Notas para no llevar un diario

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Hay una sola elección verdaderamente grave en la vida: ser lector de diarios o llevar uno propio —la vida es breve, el tiempo es fugaz, de proponerse ambas cosas no alcanzaría para hacer, además, cuanto sería indispensable para que tuviera sentido llevar un diario. Como hace falta que siempre alguien esté decidiéndose por lo segundo para que lo primero sea posible, la última razón por la que se escriben diarios es que alguien los lea. Puede ocurrir, claro, que alguien opte por dedicarse a leerlos, pero en tal caso el mundo estará perdiéndose de piezas nuevas que nunca serán concebidas, y, entre ellas, quizás de alguna deslumbrante —lo cual acaso no sea tan terrible, porque nadie nunca las leería.

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La salida de la paradoja anterior sería, entonces, el diario de un lector de diarios: uno que consistiera exclusivamente en la consignación de sus lecturas. Tan admirable como tedioso, tampoco nadie lo leería.

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Pienso que estoy pensando en diarios reales, es decir, imposibles. Un diario real tendría que ser un registro pormenorizado de lo ocurrido en cada fecha del calendario desde su comienzo hasta su final. Si se salta una fecha, ya dejó de ser diario. Pero también si se salta un solo instante. Si omite un solo hecho, por ínfimo que parezca. Ese diario habría de ser irreprochablemente leal con el tiempo que le suministra su materia, sin consentirse soslayar nada, dando pareja importancia a cada segundo de cada hora de cada día que contenga. Si un diario se escribe contra el olvido, no debería prescindir de ninguna información; por lo contrario, sólo podría existir en tanto diera cabida a la aglomeración inagotable de informaciones que trae consigo cada instante. Y pienso en aquel cuentecillo sobre Tomás de Aquino, que una vez paseaba a la orilla del mar, mientras pensaba en el misterio de la Santísima Trinidad, cuando encontró a un niño que acarreaba agua a un pequeño agujero excavado en la arena. «¿Qué haces?», le preguntó. «Voy a poner el mar aquí». «¡Pero eso es imposible!», se rió el futuro santo, y el niño le replicó: «Pues lo habré conseguido antes de que tú logres entender lo que quieres entender».

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¿Y llevar, a lo largo de toda una vida, un diario que conste de una sola fecha? Un solo día, como en el Ulises. Pero en serio —en serio, quiero decir: sin literatura que estorbe el propósito.

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Sospecho que todo diario es la sublimación de la propia negligencia.

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La materia más abundante de mi diario es la interrupción. Cada fecha que he omitido fijar en él ha quedado borrada de un modo más irremediable.

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«¡Escribir una línea cada día! / Toda costumbre es haraganería». Eso anotó Bioy Casares, en alguna página de las miles que abarcan los cuadernos que fue llenando maniáticamente a lo largo de más de los últimos cincuenta años de su vida —y a la que debemos el Borges, colmo insuperable del diarismo abocado a la manifestación de un solo fenómeno, en este caso la presencia del amigo que principalmente existió para que existiera ese libro.

Hay algo que me intriga en esa vocación. Aunque el editor de Descanso de caminantes (una de las compilaciones conocidas de esa producción; las otras son el referido Borges, De jardines ajenos—fruto de espulgar las incontables citas que Bioy coleccionaba en sus cuadernos—, las cartas que el autor fue enviando a su hija Marta mientras viajaba por Europa, y un Diario de viaje por Brasil) afirma que no había indicios de que Bioy se propusiera publicar sus diarios, y aunque por ellos desfila una multitud de personajes reconocibles que protagonizan la minuciosa cotidianidad ahí entreverada con lecturas, recuerdos, invenciones, fogonazos de la intimidad conyugal, prejuicios, ensoñaciones, trivialidades de toda índole y epifanías decisivas (para el diarista y, en consecuencia, para el lector), de vez en cuando resalta —y resalta porque ocurre rara vez— una suerte de escrúpulo que impide a Bioy nombrar con todas sus letras a determinadas personas. Pasa, por ejemplo, en una entrada de octubre de 1985, referida a una amiga. «Mi tarde con J. Quiere verme. ¿Para qué?, me pregunto. ¿Para acostarse conmigo? (lo que prefiere mi vanidad) o ¿para conocer al escritor famoso? Aparece con una flor en el pelo: buen indicio, me digo». La anécdota sigue de un modo muy propio de un cuento de Bioy (de hecho, abundan las entradas que hacen pensar en que, más que diarista, el autor nunca deja de ser el narrador enfrascado en la ideación de tramas), pero lo llamativo es que a la mujer no la nombre más que con esa inicial, J. ¿Por qué? Si Bioy llevaba su diario desentendido de la posibilidad de llegar a publicarlo, ¿por qué se reservaba datos como ése? ¿Porque en realidad sabía que algún día se publicaría? (Y en el caso de J., la anécdota ciertamente era embarazosa: de haberse reconocido, esa mujer de seguro se habría avergonzado). Yo alguna vez tuve ese mismo escrúpulo, y durante una época me dio por servirme de iniciales para referirme a ciertas presencias que atravesaban mi diario. A la vuelta de unos pocos años, esa precaución únicamente me sirvió para no reconocer a nadie.

Luego de su apunte sobre la haraganería, Bioy cita a Svevo —«No hay mejor modo de llegar a escribir en serio que el de garabatear algo todos los días»—, para enseguida concluir: «Fiel a Svevo, muchísimo escribí. / Al releerme, de pena me morí».

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No es sino la vanidad lo que explica que el propio diario no cumpla el mismo destino que su tocayo, el diario al que también llamamos periódico: cada página, al día siguiente de haber sido escrita, tendría que servir cuando mucho para envolver aguacates.

