Qué es una buena película

 

Hay, desde luego, una dificultad epistemológica si se trata de responder a esta pregunta sin antes hacer el deslinde entre el propio juicio y la connotación canónica del adjetivo buena: lo que a mí me parece bueno no tiene por qué significar que sea bueno para alguien más. Tenida en cuenta esa obviedad, hay que admitir otra: la respuesta que se dé podrá servir para comenzar una discusión (sabrosa quizás, o amarga probablemente: en todo caso ociosa), pero carecerá siempre de utilidad fuera del ámbito de mi propia incumbencia: yo sabré, y eso será suficiente. Por lo demás, por necia que pueda parecer, es una pregunta necesaria —lo mismo: para uno, y nada más que para uno— porque eludirla significa cancelar el desarrollo del propio criterio, y no hay quien carezca de criterio, por burdo o exquisito que éste sea. Todos sabemos qué es una buena película, aunque jamás podamos ponernos de acuerdo.

Para mí —y el hecho de que aborde la cuestión hasta este párrafo es señal de que las declaraciones de esta índole son intimidantes, pues ya se ve cómo nacen para ser rebatidas de inmediato; dicho de otro modo, porque al soltarlas uno automáticamente se pone de pechito—, una buena película es la que ya va siendo memorable antes de que se termine de verla. Uno lo intuye, o bien lo sabe ya claramente: aquello que está presenciando ha sido tan inesperado y tan fascinante que quedará en el recuerdo por mucho tiempo, o quizás para siempre. Lo inesperado y lo fascinante, en mi caso, se resuelve por lo general en la ocurrencia de una conmoción: esos momentos en que quedo con la boca abierta, radicalmente feliz o radicalmente desdichado, sin poder creer lo que estoy viendo y sin embargo creyéndolo por completo —quiero decir: entregado del todo a lo que sucede en la pantalla, omitido así del mundo que hay fuera de ella, y a la vez atónito porque eso que me pasa esté pasándome.

Una buena película, entonces, es la que me ha conmovido de un modo imborrable, y si ello se refrenda la siguiente vez que la vea, y todas las otras veces que la vea, es seguro que no me equivoqué. Doy dos ejemplos —y aquí quedo al borde del precipicio de la polémica, pero soy muy inepto para estos desafíos y no voy a dar el salto—, procedentes de mis dos películas favoritas (y que no sólo son buenas, sino las mejores del universo). Uno tiene lugar cuando Sam AceRothstein (Robert De Niro) descubre, al otro lado de la mesa de los dados, en el hotel de Las Vegas que regentea, a Ginger McKenna (Sharon Stone), y la visión condensa la maravilla y la atrocidad que el encuentro representará en las vidas de ambos. El otro momento es aquel en que Aurelio Gómez (Julio Aldama), luego de haber probado suerte en la vida citadina que debía ser la suya —pues de allá venía, allá tenía que regresar, pero fracasó y renunció a ella—, vuelve a su vida de capitán de bote pesquero, y a los amigos, y al auténtico amor, y al café fresco y a la brisa del mar, y da una palmada sobre un tiburón tirado en el muelle y con una risotada le avisa: «¡Ya estoy aquí, desgraciado!». ¿Qué es una buena película? Una película en la que me pase lo que siempre me pasa cuando veo Casino (Martin Scorsese, 1995) y cuando veo Tiburoneros (Luis Alcoriza, 1963). Y nada menos.

 

(Publicado originalmente en Cinexcepción).