerta». Pero apenas voy refiriendo cómo la Pantera usaba una letra «f» como escopeta o que el dueño de la librería era el mismo mono blanco de siempre, sólo que con boinita y barbón, cuando ya la noche comenzó a levantar los vasos y todo mundo está aprestándose para largarse.

Creo, pues, que hacemos minoría los fans del peculiar felino. Y eso es tan misterioso como que casi cualquiera sea capaz de recitar sin titubeos los nombres de Cucho, Espanto, Panza, Demóstenes y el supracitado Benito (sin olvidar a Don Gato, of course, que los contiene a todos y es el emblema de cada uno). O que haya quien, antes de recordar a la Pantera misma, tenga presente mejor a Don Ramón («Ron Damón»), el de El Chavo del Ocho, caminando como ella con las notas inconfundibles de su tema musical. Por los vericuetos de la memoria televisiva el pasado queda así corrompido, estropeado, y el universo rosáceo que muchos han perdido para siempre otros sólo lo tenemos como un privado locus amœnus donde reina un ser a veces atolondrado y a veces astuto, a veces ingenuo y a veces maldoso, pero siempre enigmático en su silencio y en su andar despacioso, en su indefinición sexual, en su inverosímil elegancia (¿no iba la Pantera por lo general en cueros, pero como si la hubiera vestido Yves Saint-Laurent?), en su absoluta e infranqueable soledad.

La Pantera Rosa fue, en su origen, la versión que los dibujantes Isadore Friz Freleng y David DePatie concibieron, hace más de cincuenta años, del diamante afamado que Peter Sellers iba a buscar en la película de Blake Edwards: un diamante invaluable en cuyo centro había una partícula de ámbar rosado que recordaba, claro, la figura de una pantera en pleno salto. Animado para acompañar los créditos de apertura de la cinta, el personaje conquistó inmediatamente al público y al poco tiempo pudo prescindir de Edwards, de Sellers y del diamante para pasearse a sus anchas por sus propios dominios: una industria próspera que produjo más de ciento noventa cortos (de los que la televisión mexicana sólo transmitió, una y otra y miles de veces, apenas sesenta, sin contar los que mencioné antes, los más recientes, espurios y detestables).

Cuentan sus creadores que la Pantera Rosa sólo conoció su tema musical hasta que Henry Mancini la hubo conocido a ella, y yo pienso que quedó tan halagada que en adelante adaptó para siempre sus movimientos y su rebuscada languidez a ese acompañamiento de striptease innecesario y a destiempo (¿qué ropa, pues, iba a quitarse?). Freleng afirmaba, por otra parte, que el poder de fascinación del dibujo radicaba en que todo el tiempo parecía ir por la vida pensando: yo observaría que sí, parecía traer algo en mente, pero sólo hasta que la aventura se cruzaba en su camino (el borrachín que no atinaba con la cerradura, la bruja que le regalaba unos patines mágicos, el minúsculo bólido en los corredores de la tienda departamental); entonces se revelaba como una simplona dispuesta, ante todo, a divertirse —aunque luego se llevara un susto tremendo o se enredara en apuros tan tontos como inocentes—, o bien batallaba con contrariedades absurdas (el pajarito cucú empecinado en cumplir su deber, que ella tiraba al río y luego se apersonaba en su puerta tundiendo una batería y con un letrero luminoso que decía: «¡Coma en Joe’s!»). La aventura, pues, interrumpía sus cavilaciones o ella la invocaba con sus caprichos, sus deseos o sus sencillas ganas de joder: ya volvía loco al mono blanco —en papel de arquitecto/albañil— cambiándole los planos de la casa o, cuando éste iba en carácter de director de orquesta, le quitaba la partitura de Beethoven y ponía en su lugar la de Mancini (que al final salía, aplaudiendo, en un auditorio desierto), ya lo fastidiaba atravesándose en cada foto que el pobre quería tomar, ya quería que todas las flores del jardín fueran rosas y no amarillas… De cualquier forma, al final acababa alejándose, dándonos la espalda, perdiéndose en quién sabe qué imaginaciones, en qué sueños, en qué preocupaciones.

Como con todo personaje legendario (DePatie, el otro dibujante, aseguraba que él y Freleng idearon el carácter y los movimientos de su creación pensando en James Dean), se antoja pensar que en torno a la Pantera hay varios misterios por lo visto irresolubles: ¿quién era el muchacho que llegaba al Teatro Chino en un coche de carreras del que bajaban la Pantera y el Inspector? ¿Por qué luego a veces salía ella con apariencia de femme fatale, posando sobre un fondo difuminado, con collar negro y larga boquilla? ¿Fumaba o no? Y ya que apareció el Inspector Clouseau, no será difícil convenir en que la mejor época de la Pantera Rosa fue cuando sus cortos se alternaban con los de éste: ¿por qué, si Dodó era tan francés como él, no sabía hablar francés? (Es más: ¿cómo se escribiría su nombre? ¿Deaudeau?)* ¿Qué hicieron los extraterrestres con el Comisionado cuando se lo llevaron embotellado? El problema con misterios de esta índole es que sólo reafirman, para quienes seguimos investigándolos, nuestra soledad y nuestra indefensión: hace falta mucha necedad para dar con alguien que sepa qué pasa si se pronuncian las palabras «¡Pinki, pinki!» o cómo acabó la viejita que pidió ayuda a la Pantera —en plan de súper héroe— para bajar a su gato del árbol.

Habrá que admitir cómo a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor: más si ese tiempo tenía un suave tono rosa, aunque esto, en mi caso, supone entrar en una idealización forzosa del recuerdo: ya bastante lejos de la infancia descubrí que la Pantera Rosa era rosa sólo hasta que tuve un televisor a color. Caí en la cuenta, entonces, de que la había aceptado y querido —sí, querido— sin reparos, sin objetar ni siquiera el hecho de que su nombre fuera un disparate. ¿Rosa? ¿Por qué? Nunca me lo pregunté. A mí lo que me desasosegaba era que se distrajera y una plancha caliente le dejara en la panza un agujero de forma triangular. O que su cabaña cayera desde lo alto de un precipicio y ella estuviera tranquilamente dormida. O por qué la acosaban un asterisco gigante y su asterisquito bebé. Y que nunca hablara… Bueno, salvo en dos ocasiones. ¿O fueron tres?

* Debo a Teresa González Arce y Luis Vicente de Aguinaga las siguientes noticias: que Dodó era español (si bien ninguno de los dos atinó a documentar este dato, decidimos creer en él dada la incompetencia lingüística del simpático gendarme), y que su aspecto somnoliento explicaba su nombre, sacado de la expresión francesa «faire dodo», equivalente a nuestro «hacer la meme».

Publicado en Las encías de la azafata (Tumbona, México, 2010), que puede descargarse gratis aquí.

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