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P. G. Wodehouse afirmaba que quien se asomara a su diario encontraría básicamente esto:

1 de enero: He decidido llevar un diario y anotar en él cada día los sucesos importantes e interesantes que nos ocurran a mí y a mis amigos. De esta forma tendrá una relación completa de mi vida. Será interesante leerla al cabo de los años, y tío John me dice que me forjará una útil disciplina mental.

       Día húmedo hoy. No ha ocurrido nada.

2 de enero. Día húmedo. No ha ocurrido nada.

3 de enero. Nublado aún. No ha ocurrido nada.

4 de enero. Buen tiempo. No ha ocurrido nada.

5 de enero. No ha ocurrido nada.

6 de enero. No ha ocurrido nada.

Y así hasta los veintisiete años.

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¿Un diario de todo lo que no pasó, de lo que dejó de pasar? ¿Un diario de aspiraciones irrealizadas? ¿Un diario atento a las oportunidades desperdiciadas, en el que se extendiera el prolijo negativo de los hechos?

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La célebre entrada en el diario de Kafka correspondiente a la fecha del estallido de la Primera Guerra Mundial —muy celebrada por Enrique Vila-Matas, entre otros— puede verse como una declaración de resignación ante un acontecimiento que lo sobrepasa ominosamente, como un gesto de indiferencia que algo tiene de oprobioso, o bien como una rendición tácita. Pero también cabe considerarla como una lección suprema de cordura: al conceder la misma importancia a la Historia y al sencillo presente de su día —lo que Kafka anota es: «Hoy Alemania le declaró la guerra a Rusia. Por la tarde, Escuela de Natación»—, ambas informaciones, evidentemente desproporcionadas, quedan sin embargo igualadas por su atención. Y de ahí lo ejemplar del caso: por la neutralidad gracias a la cual el diarista confiere la misma relevancia a lo que depende de él como a lo que no. La misma relevancia, es decir, ninguna: al fin se llega por igual al olvido. Kafka dispone de un sabio sentido de prescindencia: sabe que, como el mundo está reventando sin tomarlo en cuenta, él puede hacer otro tanto: zambullirse gozosamente en el agua, esa tarde memorable también por eso. O sobre todo por eso.

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Un diario en verdad sincero tendría que ir borrándose a medida que va siendo escrito. Una vez terminada la entrada correspondiente al día transcurrido, pulsar la tecla Delete y no dejar rastro alguno.

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A lo largo de un año, 1974, Georges Perec llevó la cuenta precisa de todo lo que comió y bebió. La suma de las cantidades de sólidos y líquidos que transitaron por su tracto digestivo durante ese tiempo parece monstruosa, como puede llegar a parecerlo toda acumulación de lo nimio que suele poblar las páginas de un diario sostenido en la necedad, en la compulsión.

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Alguien tuvo la estupenda idea de convertir a Samuel Pepys en tuitero. Casi cuatro siglos después de que fuera anotando el pormenorizado trajín de su vida como cortesano, burócrata, marido infiel, amigo dudoso, hombre de negocios arrojadizo a empresas convenencieras, súbdito medianamente crítico con la marcha del reino, editor de Newton, espectador prejuicioso y azorado de las costumbres de su tiempo, cronista de acontecimientos cuyas dimensiones estaban lejos de alcanzar, en su comprensión, las que les asignaría la historia (suya es una de las descripciones más puntuales del gran incendio de 1666, cuando se organizaban picnics en barcazas sobre el Támesis para ir a contemplar el espectáculo), los reportes que hace @samuelpepys, en tiempo real, de lo ocurrido durante 1662 acaso cuenten como la prueba mejor de que lo único verdaderamente imperecedero es la trivialidad.

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La novela Diario de un mal año, de J. M. Coetzee, cuya base es la bitácora de un amor desventurado, a destiempo y, en suma, desastroso, podría recomendarse como advertencia a quienes pretendan dar a su propio diario el fin adventicio y espurio de tenerlo por un depósito de materia prima para la creación literaria. Se puede terminar como el protagonista.

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La mejor parte de llevar un diario termina luego de elegir el soporte en que se hará. La emoción de comprar una agenda, por ejemplo, cuya obesidad, al cabo de pocas semanas, se revela imbatible, da pie a una ilusión imposible de refrendar apenas se encara la disciplina que exigen las hojas fechadas. En mi diario, cómo no, hay varias entradas en las que constan las ocasiones felices, e irrecuperables, en que compré nuevas libretas y agendas que se alinean, vacías, acumulando el polvo de mi invencible irresolución.

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Habría que preguntarse por la pertinencia de llevar un diario cuando la tecnología propicia ir llevándolo aun sin proponérselo. He descubierto, por ejemplo, que Facebook lo hace por mí. Hoy mismo me entregó la efeméride de un «acontecimiento importante», según sus algoritmos, que consistía en una foto ridícula donde se me ve, en una postura ridícula, en compañía de gente que no conozco, en un lugar que no recuerdo, haciendo no sé qué, hace justos cinco años.

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10.XI.Los hombres que anotan sus vivencias son hombres rencorosos, vengativos, cuya vanidad ha sido herida. Se aferran compulsivamente a su certificado, a sus pruebas y documentos, como Shylock. Creen en una suerte de Juicio Final. Entonces presentarán sus libros de notas. Un gesto del Creador frunciendo las cejas y señalando hacia la izquierda les recompensará. Hay que guardarse de caer en esta especie de misantropía. El realismo del último siglo revela una fe pedante en la justicia punitiva. ¿Para qué sirve si no toda esa cantidad de diarios, epistolarios y memorias anticipadas?».

Esto observó Hugo Ball. En su diario, por supuesto.

J.I. Carranza

(Publicado originalmente en la versión de Letras Libres para iPad).